martes, 4 de agosto de 2026

Entrevista a Juan Pizzani, a propósito de novela Visita Guiada (2007). Por José Miguel Navas


Entrevista a Juan Pizzani, a propósito de novela Visita Guiada (2007)

Por José Miguel Navas


Soy fanático de los libros que no se pueden catalogar en un género específico. Me

gustan las historias rompedoras y cuyos autores tienen una forma interesante de ver la

literatura, uno de esos autores es Juan Pizzani, nacido en Caracas, Venezuela, autor de la

novela Visita Guiada, publicada por el Fondo editorial El perro y la Rana en 2007. Ya son

casi veinte años desde que Pizzani publicó esta primera obra de autoficción, a la que luego

seguirían las crónicas Autoetnografía en una agencia de marketing de Lima (Prodavinci,

2020), Onaka ga peko peko (Petalurgia, 2021) y su nueva novela que saldrá en 2027 bajo el

sello Suburbano Ediciones, titulada Textos curatoriales. Toda esta prosa narrativa pertenece

al mismo ecosistema autoficcional que Pizzani va recreando desde la vivencia, la memoria y

la experimentación literaria. Con las siguientes preguntas, consultaré al autor por sus

inquietudes, su visión, sus perspectivas literarias y vitales.


José Miguel Navas: Me interesa saber, ¿cuándo nace en ti la inquietud de la escritura?

Juan Pizzani: La máquina de escribir de mi padrastro era para mí una gran atracción desde

que tenía seis añitos. Me sentaba allí a escribir cualquier cosa, solo por usarla. Recuerdo que

una vez transcribí la canción de “Los pollitos dicen”. Si me equivocaba, usaba el corrector

que venía en papeletas con pintura blanca. Uno las ponía sobre el error y volvía a presionar la

errata, para taparla. En esa época empecé a desarrollar, por primera vez, el hábito de sentarme

a escribir. Luego llegó a casa la primera computadora, una Apple cuadrada con pantalla en

blanco y negro. Las ganas de usar aquella novedad tecnológica eran más grandes que yo. Allí

probé mi suerte con la aplicación de dibujos, usando el mouse, el programa de notación

musical y, por supuesto, el procesador de palabras. Hacía, con la intuición de un Juan de 10

años, poemas octosílabos que rimaban a la perfección. Hubo uno sobre una hormiguita que

perdía su hábitat debido al desarrollo urbano que acababa con la naturaleza, cambiando los

suelos de tierra por calles de concreto. El poema estaba acompañado por un dibujo del

personaje de la hormiguita hecho con el mouse de la Apple. Lo había hecho para cumplir con

una tarea que nos habían pedido en la escuela. La coordinadora de disciplina se empeñó en

decir que ese poema lo había hecho mi padrastro, que era escritor, que me habían hecho la

tarea. Nadie pudo sacarle esa idea de la cabeza a la coordinadora y me hicieron firmar el libro

de vida: dos firmas más y podría ser expulsado. Firmar aquel cuaderno de mala conducta por

haber hecho las cosas muy bien no fue la primera vez, ni la última, que el Juan de la infancia

transó en silencio con la abyección del mundo de los adultos. Las computadoras de la familia

fueron renovándose con los años y el Juan de 15 años se trasnochaba escribiendo cuentos de

horror; a más grotescos, más se destartalada Juan de la risa. A veces mamá me encontraba en

el piso privado de la risa, con los ojos llenos de lágrimas, por los episodios sórdidos con

dentistas asesinos y fetos en frascos de mayonesa que se me habían ocurrido.


JMN: ¿Qué te llevó a escribir un libro como Visita guiada?

JP: Romper el silencio. El silencio es opresión. Por eso he escrito casi todos mis textos. Así

como la coordinadora de disciplina de aquella escuela me impuso una versión retorcida de la

realidad, muchos otros adultos con quienes crecí también construyeron una historia

distorsionada, una visión de mí que no me hacía justicia. Creo que muy pocas personas

realmente me veían. Escribir Visita guiada fue dejar atrás años de mi vida en el closet.

Habiendo crecido en la Venezuela de los 80 y 90 sin un acrónimo LGBTQIA, sin arcoíris, sin

marchas orgullo, hubo muchos años en donde de verdad creí que era un monstruo, que la

familia se destruiría si mi verdad salía a la luz y me quedaría solo, que tenía que mantenerme

oculto el resto de mi vida. Mi secreto se convirtió en un asunto de vida o muerte y, antes de

atentar contra mi vida, decidí escribir una carta para salir del closet con mis padres, que es

uno de los episodios de la Visita. Decirlo, conversarlo, era imposible. Una vez fuera del closet

comenzaron más malentendidos. Aparentemente, ser homosexual sí era una identidad

monstruosa, aún en una familia tan culta como la mía. Escribir Visita guiada también fue un

asunto de vida o muerte, una manera de lidiar con el miedo. Fue muy terapéutico poner en

palabras mi versión de la realidad, aunque era solo el comienzo de un largo proceso de

sanación que se ha seguido profundizando toda mi vida y con cada ejercicio nuevo de

escritura.


JMN: ¿Cómo afrontas a los lectores de tu novela?

JP: Hubo lectores que leyeron la Visita como un acto de venganza y resentimiento. A esas

personas siempre les dije que era más bien un acto de amor propio, que nunca intenté

orquestar una venganza. De hecho, los episodios que llegué a sentir de esa manera fueron

eliminados en el proceso de edición de un texto narrativo que es minimalista, en donde la

economía de un par de líneas se asume como un episodio completo. Recuerdo haber dicho

varias veces que, por decisiones estéticas, dejé por fuera páginas que sonaban más a queja o

reproche. Pero, con los años, he aprendido que decir mi verdad tiene muy poco que ver con

convencer a nadie. Lo importante es que yo sé cómo son las cosas, y muchos otros también

saben. Por otro lado, hubo una gran cantidad de lectores que se acercaron a mí en los años

siguientes a la publicación de la Visita—ya sea en las ferias del libro de Caracas en donde

trabajaba o en Mérida, durante los años que hice mi doctorado en antropología—para

decirme, que después de haber leído mi libro, habían sentido la valentía para salirse del

closet. Tanto gays como lesbianas me abordaron para decirme esto y a pedirme un autógrafo.

Esto para mí fue uno de los regalos más bellos que me ha dado la vida y el mejor resultado de

mis esfuerzos literarios. A los casi veinte años de la publicación de la Visita, he descubierto

nuevos lectores ideales: poetas, editores/as y académicos/as que han expresado su estima

hacia mi primera obra de autoficción. La única forma de responder a esto es con un

agradecimiento enorme.


JMN: ¿Fue algo planeado hacer una novela con una estructura fragmentada o surgió de forma

espontánea?

JP: Las dos cosas. Es decir, por un lado, yo tomé una decisión consciente de hacer un texto

minimalista, donde una página entera pudiera sostenerse con tan poca ropa como una sola

línea o un solo párrafo y eso, sin duda, me ayudó a crear un texto fragmentario. Aunque había

amado el Don Quijote de Cervantes, o Madame Bovary de Flaubert, yo odiaba tener que estar

sentado leyendo cientos de páginas por horas y horas. Quería hacer un libro cuya adquisición

fuera mucho más accesible en términos de tiempo y atención. Por otro lado, antes de pensar

en hacer Visita guiada, yo ya escribía microcuentos motivado por la misma inquietud, aunque

muchos de ellos no eran autoficciones. Una querida amiga puertorriqueña llamada María

Ortiz, con quien iba a las clases de la Maestría en Letras que hice entre 2004 y 2006, leyó mis

cuentos y me sugirió conectarlos unos con otros y convertirlos en una novela. Como ya he

dicho, esos cuentos no eran autoficciones pero, en mi intento por seguir la sugerencia de

María Ortiz, surgió la Visita y terminó siendo aún más fragmentaria por el ejercicio de juntar

párrafos de prosa emanados de la memoria, con otros que venían de la pura imaginación.

Todo estaba hilado por un eje temático y una línea cronológica que progresaba desde la

infancia a la adolescencia. La idea de agregar capítulos esporádicos de una visita a una

muestra de arte colectiva que parodiaba al entonces famoso Salón Pirelli de Jóvenes

Artistas—en el cual yo había querido participar pero me habían rechazado—junto a los

poemas del personaje principal—el “yo” de la Visita—que van apareciendo a lo largo del

libro, fueron elementos que contribuyeron conjuntamente a la estética fragmentaria que

mencionas.


JMN: ¿Ha madurado tu novela con el paso de los años?

JP: Parece que sí, según lo que comenté anteriormente acerca de la recepción crítica

favorable que ha surgido casi dos décadas después de haber sido publicada. Lo que ha

sucedido entre la Visita y yo, es que he aprendido a reconocerla por lo que es. Si bien fue

escrita desde un survival mode, sin la seguridad de que funcionaría como obra literaria,

pareciera que el tiempo le ha dado razón a la Visita guiada. Mientras la escribía y cuando se

publicó, pensé muchas veces que me reprocharían el hecho de que tenía apenas cien páginas.

Pensaba que no me tomarían como un escritor serio si no era capaz de hacer una obra de al

menos unas doscientas o trescientas páginas. Incluso Manuel Puig, uno de mis primeros

favoritos y una de mis influencias importantes al escribir la Visita, tenía obras de extensión

similar. Pero entre 2022 y 2025, cuando tuve que hacer un marco teórico para mi tesis

doctoral de escritura creativa, de donde salió mi segunda novela Textos curatoriales, comencé

a seleccionar textos de autoficción que estuvieran marcados por el trauma, al igual que mis

nuevos y viejos proyectos de escritura. Muchos de esos textos, como Saturno (2003) de

Eduardo Halfon y Por qué volvías cada verano (2018) de Belén López-Peiró eran muy

breves; su intensidad quizá no podría sostenerse en una extensión de cientos de páginas. Lo

mismo ocurre con las autoficciones del célebre Abdellah Taïa, con quien tuve el privilegio de

hacer un seminario de escritura creativa, en persona, sobre autoficción, durante la primavera

de 2024 en las aulas de la Universidad de Cincinnati. Creo que con el paso de los años, es mi

visión de la Visita guiada la que ha madurado. Ahora puedo reconocer el lugar que se merece,

sin dudar.


JMN: ¿Cómo ha sido tu camino desde la niñez a la adultez desde una visión antropológica?

JP: Ha sido un proceso de aprender y desaprender. De ocultarme por tener miedo de mi

sexualidad, a aprender sobre activismo y visibilidad marica. De ser un niño autohomofóbico

y racista, a estudiar antropología y entender esas conductas como parte de un trauma

postcolonial. De ver el abuso y la violencia intrafamiliar como algo normal, a entender las

repercusiones del trauma en la vida adulta y aprender a sanar. De estar en negación sobre mi

abuso de sustancias a reconocer que tenía un problema y buscar ayuda, para comenzar mi

camino hacia la recuperación. El proceso de deconstrucción es difícil, requiere mucho

trabajo, pero las recompensas son paz y libertad.


JMN: ¿Qué diferencias encuentras contigo mismo en tu yo académico y en tu yo del día a

día?

JP: El yo académico es una persona que puede desvivirse por la injusticia de la sociedad, las

tensiones globales de la polarización y la constante falta de respeto a la dignidad de la vida,

donde quiera que uno ponga el ojo. Mientras que el yo del día a día necesita más aceptación

con el mundo, su complejidad y sus realidades abyectas; más compasión con su propia

sombra, también. Cuando se maneja un aparato crítico antipatriarcal, humanista, pacifista,

ecocrítico, en fin, interseccional, se puede caer en la convicción de que se tiene siempre la

razón, de que las cosas tienen que ser de cierta manera, sí o sí, y esa es una ilusión peligrosa.

Además, tener la razón no significa tener paz, y sin paz no se puede vivir. Para mí, como

budista de la SGI, la paz viene de la fe y la sabiduría, aspectos que se aprenden en el

quehacer cotidiano; mientras que el ámbito académico existe para adquirir y cultivar

conocimientos, que no son lo mismo que la sabiduría.


JMN: Hablemos de tu trabajo como antropólogo, cuéntame sobre tu antología de textos

teóricos que preparaste y prolongaste llamada Crítica a los discursos sobre las prácticas

sexuales de los pueblos originarios (2015).

JP: Fue una propuesta que presenté ante el consejo editorial de El perro y la rana en la época

que trabajaba allí como editor literario. Durante mi doctorado en antropología en la

Universidad de Los Andes de Mérida, con ayuda de mi tutora de tesis, la doctora Carmen

Teresa García, conocí una serie de artículos antropológicos sobre la diversidad sexual de los

pueblos originarios de América del Sur, tal como se registra en distintas crónicas de indias.

Hacía este estudio para fundamentar los orígenes históricos de la homofobia en el mundo

occidental, como parte de la investigación para mi tesis doctoral Masculinidades, diversidad

y homofobia en una familia caraqueña de clase media, período de la década de los 80 a

2015, la cual obtuvo la “Mención Publicación” y fue mi primera aproximación a la

autoetnografía; un método antropológico que profundizaría mi conocimiento y

experimentación con el género literario de la autoficción. Según aquellos artículos de Luiz

Mott, Denis O. Quirós Leiva y Antonio Requena, que junté en la antología Crítica a los

discursos…, la antigüedad de nuestro continente americano tenía expresiones de sexualidad y

género diferentes de la heterosexualidad obligatoria que llegó con los conquistadores, una

diversidad que estaba reflejada en la vida cotidiana, las deidades, las religiones y prácticas

culturales de nuestros pueblos originarios. La colonia habría justificado la subyugación y

matanza de los habitantes del “nuevo mundo” en un afán por “salvarlos” de la barbarie

sodomita. Mientras que Mott y Quirós Leiva expresaban estas ideas desde una crítica

anticolonial, Antonio Requena, investigador venezolano, abordaba el tema desde una mirada

homofóbica, denominando la diversidad sexual y de género registrada en las crónicas de

indias como “anomalía”. Es que Requena había publicado su artículo en 1945, cuando la

homofobia estaba mucho más arraigada en el discurso científico. De todas maneras, Requena

se convertiría en la piedra fundacional de este campo de estudio, pues fue el primero en sacar

a luz el vocabulario que los cronistas empleaban para referirse a esa expresión diversa en el

género y la sexualidad: amarionados era una forma de decir “afeminado”, somético y

sodomita eran sinónimos, paciente o mostrador del dorso era un hombre que tenía sexo con

otro hombre, dejándose penetrar. Luis Mott citaba el texto de Requena ampliamente, pero el

texto de Requena en sí mismo no se encontraba disponible en ninguna parte. Mi profesor del

doctorado de la ULA en Mérida, el doctor Omar González Ñáñez, me ayudó a conseguir una

copia en papel del artículo de Requena en el Instituto Venezolano de Investigaciones

Científicas (IVIC), que luego fue digitalizado e incluido en la antología que preparé. Por

primera vez, desde 1945, el artículo de Requena era reeditado, poniendo a Venezuela en el

mapa como pionera en la investigación sobre la sexualidad de los pueblos antiguos de

América, aun cuando ese texto estuviera cargado de una mirada patriarcal y patologizante.

Esto es algo que tuve que explicar muy bien en el prólogo. Cuando hice la propuesta ante el

consejo editorial de El perro y la rana, hubo mucha resistencia. No querían publicar la

antología porque podía comprometer la imagen del indígena como símbolo político de la

revolución bolivariana, algo que ellos pretendían que se pareciera al “hombre nuevo” tal y

como lo había dibujado el Ché Guevara, lleno de machismo y homofobia. Por suerte, la

antología tuvo defensores acérrimos dentro de la editorial y el libro vio la luz, pero solo en

formato digital. Nunca se imprimió en papel. Sin embargo, han pasado más de diez años de

su publicación y la antología ha sido citada en varios artículos académicos, tesis de ascenso e,

incluso, en una Oxford Bibliographies—uno de los recursos de investigación más

prestigiosos del mundo—preparada por la académica Sofía Chacaltana Cortez en 2021.


JMN: ¿Cómo ha sido tu experiencia como extranjero?

JP: Cuando era un bebé comenzaron mis viajes a Europa y ya en ese entonces sufrí tres

neumonías, entre otras experiencias extremas que se narran en mi próxima novela Textos

curatoriales. Como inmigrante adulto, la xenofobia y homofobia peruana fueron la materia

prima de mi crónica autoficcional Autoetnografía en una agencia de marketing de Lima

(2020). Luego, en Estados Unidos, me vi soltero por primera vez, a partir de 2021. Entonces

me puse la imposible meta de conectarme con la comunidad local de Cincinnati y,

posiblemente, conseguir novio a través de las aplicaciones de sexo y dating. Lo bueno de los

trancazos es que uno aprende. Aprendí que intentar la misma cosa que no funciona, una y otra

vez, creyendo que se va a obtener un resultado distinto, es un estado de enajenación mental.

Cincinnati fue un lugar donde estudié, trabajé y escribí mucho, pero también un escenario

doloroso en donde me sentí muy aislado, hasta que asumí que tenía un problema de adicción

al sexo, las relaciones, el alcohol y la mariguana. Cuando comencé mi camino hacia la

recuperación, Cincinnati se transformó en el inicio de un proceso lleno de esperanza y amor

propio. Todavía conservo gente muy querida por allá. No voy a negar que los inmigrantes

sufrimos discriminación, especialmente los venezolanos, pero debo decir que es

responsabilidad de uno enfocarse en la solución y no en el problema. También puedo decir

que en todas partes hay gente que está dispuesta a ayudar y a ser parte de una valiosa red de

apoyo, si uno la busca. Desde que llegué a la ciudad de Nueva York, me he conectado con

gente maravillosa que me apoya y me cuida.


JMN: ¿Cuáles libros has leído últimamente?

JP: Vivir a tu luz de Abdellah Taïa, El beso de la mujer araña de Manuel Puig (una vez más),

Muerte con campanas de Kelly Martínez-Grandal y La sabiduría del Sutra del loto, Vol. 1

por Daisaku Ikeda et al., y diversos títulos de recuperación en doce pasos.


El Ángel de Muzot de Marina Pratici: un itinerario crítico por la poesía de Rainer Maria Rilke. Por Stefania Di Leo


El Ángel de Muzot de Marina Pratici: un itinerario crítico por la poesía de Rainer Maria Rilke.
Por Stefania Di Leo

Con El Ángel de Muzot, publicado por Edizioni Helicon, Marina Pratici ofrece una contribución de notable profundidad crítica dedicada al universo poético de Rainer Maria Rilke, proponiendo una investigación que trasciende los límites de la monografía literaria tradicional para configurarse como un recorrido hermenéutico en torno a los grandes temas de la existencia, la memoria y la función de la poesía. La obra se inscribe en una sólida trayectoria investigadora que ha llevado a la autora a dedicarse durante años al estudio de la literatura contemporánea y a la promoción del diálogo entre las distintas tradiciones poéticas europeas, confirmando una metodología crítica basada en la constante interacción entre el análisis textual, la reflexión filosófica y la contextualización histórico-cultural.

La elección del título no es casual. Muzot, el pequeño castillo situado en el cantón del Valais, en Suiza, constituye uno de los lugares más emblemáticos de la biografía y de la producción literaria de Rainer Maria Rilke. Fue precisamente entre los muros de esta antigua fortaleza donde, en febrero de 1922, el poeta vivió lo que él mismo describió como una auténtica «tormenta creadora», concluyendo las Elegías de Duino y componiendo casi en su totalidad los Sonetos a Orfeo, dos obras destinadas a marcar de manera decisiva la poesía del siglo XX. Muzot deja así de ser un simple espacio geográfico para convertirse en un símbolo de la creación, del renacimiento espiritual y del encuentro entre el poeta y la palabra.

Es precisamente en torno a este simbolismo donde Marina Pratici construye su recorrido interpretativo. El «ángel» evocado en el título no es considerado únicamente como una figura perteneciente al imaginario rilkeano, sino como una categoría poética y filosófica desde la cual interpretar el conjunto de la obra del poeta de Praga. En las Elegías de Duino, el ángel representa una presencia absoluta, alejada de la tradición religiosa convencional, capaz de encarnar la perfección del ser y, al mismo tiempo, la insalvable distancia entre lo infinito y la fragilidad de la condición humana. Marina Pratici analiza esta figura destacando su función simbólica como punto de encuentro entre lo visible y lo invisible, entre la finitud y la trascendencia, entre la experiencia sensible y la dimensión espiritual.

Uno de los aspectos más relevantes del volumen reside en el enfoque interdisciplinario adoptado por la autora. El análisis de la poesía rilkeana no se limita a los aspectos formales o estilísticos, sino que incorpora cuestiones de carácter filosófico, antropológico y existencial. La palabra poética es interpretada como un instrumento privilegiado de conocimiento, capaz de superar los límites de la racionalidad discursiva para acceder a una comprensión más profunda del ser. Desde esta perspectiva, la poesía no representa un mero ejercicio estético, sino una forma mediante la cual el ser humano intenta otorgar sentido a su existencia y enfrentarse a las grandes preguntas que acompañan a toda época: el tiempo, la muerte, la memoria, la soledad, el amor y el destino.

Especial relevancia adquiere en el ensayo la reflexión sobre la memoria, uno de los núcleos fundamentales tanto de la poesía de Rilke como de la interpretación propuesta por Marina Pratici. La memoria no se entiende como una simple conservación nostálgica del pasado, sino como un proceso dinámico de transformación de la experiencia. Cada recuerdo se convierte en materia viva de la creación artística y en parte esencial de la construcción de la identidad individual. A través de la memoria, el poeta recompone los fragmentos de la existencia y los devuelve a la palabra, otorgándoles una nueva dimensión universal. La poesía se convierte así en el espacio privilegiado donde el tiempo es transfigurado y rescatado del olvido.

En este sentido, el volumen pone de relieve la profunda actualidad del pensamiento rilkeano. Aunque pertenece a un contexto histórico y cultural muy distinto del contemporáneo, Rilke continúa interpelando al lector actual sobre la fragilidad del ser humano, la necesidad de la belleza y el valor de la búsqueda interior. Marina Pratici demuestra cómo estas cuestiones conservan hoy una extraordinaria capacidad interpretativa, especialmente en una sociedad caracterizada por la velocidad de la comunicación, la fragmentación de la experiencia y la progresiva pérdida de la memoria cultural.

Desde el punto de vista metodológico, el ensayo se distingue por el constante equilibrio entre el rigor científico y la claridad expositiva. La autora evita tanto el exceso de tecnicismo como la divulgación superficial, proponiendo un discurso capaz de dialogar con investigadores, especialistas y lectores interesados en profundizar en la figura de Rilke. Sus interpretaciones se sustentan siempre en un sólido conocimiento del contexto biográfico y literario, sin caer nunca en un reduccionismo biografista: la vida del autor es considerada únicamente en la medida en que contribuye a iluminar el significado de su obra.

La edición de Edizioni Helicon se integra de manera plenamente coherente en la línea editorial de esta prestigiosa casa, comprometida desde hace años con la difusión de la poesía y de los estudios literarios. A través de colecciones dedicadas a la crítica contemporánea y a las humanidades, Helicon ha construido un catálogo orientado a promover el diálogo intercultural y a difundir obras que enriquecen el conocimiento del patrimonio literario europeo. La publicación de El Ángel de Muzot confirma esta vocación cultural, ofreciendo al lector una herramienta de estudio rigurosa y, al mismo tiempo, accesible.

El volumen adquiere, además, un significado especial dentro del propio itinerario intelectual de Marina Pratici. Su producción crítica se caracteriza por una constante atención hacia aquellos autores que han concebido la poesía como una experiencia ética además de estética. En este contexto, el diálogo con Rainer Maria Rilke resulta plenamente coherente con una investigación orientada a reconocer en la palabra poética un espacio privilegiado de reflexión sobre la dignidad humana, la responsabilidad del escritor y el papel de la cultura en la construcción de la memoria colectiva.

La obra no se limita, por tanto, a reconstruir el pensamiento poético de Rainer Maria Rilke, sino que propone una reflexión más amplia acerca del significado de la literatura en el mundo contemporáneo. A través del análisis del símbolo del ángel, Marina Pratici invita al lector a redescubrir la función cognoscitiva de la poesía, entendida como un lenguaje capaz de custodiar la memoria, interrogar el presente y abrir nuevas perspectivas de interpretación del futuro. El castillo de Muzot se convierte así en el símbolo de un espacio de la conciencia donde la palabra poética continúa regenerándose más allá de los límites del tiempo histórico.

En definitiva, El Ángel de Muzot se configura como un ensayo de elevado valor crítico, en el que la reflexión literaria dialoga con la filosofía, la historia de la cultura y la hermenéutica poética. Gracias a una escritura rigurosa, elegante y sólidamente fundamentada, Marina Pratici restituye al lector toda la complejidad del universo rilkeano, demostrando cómo la poesía continúa siendo uno de los instrumentos más eficaces para comprender la condición humana. La obra se incorpora, de este modo, con plena autoridad al panorama de la crítica contemporánea dedicada a Rainer Maria Rilke, ofreciendo una aportación original a la comprensión de un autor que, más de un siglo después de la creación de las Elegías de Duino, sigue dialogando con extraordinaria intensidad con la sensibilidad de nuestro tiempo.