El ser es el tránsito: de la identidad-raíz a la poética del rizoma
Por Gladys Mendía
Hay dos viajes en cada odisea,
uno va por agitadas aguas,
y el otro encogido y sin movimiento, sigiloso.
Dereck Walcott
Omeros
La modernidad y sus crisis humanitarias han fracturado una de las ficciones más arraigadas del pensamiento occidental: la idea de que la identidad depende de un suelo fijo, de una genealogía pura y de una raíz única. Para el migrante, el destierro se presenta inicialmente como una herida abierta, un despojo de la tierra natal. Sin embargo, cuando la literatura procesa este dolor, la pérdida del territorio puede transformarse en una revelación existencial. A través del diálogo entre el pensamiento filosófico de Édouard Glissant en su Poética de la relación y la obra poética de Alejandro Sebastiani Verlezza en La orilla del retorno, es posible vislumbrar una mutación radical: la identidad deja de concebirse como una raíz estática e intolerante para asumirse como un rizoma, es decir, como un camino en constante movimiento y relación con el Otro.
La trampa de la identidad-raíz
En el modelo tradicional de Occidente, la identidad se funda en la filiación: una línea recta y vertical que une al individuo con un origen sagrado y un territorio exclusivo. Glissant denomina a esto la «identidad-raíz única», un gajo totalitario que, para autoafirmarse, fagocita o mata lo que encuentra a su alrededor. Esta visión ontológica exige una pureza lingüística y cultural que rechaza el contagio del afuera. Cuando el exiliado se aferra ciegamente a esta raíz perdida, su dolor se congela en la nostalgia y en el aislamiento.
Sebastiani Verlezza capta este extravío en su poema precisas conocer. El sujeto contemporáneo vive «rasgando todos los hilos / extraviado de tu más profunda afinación». La imposibilidad de regresar a esa «patria de antes» o a una afinación original demuestra la caducidad de la raíz única. Intentar sostener una identidad puramente territorial en plena diáspora es, como sugiere Glissant, habitar una estructura impotente ante el caótico devenir del mundo.
El camino como rizoma
Frente a la raíz vertical, Glissant —siguiendo las intuiciones de Deleuze y Guattari— propone el concepto de rizoma: una raíz diversificada, extendida en redes infinitas por la tierra o el aire, que no busca conquistar ni excluir, sino ponerse en relación. En la poética rizomática, la identidad ya no es un punto de partida inmutable, sino una red abierta que se modifica permanentemente a través del intercambio. La errancia deja de ser un vagabundeo pasivo para convertirse en una asunción consciente del mundo como totalidad.
Es precisamente en este punto donde la poesía de Sebastiani opera como una puesta en práctica de la teoría glissantiana. En el poema dramita, el autor sacude al lector con una sentencia definitiva:
«óyeme bien pequeño y mágico animalito
tú no eres un cuerpo áspero
tú Tú eres el camino».
Esta declaración desmonta la concepción del ser como una sustancia cerrada u «obstinada». El ser no está en el camino; el ser es el tránsito. La identidad se desprende de la geografía estática del origen para encarnarse en el movimiento mismo.
El refugio del errante: creolización en la taberna
Esta disolución de los particularismos absolutos encuentra su espacio festivo y ritual en el poema la taberna de Sebastiani Verlezza. Para Glissant, la creolización no surge de una herencia estable, sino del quiebre de la filiación; sitúa la (di)génesis de estas nuevas culturas «más en un barco que en la tierra», donde parir es sinónimo de partir. El barco negrero y la plantación colonial fueron los «no-lugares» cerrados donde identidades heterogéneas se vieron forzadas a chocar y reinventarse.
La taberna de Sebastiani funciona como ese receptáculo simbólico: un puerto de paso para «corsarios», figuras desterradas y fugitivas sin patria fija. En ese espacio, el choque cultural y existencial adquiere una energía dionisíaca e imprevisible: «y comenzaron los giros / y rodaron los tarros / y bailó la espuma en el aire».
El instante más revelador ocurre cuando las heridas del tránsito empiezan a sanar: «y las sombras ya estaban satisfechas / y muy lento se retiraron a las venas del mar». Al apaciguarse el sufrimiento del abismo marino —que Glissant identifica como el inconsciente doliente de la diáspora—, la taberna no queda vacía, sino que eclosiona en una polifonía de Relación: «se fue llenando de pájaros verdes / y en los pechos de las muchachas comenzaron a cantar». Las conchas marinas, que en el poema exilios evocaban el dolor cortante del destierro, aquí se esconden: la herida se transmuta en una complicidad relacional compartida antes del amanecer.
La errancia como desapego y libertad
Para que el rizoma se despliegue, el errante debe renunciar a la ilusión de control y a la exigencia de un destino predeterminado. Glissant aclara que el verdadero errante «concibe la totalidad, pero renunciando a la pretensión de ordenarla o poseerla». Es una sumersión en las opacidades del mundo, aceptando que la cara estará «llena de polvo».
Sebastiani asume esta ascesis en el poema andando, donde aconseja: «jamás permanezcas en el filo de las encrucijadas». El poeta nos invita a desprendernos de las seguridades y a confiar en los moradores del camino, quienes «ajustarán tu incertidumbre» para decirte «dónde comienza tu real camino». La incertidumbre y el cambio no son elementos que atentan contra la identidad, sino las condiciones indispensables para su verdadero nacimiento.
Este desapego absoluto cristaliza hacia el final del poemario en los textos poética y variación. La acción de «partir / partir ya / solo por el placer del paso / sin hacer evidente el adiós» es la renuncia definitiva a la ilusión de la metrópolis. Sin lamentos se abre el goce por la encrucijada y por los perfumes del sendero. La partida se vuelve un imperativo existencial porque solo en el flujo constante de la marcha el rizoma puede seguir tejiendo nuevas relaciones.
El poemario describe la migración como una experiencia de transmutación interior. El poema exilios refleja con crudeza ese tránsito: habla de la «larguísima intemperie», de una «sangrienta travesía hacia estas costas impregnadas de sal» y del camuflaje necesario para sobrevivir en tierras extrañas, donde incluso «hubo que reparar los tarros con saliva». Migrar aparece aquí como un despojo de la propia piel.
El mar, la orilla y la barca son motivos constantes que evocan tanto la odisea clásica como la fragilidad del navegante contemporáneo. Ya desde el título se nos anuncia, la «orilla» funciona como ese espacio liminal de incertidumbre, un umbral donde el viajero está suspendido entre lo que dejó atrás y lo desconocido. En poemas como andando, el autor nos recuerda que el verdadero camino solo aparece después de haberlo perdido todo y de «tener la cara llena de polvo».
La herida del exilio venezolano encuentra en este diálogo una vía de transmutación. Mientras la geopolítica impone fronteras rígidas y quiebra filiaciones, la literatura abre el espacio infinito de la Relación. Alejandro Sebastiani Verlezza y Édouard Glissant confluyen en una misma certeza: la salvación del desterrado no consiste en reconstruir una raíz idéntica en tierras extrañas ni en llorar un suelo perdido, sino en comprender que el desarraigo es la dolorosa antesala de una libertad más profunda. Al asumir que somos el camino y no la raíz, el exilio deja de ser una condena de aislamiento para convertirse en una errancia sagrada, un tejido en movimiento donde el ser se realiza plenamente en sintonía con la infinita diversidad del Todo-Mundo.
Si hay algo que me atrae de La orilla del retorno es que aborda el viaje y el exilio desde una perspectiva simbólica y mítica, transformando la experiencia de la migración en una travesía universal del alma. A través de poemas breves y sugerentes, Alejandro Sebastiani Verlezza dialoga con la idea del eterno retorno, la transformación de la identidad y la búsqueda de un nuevo umbral.
São Paulo, julio 2026.

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