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viernes, 13 de junio de 2025

Jesús Gomes: Narrativa Actual Venezolana


Jesús Gomes (Caracas, 1999). Es licenciado en Letras Cum Laude por la Universidad Católica Andrés Bello. En 2022 recibió la Mención Publicación por su tésis de grado "La reiteración numérico-simbólica y sus vínculos con la noción de moira en la Ilíada". Ha publicado ensayos y artículos académicos en las revistas Bacyllelmo, Ímpetu, Nova Telvs, Pasillo Gen20 y Cultugrafía. Algunos de sus cuentos y poemas han sido traducido al italiano. En el año 2024 gana el I Premio de Ensayo sobre la obra de Ida Gramcko, con su ensayo titulado "El niño que no le temía a los vegetales".



Te amo, Leopoldo

(Cuento inédito)

Dicen las malas lenguas, no sé si amarillas, azules o rojas, que una de las más grandes y efectivas operaciones militares orquestadas en los últimos tiempos tuvo como germen un motivo distinto del que se dio a conocer.
Niveocán se levantó de la cama sin hacer ruido, se acomodó la chaqueta recién puesta y mientras anudaba su corbata, dijo —eres el presidente, y hoy recuperas a la primera dama.
Salió de la habitación mientras tecleaba un mensaje a su asistente, que hizo acto de presencia a los pocos minutos. 
—Niveocán, ¿qué paso?, son las tres de la mañana —preguntó, en alerta somnolienta. 
—Reúne al gabinete, nos encontramos en el centro de operaciones B lo antes posible.
—¿El B…? ¿Irá? —dijo, viendo hacia el cuarto.
—No te preocupes por eso Celestina, reúnelos, yo me encargo de informarle cuando sea necesario. Ahora tengo que irme a revisarlo todo. Hazlos llegar cuanto antes. ¿El conductor está listo? 
Celestina asintió. Niveocán estaba impávido, pero un brillo tímido en sus ojos delataba parte del secreto. Fue llevado hacía el complejo B con precisión y velocidad. A su llegada, el reloj marcaba las 3:25 AM. Aprovechando la soledad momentánea, entró en su despacho estratégico y sacó un retrato del gabinete oculto en la mesa de trabajo; acarició el vidrio protector con suavidad:
—Hoy es el día, por fin volverás conmigo, y ya nadie dudará de que seguimos el camino propicio. Te amo. 
De súbito se abrió la puerta. Niveocán dio un pequeño saltó y guardó rápidamente la fotografía.
 —Ya están todos presentes, señor —dijo la asistente, solícita e intrigada.
 —Muy bien —respondió, arreglándose el peinado con la palma, —enciende la luz y hazlos pasar. 
Eran cuatro individuos masculinos, cuyos nombres no conocen las malas lenguas, y que llamaremos vaqueros sifri debido a sus atuendos. Estos eran idénticos, a pesar de que el gabinete no exigía uniforme. Lentes de pasta sin prescripción, pelo engomado que se abultaba hacia el lado derecho, barba y bigote afeitados al ras, saco negro, camisa de vestir azul celeste y corbata azul marino, blue jean claro y zapatos de punta con motivos geométricos rupestres en el puente. Se paraban derechos, en actitud altiva e informada, a pesar de haber sido sacados de sus camas hace apenas unos minutos.
Niveocán los invito a sentarse, incluso pidió que la asistente se quedara. 
—Caballeros, entiendo la situación, y pido disculpas por la premura, pero en los libros de historia no se documentarán unas pocas horas de sueño perdidas. No, se recordará el ingenio y la vivacidad de los hombres, que, junto a su líder, fueron capaces de dar el golpe certero, que concretaron los cimientos del buen camino para todos. Caballeros, los convoco en este momento de necesidad, el objetivo ya lo conocemos, solo estábamos esperando, y el momento propicio llegó.
—Señor ¿quiere decir qué…? —dijo sifri número uno.
—Habrá que preparar un comunicado en Twitter, convocar a la gente —dijo sifri número dos.
—Y hablar personalmente con nuestros aliados estratégicos, déjemelo a mí —soltó casi suplicante, sifri número tres.
—Es un genio jefe, ¡ahora es cuándo menos se lo esperan! —añadió el cuarto.
Niveocán miró a su comitiva, arañó la mesa con las uñas y expuso:
 —De momento no comunicaremos nada. La operación es. El lastre de promesas llegó a su fin, haremos que la situación cambie definitivamente. Iremos rápido, fuerte y preciso. Antes de que el gallo cante, la liberación habrá sido conseguida. Ya teniéndola en nuestras manos, lo comunicaremos a los ciudadanos y nuestros aliados estratégicos, ellos nos ayudarán a mantenerla. Necesito que se encarguen de reunir a la fuerza militar, y confirmen el número de efectivos leales a nuestra causa. Pasaré el plan de acción al gestor operacional en unos minutos.
 Dijo, señalando al segundo sifri, que, a pesar de sus esfuerzos, no pudo acallar el chillido instintivo de alegría. 
Niveocán continuó —necesitamos que esto salga bien, por eso encargaré la llegada y salida, es decir, lo tocante a la movilización vehicular, a un gestor individual. Por último, necesitaremos un nuevo centro operacional, uno que no esté en los registros de nuestros contrincantes, en caso de que piensen apresarnos o hacer retaliación inmediata. Espero estar listo para iniciar las operaciones en media hora. Trabajen en la sala común, hay café para todos.
Los cuatro vaqueros salieron de la sala. La asistente preguntó tímidamente —Señor, ¿qué es lo que haremos?
—Lo saben muy bien, liberaremos. Liberaremos aquello que deseamos sea liberado. Todos estamos de la misma forma si lo piensas. Encerrados, presos en nuestra propia casa. Dime ¿cómo es eso posible? No es más que inaceptable, ¡libertad!, con libertad y el camino correcto, así todo irá como corresponde.
El discurso de Niveocán no admitía dudas. Sifri-tres quedó encargado de la preparación de vehículos, trazado rutas de inserción y escape. Sifri-cuatro fue delegado a la búsqueda del escondite operacional. Sifri-uno, por su parte, estuvo pegado a un teléfono imposible de rastrear, con el que llamó, confirmó los nombres y regimientos de los soldados dispuestos a participar en la operación. Los acicalados vaqueros hablaron entre sí, y estuvieron listos para dar reporte al jefe.
Niveocán entró a la sala. Le mostraron seis rutas, tres de llegada y tres de escape. Eran directas, medias y periféricas. Recorrerlas tomaría respectivamente de 5 a 10 minutos, 10 a 20 y 20 a 45. La rapidez implicaba visibilidad, pero, a fin de cuentas, tenían el factor sorpresa.
—Si no hay imprevistos usaremos las directas —dijo con seguridad el jefe. 
—¿Por la autopista? —, susurró preocupada la asistente.
Sifri-cuatro informó que aseguró una casona de tamaño decente, cercana a una embajada amiga. Pertenecía a una mujer que apenas y frecuentaba, a la que las lenguas dicen que refirió como “su futura ex novia”.
Finalmente, llegó el turno de Sifri-uno, que, dudando de su altivez, tuvo que decir —señor… contamos con cuarenta efectivos y 32 fusiles.
 —Cuarenta regimientos y 32 cajas, es un buen contingente.
 —No, quise decir, cuarenta individuos, 32 de ellos con fusiles en su haber.
Niveocán soltó una manotada al aire. Meditando con la cabeza baja y la mano en la barbilla, sopesó. —Bueno, cuarenta, cuarenta… cuarenta tendrán que bastar ¿ya vienen en camino? El primer Sifri asintió.
—Entendido. Gestor, venga acá. Tiene cuarenta funcionarios a su disposición para tomar la casa y sacar del encierro al protector de nuestra libertad. Ya lo saben, estas son las últimas horas que vivirá Butters apresado, no permitiremos que se sigan riendo de nosotros.
—¿Liberaremos a Butters con tan pocos hombres, señor?, ¿en este momento? — preguntó, mientras se atoraban sus palabras.
—No le quepa la menor duda. Es el líder del partido, mi mentor, un hombre correcto e inocente. Ya luego continuaremos, tantearemos los planes de desarrollo secundario según vayan ocurriendo las cosas. Este es el inicio de la operación.
En ese momento, interrumpió la asistente. —Jefe, su mujer despertó, pregunta dónde está.
—Dile que surgieron un conjunto de circunstancias benévolas y era necesario realizar una reunión de emergencia para evaluarlas.
—Entendido. Señor, ¿realmente cree que sea prudente llevar a cabo tal maniobra con solo cuarenta efectivos?, ¿por qué le parece hoy, precisamente, el día propicio?  Esto podría salir mal, ¿si lo capturan? Ni siquiera hay suficientes armas.
—¿Cómo dudas de mi juicio? Parece que apenas estuvieras incorporándote a la causa. Todos aquí sabemos que la libertad es un proceso largo y teníamos que esperar, no apresurarnos. Todo está calculado, medido y pautado. Un grupo reducido nos ayudará a movernos más fácilmente, en caso de que la situación escale, con los medios y el testimonio de nuestras decenas de sublevados lograremos que cientos de soldados cambien de parecer y se nos unan. En caso de que me capturen, entrarían los aliados estratégicos. Es muy obvio —dijo, perdiendo levemente la calma.
—¿Escale?, ¿escale a qué señor? —inquirió Celestina.
—A la liberación, a libertad general. Así funcionan la operación y el proceso. Tenemos un objetivo primario, dentro de este hay un abanico de posibilidades secundarias a concretar según se muestren el devenir de los acontecimientos. Nuevamente, todo está en los planes de desarrollo secundario.
—Niveocán, jamás había escuchado de esos planes— dijo Sifri-dos.
—Tú…nunca…los planes. ¡Carajo! Después el pueblo se pregunta por qué nos toma tanto tiempo conseguir avances. ¡Basuras! ¡Montón de incompetentes! —espetó al encerrarse en el despacho.
Ellos no lo entienden —musitó, mientras volvía a acariciar el marco—, ya hace más de cuatro años que te fuiste. Apenas y te han visto. Necesitan un líder, no lo saben, creen que la pura vista basta. No, todo forma parte de una maratón muy larga, y es hora de realizar este paso. Haces mucha falta, tú guiarás.
La comitiva tocó la puerta. Eran las 4:00 AM, soldados y transporte habían llegado. El complejo B se preparaba para el olvido, todo era hecho tiras, mezclado e incinerado en distintas bolsas. Un resabio de expectación y certeza de fracaso, que no querían creer, se paladeaba en el humo de los Belmont.
—¿Todo en orden? —preguntó Niveocán.
 —Sí, listos.
 —Gracias, Celestina— dijo, antes de dirigirse a uno de los vehículos. 
—¿Es qué irá?
 —Por supuesto, ¿qué esperaban? 
—Que se presentara luego de confirmar el éxito de la operación.
No respondió.  Mientras se acercaban al escenario culmen, Niveocán no conseguía serenarse. Las cinco camionetas rompían el aire en fila. Vio desde la ventana el sitio prometido y apretó la mano de Celestina.
Según cuentan las malas lenguas, muy poco conocen de las peripecias con las que fue liberado Butters. Con certeza pueden decirnos que no se escucharon disparos, y que los tres o cuatro guardias que protegían el recinto tampoco ofrecieron demasiada resistencia.
Sin embargo, no perdieron detalle de lo ocurrido en los momentos posteriores a la liberación y escape. 
En la casa convivían Butters, su mujer e hijos. Envueltos por el ambiente enrarecido de una precoz clandestinidad transcurrieron sus minutos finales como familia reintegrada. Los niños, colgados de los brazos de su padre, le preguntaban qué era lo que pasaba. Él, igual de confundido, miraba la figura sonriente y enérgica de Niveocán, que, conteniendo su emoción, logró llevarlo hacia el patio trasero para hablar.
—¿Cómo te encuentras?, tenemos que irnos pronto. Me parece prudente que te despidas, tal vez por un buen tiempo.
—¿De qué coño estás hablando?, ¿qué pasa?, ¿hay amenazas contra mi integridad?, ¿cómo lo conseguiste? —preguntó.
—¿No estás feliz? Hice un gran sacrificio. Mucho riesgo para todos, para que tú y la patria puedan ser libres.
—No puedo alegrarme antes de entender la profundidad de las consecuencias para los míos.
—Estarán bien, saldrán del país por un tiempo, mientras conseguimos estabilizar. Hay que irnos.
Luego de despedirse de su familia, Butters se puso una chaqueta y partió junto a Niveocán. Veía la ciudad como hombre libre, aunque algunos lo llamaban prófugo. 
—Entonces ¿qué pasa con los militares? Imagino que separaste un grupo minúsculo en caso de qué fallaran ¿cuál es el siguiente paso? —, preguntó.
—No lo sé, tú eres el líder, ¿qué hacemos?
—¿Cómo es que no nos informaste qué harías esto? Eres un loco.
—Por eso soy tu favorito.
Ambos rieron. Butters le dio un golpecito en el hombro. Niveocán sintió por primera vez que la lucha valía la pena. 
No conseguían tomar una decisión. Celestina, que era la tercera rueda dentro de la camioneta, propuso:
 —Ya conseguimos el objetivo, hay que explotar la vaina, usar el boca a boca que insinuó para conseguir liberarnos. ¿No era esa su intención después de todo?, ¿activar los planes de desarrollo secundarios? Aprovechemos el efecto, enardezcamos al mundo. 
Concordaron, luego de debatir, prepararon un corto comunicado; se detuvieron en medio de la autopista para grabar.
—Todavía no sé si sea prudente, Niveocán. En medio de la calle, estamos muy expuestos.
—Tenemos que demostrar superioridad moral, el que no la debe no la teme, además, ayudará a desviar la atención hacia el problema general. Siempre es un plus que te vean. ¡Y es que coño, pareces un superhéroe! —dijo, mordiéndose el labio inferior.
La noticia se extendió rápidamente, y las lenguas, que tal vez sean las mismas que hoy recuerdan, empezaron a construir una gran bola, en la que, al poco tiempo, el primer grano de tierra se hizo imposible de rastrear.
Era importante realizar una toma, daba legitimidad a la operación. El llamado fue retador, buscaba dar un vuelco total al panorama, y convertir los cuarenta individuos en cuarenta regimientos. Cuando el gallo cantó, ya Butters se encontraba seguro, y la operación parecía manejarse por osmosis.
Juan José se levantó temprano, a pesar de que estaba de vacaciones, el rumor de trompetas y pirotecnia no quiso dejarle recuperar las horas de sueño desfalcadas a lo largo del semestre.
—Sacaron a Butters —le dijo su madre.
—¿A Butters? ¿Qué? ¿Ahora? ¿Cómo coño?  ¿Qué sentido tiene una maroma así?
—Prende la televisión.
Luego de buscar en varios canales vio que era en serio, que lo habían liberado. Se lavó la cara y, mientras se bebía un vaso de agua, revisó la cronología pública.
—Bueno, parece que esta vez sí se prendió, muchos tiros; y sacarlo es un movimiento agresivo, debe haber algo detrás. Después de todo, desde afuera puede ser interpretado como un intento de golpe, se exponen por nosotros—. Pensó.
 Así que se vistió, agarró unas galletas, agua, un suéter y se fue a la calle.
Las horas pasaron sin demasiadas novedades. Los aliados estratégicos fueron informados y ratificaron su apoyo desde el extranjero. Esto ilusionó a los vaqueros sifri, que ya se imaginaban en tranquilas y apropiadas labores diplomáticas. Sin embargo, el acceso al escondite se complicó. La “futura ex novia” de Sifri-cuatro quiso acceder al título con efecto inmediato. Vivía con su abuela, y no estuvo dispuesta a arriesgar una visita del escuadrón Tún Tún. A pesar de las lisonjas, las promesas y la siempre efectiva demagogia, no abrió la puerta. Pero Sifri-cuatro fue resiliente. No vivía demasiado lejos, así que mientras Sifri-uno contactaba con los aliados estratégicos, a ver si con suerte eran acogidos en la embajada cercana, los llevó hasta su estudio.
Niveocán estaba incómodo por el hacinamiento, se frotaba las manos frenéticamente; mantenía la mirada fija en Butters.
 —Señor, deberíamos continuar con la operación, presionar, aprovechar lo mejor posible la ventana que vio abrirse. Hay que sacar otra declaración al público, pero en vivo, estar en la calle, con la calle. Aún mejor si Butters está presente —insistió Celestina.
—Ya convocamos a la toma, civiles y militares acudirán. Falta mesura y saber preservar lo ganado. Nunca se vio que Napoleón se pusiera frente a los dragones. Anuncia que en breve publicaremos un itinerario de movilizaciones y pasos a seguir, encárguense..
 Celestina dio un suspiro corto. Al poco tiempo, Sifri-uno obtuvo el visto bueno de la embajada, así que se pusieron en marcha. Al ver que los demás salían, Niveocán retuvo a Butters en el departamento. 
—¿Cómo te sientes? —dijo, tomándolo por el mentón.
—No entiendo. ¿A qué jugamos?
 —Cuando estés instalado lo sabrás. Se han conseguido los objetivos, todo bien. Si obtenemos la liberación total, pues fantástico. Pero no es eso lo que buscamos, no hoy, todavía falta tiempo, pasos; pasito a pasito, es como una escalera. Ahora, si tu liberación nos hace saltarnos unos escalones, nadie se queja.
El recibimiento en la embajada fue casi heroico, y los vaqueros no perdieron la oportunidad de hacer contactos de primer nivel. 
Niveocán tomó de la muñeca a Celestina y le dijo al oído —necesito que consigas una habitación amplia y privada, está muy cansado. Sé que todo parece caótico, pero créeme que fue muy bien pensado. Tenemos incluso un plan F, piensa en la línea de sucesión ¿Quién tiene más papeletas? Es cuestión de ver la perspectiva completa. Consígueme esa habitación, ¿si podrías querida?
Lo acomodaron en un cuarto de amplios ventanales que daban hacia el patio alambrado. Había una gran cama con mosquitero y sabanas de seda. Allí estuvieron solos por primera vez. 
—Necesito que me expliques qué factores están de nuestro lado ¿quién que no conozca nos apoyó para que sacarme fuera viable?, ¿forma parte del otro bando? ¿pasaré a cumplir un rol itinerante desde ahora? ¿qué es lo que se viene?
 —Descansar, ya después nos preocuparemos de informarte; enviaré a alguien, dudo que podamos frecuentarnos. No pongas esa cara. Bueno, esto hay que alargarlo, extenderlo, no podrán soportar, se quedan secos. Para alargar el mejor camino es la diplomacia, si ellos velan por sus intereses, y nosotros por los nuestros, siempre será necesaria una nueva sesión, una nueva ronda, un nuevo país anfitrión.
—Es pegarse contra una pared. Lo entiendo, no podemos legitimarnos como lo hicieron ellos, pero no todo el mundo puede esperar. Al menos será diplomacia más activa, ¿cierto? Conseguirán realizar acuerdos paliativos. Imagino que me involucrarás en algo, así sea desde la clandestinidad.
—Por ahora no, solo podemos mantenerte a salvo aquí. La prioridad inmediata es sacar a tu familia… ¿Tienes calor?, deberías quitarte esa chaqueta, y la camisa también, quédate en franela. Abriré la ventana —dijo, poniéndole la mano en la rodilla
Butters suspiró entre sonrisas. Mientras negaba con la cabeza, dijo —no, solo un poco de hambre.
Niveocán llamó a Celestina, abriendo apenas la puerta, pidió. Le trajeron una bandeja. La introdujo en la habitación, se sentó y la colocó sobre sus piernas. Butters se acomodó y quiso tomarla. Niveocán lo golpeó en la muñeca con un ademán rápido y dijo —déjame, tienes que descansar. 
Lo alimentaba, sonreían y compartían. Los ojos de Niveocán brillaban a plenitud. Mientras le daba un bocado de arroz y plátano, tocaron la puerta. Butters masticó, a la vez que su compañero volteaba los ojos. Se levantó y abrió. 
—Lo llaman desde la casa de gobierno— dijo Celestina.
—¿Mi mujer?
—No, la otra casa.
—Ya vuelvo. No se te ocurra tocar nada—. Advirtió a Butters.
—No hablaré con él, seguramente quiere insultarnos, llamarnos hipócritas, malos golpistas y otras estupideces. Lo conocemos ya, ¿no es así?
—No de momento, solo desean hablar con usted.
—Entonces comunícales que no lo haré.
Celestina lo hizo; asintió mientras le respondían.
—Muy bien. Dijo que debería ser más hombre y afrontar las consecuencias de sus actos, que actúa tal como sus antecesores; que si por pagar guardias para hacer el trabajo sucio fuera, usted ya estaría muerto, pero su bando va “de frente”; que ya conocen nuestra ubicación, pero que no se preocupe, ya rendirá cuentas frente a los tribunales. Y algunas otras cosas, que no quisiera decirle.
—¡Será hipócrita!
—Señor, cambiando de tema, hace poco fueron transmitidas imágenes de vehículos de contención embistiendo a manifestantes, deberíamos hacer algo más, en el peor de los casos detener las demostraciones.
—¡Desgraciados! Creen que es una corrida de toros. ¿Ya está listo el itinerario que encargué? Si está listo, publícalo, y condena los actos en un tweet enfático— aseveró, mientras volvía a la habitación.
—Señor, las cifras de apresados y heridos que manejamos son alarmantes.
—Sí, lo sé. ¡Y dice que yo tengo que rendir cuentas!, cuando él no se preocupa por la integridad de los ciudadanos. Los embiste como animal. Mientras tanto, seguiremos, resilientes. No olvides condenarlo, usa el hashtag —repitió, antes de cerrar la puerta.
—¿Qué pasó? —preguntó Butters.
Nada, haciéndome perder el tiempo. ¡Qué debería parar!, si paramos perdemos.
—¿Qué has perdido tú?
—Lo sabes muy bien —dijo, haciendo pasos con los dedos sobre el brazo de su mentor.
—¿Es esa la razón por la que me sacaste?
—Hoy se cumple otro año de habernos conocido, ¿lo recuerdas? No estabas así de papeado y tenías la barba más limpia.
—Tú estabas igual de esgonzado, ¡pensar en lo derechito que te pones frente a las cámaras!
—Solo porque tú no estabas para hacerlo.
—Eras el único que se quedaba hasta tarde en esas primeras reuniones.
—Quería aprender todo lo que pudiera.
—¿Dónde está tu mujer? — dijo rascándose la cabeza y haciendo la mirada a un lado.
—En casa, cuidando a la niña ¿y la tuya?
—Rumbo al exilio, probablemente.
—Dime que no estabas cansado de eso, todo fofo, con esas trenzas amarillas, novia de pueblo… además, allá abajo—, rio tímidamente, tapándose con la mano —¿does the carpet match the drapes?
—Qué pedante con el bilingüismo.
—¿No te gusta porque te recuerda tu juventud desatada en la East Coast?
—¿Seguro que no es la tuya?
—A mí me desató mi jefe, en las reuniones privadas del partido.
Butters lo tomó por la cintura y lo tiró sobre sí —¿cómo puedes ser tan zorro? —gruñó sonriente. Se miraban a los ojos. Niveocán sintió el agarre seguro y pudo brillar a plenitud. 
—Por eso me gustaste —siguió Butters, antes de besarlo. Continuaron, hasta que Niveocán rompió su camisa. Sorprendidos los dos, rieron. 
—¿Cómo resumirías esta operación si pudieras ser honesto con el público?
—Jornada histórica, éxito rotundo. Se lograron los objetivos #OperaciónLibertinaje.
En el salón contiguo, acomodado en soledad, estaba el gabinete. Allí podían oír los quejidos y gritos gimoteantes bastante agudos. Los cuatro vaqueros sifri se miraban asustados, pensaban en silencio: 
—No puede ser, un equipo de paramilitar superó la seguridad y forzaron la entrada a la habitación por una ventana; ahora los torturan. Si abro la puerta me torturarán, o incluso peor, esta embajada tiene seguridad, ellos deberían actuar. Además, si algo sucede, está la línea de sucesión; capaz y llega hasta mí. Imagínate, yo, un tipo guapo, capacitado y con estudios, no me dejaré decir tonterías por nadie. Niveocán es el hombre, pero yo también puedo serlo. 
Celestina estuvo mirando las noticias, eso hasta que la señal fue interrumpida, y pudo notar el rumor. Extrañada, escribió un texto:
Jefe, ¿todo bien?
Mientras caía la tarde, Niveocán se ensalzaba, enrollado en un lecho de sábanas blancas, entre los rumores dulces de la camaradería; esa fraternidad a la que las malas lenguas refieren con nombres disonantes. Al mismo tiempo, Juan José se ahogaba en las calles con los rumores cáusticos de la irritación ocular, igual que tantos otros.
Todo perfecto, Celestina. Gracias por ayudarme en este primer paso. Hoy hicimos una liberación personal, ya llegará la colectiva ¡fuerza y fe en el proceso, que los objetivos son claros!

miércoles, 17 de noviembre de 2021

NAIDA SAAVEDRA: Narrativa Actual de Venezuela




Naida Saavedra (Venezuela, 1979) Es escritora de ficción, crítica literaria y docente. Ha publicado Vos no viste que no lloré por vos (El perro y la rana, 2009), Última inocencia (SEd Ebook, 2013), Hábitat (2013) y Vestier y otras miserias (Verbum, 2015). Su ultimo libro de cuentos, Desordenadas fue publicado por SEd en 2019. La investigación de Saavedra aborda los temas de identidad, migración y redes sociales en la literatura latinx contemporánea. En 2019, junto a Amrita Das, editó Ecos urbanos: Literatura contemporánea en español en Estados Unidos, número 15 de la revista Hostos Review. En su libro, #NewLatinoBoom: cartografía de la narrativa en español de EE UU (El BeiSMan PrESs, 2020) Saavedra estudia el movimiento literario en español del siglo XXI propio de Estados Unidos. Vive en Massachusetts, donde es investigadora y profesora de Worcester State University.




Memoria prestada


El semáforo en rojo.
Un flashback que nunca vivió.
Acero oxidado en las manos mientras se trepa a la Bestia. El pelo enmarañado por los días que lleva sin lavarlo. Las medias tan sucias como los zapatos. La garganta seca.
No llueve; eso es bueno. Todavía tiene la cola para amarrarse el pelo. Eso también es bueno. Aún le queda un pedazo de pan. Eso es más que bueno. Agarra la manito que la acompaña y se sienta en pleno metal con el bolso apretado por los muslos. Hay tesoros allí adentro. El número de teléfono de su tía. La foto de su madre.
Un recuerdo que no le pertenece.
La manito es morena, el brazo está requemado por el sol, la manga de camisa roída es azul. No logra percibir la cabeza ni el cuello que la sostiene y que se conecta al brazo requemado y la manito morena. Hasta allí llega la imagen. 
La luz intermitente; puede seguir adelante.
-Ay, profe, si no le gusta que le cuente estas cosas está bien. Es que a veces no tengo con quién hablar.
El viento la cachetea, el sol la ciega por instantes. Tiene que evadir las ramas de los árboles de ese tramo traicionero. Ahí se cayeron dos. Los oyó golpearse con el metal. Los oyó gritar hasta que no los oyó más. Siente la manito, allí está; no la suelta ni un segundo. La aprieta.
El semáforo en rojo de nuevo.
Una memoria que no es suya.
El rostro de la madre comienza a dibujarse, pero sin contornos. Solo hay una silueta que a los pocos segundos se desparrama sobre el piso de la sala. Caen las balas. La sangre rueda. Las lágrimas también. Siente la brisa que le hace remolinos en el pelo mientras corre a casa de la abuela a buscar pan y fruta. La manito agarrada. El llanto silente. 
-Yo no puedo volver a El Salvador, profe. Allá se murió mi mamá. Si regreso me muero yo también. No me puedo morir, me necesita el chiquito.
El motor se apaga. Las luces también. La llave se acomoda en la mano.
Una remembranza creada por palabras ajenas que le han prestado.
Entra a la casa y abraza a sus hijas. Los ojos llenos de dulzura. Inocencia, alegría, sonrisas. No hay posibilidad de que los flashbacks vengan de su propia historia. Están seguras. Si esa memoria fuera suya, nadie la recordaría porque nadie la habría contado; la manito no tendría piel. No habría durado en la Bestia ni un día, ni con el pan, ni con el acero oxidado. 




viernes, 8 de mayo de 2020

SOL LINARES: Narrativa Actual de Venezuela


SOL LINARES (Venezuela, 1978). Novelista, cuentista, ilustradora. Primer lugar en el concurso Cuento, ensayo, poesía (ULA, 2002) por el cuento “Bitácora de ti”. Primer lugar en la III Bienal Nacional de Literatura “Ramón Palomares” 2007 con el libro de cuentos Cuentafarsas ―Fondo Editorial Arturo Cardozo 2007. Fundarte 2010―. Primer lugar en el Concurso Internacional de Novela ALBA Narrativa 2010 con la obra Percusión y Tomate ―El Perro y la Rana (Venezuela 2010), Fondo Cultural ALBA (Cuba 2011), la Oveja Roja (España 2016); Acirema  (Venezuela, 2018)―.  En el año 2011, Monte Ávila Editores publica su segundo libro de cuentos La circuncisa. Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2014 por su novela Canción de la aguja ―Fundarte 2013―. Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2015 por su libro de cuentos La silla cruza las piernas (Fundarte 2014). Muestra de su trabajo narrativo ha sido recogido en distintas antologías plurales, como Antología sin Fin (Escuela del sur, 2012), De qué va el cuento (Alfaguara, 2013), Nuestros más cercanos parientes (Editorial Kalathos, España 2016). Autora de la publicación periódica Verbolatría reunidos recientemente en su blog (sollinares.blogspot.com), diseñado desde el foco de una gramática singular, emotiva, donde interviene la filosofía de lo cotidiano, la poesía y la sociología. Sus colaboraciones en distintos medios de comunicación impresos se realizan en forma de artículos literarios y caricaturas. Hoy incursiona en el género de comedia Stand up Comedy.


Selección por Gladys Mendía de la antología de cuentos Popeye, me casé con Brutus.



Popeye, me casé con Brutus

Querido Popeye:
Brutus duerme boca abajo, con su pijama a rayas, como un judío preso en aquellos malditos campos Auschwitz. Le escribo desde el dormitorio que comparto con este hombre a poco menos de treinta años de matrimonio, a propósito de su última carta, la cual me vi tentada a quemar. Lo hice por no caer en la tentación de volver a leerla, como una vieja que revisa los álbumes de sus antiguos amores. ¿Para qué, si tampoco tengo una hija a quien contarle mi vida? Necesito aclarar que será la última noticia que reciba usted de mí. Mi esposo ha caído gravemente enfermo: padece de un maldito cáncer de hígado. Bueno, el doctor no hace más que mirarme como la futura viuda que soy. Lo llevo mal, aunque usted puede sacarme en cara que apenas me casé, quise estar de nuevo soltera. Pero Brutus me amansó; nadie me habría tenido tanta paciencia. Al final, solo quería separarme para fornicar un rato con otros hombres. Saciadas esas ganas, Brutus volvía a ser mi dueño.

Estos ocho meses que Brutus guarda cama contra su voluntad, no han hecho sino avivar la pasión que siempre me ha despertado todo aquello que se me niegue, y la muerte me va negando su cuerpo, en tanto que la vida me va desengañando. ¿Sabe? Siempre pensé que la robustez de Brutus era incorruptible, inmune a los dolores mundanos que nos aquejan a todos, a usted, por ejemplo, a quien llevó la ventaja de tener que demostrar constantemente la necesidad de poseerme, contra la suya, de salvarme. No puedo apartar los ojos de Brutus, duerme mientras algo interno lo consume. Lo veo llenarse de canas. La edad le ha disminuido hasta la estatura, aquella estatura colosal que tantos problemas le dio a usted en nuestra mocedad, ¿recuerda? Fíjese. El trauma de cualquier pareja longeva es presenciar, a la fuerza, la decadencia de los cuerpos que una vez fueron bellos y enérgicos. Hubo un tiempo en que juré que Brutus era una cosa inmortal, dudaba que un cuerpo como el suyo pudiera desvanecerse. No deja de decepcionarme su vejez, su progresiva torpeza, y sin embargo me sorprendo a mí misma amando su fachada de niño. El tiempo se encargó de ir disminuyendo también su lujuria. En su lugar, instaló un yacimiento de ternura en sus facciones. Si usted lo viera... Los toscos brazos que en una época me estrangulaban sin quererlo, ahora se mueven despacio y me recogen como si fuera yo una mujer de resina, y aquella barba negra fue poseyéndola un empeño domeñado y blanquecino. Antes, cuando solía dormirme en su pecho altivo, me costaba encontrar los latidos de su corazón. Entonces era un pecho amplio, poblado de vellosidades, que escondían un corazón membrudo al que yo no tuve acceso sino hasta veinte años después, cuando las carnes comenzaron a menguar. Ahora sus latidos no me dejan dormir, su corazón se encuentra demasiado expuesto.

Tras leer esta carta, creerá usted que me moviliza, no el amor a Brutus, sino una perversa compasión. O la necesidad de absolverme de tantos daños que le he causado a mi esposo. Es cierto, Popeye; hice todo cuanto había que hacer para que alguien piense de este modo: las mujeres terminamos enamorándonos de los villanos. Son más atractivos, o despiertan en uno nuestra propia maldad, acalambrada por los buenos modales. Pese a que he sido malvada y libertina, no soportaría que usted creyera que siento piedad, culpa o conmiseración respecto a Brutus. Lo que siento por él se llama abnegación, que es la mayor expresión del amor. Cualquiera que me viera en la cabecera de la cama frotando sus manos con loción de rosas, pensaría que se trata de una postrera lealtad. Leal nunca le fui. Me falta carácter para estas cosas, querido Popeye.

Ahora comprendo que siempre amé a Brutus, que usted sólo fue el interruptor de esa pasión. Tómelo como la expresión pagana de mi propio fetichismo, recrudecido por el espectáculo de una guerra en la que nunca prometí dar nada a cambio, ni al ganador, ni al perdedor. Ya ve, la edad me ha vuelto más insolente. ¿Acaso nunca le dije que Brutus sabe que usted y yo hemos mantenido una inútil correspondencia? ¿He sido tan cauta para olvidar comentarle que suele preguntar por usted sin aturdirse? He aquí la máxima de su hombría: Brutus lo contiene a usted, pero usted, jamás habría podido contener a Brutus. No me malentienda, pero usted siempre fue lo que aparentó ser, un hombre bueno. Verá, ser bueno no basta, al menos no para mí. ¿Para qué iba a casarme yo con un altruista? No quieres a un hombre bueno porque sea bueno; lo bueno solo puede beneficiarte. En cambio, Brutus fue siempre tan contradictorio... De eso me enamoré enceguecidamente. Ahora lo sé: a la bondad hay que agregarle el ingenio, la tozudez, la malicia, el desparpajo, la valentía y la ternura. A Brutus le gustaba ponerse mis pantaletas en la cara, como todo hombre en el centro de su pequeño circo sexual. Así recibía nuestras visitas, salteaba espárragos, preparaba ensalada de yogurt a la suegra. Así pidió mi mano a mi padre. Usted jamás habría llegado a tanto, nunca se ha permitido hacer el ridículo. Brutus ha sido demasiado todo. Fuerte y alto, era muy torpe para salvarme de los perros que ven en mí un hueso ahumado. Y tiene tanta delicadeza para llorar... ¿Le dije que le tiene fobia a las arañas? ¿Le conté que baila flamenco y que le quedan feas las corbatas? Usted dirá: esta no es una carta para Popeye sino para Brutus. Puede ser, estoy aterrada. Me adoró tanto, toda la vida, que cuando se muera se va a llevar esa adoración, y yo no seré más que una simple mujer.

¡Tendría que haber visto la dramática noche en que la borrasca se llevó nuestra primera casa! Nunca lo escuché quejarse por lo perdido. Con sus mismas manos levantó la segunda casa, no como Vulcano, ni como Hércules, sino con la alegría de un hombre que desea ver sobre la piedra lo que sueña. Fue la metáfora de la reconstrucción de esta Oliva que hoy le escribe. He descubierto que Brutus tiene la medida exacta de mi pasión y mi temor por la vida. No sé qué será de mí cuando él muera.

En cambio, el amor suyo por mí no era sino una proyección de la justicia. ¿Cómo hubiera sido mi vida si me hubiera casado con usted? La respuesta es sencilla: la aventura habría acabado en el justo momento en que Oliva fuera suya. ¿No le parece que es un milagro que no haya terminado acostándome con ustedes dos en la misma cama? Entre ser salvada y perseguida me quedó, por un buen tiempo, cierto gusto por los tríos amorosos. Si lo mira objetivamente no le sorprendería que yo necesitara recibir el amor de direcciones opuestas; ustedes representaron la mejor escuela de la poligamia, y francamente, durante mis primeros años de matrimonio, logré incorporar otros contendientes amatorios de los que Brutus se defendía con la misma ferocidad. Años después llegaría a una estruendosa conclusión: la pasión que nos atacaba tanto a usted como a mí, dependió mucho de la pasión de Brutus. Algo así como sucede en Vicky Cristina Barcelona, con la diferencia de que a Segar jamás se le hubiera ocurrido darme un toque lésbico como lo hiciera Woody Allen con Penélope Cruz. Así que nuestra historia triangular me educó en la bigamia, la ninfomanía, afianzando mi carácter que difícilmente toleraba la soledad y las relaciones corrientes.
Brutus fue el tipo de hombres a quien le avivan el amor sólo las mujeres inalcanzables, comprometidas e indiferentes. Usted fue el tipo de hombre que se enamora sólo de su heroicidad.

Veo a Brutus dormir. Siempre termina con los pies fuera de la cama. Parece un Troll durmiendo en una caja de fósforos. En treinta años de matrimonio una de las cosas que se prueban son las formas y tamaños de la cama. A veces, solo con las rodillas complexas puede caber un hombre en un cuadrado. Esta kinsái, donde él duerme ahora mismo, la compramos en un mercado filipino donde celebramos los quince años de matrimonio.

¿Le conté que Brutus era incapaz de enfadarse por la sombra de Popeye? Confiaba demasiado en su calidad de amante. Yo misma no soy capaz de refutárselo. Por eso y porque creyó que jamás me gustaron los hombres feos. Nada más lejos de la realidad. Toda mi vida he sentido debilidad por los hombres feos. Brutus sería la excepción de la regla. Su fealdad, querido Popeye, llegó a enloquecerme. Recuerdo que mamá se oponía a nuestro romance, decía que usted era doblemente feo y que fumaba marihuana. Nunca creyó que fueran espinacas; para ella, siempre fue usted un hombre feo, tuerto, noble, marihuanero y adicto a los esteroides. «¿Pop-eye, en serio? ¿Cómo te va a gusta un hombre cuyo nombre significa ojo saltón, ojo tuerto?». Pobre mamá. Nunca llegamos a comprendernos del todo.

Mi boda con Brutus tampoco la satisfizo; dijo que era demasiado hombre para mí. «No te extrañe que un hombre tan guapo y tan fuerte sea actor porno», me advirtió. No sé si llegó a probar sus dotes de amante, porque parecía muy segura de lo que decía. Pero ella misma se aseguró de que no sucediera tal cosa. Los primeros años de matrimonio mamá se encargó de apoderarse de su sex-appeal. Le saboteó su irresistible atractivo y lo adecuó al aspecto de un hombre profundamente casado. Mamá vivió en nuestro departamento hasta que murió, en el año 1993. Se preguntará qué hice yo para oponerme a su asquerosa influencia. Nada, en realidad. Mi madre compensó la pérdida de mis hermanos con una fijación hacia Brutus, tanto que en poco tiempo me desplazó: llegué a pensar que mi madre era ese tipo de mujeres que proyectan en sus yernos una especie de marido. Bueno, Brutus tampoco opuso resistencia, y yo aproveché la incestuosa situación para buscar nuevos amantes. Mamá había abierto una nueva triangulación amorosa entre Brutus, ella y yo. Y mientras mi madre se encargaba de engordar a Brutus y esculpir en su abdomen marmóreo la barriga de mi padre fallecido, a mí se me disparaba la tendencia incontenible de la infidelidad. Brutus era de mi madre y yo de mí misma, así que en tres años tuve tiempo de vivir diez, malgastar la mitad de mi fortuna y procurarme una fama de ramera espeluznante.

Fue después de que mi madre murió cuando Brutus y yo comenzamos a mirarnos como marido y mujer, como Adán y Eva.
Antes, durante el paréntesis que abrió mamá entre nosotros, nos miramos como hermanos. Luego vino una mirada de profundo reconocimiento que nos acompaña hasta nuestros días. Lógicamente me quedó a mí el trabajo más difícil, recuperar su viejo cuerpo y quitarle la actitud de un padre solo e infeliz. Probé de todo. Comencé a buscarle mujeres a Brutus para restituir la fiereza de nuestro amor. Pero ya era demasiado tarde. Perdí, no sé qué día, ni a qué hora, el coraje para repartirnos. Desde entonces, es suficiente con los dos.

Como ha debido notar, querido Popeye, mi matrimonio no podría estar más consolidado. Vivimos de nuestras pensiones; la fama nos ha mantenido alejados de los colmillos de cualquier geriátrico. La vejez disciplinó la pasión a Brutus y a mí, mi propia morbosidad. De vez en cuando alguien nos reconoce en la calle y nos pide autógrafos, en su mayoría gente senil o algún chico coleccionista de cómics.
Por todas estas razones, desista de la idea de que yo regrese a su cama o que venga usted a ver a mi esposo. Los tres ya no cabemos en ningún espacio, no pretenda hacer del pasado algo familiar. Sólo hágale llegar a Cocoliso mis congratulaciones y mis excusas por no poder asistir a su graduación.
Sin más, Oliva H.





viernes, 20 de marzo de 2020

MIGUEL ANTONIO GUEVARA: Narrativa Actual de Venezuela



MIGUEL ANTONIO GUEVARA (Barinas, Venezuela 1986) Escritor, sociólogo del desarrollo, editor y artista del collage. Ha publicado en poesía Pensando el poema (Ediciones Madriguera, 2012); Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas (SurEditores, 1.a edición 2012; Awen, 2.a edición 2018); Ese instante turbio (Fondo Editorial Unellez, 2012); y Tres postales distópicas (El Caracol de Espuma Ediciones, 2017); en ensayo, Por la palabra (Fundación Editorial El perro y la rana, 2012) y Apuntes por el centenario de la Revolución de Octubre (Fundación Editorial El perro y la rana, 2017), además del libro digital experimental Índice hipertextual (steemit.com/@hipertextual, 2018). Ha recibido galardones en los géneros de narrativa, ensayo, poesía y periodismo, en Colombia, Venezuela y Suiza. En 2017, su libro Mahmud Darwish anda en metro recibió el VI Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo», en el género narrativa.

Selección por Gladys Mendía del libro Mahmud Darwish anda en metro (Taller Blanco, 2019)



TRES

Dios los cría y la noche los junta. Dios los cría y el oficio los junta. El encuentro era en el centro de convenciones más grande de la ciudad. Los mejores ordenadores de objetos intangibles estarían allí.

Subí al taxi –conducido por un francés, creo, no lo digo por su acento sino por su nariz— apenas logré pronunciar en mi orgulloso inglés la dirección. Mientras tomábamos esa autopista de apariencia cinemática caía una lluvia despacito, garuando, dicen en mi tierra, sentía el calor de mi chaqueta y lo bien que me quedaba, justa pero no tanto, ancha en el dorso pero no demasiado.
El olor de mi bebida tomaba la cabina y podía ver a lo lejos Alcatraz en medio del ritmo serial del Golden Gate.
No sé cómo llamarle a ese momento más que de una forma: revelación.




CUATRO

—Otra vez soñé con olas. Olas inmensas que me llevaban.
—Deberías escribir eso.

***
De tantas bolsas de té en la misma taza podría tejer trenzas si no se urdieran solas. Así van comportándose los sueños que sin querer olvidamos o ignoramos. Alguna vez pretendí enumerarlos
y documentarlos en tinta roja.
A la semana del registro pude comprobar que me ayudaba a recordar por entero el sueño ¿Les ha pasado que apenas nos levantamos y apenas llega un vestigio de lo soñado, que va desapareciendo poco a poco, como enajenado?
Quiero ver La maleta mexicana y urdir en las imágenes de Gerda, Capa y Chim, mantener viva la indignación aunque sea de otros lugares. A mayor distancia mayor capacidad para sentir, ¿no?

***
—¿Cómo traducirías el sueño?
—A ver...
La saliva es grito, Pávlov/ se llena, se vacía y vuelve a llenarse/ alguien abre en dos desde las escaleras
Otras mujeres vestidas de mí atraviesan a una sola
rapadas
con polvo color dorado sobre sus sienes
lunas
pelo en las caderas
delgadas como espigas
como música de manzanas y caballos
como música de bicis, barcos y culebras.
Mientras, escucho la muerte de un ahogado en su propio espumarajo.




LA RAZÓN MÁS GROSERA DEL MUNDO

Hoy voy a vivir por la razón más grosera del mundo: no tengo internet. Apenas pienso y el sonido de moto que va subiendo la avenida Francisco de Miranda me obliga a recordar al hombre de anoche que gritaba: es mi familia, por favor ayúdenme, todo esto con un soundtrack percutivo de beretta.

¿Qué cómo sé la marca? Mis respectivos doctorados en cuanto juego de guerra me hacen convertir en categoría de verdad mis especulaciones. He aprendido a manejar todas las armas habidas y por haber: como terrorista de película me quedo con el fabuloso AK.

Ir hacia la mente no es tan fácil como ir hacia el cuerpo. Cuántas veces olvido que esta máquina tiene seguro, es como recordar que los condones se rompen, puede uno estar seguro en la faena tanto tiempo que termina por creer que estos benditos cueros de látex son invencibles y realmente es mentirse. Entiende por favor que esto es ficción, no es nada para que te hagas ideas, pienso siempre en voz alta en las hojas de guarda de mis apuntes y libros. Son como dispositivos de seguridad para curiosos. Termine como termine cada conclusión es más muerte que vida, ningún seguro salva.

Rescindí la «selectividad afectiva» como llama mi psicólogo a la casi inexistente posibilidad mía de hacer amigos, logré salir de la casa y todavía pensaba en cómo ese desgraciado me dice las cosas, como si no me diese cuenta del sartal de eufemismos con los que pretende endosar a mi lado más compasivo, más piadoso, más humano.

Tantas cosas para ese fin de semana y ya casi nos pisan los días y todavía no piensas en tus responsabilidades. No has escrito ni una palabra de lo que debes decir o lo que pretendes comunicar para establecer discusión, al menos para problematizar el grupo: encuentro de intelectuales, encuentro de pensadores, de lo que se les ocurra a los diseñadores y demás agentes detrás del evento.

Lo único que diré, diplomáticamente será: la minería es un asco y todo lo que me da asco no lo toco y si lo hago es con la puntica del dedo o con un palito. Así que ya saben lo que puedo pensar sobre el asunto.

Apenas di unas cuantas vueltas por el centro me senté en el café más cercano e hice una lista de pendientes:

LA GRAN LISTA
Agregar a FB y TW a toda esa gente
Compra los libros sobre cambio c.
Qué diría Gordimer¿?
Escríbele el correo a Karina O.
Compra cereal y pasas
Corregir discurso
¿Si la URSS nos salvó del f. en el S. XX quién el XXI?
Aunque no estaba escrito decidí hablar del asco minero.





APAGALLAMAS

Pensó en releer a Arlt, Los lanzallamas; volvió a cerrarlo tan rápido como lo abrió: no era el momento más oportuno para leer sobre una revolución irrealizable.

¿Qué será de nosotros? Una firma manda al traste cientos de vidas, la puta palabra «vida», tan manoseada ¿Qué haremos, a quién le echaremos la culpa ahora? ¿A la burguesía, las trasnacionales?, no, todos somos culpables, ahora tan culpables como cómplices.

Era muy tarde y había poco dinero para hablar con el poeta Erasmo. Quería invitarle a comer y escuchar sus historias, tal vez salir de ese lugar lleno de cajas y libros viejos no era la mejor idea, ¿o sí?, lo cierto es que solo pensaba en aquellas muchachas y su definición del arte: un hombre con un encendedor debajo de una mujer con falda, ella levanta las olas de su tela, lo deja estar en la oscuridad y sus piernas y el hombre enciende el fuego, mira, ¿ves?, eso es arte, decían mientras una de ellas se contorsionaba lascivamente.

Por más que buscamos, aquella noche no encontramos el poemario de Zoraida. El fondo musical, envidiable, tv a todo volumen, a todo dar, voces chillonas con el típico acento de doblaje latino/mexicano, que en vez de piedra dice roca y en vez de balde cubeta. Así respondía la biblioteca, si le pedías Zoraida, decía Alberto y si repetías Zoraida, insistía otro nombre.

Los saludos de la bailarina eran generalmente no respondidos, solo alcanzaba a ver la hora en que se habían enviado los últimos mensajes, como bitácora de la curiosidad, ¿por qué escribía a esa hora?, ¿en qué pensaba cuándo lo hacía?, esa noche preguntó cuándo había sido la última vez que se había masturbado pensando en sus formas.

Ella había prometido bailar música de steel band acompañada de un rebozo blanco terciado en su cuerpo, como imitando a un pájaro, como asumiendo su papel de ola que va y viene. Él apenas alcanzaba a mirar al horizonte, siempre hacia adelante, como sosteniendo el timón de varias vidas dispuestas a desvanecerse al momento en que se distrajera.

Seguía sonando al fondo la tv, disparos y música estremecedora, como caballo relinchando, como boca dentro de otra boca.

Me vio. Allí estaba sentada viéndola acercarse. Nunca había visto a alguien apagar el incienso de esa manera.








jueves, 3 de septiembre de 2015

LUIS MANUEL PIMENTEL: Narrativa Venezolana Actual


Luis Manuel Pimentel (Barquisimeto, Edo. Lara.- Venezuela, 1979). Poeta y narrador. Licenciado en Letras por la ULA (2004). Magister en Literatura Iberoamericana –ULA (2012).  Periodista “empírico” con acreditación en Crónicas y Periodismo Literario por el CELARG, dictado por Eloy Jagüe Jarque, 2013. Ha publicado el poemario Figuras Cromañonas (Caminos del Altair-Mucuglifo-Mérida, 2007). Ganador con el libro Esquina de la mesa Hechizada el concurso de poesía de la I Bienal de Literatura “Rafael Zárraga” (2011) del Estado Yaracuy-Venezuela.  Su obra aparece en distintas antologías poéticas y páginas web. Actualmente se desempeña como docente de la cátedra de Semiótica en las Artes de la Licenciatura en Artes Plásticas de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA-Barquisimeto).

CUENTOS: 3 DE PERROS

Baudilio y los perros asesinos

Era en una montaña alta, como las que están en el páramo de la sierra andina. Allá donde el oxigeno entra poco  y los pasos deben ser cautelosos. Baudilio, un señor de 63 años vivía  en una casita humilde, de esas que están unidas sala cocina comedor, con el techo de zinc marrón de tanto tiempo puesto. 
Había una frontera en aquella inmensidad donde ni él ni los perros pasaban. En su casa, Baudilio tenía una pequeña colección de mandíbulas disecadas por el sol. Varias veces tuvo que luchar contra ellos, y a punta de escopetazos pudo salir ileso de los feroces combates. Pero atacarlo no era solamente porque los perros querían, siempre pasaba algo extraño que ni los mismos perros ni él comprendían del todo, una fuerza los movía sin aparente sentido.   
Baudilio tenía un hijo llamado Tadeo, que vivía en la ciudad, y lo iba a visitar frecuentemente. Se montaba en el jeep que su padre le regaló, y subía a llevarle alimento perecedero a su viejo que estaba siempre en las labores de la tierra.
Los perros andaregueaban a escasos tres kilómetros a la redonda de la casa. El viejo sentía sus presencias  al ver que otros animales iban a refugiarse en su casa, como indicándole entre aquella pureza de la naturaleza que algo pasaba.
Él vivía la vida de ermitaño que decidió tener a temprana edad, pero esa noche volvió a soñar que venían a buscarlo, y con la escopeta detrás de la puerta de su cuarto estaba atento a cualquier contratiempo.
Al otro día cayó una lluvia que nunca había visto en el lugar. Pensó que se le iba a caer la casa. Los  riachuelos que se formaban al rededor eran de espanto, parecían pequeños ríos  que no tenían aparente dirección. El agua que bajaba de la montaña traía arrastrados y ahogados a muchos perros.  Baudilio entendió la señal, no se descuidó y con la escopeta en mano espero que llegaran los que quedaban vivos.
Entre tanta agua a Baudilio se le movían los cimientos de la casa. Salió al patio, con su chaqueta de jean desvencijado y vio como venían en manada. Uno, dos, tres disparos e iban cayendo como piedras.
Por su espalda uno lo alcanzó y lo tiró al piso. Disparó al aire, fue lo más que pudo hacer. El agua corría como nunca antes había sucedió en aquella parte de la montaña. En el combate, los perros supieron hacer lo que tanto esperó Baudilio.  




Sólo vinieron a olerla
A Carmen Leticia

Eran las 15 y 37. Como 300 perros andaban cazando a una presa, pero no era un cordero, ni un burro salvaje, su figura era una adolescente de 14 años. Los pasos de los perros iban directos y precisos a su corta inmensidad. Toda la manada caminaba desde la calle 40 directo por la Av.20. La gente de los locales comerciales no entendía de dónde venían.
No sabíamos qué clase de hechizo habrían mandado para Barquisimeto, pero todos vimos como andaban detrás de las piernas, las nalgas, los muslos, brazos y demás partes del cuerpo de esta casi quinceañera. Daba cosa verla corretear sin dirección, y más impotencia cuando nadie se arriesgaba a protegerla porque todo el mundo temía quedar despedazado por tan potentes mandíbulas, o peor aún por terminar desangrando en el Hospital Antonio María Pineda. Las imágenes eran rápidas. Llegué a escuchar a un par de vigilantes de unos centros comerciales, refiriéndose que parecían salir del error de un experimento biológico de los laboratorios de veterinaria de la UCLA. 
Pude mirar en sus ojos el terror de cuando se le iban acercando. Gritaba desesperada, temblaba, la gente no hacía nada al igual que yo, estábamos fríos y confundidos ante tantos animales. De pronto, hubo una secuencia en la que 70 perros saltaban entre sí y le ladraban fuerte a su cara, arrinconándola en una esquina cerca de la zapatería Minerva.
Los perros callejeros iban y venía olfateando lo que encontraban en su paso. Eran como 300 o más de 300, no se podía sacar con precisión la cuenta. La presa pálida, atragantada de miedo cruzaba la frontera al pánico, y ni un silbido de perros que les diera la orden de ¡atención!.
Los minutos eran eternos, y de verdad que la eternidad desesperada se escuchaba desde la voz poseída de la chiquilla. Una canción de cuna tal vez podría calmarla, pero por más que se le cantara María Teresa Chacín, no podría causarle un efecto de ensueño. La van a atacar decían todas las personas que estaban en una rueda de pescado; la van a matar decía una señora llorando desconsolada. ¡¿Qué podemos hacer?! – gritó alguien parecido a ella con ropa de liceo.
Ya no podía más con su nervios, ni su garganta, ni sus lágrimas, ni con su cuerpo tembloroso. Los perros cogían más terreno, la rodeaban desesperados. Con su cara virginal, aquella cara que traducía una vida de colegio marcando la huella de que era especial, sólo que ahora los cuadrúpedos no la dejaban moverse. 
Por un instante se dio cuenta que no pudo más con todos ellos, y se fue agachando poco a poco en movimientos que marcaban una posición fetal; los perros le saltaban por encima. Eran como una proyección oscura, unos sobre otro sin dejar ni un centímetro de distancia entre ellos. Negro sobre negro, gris sobre gris, baba sobre baba. Aullaban, labraban, se restregaban en el piso y sobre ella. 
De pronto, comenzó a lloviznar y de la nada emergió una estrepitosa brisa. Apareció un sonido estruendoso y una gran luz fucsia en el espacio al estallar un transformador de luz, que estaba pegado en el poste de la esquina.
Con el estrepitoso sonido los perros empezaron a caminar desesperados cada uno por donde podía. No tenían un rumbo preciso ni nadie que los guiará, iban escabulléndose, tumbando a las personas, los pipotes de basura, se metían a los locales comerciales, la manada atormentada, la gente gritaba, los perros sin dirección. 
Algunos, los más devotos a su presa, no querían desprenderse de ella, que seguía tirada en el piso frente a la zapatería. La olían, mil veces la olían y seguía acostada, sin un rasguño, sin una pizca de haberle roto la ropa, intacta, completa, limpia.




Los perros tienen derecho de cruzar la calle

Estaba más blanco que de costumbre, lo habían recién bañado y se secaba sacudiéndose por los predios de la casa. No hubo ni una maniobra para no pasarle por encima. La Señora salió de su casa. Se agarraba la cabeza sin saber qué hacer.
Del Maverick, los cauchos quedaron manchados por el impacto. La tarde caía entre una sombra crepuscular que daba mucho ánimo. Al niño no se le quería decir nada, él presentía que algo malo pasaba pero a sus cinco años era cruel contarle la forma de cómo ya no iba a jugar más con el perro que le regalaron cuando cumplió los dos.
El pelaje se transformaba en el paso de cada segundo. De su mandíbula salía una sonrisa que la abuela decía que había muerto en paz, pero al mismo tiempo se revelaba una paz atropellada por máquinas monstruosas.
En el patio colgaba un collar antipulgas, que se lo habían quitado para que se le secara mejor el cuello, después del baño. El collar nunca lo volvieron a mover de ese sitio, contó Ignacio después de veinte años, quien jamás pudo despegarse del recuerdo del que fue su sabueso.
En el transcurso de esos mismo veinte años casi toda la familia había muerto, sin embargo, seguían algunos objetos en la casa que nunca se movieron, como queriendo establecer el orden de antaño, por eso cerca del collar estaba el vaso donde la abuela colocaba a remojar sus dientes postizos. 
La calle fue cambiando, hoy es más amplia y tiene más huecos. Las fachadas de las casas son más altas, fueron modificadas al antojo de un Gobernador que reinó por varios períodos. Los postes de luz son de color fucsias. Hay miles de pequeñas capillitas a la orilla de la Avenida Ribereña.

Volvieron las doce de la noche cuando los dientes del perro seguían pegados en el asfalto. Nadie intentó recogerlos. Todos los niños del barrio salieron a darle las condolencias al pequeño Ignacio. Muchos de ellos lloraron con él, a pesar de los caramelos que les trajo el tío Adolfo.

viernes, 1 de mayo de 2015

STEFANIA MOSCA (Caracas, 1957-2009) Narrativa Venezolana



STEFANIA MOSCA (Caracas, Venezuela 1957-2009). Su obra abordó el ensayo, la crónica, el cuento y la novela. Se graduó en Letras en la Universidad Central de Venezuela e hizo estudios de postgrado becada en la Fundación de Estudios Internacionales Ortega y Gasset, en el Instituto de Cooperación Iberoamericana, en Toledo, con Fernando Rodríguez La Fuente y Joaquín Rubio. Cursó la maestría en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar. Entre sus libros se encuentran La memoria y el olvido (1986), Seres cotidianos (1990), Banales (1993), Mi pequeño mundo (1996), Cuadernillo Nro. 69 (2001), Maternidad (2004),  El Circo de Ferdinand (2006), Mediáticos (2007).


Selección por Gladys Mendía de Mediáticos



 Mar Caribe

Solo tus  ojos y nada como el azul de este mar, esta calidez, esta lentitud, esta recurrencia que cura el alma y el vulgo denomina olas. El mar, la materia misma de la vida, siempre recomienza -repetía Adriano González León citando a Valéry en las clases de literatura latinoamericana. El mar Caribe o el venturoso mar de las Antillas acompaña mi incertidumbre, mi asombro de ser, mis excesivos sentimientos, los colores de mis gavetas, las telas de mis pañuelos, mi preferencia por los personajes a contraviento, mi secreto en los crepúsculos...y el mar allí, en eso vacío, a veces plácido, que me acompaña, no lleva tu nombre, pero sí el color de tus ojos, padre, antes de marchar.





Destino

Supe mi destino anticipadamente y no pude alcanzarlo. Saber lo que somos no da ni quita nada. Finalmente solo podemos vivir lo que vivimos. Cada espacio de materia requiere al menos el doble de su misma cantidad de vacío. Ni puedo distinguir si el pasajero del último vagón requiere de nuevos indicios. Yo solamente busco mi pasado allí, con esas versiones de lo que aconteció. Juego a tener una vida propia, a hilar la historia de los sentidos. Una historia, un argumento y sus consecuencias. ¿Y el cielo? ¿Acaso el color del cielo no es importante?




Abeja reina

Hacer miel, algo tan dulce, no puede hacerle daño a nadie. Y, sin embargo, la opresión,la servidumbre, el yugo, la tiranía, todo por la perfección del panal, por la dulce sustancia que nutre y embellece el desayuno de los hombres.

 Imperfección Lineal

Es de rayas la franela. Largo gesto, adusto:
-Aló- dicen las voces.
Los escuchas suspirar. Quieren más. Un mensaje contundente. Quieren más.
-Aló...
Y el vacío sigue allí, entre líneas.