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viernes, 13 de junio de 2025

Jesús Gomes: Narrativa Actual Venezolana


Jesús Gomes (Caracas, 1999). Es licenciado en Letras Cum Laude por la Universidad Católica Andrés Bello. En 2022 recibió la Mención Publicación por su tésis de grado "La reiteración numérico-simbólica y sus vínculos con la noción de moira en la Ilíada". Ha publicado ensayos y artículos académicos en las revistas Bacyllelmo, Ímpetu, Nova Telvs, Pasillo Gen20 y Cultugrafía. Algunos de sus cuentos y poemas han sido traducido al italiano. En el año 2024 gana el I Premio de Ensayo sobre la obra de Ida Gramcko, con su ensayo titulado "El niño que no le temía a los vegetales".



Te amo, Leopoldo

(Cuento inédito)

Dicen las malas lenguas, no sé si amarillas, azules o rojas, que una de las más grandes y efectivas operaciones militares orquestadas en los últimos tiempos tuvo como germen un motivo distinto del que se dio a conocer.
Niveocán se levantó de la cama sin hacer ruido, se acomodó la chaqueta recién puesta y mientras anudaba su corbata, dijo —eres el presidente, y hoy recuperas a la primera dama.
Salió de la habitación mientras tecleaba un mensaje a su asistente, que hizo acto de presencia a los pocos minutos. 
—Niveocán, ¿qué paso?, son las tres de la mañana —preguntó, en alerta somnolienta. 
—Reúne al gabinete, nos encontramos en el centro de operaciones B lo antes posible.
—¿El B…? ¿Irá? —dijo, viendo hacia el cuarto.
—No te preocupes por eso Celestina, reúnelos, yo me encargo de informarle cuando sea necesario. Ahora tengo que irme a revisarlo todo. Hazlos llegar cuanto antes. ¿El conductor está listo? 
Celestina asintió. Niveocán estaba impávido, pero un brillo tímido en sus ojos delataba parte del secreto. Fue llevado hacía el complejo B con precisión y velocidad. A su llegada, el reloj marcaba las 3:25 AM. Aprovechando la soledad momentánea, entró en su despacho estratégico y sacó un retrato del gabinete oculto en la mesa de trabajo; acarició el vidrio protector con suavidad:
—Hoy es el día, por fin volverás conmigo, y ya nadie dudará de que seguimos el camino propicio. Te amo. 
De súbito se abrió la puerta. Niveocán dio un pequeño saltó y guardó rápidamente la fotografía.
 —Ya están todos presentes, señor —dijo la asistente, solícita e intrigada.
 —Muy bien —respondió, arreglándose el peinado con la palma, —enciende la luz y hazlos pasar. 
Eran cuatro individuos masculinos, cuyos nombres no conocen las malas lenguas, y que llamaremos vaqueros sifri debido a sus atuendos. Estos eran idénticos, a pesar de que el gabinete no exigía uniforme. Lentes de pasta sin prescripción, pelo engomado que se abultaba hacia el lado derecho, barba y bigote afeitados al ras, saco negro, camisa de vestir azul celeste y corbata azul marino, blue jean claro y zapatos de punta con motivos geométricos rupestres en el puente. Se paraban derechos, en actitud altiva e informada, a pesar de haber sido sacados de sus camas hace apenas unos minutos.
Niveocán los invito a sentarse, incluso pidió que la asistente se quedara. 
—Caballeros, entiendo la situación, y pido disculpas por la premura, pero en los libros de historia no se documentarán unas pocas horas de sueño perdidas. No, se recordará el ingenio y la vivacidad de los hombres, que, junto a su líder, fueron capaces de dar el golpe certero, que concretaron los cimientos del buen camino para todos. Caballeros, los convoco en este momento de necesidad, el objetivo ya lo conocemos, solo estábamos esperando, y el momento propicio llegó.
—Señor ¿quiere decir qué…? —dijo sifri número uno.
—Habrá que preparar un comunicado en Twitter, convocar a la gente —dijo sifri número dos.
—Y hablar personalmente con nuestros aliados estratégicos, déjemelo a mí —soltó casi suplicante, sifri número tres.
—Es un genio jefe, ¡ahora es cuándo menos se lo esperan! —añadió el cuarto.
Niveocán miró a su comitiva, arañó la mesa con las uñas y expuso:
 —De momento no comunicaremos nada. La operación es. El lastre de promesas llegó a su fin, haremos que la situación cambie definitivamente. Iremos rápido, fuerte y preciso. Antes de que el gallo cante, la liberación habrá sido conseguida. Ya teniéndola en nuestras manos, lo comunicaremos a los ciudadanos y nuestros aliados estratégicos, ellos nos ayudarán a mantenerla. Necesito que se encarguen de reunir a la fuerza militar, y confirmen el número de efectivos leales a nuestra causa. Pasaré el plan de acción al gestor operacional en unos minutos.
 Dijo, señalando al segundo sifri, que, a pesar de sus esfuerzos, no pudo acallar el chillido instintivo de alegría. 
Niveocán continuó —necesitamos que esto salga bien, por eso encargaré la llegada y salida, es decir, lo tocante a la movilización vehicular, a un gestor individual. Por último, necesitaremos un nuevo centro operacional, uno que no esté en los registros de nuestros contrincantes, en caso de que piensen apresarnos o hacer retaliación inmediata. Espero estar listo para iniciar las operaciones en media hora. Trabajen en la sala común, hay café para todos.
Los cuatro vaqueros salieron de la sala. La asistente preguntó tímidamente —Señor, ¿qué es lo que haremos?
—Lo saben muy bien, liberaremos. Liberaremos aquello que deseamos sea liberado. Todos estamos de la misma forma si lo piensas. Encerrados, presos en nuestra propia casa. Dime ¿cómo es eso posible? No es más que inaceptable, ¡libertad!, con libertad y el camino correcto, así todo irá como corresponde.
El discurso de Niveocán no admitía dudas. Sifri-tres quedó encargado de la preparación de vehículos, trazado rutas de inserción y escape. Sifri-cuatro fue delegado a la búsqueda del escondite operacional. Sifri-uno, por su parte, estuvo pegado a un teléfono imposible de rastrear, con el que llamó, confirmó los nombres y regimientos de los soldados dispuestos a participar en la operación. Los acicalados vaqueros hablaron entre sí, y estuvieron listos para dar reporte al jefe.
Niveocán entró a la sala. Le mostraron seis rutas, tres de llegada y tres de escape. Eran directas, medias y periféricas. Recorrerlas tomaría respectivamente de 5 a 10 minutos, 10 a 20 y 20 a 45. La rapidez implicaba visibilidad, pero, a fin de cuentas, tenían el factor sorpresa.
—Si no hay imprevistos usaremos las directas —dijo con seguridad el jefe. 
—¿Por la autopista? —, susurró preocupada la asistente.
Sifri-cuatro informó que aseguró una casona de tamaño decente, cercana a una embajada amiga. Pertenecía a una mujer que apenas y frecuentaba, a la que las lenguas dicen que refirió como “su futura ex novia”.
Finalmente, llegó el turno de Sifri-uno, que, dudando de su altivez, tuvo que decir —señor… contamos con cuarenta efectivos y 32 fusiles.
 —Cuarenta regimientos y 32 cajas, es un buen contingente.
 —No, quise decir, cuarenta individuos, 32 de ellos con fusiles en su haber.
Niveocán soltó una manotada al aire. Meditando con la cabeza baja y la mano en la barbilla, sopesó. —Bueno, cuarenta, cuarenta… cuarenta tendrán que bastar ¿ya vienen en camino? El primer Sifri asintió.
—Entendido. Gestor, venga acá. Tiene cuarenta funcionarios a su disposición para tomar la casa y sacar del encierro al protector de nuestra libertad. Ya lo saben, estas son las últimas horas que vivirá Butters apresado, no permitiremos que se sigan riendo de nosotros.
—¿Liberaremos a Butters con tan pocos hombres, señor?, ¿en este momento? — preguntó, mientras se atoraban sus palabras.
—No le quepa la menor duda. Es el líder del partido, mi mentor, un hombre correcto e inocente. Ya luego continuaremos, tantearemos los planes de desarrollo secundario según vayan ocurriendo las cosas. Este es el inicio de la operación.
En ese momento, interrumpió la asistente. —Jefe, su mujer despertó, pregunta dónde está.
—Dile que surgieron un conjunto de circunstancias benévolas y era necesario realizar una reunión de emergencia para evaluarlas.
—Entendido. Señor, ¿realmente cree que sea prudente llevar a cabo tal maniobra con solo cuarenta efectivos?, ¿por qué le parece hoy, precisamente, el día propicio?  Esto podría salir mal, ¿si lo capturan? Ni siquiera hay suficientes armas.
—¿Cómo dudas de mi juicio? Parece que apenas estuvieras incorporándote a la causa. Todos aquí sabemos que la libertad es un proceso largo y teníamos que esperar, no apresurarnos. Todo está calculado, medido y pautado. Un grupo reducido nos ayudará a movernos más fácilmente, en caso de que la situación escale, con los medios y el testimonio de nuestras decenas de sublevados lograremos que cientos de soldados cambien de parecer y se nos unan. En caso de que me capturen, entrarían los aliados estratégicos. Es muy obvio —dijo, perdiendo levemente la calma.
—¿Escale?, ¿escale a qué señor? —inquirió Celestina.
—A la liberación, a libertad general. Así funcionan la operación y el proceso. Tenemos un objetivo primario, dentro de este hay un abanico de posibilidades secundarias a concretar según se muestren el devenir de los acontecimientos. Nuevamente, todo está en los planes de desarrollo secundario.
—Niveocán, jamás había escuchado de esos planes— dijo Sifri-dos.
—Tú…nunca…los planes. ¡Carajo! Después el pueblo se pregunta por qué nos toma tanto tiempo conseguir avances. ¡Basuras! ¡Montón de incompetentes! —espetó al encerrarse en el despacho.
Ellos no lo entienden —musitó, mientras volvía a acariciar el marco—, ya hace más de cuatro años que te fuiste. Apenas y te han visto. Necesitan un líder, no lo saben, creen que la pura vista basta. No, todo forma parte de una maratón muy larga, y es hora de realizar este paso. Haces mucha falta, tú guiarás.
La comitiva tocó la puerta. Eran las 4:00 AM, soldados y transporte habían llegado. El complejo B se preparaba para el olvido, todo era hecho tiras, mezclado e incinerado en distintas bolsas. Un resabio de expectación y certeza de fracaso, que no querían creer, se paladeaba en el humo de los Belmont.
—¿Todo en orden? —preguntó Niveocán.
 —Sí, listos.
 —Gracias, Celestina— dijo, antes de dirigirse a uno de los vehículos. 
—¿Es qué irá?
 —Por supuesto, ¿qué esperaban? 
—Que se presentara luego de confirmar el éxito de la operación.
No respondió.  Mientras se acercaban al escenario culmen, Niveocán no conseguía serenarse. Las cinco camionetas rompían el aire en fila. Vio desde la ventana el sitio prometido y apretó la mano de Celestina.
Según cuentan las malas lenguas, muy poco conocen de las peripecias con las que fue liberado Butters. Con certeza pueden decirnos que no se escucharon disparos, y que los tres o cuatro guardias que protegían el recinto tampoco ofrecieron demasiada resistencia.
Sin embargo, no perdieron detalle de lo ocurrido en los momentos posteriores a la liberación y escape. 
En la casa convivían Butters, su mujer e hijos. Envueltos por el ambiente enrarecido de una precoz clandestinidad transcurrieron sus minutos finales como familia reintegrada. Los niños, colgados de los brazos de su padre, le preguntaban qué era lo que pasaba. Él, igual de confundido, miraba la figura sonriente y enérgica de Niveocán, que, conteniendo su emoción, logró llevarlo hacia el patio trasero para hablar.
—¿Cómo te encuentras?, tenemos que irnos pronto. Me parece prudente que te despidas, tal vez por un buen tiempo.
—¿De qué coño estás hablando?, ¿qué pasa?, ¿hay amenazas contra mi integridad?, ¿cómo lo conseguiste? —preguntó.
—¿No estás feliz? Hice un gran sacrificio. Mucho riesgo para todos, para que tú y la patria puedan ser libres.
—No puedo alegrarme antes de entender la profundidad de las consecuencias para los míos.
—Estarán bien, saldrán del país por un tiempo, mientras conseguimos estabilizar. Hay que irnos.
Luego de despedirse de su familia, Butters se puso una chaqueta y partió junto a Niveocán. Veía la ciudad como hombre libre, aunque algunos lo llamaban prófugo. 
—Entonces ¿qué pasa con los militares? Imagino que separaste un grupo minúsculo en caso de qué fallaran ¿cuál es el siguiente paso? —, preguntó.
—No lo sé, tú eres el líder, ¿qué hacemos?
—¿Cómo es que no nos informaste qué harías esto? Eres un loco.
—Por eso soy tu favorito.
Ambos rieron. Butters le dio un golpecito en el hombro. Niveocán sintió por primera vez que la lucha valía la pena. 
No conseguían tomar una decisión. Celestina, que era la tercera rueda dentro de la camioneta, propuso:
 —Ya conseguimos el objetivo, hay que explotar la vaina, usar el boca a boca que insinuó para conseguir liberarnos. ¿No era esa su intención después de todo?, ¿activar los planes de desarrollo secundarios? Aprovechemos el efecto, enardezcamos al mundo. 
Concordaron, luego de debatir, prepararon un corto comunicado; se detuvieron en medio de la autopista para grabar.
—Todavía no sé si sea prudente, Niveocán. En medio de la calle, estamos muy expuestos.
—Tenemos que demostrar superioridad moral, el que no la debe no la teme, además, ayudará a desviar la atención hacia el problema general. Siempre es un plus que te vean. ¡Y es que coño, pareces un superhéroe! —dijo, mordiéndose el labio inferior.
La noticia se extendió rápidamente, y las lenguas, que tal vez sean las mismas que hoy recuerdan, empezaron a construir una gran bola, en la que, al poco tiempo, el primer grano de tierra se hizo imposible de rastrear.
Era importante realizar una toma, daba legitimidad a la operación. El llamado fue retador, buscaba dar un vuelco total al panorama, y convertir los cuarenta individuos en cuarenta regimientos. Cuando el gallo cantó, ya Butters se encontraba seguro, y la operación parecía manejarse por osmosis.
Juan José se levantó temprano, a pesar de que estaba de vacaciones, el rumor de trompetas y pirotecnia no quiso dejarle recuperar las horas de sueño desfalcadas a lo largo del semestre.
—Sacaron a Butters —le dijo su madre.
—¿A Butters? ¿Qué? ¿Ahora? ¿Cómo coño?  ¿Qué sentido tiene una maroma así?
—Prende la televisión.
Luego de buscar en varios canales vio que era en serio, que lo habían liberado. Se lavó la cara y, mientras se bebía un vaso de agua, revisó la cronología pública.
—Bueno, parece que esta vez sí se prendió, muchos tiros; y sacarlo es un movimiento agresivo, debe haber algo detrás. Después de todo, desde afuera puede ser interpretado como un intento de golpe, se exponen por nosotros—. Pensó.
 Así que se vistió, agarró unas galletas, agua, un suéter y se fue a la calle.
Las horas pasaron sin demasiadas novedades. Los aliados estratégicos fueron informados y ratificaron su apoyo desde el extranjero. Esto ilusionó a los vaqueros sifri, que ya se imaginaban en tranquilas y apropiadas labores diplomáticas. Sin embargo, el acceso al escondite se complicó. La “futura ex novia” de Sifri-cuatro quiso acceder al título con efecto inmediato. Vivía con su abuela, y no estuvo dispuesta a arriesgar una visita del escuadrón Tún Tún. A pesar de las lisonjas, las promesas y la siempre efectiva demagogia, no abrió la puerta. Pero Sifri-cuatro fue resiliente. No vivía demasiado lejos, así que mientras Sifri-uno contactaba con los aliados estratégicos, a ver si con suerte eran acogidos en la embajada cercana, los llevó hasta su estudio.
Niveocán estaba incómodo por el hacinamiento, se frotaba las manos frenéticamente; mantenía la mirada fija en Butters.
 —Señor, deberíamos continuar con la operación, presionar, aprovechar lo mejor posible la ventana que vio abrirse. Hay que sacar otra declaración al público, pero en vivo, estar en la calle, con la calle. Aún mejor si Butters está presente —insistió Celestina.
—Ya convocamos a la toma, civiles y militares acudirán. Falta mesura y saber preservar lo ganado. Nunca se vio que Napoleón se pusiera frente a los dragones. Anuncia que en breve publicaremos un itinerario de movilizaciones y pasos a seguir, encárguense..
 Celestina dio un suspiro corto. Al poco tiempo, Sifri-uno obtuvo el visto bueno de la embajada, así que se pusieron en marcha. Al ver que los demás salían, Niveocán retuvo a Butters en el departamento. 
—¿Cómo te sientes? —dijo, tomándolo por el mentón.
—No entiendo. ¿A qué jugamos?
 —Cuando estés instalado lo sabrás. Se han conseguido los objetivos, todo bien. Si obtenemos la liberación total, pues fantástico. Pero no es eso lo que buscamos, no hoy, todavía falta tiempo, pasos; pasito a pasito, es como una escalera. Ahora, si tu liberación nos hace saltarnos unos escalones, nadie se queja.
El recibimiento en la embajada fue casi heroico, y los vaqueros no perdieron la oportunidad de hacer contactos de primer nivel. 
Niveocán tomó de la muñeca a Celestina y le dijo al oído —necesito que consigas una habitación amplia y privada, está muy cansado. Sé que todo parece caótico, pero créeme que fue muy bien pensado. Tenemos incluso un plan F, piensa en la línea de sucesión ¿Quién tiene más papeletas? Es cuestión de ver la perspectiva completa. Consígueme esa habitación, ¿si podrías querida?
Lo acomodaron en un cuarto de amplios ventanales que daban hacia el patio alambrado. Había una gran cama con mosquitero y sabanas de seda. Allí estuvieron solos por primera vez. 
—Necesito que me expliques qué factores están de nuestro lado ¿quién que no conozca nos apoyó para que sacarme fuera viable?, ¿forma parte del otro bando? ¿pasaré a cumplir un rol itinerante desde ahora? ¿qué es lo que se viene?
 —Descansar, ya después nos preocuparemos de informarte; enviaré a alguien, dudo que podamos frecuentarnos. No pongas esa cara. Bueno, esto hay que alargarlo, extenderlo, no podrán soportar, se quedan secos. Para alargar el mejor camino es la diplomacia, si ellos velan por sus intereses, y nosotros por los nuestros, siempre será necesaria una nueva sesión, una nueva ronda, un nuevo país anfitrión.
—Es pegarse contra una pared. Lo entiendo, no podemos legitimarnos como lo hicieron ellos, pero no todo el mundo puede esperar. Al menos será diplomacia más activa, ¿cierto? Conseguirán realizar acuerdos paliativos. Imagino que me involucrarás en algo, así sea desde la clandestinidad.
—Por ahora no, solo podemos mantenerte a salvo aquí. La prioridad inmediata es sacar a tu familia… ¿Tienes calor?, deberías quitarte esa chaqueta, y la camisa también, quédate en franela. Abriré la ventana —dijo, poniéndole la mano en la rodilla
Butters suspiró entre sonrisas. Mientras negaba con la cabeza, dijo —no, solo un poco de hambre.
Niveocán llamó a Celestina, abriendo apenas la puerta, pidió. Le trajeron una bandeja. La introdujo en la habitación, se sentó y la colocó sobre sus piernas. Butters se acomodó y quiso tomarla. Niveocán lo golpeó en la muñeca con un ademán rápido y dijo —déjame, tienes que descansar. 
Lo alimentaba, sonreían y compartían. Los ojos de Niveocán brillaban a plenitud. Mientras le daba un bocado de arroz y plátano, tocaron la puerta. Butters masticó, a la vez que su compañero volteaba los ojos. Se levantó y abrió. 
—Lo llaman desde la casa de gobierno— dijo Celestina.
—¿Mi mujer?
—No, la otra casa.
—Ya vuelvo. No se te ocurra tocar nada—. Advirtió a Butters.
—No hablaré con él, seguramente quiere insultarnos, llamarnos hipócritas, malos golpistas y otras estupideces. Lo conocemos ya, ¿no es así?
—No de momento, solo desean hablar con usted.
—Entonces comunícales que no lo haré.
Celestina lo hizo; asintió mientras le respondían.
—Muy bien. Dijo que debería ser más hombre y afrontar las consecuencias de sus actos, que actúa tal como sus antecesores; que si por pagar guardias para hacer el trabajo sucio fuera, usted ya estaría muerto, pero su bando va “de frente”; que ya conocen nuestra ubicación, pero que no se preocupe, ya rendirá cuentas frente a los tribunales. Y algunas otras cosas, que no quisiera decirle.
—¡Será hipócrita!
—Señor, cambiando de tema, hace poco fueron transmitidas imágenes de vehículos de contención embistiendo a manifestantes, deberíamos hacer algo más, en el peor de los casos detener las demostraciones.
—¡Desgraciados! Creen que es una corrida de toros. ¿Ya está listo el itinerario que encargué? Si está listo, publícalo, y condena los actos en un tweet enfático— aseveró, mientras volvía a la habitación.
—Señor, las cifras de apresados y heridos que manejamos son alarmantes.
—Sí, lo sé. ¡Y dice que yo tengo que rendir cuentas!, cuando él no se preocupa por la integridad de los ciudadanos. Los embiste como animal. Mientras tanto, seguiremos, resilientes. No olvides condenarlo, usa el hashtag —repitió, antes de cerrar la puerta.
—¿Qué pasó? —preguntó Butters.
Nada, haciéndome perder el tiempo. ¡Qué debería parar!, si paramos perdemos.
—¿Qué has perdido tú?
—Lo sabes muy bien —dijo, haciendo pasos con los dedos sobre el brazo de su mentor.
—¿Es esa la razón por la que me sacaste?
—Hoy se cumple otro año de habernos conocido, ¿lo recuerdas? No estabas así de papeado y tenías la barba más limpia.
—Tú estabas igual de esgonzado, ¡pensar en lo derechito que te pones frente a las cámaras!
—Solo porque tú no estabas para hacerlo.
—Eras el único que se quedaba hasta tarde en esas primeras reuniones.
—Quería aprender todo lo que pudiera.
—¿Dónde está tu mujer? — dijo rascándose la cabeza y haciendo la mirada a un lado.
—En casa, cuidando a la niña ¿y la tuya?
—Rumbo al exilio, probablemente.
—Dime que no estabas cansado de eso, todo fofo, con esas trenzas amarillas, novia de pueblo… además, allá abajo—, rio tímidamente, tapándose con la mano —¿does the carpet match the drapes?
—Qué pedante con el bilingüismo.
—¿No te gusta porque te recuerda tu juventud desatada en la East Coast?
—¿Seguro que no es la tuya?
—A mí me desató mi jefe, en las reuniones privadas del partido.
Butters lo tomó por la cintura y lo tiró sobre sí —¿cómo puedes ser tan zorro? —gruñó sonriente. Se miraban a los ojos. Niveocán sintió el agarre seguro y pudo brillar a plenitud. 
—Por eso me gustaste —siguió Butters, antes de besarlo. Continuaron, hasta que Niveocán rompió su camisa. Sorprendidos los dos, rieron. 
—¿Cómo resumirías esta operación si pudieras ser honesto con el público?
—Jornada histórica, éxito rotundo. Se lograron los objetivos #OperaciónLibertinaje.
En el salón contiguo, acomodado en soledad, estaba el gabinete. Allí podían oír los quejidos y gritos gimoteantes bastante agudos. Los cuatro vaqueros sifri se miraban asustados, pensaban en silencio: 
—No puede ser, un equipo de paramilitar superó la seguridad y forzaron la entrada a la habitación por una ventana; ahora los torturan. Si abro la puerta me torturarán, o incluso peor, esta embajada tiene seguridad, ellos deberían actuar. Además, si algo sucede, está la línea de sucesión; capaz y llega hasta mí. Imagínate, yo, un tipo guapo, capacitado y con estudios, no me dejaré decir tonterías por nadie. Niveocán es el hombre, pero yo también puedo serlo. 
Celestina estuvo mirando las noticias, eso hasta que la señal fue interrumpida, y pudo notar el rumor. Extrañada, escribió un texto:
Jefe, ¿todo bien?
Mientras caía la tarde, Niveocán se ensalzaba, enrollado en un lecho de sábanas blancas, entre los rumores dulces de la camaradería; esa fraternidad a la que las malas lenguas refieren con nombres disonantes. Al mismo tiempo, Juan José se ahogaba en las calles con los rumores cáusticos de la irritación ocular, igual que tantos otros.
Todo perfecto, Celestina. Gracias por ayudarme en este primer paso. Hoy hicimos una liberación personal, ya llegará la colectiva ¡fuerza y fe en el proceso, que los objetivos son claros!

viernes, 8 de mayo de 2020

SOL LINARES: Narrativa Actual de Venezuela


SOL LINARES (Venezuela, 1978). Novelista, cuentista, ilustradora. Primer lugar en el concurso Cuento, ensayo, poesía (ULA, 2002) por el cuento “Bitácora de ti”. Primer lugar en la III Bienal Nacional de Literatura “Ramón Palomares” 2007 con el libro de cuentos Cuentafarsas ―Fondo Editorial Arturo Cardozo 2007. Fundarte 2010―. Primer lugar en el Concurso Internacional de Novela ALBA Narrativa 2010 con la obra Percusión y Tomate ―El Perro y la Rana (Venezuela 2010), Fondo Cultural ALBA (Cuba 2011), la Oveja Roja (España 2016); Acirema  (Venezuela, 2018)―.  En el año 2011, Monte Ávila Editores publica su segundo libro de cuentos La circuncisa. Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2014 por su novela Canción de la aguja ―Fundarte 2013―. Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2015 por su libro de cuentos La silla cruza las piernas (Fundarte 2014). Muestra de su trabajo narrativo ha sido recogido en distintas antologías plurales, como Antología sin Fin (Escuela del sur, 2012), De qué va el cuento (Alfaguara, 2013), Nuestros más cercanos parientes (Editorial Kalathos, España 2016). Autora de la publicación periódica Verbolatría reunidos recientemente en su blog (sollinares.blogspot.com), diseñado desde el foco de una gramática singular, emotiva, donde interviene la filosofía de lo cotidiano, la poesía y la sociología. Sus colaboraciones en distintos medios de comunicación impresos se realizan en forma de artículos literarios y caricaturas. Hoy incursiona en el género de comedia Stand up Comedy.


Selección por Gladys Mendía de la antología de cuentos Popeye, me casé con Brutus.



Popeye, me casé con Brutus

Querido Popeye:
Brutus duerme boca abajo, con su pijama a rayas, como un judío preso en aquellos malditos campos Auschwitz. Le escribo desde el dormitorio que comparto con este hombre a poco menos de treinta años de matrimonio, a propósito de su última carta, la cual me vi tentada a quemar. Lo hice por no caer en la tentación de volver a leerla, como una vieja que revisa los álbumes de sus antiguos amores. ¿Para qué, si tampoco tengo una hija a quien contarle mi vida? Necesito aclarar que será la última noticia que reciba usted de mí. Mi esposo ha caído gravemente enfermo: padece de un maldito cáncer de hígado. Bueno, el doctor no hace más que mirarme como la futura viuda que soy. Lo llevo mal, aunque usted puede sacarme en cara que apenas me casé, quise estar de nuevo soltera. Pero Brutus me amansó; nadie me habría tenido tanta paciencia. Al final, solo quería separarme para fornicar un rato con otros hombres. Saciadas esas ganas, Brutus volvía a ser mi dueño.

Estos ocho meses que Brutus guarda cama contra su voluntad, no han hecho sino avivar la pasión que siempre me ha despertado todo aquello que se me niegue, y la muerte me va negando su cuerpo, en tanto que la vida me va desengañando. ¿Sabe? Siempre pensé que la robustez de Brutus era incorruptible, inmune a los dolores mundanos que nos aquejan a todos, a usted, por ejemplo, a quien llevó la ventaja de tener que demostrar constantemente la necesidad de poseerme, contra la suya, de salvarme. No puedo apartar los ojos de Brutus, duerme mientras algo interno lo consume. Lo veo llenarse de canas. La edad le ha disminuido hasta la estatura, aquella estatura colosal que tantos problemas le dio a usted en nuestra mocedad, ¿recuerda? Fíjese. El trauma de cualquier pareja longeva es presenciar, a la fuerza, la decadencia de los cuerpos que una vez fueron bellos y enérgicos. Hubo un tiempo en que juré que Brutus era una cosa inmortal, dudaba que un cuerpo como el suyo pudiera desvanecerse. No deja de decepcionarme su vejez, su progresiva torpeza, y sin embargo me sorprendo a mí misma amando su fachada de niño. El tiempo se encargó de ir disminuyendo también su lujuria. En su lugar, instaló un yacimiento de ternura en sus facciones. Si usted lo viera... Los toscos brazos que en una época me estrangulaban sin quererlo, ahora se mueven despacio y me recogen como si fuera yo una mujer de resina, y aquella barba negra fue poseyéndola un empeño domeñado y blanquecino. Antes, cuando solía dormirme en su pecho altivo, me costaba encontrar los latidos de su corazón. Entonces era un pecho amplio, poblado de vellosidades, que escondían un corazón membrudo al que yo no tuve acceso sino hasta veinte años después, cuando las carnes comenzaron a menguar. Ahora sus latidos no me dejan dormir, su corazón se encuentra demasiado expuesto.

Tras leer esta carta, creerá usted que me moviliza, no el amor a Brutus, sino una perversa compasión. O la necesidad de absolverme de tantos daños que le he causado a mi esposo. Es cierto, Popeye; hice todo cuanto había que hacer para que alguien piense de este modo: las mujeres terminamos enamorándonos de los villanos. Son más atractivos, o despiertan en uno nuestra propia maldad, acalambrada por los buenos modales. Pese a que he sido malvada y libertina, no soportaría que usted creyera que siento piedad, culpa o conmiseración respecto a Brutus. Lo que siento por él se llama abnegación, que es la mayor expresión del amor. Cualquiera que me viera en la cabecera de la cama frotando sus manos con loción de rosas, pensaría que se trata de una postrera lealtad. Leal nunca le fui. Me falta carácter para estas cosas, querido Popeye.

Ahora comprendo que siempre amé a Brutus, que usted sólo fue el interruptor de esa pasión. Tómelo como la expresión pagana de mi propio fetichismo, recrudecido por el espectáculo de una guerra en la que nunca prometí dar nada a cambio, ni al ganador, ni al perdedor. Ya ve, la edad me ha vuelto más insolente. ¿Acaso nunca le dije que Brutus sabe que usted y yo hemos mantenido una inútil correspondencia? ¿He sido tan cauta para olvidar comentarle que suele preguntar por usted sin aturdirse? He aquí la máxima de su hombría: Brutus lo contiene a usted, pero usted, jamás habría podido contener a Brutus. No me malentienda, pero usted siempre fue lo que aparentó ser, un hombre bueno. Verá, ser bueno no basta, al menos no para mí. ¿Para qué iba a casarme yo con un altruista? No quieres a un hombre bueno porque sea bueno; lo bueno solo puede beneficiarte. En cambio, Brutus fue siempre tan contradictorio... De eso me enamoré enceguecidamente. Ahora lo sé: a la bondad hay que agregarle el ingenio, la tozudez, la malicia, el desparpajo, la valentía y la ternura. A Brutus le gustaba ponerse mis pantaletas en la cara, como todo hombre en el centro de su pequeño circo sexual. Así recibía nuestras visitas, salteaba espárragos, preparaba ensalada de yogurt a la suegra. Así pidió mi mano a mi padre. Usted jamás habría llegado a tanto, nunca se ha permitido hacer el ridículo. Brutus ha sido demasiado todo. Fuerte y alto, era muy torpe para salvarme de los perros que ven en mí un hueso ahumado. Y tiene tanta delicadeza para llorar... ¿Le dije que le tiene fobia a las arañas? ¿Le conté que baila flamenco y que le quedan feas las corbatas? Usted dirá: esta no es una carta para Popeye sino para Brutus. Puede ser, estoy aterrada. Me adoró tanto, toda la vida, que cuando se muera se va a llevar esa adoración, y yo no seré más que una simple mujer.

¡Tendría que haber visto la dramática noche en que la borrasca se llevó nuestra primera casa! Nunca lo escuché quejarse por lo perdido. Con sus mismas manos levantó la segunda casa, no como Vulcano, ni como Hércules, sino con la alegría de un hombre que desea ver sobre la piedra lo que sueña. Fue la metáfora de la reconstrucción de esta Oliva que hoy le escribe. He descubierto que Brutus tiene la medida exacta de mi pasión y mi temor por la vida. No sé qué será de mí cuando él muera.

En cambio, el amor suyo por mí no era sino una proyección de la justicia. ¿Cómo hubiera sido mi vida si me hubiera casado con usted? La respuesta es sencilla: la aventura habría acabado en el justo momento en que Oliva fuera suya. ¿No le parece que es un milagro que no haya terminado acostándome con ustedes dos en la misma cama? Entre ser salvada y perseguida me quedó, por un buen tiempo, cierto gusto por los tríos amorosos. Si lo mira objetivamente no le sorprendería que yo necesitara recibir el amor de direcciones opuestas; ustedes representaron la mejor escuela de la poligamia, y francamente, durante mis primeros años de matrimonio, logré incorporar otros contendientes amatorios de los que Brutus se defendía con la misma ferocidad. Años después llegaría a una estruendosa conclusión: la pasión que nos atacaba tanto a usted como a mí, dependió mucho de la pasión de Brutus. Algo así como sucede en Vicky Cristina Barcelona, con la diferencia de que a Segar jamás se le hubiera ocurrido darme un toque lésbico como lo hiciera Woody Allen con Penélope Cruz. Así que nuestra historia triangular me educó en la bigamia, la ninfomanía, afianzando mi carácter que difícilmente toleraba la soledad y las relaciones corrientes.
Brutus fue el tipo de hombres a quien le avivan el amor sólo las mujeres inalcanzables, comprometidas e indiferentes. Usted fue el tipo de hombre que se enamora sólo de su heroicidad.

Veo a Brutus dormir. Siempre termina con los pies fuera de la cama. Parece un Troll durmiendo en una caja de fósforos. En treinta años de matrimonio una de las cosas que se prueban son las formas y tamaños de la cama. A veces, solo con las rodillas complexas puede caber un hombre en un cuadrado. Esta kinsái, donde él duerme ahora mismo, la compramos en un mercado filipino donde celebramos los quince años de matrimonio.

¿Le conté que Brutus era incapaz de enfadarse por la sombra de Popeye? Confiaba demasiado en su calidad de amante. Yo misma no soy capaz de refutárselo. Por eso y porque creyó que jamás me gustaron los hombres feos. Nada más lejos de la realidad. Toda mi vida he sentido debilidad por los hombres feos. Brutus sería la excepción de la regla. Su fealdad, querido Popeye, llegó a enloquecerme. Recuerdo que mamá se oponía a nuestro romance, decía que usted era doblemente feo y que fumaba marihuana. Nunca creyó que fueran espinacas; para ella, siempre fue usted un hombre feo, tuerto, noble, marihuanero y adicto a los esteroides. «¿Pop-eye, en serio? ¿Cómo te va a gusta un hombre cuyo nombre significa ojo saltón, ojo tuerto?». Pobre mamá. Nunca llegamos a comprendernos del todo.

Mi boda con Brutus tampoco la satisfizo; dijo que era demasiado hombre para mí. «No te extrañe que un hombre tan guapo y tan fuerte sea actor porno», me advirtió. No sé si llegó a probar sus dotes de amante, porque parecía muy segura de lo que decía. Pero ella misma se aseguró de que no sucediera tal cosa. Los primeros años de matrimonio mamá se encargó de apoderarse de su sex-appeal. Le saboteó su irresistible atractivo y lo adecuó al aspecto de un hombre profundamente casado. Mamá vivió en nuestro departamento hasta que murió, en el año 1993. Se preguntará qué hice yo para oponerme a su asquerosa influencia. Nada, en realidad. Mi madre compensó la pérdida de mis hermanos con una fijación hacia Brutus, tanto que en poco tiempo me desplazó: llegué a pensar que mi madre era ese tipo de mujeres que proyectan en sus yernos una especie de marido. Bueno, Brutus tampoco opuso resistencia, y yo aproveché la incestuosa situación para buscar nuevos amantes. Mamá había abierto una nueva triangulación amorosa entre Brutus, ella y yo. Y mientras mi madre se encargaba de engordar a Brutus y esculpir en su abdomen marmóreo la barriga de mi padre fallecido, a mí se me disparaba la tendencia incontenible de la infidelidad. Brutus era de mi madre y yo de mí misma, así que en tres años tuve tiempo de vivir diez, malgastar la mitad de mi fortuna y procurarme una fama de ramera espeluznante.

Fue después de que mi madre murió cuando Brutus y yo comenzamos a mirarnos como marido y mujer, como Adán y Eva.
Antes, durante el paréntesis que abrió mamá entre nosotros, nos miramos como hermanos. Luego vino una mirada de profundo reconocimiento que nos acompaña hasta nuestros días. Lógicamente me quedó a mí el trabajo más difícil, recuperar su viejo cuerpo y quitarle la actitud de un padre solo e infeliz. Probé de todo. Comencé a buscarle mujeres a Brutus para restituir la fiereza de nuestro amor. Pero ya era demasiado tarde. Perdí, no sé qué día, ni a qué hora, el coraje para repartirnos. Desde entonces, es suficiente con los dos.

Como ha debido notar, querido Popeye, mi matrimonio no podría estar más consolidado. Vivimos de nuestras pensiones; la fama nos ha mantenido alejados de los colmillos de cualquier geriátrico. La vejez disciplinó la pasión a Brutus y a mí, mi propia morbosidad. De vez en cuando alguien nos reconoce en la calle y nos pide autógrafos, en su mayoría gente senil o algún chico coleccionista de cómics.
Por todas estas razones, desista de la idea de que yo regrese a su cama o que venga usted a ver a mi esposo. Los tres ya no cabemos en ningún espacio, no pretenda hacer del pasado algo familiar. Sólo hágale llegar a Cocoliso mis congratulaciones y mis excusas por no poder asistir a su graduación.
Sin más, Oliva H.





jueves, 9 de abril de 2020

CLAUDIA VACA: Narrativa Actual de Bolivia


CLAUDIA VACA (Bolivia, 1984) Licenciada en Filología Hispánica (UAGRM) Publicó el poemario Versos de Agua (2008), ha participado en las antologías: Breve poesía desde Santa Cruz (2009), Como vuelan las mariposas (2013), la novela Diálogos del silencio (2017) y tiene inédito un ensayo sobre Gestión Cultural y educativa en los Barrios de Santa Cruz del 2006 al 2016. Ha desarrollado conferencias en Bolivia, Sao Paulo, Montevideo, Buenos Aires sobre gestión cultural, literatura y escritura creativa, memoria histórica desde la memoria del ciudadano, museología didáctica y educación cultural. Recientemente publicó su libro Pasaporte (Andesgraund Editores, 2019).

LP5 presenta el fragmento de una novela que la escritora boliviana Claudia Vaca comenzó a trabajar hace cinco años atrás.



Choboreca fue condenado desde su concepción, las coronas del río hicieron guiños de adopción, pero quedó ahí, en guiños, en coqueteo causado por el deseo de posesión territorial. Finalmente, él se crió solo, en la mente del monte gestó su propio sitio de felicidad, en la mente del monte Choboreca sanó la desidia de su concepción, la desidia de las coronas del río, en la mente del monte Choboreca gestó flores y nació el valle, para invitar a sus únicas amigas: las abejas, con quienes gestó miel, para cicatrizar, poco a poco, las heridas de su concepción.

Con las aguas de sus lágrimas, forjó piedras redondas y ovaladas, con ojos de agua subterránea creó bosques de totaí, cuchi, mangales, pitones, guayabillas, paquió, limones, chirimoyas, papayos, motacú, en sus momentos de creatividad exuberante, olvidaba todo y creaba alimentos, pero a veces ganaba el dolor, y un sabor ácido bordeaba las resinas de algunos de los árboles.
Choboreca desconocía el origen del dolor, pero igual lo sentía. Cuando Choboreca supo de dónde emanaba aquel dolor extraño que le hacía crear belleza, aquella tristeza de la desidia procedente de su concepción, decidió empezar a gritar, para que los sordos también lo escuchen, quedó afónico, entonces se hizo jarabe de Paquió, con miel de flores del valle, para limpiar su garganta y seguir dialogando, gritando con sus próximas creaciones.

En la antesala del cielo, ahí en Tucavaca, Choboreca talló huellas de piedras en forma de guajojó como símbolo de sabiduría petrificada, para despertar la sabiduría de quienes se acerquen. También dejó una huella en forma de tortuga gigante, como símbolo de paciencia, para que el habitante que se pierda en sus pampas, goce de tal virtud y eleve su espíritu, mientras sigue caminando, acompañándolo, porque a veces, Choboreca y Tucavaca causaban en sus exploradores, la ilusión de pertenecer allí, y los perdía cuando éstos querían causar crímenes contra sus seres sagrados, en esos momentos Choboreca y Tucavaca sonreían en forma de nubes lluviosas, y les movían el territorio, los dejaban caminar sus intenciones, hasta que las transformen.

Dada la experiencia de Choboreca y Tucavaca, en diálogos con la desidia, la codicia, la mezquindad, ellos olían la carne de cada una de estas intenciones en los exploradores, les daban la oportunidad de transformarlas, pero cuando éstos se resistían al acto de trasmutación energética, entonces les mandaban viento de espinas, o el gato montés llegaba y mondaba lo que quedaba del explorador, del cazador furtivo, así, la bondad de Choboreca y Tucavaca, permitía al alma de estos furtivos, ser liberados del cuerpo, y volverse cuidadores del monte.

Choboreca se pasó la vida buscando la belleza y el amor que su concepción no tuvo, empezaron a llegar habitantes de otra especie a su monte, él no se sintió cómodo, sin embargo, se esmeró en ser buen anfitrión, pero cuando empezaron las flores y árboles a ser arrancadas de sus territorios; Choboreca envió inundaciones, desbordes de los ríos, luego sequías, se expresaba de extremo a extremo.

La ignorancia de los habitantes no entendía que había una herida ahí, mientras más alfabetizados por la iglesia, la escuela y los códigos grecolatinos, más ignorantes de la mente del monte se volvían, así se tornó imposible para Choboreca, comunicarse con estos recién llegados.
Habían días de tranquilidad, de sosiego, de paseos entre las piedras y agua del río, de conversaciones amables, entonces Choboreca escondía su llanto entre las palmeras de totaí, motacú, coco, entre los mangales y cuchis. En esos días, algunos intrépidos exploradores de la historia de Choboreca, de la geografía de su dolor, eran capaces de llegar a la garganta de Choboreca, a las cuevas de sus gargantas, y mirar extasiados su grito aguado, frío, refrescante, eran llamados a sumergirse en esas aguas de dolor y abandono, de condena y rechazo.

Choboreca siempre quiso mostrarse hermoso, trabajaba diariamente para lograrlo, generaciones de estudiantes, de exploradores lo apreciaron; uno de ellos encontró en la cueva el registro de su historia en las piedras, también encontró registros de seres tomados de la mano, sosteniendo la furia del cielo y el infierno. Notaron que ahí está también la historia de la naciente Amazonia, elegida por los jesuitas como el lugar para marchitar a las flores, para apagarlas, mientras ellos levantaban sus sotanas ante la conveniencia del rosario que rezan algunas de sus hijas envueltas en el velo o en la cofia que las silencia en cómplice oración.

Tucabaca, expresó la belleza que Choboreca, el condenao, se esmeró en cultivar, y el mismo Tucavaca, pero su ánimo nunca era estable, siempre se cruzaba por los rieles de su pensamiento alguna de las tantas desidias. Un día cobró venganza a los jesuitas, y los botó de allí, los arrojó con los vientos de su primo Chochís al abismo del bosque, entre los rieles del tren, los hizo desaparecer el mismo día de la inundación, ángeles y demonios los levantaron y se inventaron un santuario, para seguir cantando versiones distintas del dolor de Choboreca y las flores marchitadas por la sotana levantada de los misioneros y las balas disparadas de los militares, junto al rezo silenciador.
La mente del monte tiene memoria, de la chispa del azadón y el machete, del balazo humano en los animales…tarde o temprano, salta la reminiscencia del dolor. Choboreca muere en su propia ignición de ira, en estos últimos tiempos, su llanto no es el agua, su llanto es el fuego, el incendio en el agua, narrando los crímenes de los habitantes en la entraña de las flores, en el vuelo de las abejas, en el tallo de sus árboles, en las semillas de sus frutos.

La desidia de las autoridades centrales y regionales, ante el primer día del grito-fuego del condenao Choboreca abrió la herida completamente, traspasada generación tras generación, cada habitante quiso, a su manera, aplacar el grito-fuego, pausar la combustión, ocultar la herida.
Por momentos el ojo del agua en Tucavaca sanaba la herida, la calmaba, otras veces la hacía gritar de dolor y ese grito dio la vuelta en las pampas hasta llegar a la muela de Chochís, la furia del viento fue contenida por Chochís y explotó en todas las direcciones, no permitió que nadie lea su ruta.
Chochís es el primo hermano más querido de Tucavaca, nacido y alimentado por las inundaciones y desbordes del llanto de Choboreca, un llanto que descarriló varios vagones del tren de la memoria, y aplastó varios cuerpos, una tragedia más, una tragedia menos, en la vida del condenao Choboreca.
Hace años que Choboreca sufre la desidia, el abandono, el desamor. Choboreca tuvo la primera herida de su adolescencia con un cura jesuita, que lo tomó por detrás y por delante. La segunda herida fue con un milico, durante la guerra del chaco, éste lo azotó y lo obligó a dormir con él, a soportar su olor a carne podrida, entre su sangre, entre sus balas y armas, terminó de cómplice, a punta de forcejeos diarios.

La tercera herida fue de Penavagic, el serbio llegado después de los fratricidios en las tierras eslavas, tal sujeto se autonominaba el hijo de Dios que vino de Dora, a dorar las píldoras en el valle, para fertilizarlos, para talar los brazos y piernas de Choboreca. Penavagic llegó a dejarle tajo tras tajo. Sí, el hijo de Dios que vino de Dora, ese es Penavagic, un hacendado nacido de los fratricidios, se asentó en la región, y dejó heridas hondas en los hijos de Choboreca, en Tucavaca, en Chochís, en San Luis, en Totaisales, en Santiagoma, en Santo Corazón, y para completar su endiosamiento, invitó a los colonos de la cocaharina a vivir ahí, para que produzcan su medicina de adrenalina contra las flores que habían retoñado, en la garganta inflamada de Choboreca, que las cultivó, más fuertes y más bellas.

Choboreca está mutando, para sobrevivir a tanto desdén y violencia, dialoga en su dolor, con el volcán latente de aguas calientes, se sumerge en sus ojos de arena y agua hirviendo, ahí calma el dolor de la artrosis que ahora tiene, ahí se baña Choboreca cuando le duelen los huesos y músculos, quiso darse un baño los últimos días, no pudo, había cenizas y humo por doquier, se retiró con el peso del tiempo y la desidia en sus pulmones.

Choboreca marcha en llamas, recordando el tiempo que jugaba a las escondidas, también jugaba botellita envenenada, con sus primas y primos corrían entre los árboles, subían y bajaban serranías, parecía que empezaba a ser feliz, y de pronto un gajo le cortó la rodilla, le abrió la carne, luego el totaí golpeado por la piedra le partío en dos el pulgar, la huella digital de su pulgar es una herida, una más, junto a las huellas de todos sus dedos.
Llegó el hijo de Corona de rocío, y Choboreca se enamoró, el día que lo llevarían de allí, fue abandonado en la orilla del ojo de agua que tiene Tucabaca, entre cerro y cerro, se quedó esperando muchos años, experimentó el desengaño.

Apareció el hijo de Amazonas, y le prometió cuidarlo, lo hizo, lo sigue haciendo, pero Choboreca está muerto hace tiempo, este incendio en el agua es la ira de su dolor, la ira de su llanto concentrada en el fuego, para apagar de sopetón tanta muerte, tanta carne de árbol, carne de piedra, carne de pez, carne de jaguar, carne de tejón, carne de aves, carne de totaí, carne de pitón, carne de mango, carne de guayaba, carne de chirimoya; tanta carne metaforizada ha sido abrasada, para expresar, una vez más, el dolor, la herida siempre abierta del condenao Choboreca, ante la desidia del jesuita, del migrante Penavagic, del gobernante, del habitante mismo.
Esta herida que siempre fue Choboreca, quiso ser una bella lesión para dar lecciones de compasión, para sosegar el desamor, pero ahora Choboreca es un cuerpo incinerado, es una ira que la belleza no pudo aplacar.

Cada ojo de lluvia en Choboreca está hirviendo, no puede mirar su alrededor, está quedando ciego, la ceniza está entrando a sus pulmones, el humo está asentado en sus bronquios. Choboreca se cansó de invitar agua cristalina y dulce a sus exploradores, a los cazadores furtivos, a sus habitantes, ha decidido invitarles sopa de cenizas, mientras llueve barro en la mesa de los gabinetes ministeriales que deciden cómo lucrarán de estas muertes, de estas heridas.
Hay heridas que mueren calcinadas, no hay huellas de las flores del valle, no hay huellas de la herida bella que quiso ser Choboreca, él le pide ahora a la humanidad, que salve su alma de estas llamas, porque el cuerpo que quiso ser, ¡ya no es más!, el condenao Choboreca, solo quiere ser amado.
¿Podrá el fuego en la entraña de las flores, engendrar un nuevo cuerpo para Choboreca?, ¿habrá generación que abrace su dolor con amor y reponga la desidia, los abusos y el abandono al cual estuvo condenado Choboreca?







lunes, 23 de marzo de 2020

MIGUEL ANTONIO CHÁVEZ: Narrativa Actual de Ecuador



MIGUEL ANTONIO CHÁVEZ (Guayaquil, Ecuador, 1979) es un escritor y gestor cultural ecuatoriano. Estudió Comunicación Social con especialización en Redacción Creativa (Universidad Casa Grande) y Relaciones Internacionales y Diplomacia (Universidad de Guayaquil). Trabajó como redactor creativo en las agencias de publicidad de su país natal. Posteriormente, se dedicó a la gestión cultural en el sector público. Sus obras: Círculo vicioso para principiantes (cuentos. Cuenca, Ecuador, 2005). La maniobra de Heimlich (novela. Lima, Perú, 2010; La Habana, Cuba, 2013) La kriptonita del Sinaí y otras piezas breves (teatro. Quito, Ecuador, 2013) Conejo ciego en Surinam (novela. Penguin Random House Grupo Editorial Bogotá, Colombia. 2013).




AVENTURAS DE UN GRUPO DE BECARIOS EN UNA UNIVERSIDAD NORTEAMERICANA

Anelius Borda llegó con las viandas que le hacían falta a su papá, y lo sorprendió leyendo un libro de relatos de Rodrigo Rey Rosa. Anelius le preguntó por él ya que nunca lo había leído.
–Lees pendejadas de vieja, por eso no sabes quién es. Irónico que yo sepa más de narrativa contemporánea que tú. Hay un cuento en este libro, La niña que no tuve, es una bala tierna al alma. Una niña con una enfermedad terminal que a ratos parece más inteligente y madura que su padre para afrontar la situación. Joyita nihilista. Si pudiera escribir haría un ensayo sobre ella.
–Escríbelo y ya.
– ¡Ja! Me habla el nene Reader's Digest. ¿Crees que esto es cosa de soplar y hacer botellas?
Anelius Borda iba a contarle de su invitación a Idaho pero sintió que sería inútil. Lo miró fijo como él le había enseñado a mirar a los perros para intimidarlos. En el barrio en que creció había muchos de ellos, sin dueño la mayoría. Luego de las interminables inyecciones antirrábicas alrededor del ombligo por las que tuvo que padecer el pequeño Anelius, su padre trató de llenarlo de valor enseñándole aquel secreto para que no volviera a ser presa fácil. Lo sentó y se lo contó como si se tratara de una revelación mesiánica.
Crack.
–Mi estómago…
–No estás enfermo, papá. Tú lo sabes.
–Estoy más flaco, ¿no te has dado cuenta?
–Porque no comes, eso es todo… –Anelius se sobresaltó al revisar la pila de libros que tenía junto a su sillón como si fuera agente antinarcóticos o, literariamente hablando, algún bombero piro maniaco de Fahrenheit 451–,… El mal de Montano, La náusea, La amigdalitis de Tarzán: ¿qué es esto: literatura para hipocondríacos? ¡Cómo no te vas a sugestionar!
–Es cierto, no estoy enfermo. Es más difícil de entender de lo que piensas.
–Inténtalo.
–Los cristianos, en su Nuevo Testamento, tienen las epístolas de Pablo; en una de ellas él dice: Vivo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí. Bueno, yo puedo decir que alguien realmente vive en mí, a quien puedo sentir y con quien a ratos hasta puedo hablar.
–Dile a tu amigo imaginario entonces que te haga también las compras de la semana.
–Anelius, no me estoy quejando, solo quiero que me dejes tranquilo.
–No te entiendo, entonces para qué me llamas sollozando como moribundo.
De súbito el viejo empezó a retorcerse, se agarró del estómago, como si estuviera sobre el lomo de una serpiente marina. Pero el viejo parecía ducho en las maniobras de ese tipo de exorcismo, hasta que se incorporó y dio un largo respiro. Sudaba.
–Ya pasó… La hiciste enfadar, no le caes bien.
– ¿De quién coño me hablas?
El viejo le habló de su huésped interno, una especie tan antigua que hasta Hipócrates, Aristóteles y Teofrasto hablaron de ella y a quien llamaron platelminto, por su parecido con cintas o listones. Luego Celso y Plinio el Viejo acuñaron la expresión en latín “lumbricus latus”, gusano ancho. Pero tuvieron que pasar siglos hasta que Carlos Linneo incluyera en 1758 en la décima edición de su Systema Naturae a la Taenia solium.
–Cuando se lo conté a ella por primera vez, le dio gusto conocer la historia de sus ancestros. Bueno, digo ella como un convencionalismo mío, porque es hermafrodita... El punto es que le encanta que le lea, de hecho siento que ya no leo para mí sino para ella: con sus ventosas no solo absorbe mis nutrientes sino también mis conocimientos. ¡De ese modo hablamos un mismo idioma y nuestros temas de conversación no se agotan!
Anelius no sabía si compadecer o sentir coraje por esa bizarra relación filial que su padre tenía con una lombriz asquerosa que era capaz de crecer hasta 10 metros de largo, alojarse en los intestinos y que solo podía expulsarse por vía anal, y cuyos huevecillos microscópicos liberados en el ambiente podían ascender a millones. De todos modos, ¿cómo lo podía saber el viejo si él no se había practicado un examen, o al menos eso es lo que Anelius creía? Una situación tan confusa como esta lo obligaría a estar más tiempo con él y posiblemente podría malograr su viaje a Idaho.
– ¿Por qué esa cara? Todos en esta vida hemos sido parásitos de un organismo superior. Tú, por ejemplo, parásito de mis lecturas.
– ¿Por qué me haces esto, papá? Justo ahora, que tengo un viaje muy importante.
–Viaja, hombre, viaja, que eso es lo que te hace falta, dejar las revistas de salas de espera, conocer más el mundo.
Timbre.
– ¿Esperas a alguien?
–Ah, sí. Unos amigos. Nos reunimos a esta hora.
– ¿Amigos? Tú nunca recibes a nadie.
Entraron, en bloque, eran hombres y mujeres de distinta edad. Saludaron al viejo palpándole el estómago y este les devolvió el saludo de la misma manera, pero por los gestos y movimientos de los visitantes, no se asemejaba a un gesto espontáneo de afecto sino más bien al código establecido en una cofradía secreta. Se sentaron, y sin que el viejo se los dijera, miraron brevemente hacia Anelius –que estaba junto a la ventana– con una mezcla de curiosidad y desconfianza, hasta que regresaron a sus asuntos y lo ignoraron por un momento. Hablaban pero no hablaban; de ellos mismos, es decir. Era como si se proyectaran a través de sus vientres y no de sus bocas. Lo único que hacían era servir de intérpretes a una voz de su interior, y lo exteriorizaban en palabras sucintas para que lo supieran los demás, aunque no parecía ser necesario. Decir telepatía quizá era lo apropiado. Decir que eran seres solitarios, también. Y también que las solitarias en pleno tomaron una decisión trascendental para su futuro. Y que Anelius Borda estaba con prisa y su vuelo no esperaría. Y que ahora ellos, ellas o lo que fueren, escuchaban gratis clases magistrales en Idaho, Wisconsin, Gales, Oslo y San Petersburgo para hacer algo en sus largos ratos de ocio.




viernes, 20 de marzo de 2020

MIGUEL ANTONIO GUEVARA: Narrativa Actual de Venezuela



MIGUEL ANTONIO GUEVARA (Barinas, Venezuela 1986) Escritor, sociólogo del desarrollo, editor y artista del collage. Ha publicado en poesía Pensando el poema (Ediciones Madriguera, 2012); Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas (SurEditores, 1.a edición 2012; Awen, 2.a edición 2018); Ese instante turbio (Fondo Editorial Unellez, 2012); y Tres postales distópicas (El Caracol de Espuma Ediciones, 2017); en ensayo, Por la palabra (Fundación Editorial El perro y la rana, 2012) y Apuntes por el centenario de la Revolución de Octubre (Fundación Editorial El perro y la rana, 2017), además del libro digital experimental Índice hipertextual (steemit.com/@hipertextual, 2018). Ha recibido galardones en los géneros de narrativa, ensayo, poesía y periodismo, en Colombia, Venezuela y Suiza. En 2017, su libro Mahmud Darwish anda en metro recibió el VI Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo», en el género narrativa.

Selección por Gladys Mendía del libro Mahmud Darwish anda en metro (Taller Blanco, 2019)



TRES

Dios los cría y la noche los junta. Dios los cría y el oficio los junta. El encuentro era en el centro de convenciones más grande de la ciudad. Los mejores ordenadores de objetos intangibles estarían allí.

Subí al taxi –conducido por un francés, creo, no lo digo por su acento sino por su nariz— apenas logré pronunciar en mi orgulloso inglés la dirección. Mientras tomábamos esa autopista de apariencia cinemática caía una lluvia despacito, garuando, dicen en mi tierra, sentía el calor de mi chaqueta y lo bien que me quedaba, justa pero no tanto, ancha en el dorso pero no demasiado.
El olor de mi bebida tomaba la cabina y podía ver a lo lejos Alcatraz en medio del ritmo serial del Golden Gate.
No sé cómo llamarle a ese momento más que de una forma: revelación.




CUATRO

—Otra vez soñé con olas. Olas inmensas que me llevaban.
—Deberías escribir eso.

***
De tantas bolsas de té en la misma taza podría tejer trenzas si no se urdieran solas. Así van comportándose los sueños que sin querer olvidamos o ignoramos. Alguna vez pretendí enumerarlos
y documentarlos en tinta roja.
A la semana del registro pude comprobar que me ayudaba a recordar por entero el sueño ¿Les ha pasado que apenas nos levantamos y apenas llega un vestigio de lo soñado, que va desapareciendo poco a poco, como enajenado?
Quiero ver La maleta mexicana y urdir en las imágenes de Gerda, Capa y Chim, mantener viva la indignación aunque sea de otros lugares. A mayor distancia mayor capacidad para sentir, ¿no?

***
—¿Cómo traducirías el sueño?
—A ver...
La saliva es grito, Pávlov/ se llena, se vacía y vuelve a llenarse/ alguien abre en dos desde las escaleras
Otras mujeres vestidas de mí atraviesan a una sola
rapadas
con polvo color dorado sobre sus sienes
lunas
pelo en las caderas
delgadas como espigas
como música de manzanas y caballos
como música de bicis, barcos y culebras.
Mientras, escucho la muerte de un ahogado en su propio espumarajo.




LA RAZÓN MÁS GROSERA DEL MUNDO

Hoy voy a vivir por la razón más grosera del mundo: no tengo internet. Apenas pienso y el sonido de moto que va subiendo la avenida Francisco de Miranda me obliga a recordar al hombre de anoche que gritaba: es mi familia, por favor ayúdenme, todo esto con un soundtrack percutivo de beretta.

¿Qué cómo sé la marca? Mis respectivos doctorados en cuanto juego de guerra me hacen convertir en categoría de verdad mis especulaciones. He aprendido a manejar todas las armas habidas y por haber: como terrorista de película me quedo con el fabuloso AK.

Ir hacia la mente no es tan fácil como ir hacia el cuerpo. Cuántas veces olvido que esta máquina tiene seguro, es como recordar que los condones se rompen, puede uno estar seguro en la faena tanto tiempo que termina por creer que estos benditos cueros de látex son invencibles y realmente es mentirse. Entiende por favor que esto es ficción, no es nada para que te hagas ideas, pienso siempre en voz alta en las hojas de guarda de mis apuntes y libros. Son como dispositivos de seguridad para curiosos. Termine como termine cada conclusión es más muerte que vida, ningún seguro salva.

Rescindí la «selectividad afectiva» como llama mi psicólogo a la casi inexistente posibilidad mía de hacer amigos, logré salir de la casa y todavía pensaba en cómo ese desgraciado me dice las cosas, como si no me diese cuenta del sartal de eufemismos con los que pretende endosar a mi lado más compasivo, más piadoso, más humano.

Tantas cosas para ese fin de semana y ya casi nos pisan los días y todavía no piensas en tus responsabilidades. No has escrito ni una palabra de lo que debes decir o lo que pretendes comunicar para establecer discusión, al menos para problematizar el grupo: encuentro de intelectuales, encuentro de pensadores, de lo que se les ocurra a los diseñadores y demás agentes detrás del evento.

Lo único que diré, diplomáticamente será: la minería es un asco y todo lo que me da asco no lo toco y si lo hago es con la puntica del dedo o con un palito. Así que ya saben lo que puedo pensar sobre el asunto.

Apenas di unas cuantas vueltas por el centro me senté en el café más cercano e hice una lista de pendientes:

LA GRAN LISTA
Agregar a FB y TW a toda esa gente
Compra los libros sobre cambio c.
Qué diría Gordimer¿?
Escríbele el correo a Karina O.
Compra cereal y pasas
Corregir discurso
¿Si la URSS nos salvó del f. en el S. XX quién el XXI?
Aunque no estaba escrito decidí hablar del asco minero.





APAGALLAMAS

Pensó en releer a Arlt, Los lanzallamas; volvió a cerrarlo tan rápido como lo abrió: no era el momento más oportuno para leer sobre una revolución irrealizable.

¿Qué será de nosotros? Una firma manda al traste cientos de vidas, la puta palabra «vida», tan manoseada ¿Qué haremos, a quién le echaremos la culpa ahora? ¿A la burguesía, las trasnacionales?, no, todos somos culpables, ahora tan culpables como cómplices.

Era muy tarde y había poco dinero para hablar con el poeta Erasmo. Quería invitarle a comer y escuchar sus historias, tal vez salir de ese lugar lleno de cajas y libros viejos no era la mejor idea, ¿o sí?, lo cierto es que solo pensaba en aquellas muchachas y su definición del arte: un hombre con un encendedor debajo de una mujer con falda, ella levanta las olas de su tela, lo deja estar en la oscuridad y sus piernas y el hombre enciende el fuego, mira, ¿ves?, eso es arte, decían mientras una de ellas se contorsionaba lascivamente.

Por más que buscamos, aquella noche no encontramos el poemario de Zoraida. El fondo musical, envidiable, tv a todo volumen, a todo dar, voces chillonas con el típico acento de doblaje latino/mexicano, que en vez de piedra dice roca y en vez de balde cubeta. Así respondía la biblioteca, si le pedías Zoraida, decía Alberto y si repetías Zoraida, insistía otro nombre.

Los saludos de la bailarina eran generalmente no respondidos, solo alcanzaba a ver la hora en que se habían enviado los últimos mensajes, como bitácora de la curiosidad, ¿por qué escribía a esa hora?, ¿en qué pensaba cuándo lo hacía?, esa noche preguntó cuándo había sido la última vez que se había masturbado pensando en sus formas.

Ella había prometido bailar música de steel band acompañada de un rebozo blanco terciado en su cuerpo, como imitando a un pájaro, como asumiendo su papel de ola que va y viene. Él apenas alcanzaba a mirar al horizonte, siempre hacia adelante, como sosteniendo el timón de varias vidas dispuestas a desvanecerse al momento en que se distrajera.

Seguía sonando al fondo la tv, disparos y música estremecedora, como caballo relinchando, como boca dentro de otra boca.

Me vio. Allí estaba sentada viéndola acercarse. Nunca había visto a alguien apagar el incienso de esa manera.