lunes, 1 de junio de 2015

FELIPE MONCADA MIJIC. Poesía Chilena Actual


Felipe Moncada Mijic (Chiloé, Chile 1973). Fundador y director de la revista de creación literaria La Piedra de la Locura. Ha publicado los libros de poesía: Irreal (2003) ediciones El Brazo de Cervantes, Santiago; Carta de Navegación (2006) imprenta Almendral, San Felipe; Río Babel (2007) ediciones Casa de Barro, San Felipe; Músico de la Corte (2008) ediciones Fuga, Valparaíso; Salones (2009) Manual Ediciones, Rancagua; Silvestre (2015) Ediciones Inubicalistas, Valparaíso. Ha sido publicado en: Antología Concurso Nacional 70 años de las Juventudes Comunistas (2002); Antología Poesía Nueva de San Felipe de Aconcagua (2003); Antología 30 Poetas Jóvenes (2003) ediciones U. de Playa Ancha; El Mapa no es el Territorio Antología de la Joven Poesía de Valparaíso (2007) ediciones Fuga, Valparaíso.

Selección por Gladys Mendía de Silvestre


MORRILLO

Bajamos del óxido de un aserradero hasta los verdes pozones de agua congelada, ¿puede el tiempo ser líquido? Entramos en la gelatina, apretado el pecho en la nunca vista turquesa. Ver esas burbujas bajo el torrente es deshacer el ruido del mundo, y es que hay tardes en las que da asco estarse quieto, sepultado de cortinas y maneras. Hay que hundirse entonces en el granito, sentir la espumilla de las cascadas, gritar como animales para nacer de nuevo.


MANOS DE MEMORIA
a Filomena Manquepi

¿Cómo aprendió?
De pura memoria, dice.
De los murallones coronados por pehuenes
de los cardos y los dos metros
de nieve, de ahí, de lo que me acuerdo.
Si en el silencio del fogón, lentamente
se urde la geometría del azul,
la flor silvestre de los barrancos,
la esbelta fragancia del poleo, y si el viento
se pudiera tejer, el balanceo
de los grandes sauces,
sería también de pura memoria.

ORFEBRERÍA DEL BOSQUE

Hubieras hecho un amuleto con la resina del pehuén, con el viento de manzanos golpeando una pradera de cardos. Entonces un sur de memoria palidece ante el país pehuenche, con veranadas colgando del cielo y fantasmas que rondan las cascadillas. Ahí va Ezequiel cabalgando noche adentro, cruzando pinalerías y ceniza en el más ahora de los presentes, año dos mil diez de los cristianos. Allá va Filomena de a pie a vender tejidos a la Argentina, llevando el azul de la flor de los arenales. No se puede vender alcohol en la comarca, no se puede cruzar la frontera sin salvoconducto; lo que se puede es ahogar el pequeño cementerio, las colinas del cordero, sembrar electricidad para los huesos. Hubieras hecho la forma del viento con las curvas del coligüe; tu boca besaría el azul de las nubes, hermano de los abedules de las sierras, de las algas que buscan el cuarzo en otras playas.


CERAMISTA
a Alejandro Lavín

Podría ser
un inmortal desterrado
calando ideogramas
en la corteza de un canelo
o un anacoreta pariente del Bocaccio
dedicado a la consolación de las nativas.
La cosa es que este Monje
sabe más por viejo que por Tao,
más por conocer la textura de las piedras
que por traducir a Sutano o Mengano.
Y si no le importa dónde termina la corteza
y dónde comienza la cabaña
es porque toma agua en hoja de lingue,
ya que la taza es para el ojo y el tacto,
para imaginar montes de caolín
cada vez que llena una jarra
o se bebe alrededor de la parrilla
bajo la fronda de los avellanos silvestres.


LOS QUE NO VOLVIERON
a Esteban Mijic
Ahora
que un colibrí
flota entre las chilcas
y las familias regresan de las pozas,
algunos lanzando piedras al río,
otros en silencio, pensando
en el pan de la tarde con los primos,
en las truchas a la parrilla,
pienso en los que no volvieron:
los que dejaron su huella en el agua,
la boca seca en la ceniza,
perdida la esperanza en el cascajo.
Aquellos solitarios,
ánimas de los senderos,
quiera el bosque llevarlos a su fronda,
beban el rocío de los canelos,
sea su canto el de las vertientes,
tengan la paz de los remansos, ahora
que un colibrí gira en el aire
y busca
el vino azul de las chilcas.






ANIVERSARIO
Ve desnudo como un signo
Hakim Bey

Se juntaron los años
y aún sin posesiones efectivas,
con miedo
a mencionar la palabra amor,
a perder la calma y todas las apuestas,
me desnudo
y entro en el torrente de montaña,
en el verde múltiple
de cien botellas de vino;
entro
en el rumor de cascadillas
como si quisiera borrar el tiempo,
curar las heridas
y nacer de nuevo en la corriente.
Voy a perder la tarde
en una piedra con forma de cuenco,
atento al colibrí de la fronda:
ya habrá tiempo
para volver a perder la paciencia,
calcular las deudas
y las horas de trabajo.
Debiera ser más ligero,
apostar el tiempo restante,
el ánima viene de la creación.
Así, cuando vuelva
a pasar mis dedos de animal
por la tosca suavidad de un tronco,
no me avergüence
de haber cambiado la piel
por un par de monedas falsas.




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