Entrevista a Juan Pizzani, a propósito de novela Visita Guiada (2007)
Por José Miguel Navas
Soy fanático de los libros que no se pueden catalogar en un género específico. Me
gustan las historias rompedoras y cuyos autores tienen una forma interesante de ver la
literatura, uno de esos autores es Juan Pizzani, nacido en Caracas, Venezuela, autor de la
novela Visita Guiada, publicada por el Fondo editorial El perro y la Rana en 2007. Ya son
casi veinte años desde que Pizzani publicó esta primera obra de autoficción, a la que luego
seguirían las crónicas Autoetnografía en una agencia de marketing de Lima (Prodavinci,
2020), Onaka ga peko peko (Petalurgia, 2021) y su nueva novela que saldrá en 2027 bajo el
sello Suburbano Ediciones, titulada Textos curatoriales. Toda esta prosa narrativa pertenece
al mismo ecosistema autoficcional que Pizzani va recreando desde la vivencia, la memoria y
la experimentación literaria. Con las siguientes preguntas, consultaré al autor por sus
inquietudes, su visión, sus perspectivas literarias y vitales.
José Miguel Navas: Me interesa saber, ¿cuándo nace en ti la inquietud de la escritura?
Juan Pizzani: La máquina de escribir de mi padrastro era para mí una gran atracción desde
que tenía seis añitos. Me sentaba allí a escribir cualquier cosa, solo por usarla. Recuerdo que
una vez transcribí la canción de “Los pollitos dicen”. Si me equivocaba, usaba el corrector
que venía en papeletas con pintura blanca. Uno las ponía sobre el error y volvía a presionar la
errata, para taparla. En esa época empecé a desarrollar, por primera vez, el hábito de sentarme
a escribir. Luego llegó a casa la primera computadora, una Apple cuadrada con pantalla en
blanco y negro. Las ganas de usar aquella novedad tecnológica eran más grandes que yo. Allí
probé mi suerte con la aplicación de dibujos, usando el mouse, el programa de notación
musical y, por supuesto, el procesador de palabras. Hacía, con la intuición de un Juan de 10
años, poemas octosílabos que rimaban a la perfección. Hubo uno sobre una hormiguita que
perdía su hábitat debido al desarrollo urbano que acababa con la naturaleza, cambiando los
suelos de tierra por calles de concreto. El poema estaba acompañado por un dibujo del
personaje de la hormiguita hecho con el mouse de la Apple. Lo había hecho para cumplir con
una tarea que nos habían pedido en la escuela. La coordinadora de disciplina se empeñó en
decir que ese poema lo había hecho mi padrastro, que era escritor, que me habían hecho la
tarea. Nadie pudo sacarle esa idea de la cabeza a la coordinadora y me hicieron firmar el libro
de vida: dos firmas más y podría ser expulsado. Firmar aquel cuaderno de mala conducta por
haber hecho las cosas muy bien no fue la primera vez, ni la última, que el Juan de la infancia
transó en silencio con la abyección del mundo de los adultos. Las computadoras de la familia
fueron renovándose con los años y el Juan de 15 años se trasnochaba escribiendo cuentos de
horror; a más grotescos, más se destartalada Juan de la risa. A veces mamá me encontraba en
el piso privado de la risa, con los ojos llenos de lágrimas, por los episodios sórdidos con
dentistas asesinos y fetos en frascos de mayonesa que se me habían ocurrido.
JMN: ¿Qué te llevó a escribir un libro como Visita guiada?
JP: Romper el silencio. El silencio es opresión. Por eso he escrito casi todos mis textos. Así
como la coordinadora de disciplina de aquella escuela me impuso una versión retorcida de la
realidad, muchos otros adultos con quienes crecí también construyeron una historia
distorsionada, una visión de mí que no me hacía justicia. Creo que muy pocas personas
realmente me veían. Escribir Visita guiada fue dejar atrás años de mi vida en el closet.
Habiendo crecido en la Venezuela de los 80 y 90 sin un acrónimo LGBTQIA, sin arcoíris, sin
marchas orgullo, hubo muchos años en donde de verdad creí que era un monstruo, que la
familia se destruiría si mi verdad salía a la luz y me quedaría solo, que tenía que mantenerme
oculto el resto de mi vida. Mi secreto se convirtió en un asunto de vida o muerte y, antes de
atentar contra mi vida, decidí escribir una carta para salir del closet con mis padres, que es
uno de los episodios de la Visita. Decirlo, conversarlo, era imposible. Una vez fuera del closet
comenzaron más malentendidos. Aparentemente, ser homosexual sí era una identidad
monstruosa, aún en una familia tan culta como la mía. Escribir Visita guiada también fue un
asunto de vida o muerte, una manera de lidiar con el miedo. Fue muy terapéutico poner en
palabras mi versión de la realidad, aunque era solo el comienzo de un largo proceso de
sanación que se ha seguido profundizando toda mi vida y con cada ejercicio nuevo de
escritura.
JMN: ¿Cómo afrontas a los lectores de tu novela?
JP: Hubo lectores que leyeron la Visita como un acto de venganza y resentimiento. A esas
personas siempre les dije que era más bien un acto de amor propio, que nunca intenté
orquestar una venganza. De hecho, los episodios que llegué a sentir de esa manera fueron
eliminados en el proceso de edición de un texto narrativo que es minimalista, en donde la
economía de un par de líneas se asume como un episodio completo. Recuerdo haber dicho
varias veces que, por decisiones estéticas, dejé por fuera páginas que sonaban más a queja o
reproche. Pero, con los años, he aprendido que decir mi verdad tiene muy poco que ver con
convencer a nadie. Lo importante es que yo sé cómo son las cosas, y muchos otros también
saben. Por otro lado, hubo una gran cantidad de lectores que se acercaron a mí en los años
siguientes a la publicación de la Visita—ya sea en las ferias del libro de Caracas en donde
trabajaba o en Mérida, durante los años que hice mi doctorado en antropología—para
decirme, que después de haber leído mi libro, habían sentido la valentía para salirse del
closet. Tanto gays como lesbianas me abordaron para decirme esto y a pedirme un autógrafo.
Esto para mí fue uno de los regalos más bellos que me ha dado la vida y el mejor resultado de
mis esfuerzos literarios. A los casi veinte años de la publicación de la Visita, he descubierto
nuevos lectores ideales: poetas, editores/as y académicos/as que han expresado su estima
hacia mi primera obra de autoficción. La única forma de responder a esto es con un
agradecimiento enorme.
JMN: ¿Fue algo planeado hacer una novela con una estructura fragmentada o surgió de forma
espontánea?
JP: Las dos cosas. Es decir, por un lado, yo tomé una decisión consciente de hacer un texto
minimalista, donde una página entera pudiera sostenerse con tan poca ropa como una sola
línea o un solo párrafo y eso, sin duda, me ayudó a crear un texto fragmentario. Aunque había
amado el Don Quijote de Cervantes, o Madame Bovary de Flaubert, yo odiaba tener que estar
sentado leyendo cientos de páginas por horas y horas. Quería hacer un libro cuya adquisición
fuera mucho más accesible en términos de tiempo y atención. Por otro lado, antes de pensar
en hacer Visita guiada, yo ya escribía microcuentos motivado por la misma inquietud, aunque
muchos de ellos no eran autoficciones. Una querida amiga puertorriqueña llamada María
Ortiz, con quien iba a las clases de la Maestría en Letras que hice entre 2004 y 2006, leyó mis
cuentos y me sugirió conectarlos unos con otros y convertirlos en una novela. Como ya he
dicho, esos cuentos no eran autoficciones pero, en mi intento por seguir la sugerencia de
María Ortiz, surgió la Visita y terminó siendo aún más fragmentaria por el ejercicio de juntar
párrafos de prosa emanados de la memoria, con otros que venían de la pura imaginación.
Todo estaba hilado por un eje temático y una línea cronológica que progresaba desde la
infancia a la adolescencia. La idea de agregar capítulos esporádicos de una visita a una
muestra de arte colectiva que parodiaba al entonces famoso Salón Pirelli de Jóvenes
Artistas—en el cual yo había querido participar pero me habían rechazado—junto a los
poemas del personaje principal—el “yo” de la Visita—que van apareciendo a lo largo del
libro, fueron elementos que contribuyeron conjuntamente a la estética fragmentaria que
mencionas.
JMN: ¿Ha madurado tu novela con el paso de los años?
JP: Parece que sí, según lo que comenté anteriormente acerca de la recepción crítica
favorable que ha surgido casi dos décadas después de haber sido publicada. Lo que ha
sucedido entre la Visita y yo, es que he aprendido a reconocerla por lo que es. Si bien fue
escrita desde un survival mode, sin la seguridad de que funcionaría como obra literaria,
pareciera que el tiempo le ha dado razón a la Visita guiada. Mientras la escribía y cuando se
publicó, pensé muchas veces que me reprocharían el hecho de que tenía apenas cien páginas.
Pensaba que no me tomarían como un escritor serio si no era capaz de hacer una obra de al
menos unas doscientas o trescientas páginas. Incluso Manuel Puig, uno de mis primeros
favoritos y una de mis influencias importantes al escribir la Visita, tenía obras de extensión
similar. Pero entre 2022 y 2025, cuando tuve que hacer un marco teórico para mi tesis
doctoral de escritura creativa, de donde salió mi segunda novela Textos curatoriales, comencé
a seleccionar textos de autoficción que estuvieran marcados por el trauma, al igual que mis
nuevos y viejos proyectos de escritura. Muchos de esos textos, como Saturno (2003) de
Eduardo Halfon y Por qué volvías cada verano (2018) de Belén López-Peiró eran muy
breves; su intensidad quizá no podría sostenerse en una extensión de cientos de páginas. Lo
mismo ocurre con las autoficciones del célebre Abdellah Taïa, con quien tuve el privilegio de
hacer un seminario de escritura creativa, en persona, sobre autoficción, durante la primavera
de 2024 en las aulas de la Universidad de Cincinnati. Creo que con el paso de los años, es mi
visión de la Visita guiada la que ha madurado. Ahora puedo reconocer el lugar que se merece,
sin dudar.
JMN: ¿Cómo ha sido tu camino desde la niñez a la adultez desde una visión antropológica?
JP: Ha sido un proceso de aprender y desaprender. De ocultarme por tener miedo de mi
sexualidad, a aprender sobre activismo y visibilidad marica. De ser un niño autohomofóbico
y racista, a estudiar antropología y entender esas conductas como parte de un trauma
postcolonial. De ver el abuso y la violencia intrafamiliar como algo normal, a entender las
repercusiones del trauma en la vida adulta y aprender a sanar. De estar en negación sobre mi
abuso de sustancias a reconocer que tenía un problema y buscar ayuda, para comenzar mi
camino hacia la recuperación. El proceso de deconstrucción es difícil, requiere mucho
trabajo, pero las recompensas son paz y libertad.
JMN: ¿Qué diferencias encuentras contigo mismo en tu yo académico y en tu yo del día a
día?
JP: El yo académico es una persona que puede desvivirse por la injusticia de la sociedad, las
tensiones globales de la polarización y la constante falta de respeto a la dignidad de la vida,
donde quiera que uno ponga el ojo. Mientras que el yo del día a día necesita más aceptación
con el mundo, su complejidad y sus realidades abyectas; más compasión con su propia
sombra, también. Cuando se maneja un aparato crítico antipatriarcal, humanista, pacifista,
ecocrítico, en fin, interseccional, se puede caer en la convicción de que se tiene siempre la
razón, de que las cosas tienen que ser de cierta manera, sí o sí, y esa es una ilusión peligrosa.
Además, tener la razón no significa tener paz, y sin paz no se puede vivir. Para mí, como
budista de la SGI, la paz viene de la fe y la sabiduría, aspectos que se aprenden en el
quehacer cotidiano; mientras que el ámbito académico existe para adquirir y cultivar
conocimientos, que no son lo mismo que la sabiduría.
JMN: Hablemos de tu trabajo como antropólogo, cuéntame sobre tu antología de textos
teóricos que preparaste y prolongaste llamada Crítica a los discursos sobre las prácticas
sexuales de los pueblos originarios (2015).
JP: Fue una propuesta que presenté ante el consejo editorial de El perro y la rana en la época
que trabajaba allí como editor literario. Durante mi doctorado en antropología en la
Universidad de Los Andes de Mérida, con ayuda de mi tutora de tesis, la doctora Carmen
Teresa García, conocí una serie de artículos antropológicos sobre la diversidad sexual de los
pueblos originarios de América del Sur, tal como se registra en distintas crónicas de indias.
Hacía este estudio para fundamentar los orígenes históricos de la homofobia en el mundo
occidental, como parte de la investigación para mi tesis doctoral Masculinidades, diversidad
y homofobia en una familia caraqueña de clase media, período de la década de los 80 a
2015, la cual obtuvo la “Mención Publicación” y fue mi primera aproximación a la
autoetnografía; un método antropológico que profundizaría mi conocimiento y
experimentación con el género literario de la autoficción. Según aquellos artículos de Luiz
Mott, Denis O. Quirós Leiva y Antonio Requena, que junté en la antología Crítica a los
discursos…, la antigüedad de nuestro continente americano tenía expresiones de sexualidad y
género diferentes de la heterosexualidad obligatoria que llegó con los conquistadores, una
diversidad que estaba reflejada en la vida cotidiana, las deidades, las religiones y prácticas
culturales de nuestros pueblos originarios. La colonia habría justificado la subyugación y
matanza de los habitantes del “nuevo mundo” en un afán por “salvarlos” de la barbarie
sodomita. Mientras que Mott y Quirós Leiva expresaban estas ideas desde una crítica
anticolonial, Antonio Requena, investigador venezolano, abordaba el tema desde una mirada
homofóbica, denominando la diversidad sexual y de género registrada en las crónicas de
indias como “anomalía”. Es que Requena había publicado su artículo en 1945, cuando la
homofobia estaba mucho más arraigada en el discurso científico. De todas maneras, Requena
se convertiría en la piedra fundacional de este campo de estudio, pues fue el primero en sacar
a luz el vocabulario que los cronistas empleaban para referirse a esa expresión diversa en el
género y la sexualidad: amarionados era una forma de decir “afeminado”, somético y
sodomita eran sinónimos, paciente o mostrador del dorso era un hombre que tenía sexo con
otro hombre, dejándose penetrar. Luis Mott citaba el texto de Requena ampliamente, pero el
texto de Requena en sí mismo no se encontraba disponible en ninguna parte. Mi profesor del
doctorado de la ULA en Mérida, el doctor Omar González Ñáñez, me ayudó a conseguir una
copia en papel del artículo de Requena en el Instituto Venezolano de Investigaciones
Científicas (IVIC), que luego fue digitalizado e incluido en la antología que preparé. Por
primera vez, desde 1945, el artículo de Requena era reeditado, poniendo a Venezuela en el
mapa como pionera en la investigación sobre la sexualidad de los pueblos antiguos de
América, aun cuando ese texto estuviera cargado de una mirada patriarcal y patologizante.
Esto es algo que tuve que explicar muy bien en el prólogo. Cuando hice la propuesta ante el
consejo editorial de El perro y la rana, hubo mucha resistencia. No querían publicar la
antología porque podía comprometer la imagen del indígena como símbolo político de la
revolución bolivariana, algo que ellos pretendían que se pareciera al “hombre nuevo” tal y
como lo había dibujado el Ché Guevara, lleno de machismo y homofobia. Por suerte, la
antología tuvo defensores acérrimos dentro de la editorial y el libro vio la luz, pero solo en
formato digital. Nunca se imprimió en papel. Sin embargo, han pasado más de diez años de
su publicación y la antología ha sido citada en varios artículos académicos, tesis de ascenso e,
incluso, en una Oxford Bibliographies—uno de los recursos de investigación más
prestigiosos del mundo—preparada por la académica Sofía Chacaltana Cortez en 2021.
JMN: ¿Cómo ha sido tu experiencia como extranjero?
JP: Cuando era un bebé comenzaron mis viajes a Europa y ya en ese entonces sufrí tres
neumonías, entre otras experiencias extremas que se narran en mi próxima novela Textos
curatoriales. Como inmigrante adulto, la xenofobia y homofobia peruana fueron la materia
prima de mi crónica autoficcional Autoetnografía en una agencia de marketing de Lima
(2020). Luego, en Estados Unidos, me vi soltero por primera vez, a partir de 2021. Entonces
me puse la imposible meta de conectarme con la comunidad local de Cincinnati y,
posiblemente, conseguir novio a través de las aplicaciones de sexo y dating. Lo bueno de los
trancazos es que uno aprende. Aprendí que intentar la misma cosa que no funciona, una y otra
vez, creyendo que se va a obtener un resultado distinto, es un estado de enajenación mental.
Cincinnati fue un lugar donde estudié, trabajé y escribí mucho, pero también un escenario
doloroso en donde me sentí muy aislado, hasta que asumí que tenía un problema de adicción
al sexo, las relaciones, el alcohol y la mariguana. Cuando comencé mi camino hacia la
recuperación, Cincinnati se transformó en el inicio de un proceso lleno de esperanza y amor
propio. Todavía conservo gente muy querida por allá. No voy a negar que los inmigrantes
sufrimos discriminación, especialmente los venezolanos, pero debo decir que es
responsabilidad de uno enfocarse en la solución y no en el problema. También puedo decir
que en todas partes hay gente que está dispuesta a ayudar y a ser parte de una valiosa red de
apoyo, si uno la busca. Desde que llegué a la ciudad de Nueva York, me he conectado con
gente maravillosa que me apoya y me cuida.
JMN: ¿Cuáles libros has leído últimamente?
JP: Vivir a tu luz de Abdellah Taïa, El beso de la mujer araña de Manuel Puig (una vez más),
Muerte con campanas de Kelly Martínez-Grandal y La sabiduría del Sutra del loto, Vol. 1
por Daisaku Ikeda et al., y diversos títulos de recuperación en doce pasos.

