María José Cáceres Ramírez (Honduras, 2003). Profesora de Ciencias Sociales, escritora y promotora cultural hondureña. Originaria de Lepaterique, Francisco Morazán. Fue galardonada con el primer lugar en el Certamen Nacional de Poesía de los XXXIV Juegos Florales de San Marcos, Ocotepeque, y en el Certamen Literario de Cuento Corto «Honduras Diversa». Asimismo, obtuvo el segundo lugar en el Concurso de Ensayo «Voces Educativas» y una mención de honor en la categoría de cuento infantil del XV Premio Nacional de Narrativa Infantil y Juvenil. Parte de su producción poética ha sido publicada por la Revista Literaria Cardenal (México), la Revista y Editorial Liberoamérica (Paraguay), la Central American Literary Review / Revista Literaria Centroamericana (Nicaragua), la Revista Montaje (Chile), la Revista Kametsa (Perú), el Fanzine Cámara Rota (México), la Revista Mal de Ojo (Chile) y la Revista Sabatina Día 7 del diario La Tribuna (Honduras), además de contar con espacios de difusión en el Minuto Cultural Sabatino de Radio América.
La piel del aire
Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire siempre de viaje.
-Octavio Paz.
El viento está aquí, no lleva nada consigo.
Solo es un movimiento vasto.
Es impersonal. No te ve.
Se desliza, se mueve.
No toma nada en sus manos invisibles.
Es la fuerza pura, sin intenciones.
La única presencia que no busca ser notada.
No arrastra la hoja, sino el hueco que la hoja dejó.
Y yo estoy aquí.
La corriente existe.
El aire fluye.
Y en esa respiración continua del mundo,
lo que soy empieza a soltarse.
No es una ruptura violenta,
sino una disolución gradual.
El viento pasa. Yo me abro.
Mis ideas se vuelven
menos sólidas, se ablandan.
Dejo de ser algo aparte
para ser parte del paso.
Una gota de agua dulce.
Hazme bosque, hazme lluvia
Yo no soy un jardín de flores forzadas,
nunca quise serlo. Mi esencia es de árbol,
de hojas que caen cuando deben caer.
No me nutrieron con agua de manantial,
sino con las sinceras lágrimas
de niñas que perdieron la inocencia.
No me pidas ser flor, pídeme ser un refugio.
No busques en mí la belleza,
sino la dulzura que reside en la corteza.
Y entonces, acompáñame con tu silencio
y hazme bosque, un lugar salvaje.
No me pidas ser un lago en calma, pídeme ser un río.
No me pidas que contenga el agua,
hazme lluvia y déjame fluir.
Quita mis orillas
para que pueda darte una caricia suave
mientras humedezco la tierra.
La fiebre lírica
El viento no soplaba, lloraba en mi oído.
Era un murmullo denso. No era el sonido del aire;
su voz era el testimonio del roce constante
que deshace la forma.
Me senté en silencio frente a la condición
de la violencia lírica que termina en hastío,
y le dije: "Muéstrame lo que necesito ver."
Y entonces, me dejó sin el refugio
del mañana prometido.
Fui despojada del nombre y el sentido.
"Sé mi tormenta", le dije.
No acepto la pasividad ni el gesto neutral.
Sé la fuerza que me quiebra y me deshace.
Sé el caos que me consume.
Y si no, ruge,
hasta que se anule el existir.
La poeta que falta
Lo que tengo, o tendré,
pertenece a la certeza del olvido,
o a ti, desconocida, incansable poesía.
-Rigoberto Paredes.
La hoja en blanco es un precipicio
y yo me encuentro parada en el borde.
Nunca seré poeta; el título me es ajeno,
es una vestidura que no logro llevar.
Lo sé: al mirar el abismo
soy la espectadora de mi propio lirismo.
A veces me pregunto si el pulso es verdadero,
o si la sílaba es solo una piedra angular forzada.
Me duele el gesto de buscar belleza,
donde solo encuentro enojo y decepción.
La palabra que busco tiene otra frecuencia;
me falta el peso exacto de la presencia.
Soy la que no está al nivel,
la que se queda en las orillas sino se asfixia.
Me duele la distancia entre la intención y el roce,
entre la idea que arde y el verso que muere frío.
Soy la que excava el silencio,
la que solo sabe la verdad de su vacío.
Reconozco mi nada
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
-Fernando Pessoa.
Reconozco mi nada.
No como un logro, sino como una fatalidad tranquila.
Es el remanente inerte después de que todo deseo se ha retirado.
Esta nada es la suma total de mis intentos.
Cada acción, cada búsqueda ruidosa de la afirmación,
cada estructura que intenté levantar con prisa y esperanza,
se articula ahora como un inventario de la ausencia.
He explorado la nada desde todos los ángulos
y siempre he regresado al mismo centro desnudo.
Mis intentos solo sirvieron para delinear el contorno
de lo que no es. Yo soy ese contorno ahora.
La constancia tranquila de la pérdida.

