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martes, 17 de septiembre de 2019

DARÍO RODRÍGUEZ: Narrativa Actual de Colombia


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Darío Rodríguez (1977, Duitama – Boyacá, Colombia). Escritor, promotor de lectura y editor. Ha publicado las novelas Cuaderno invisible (Culturama – 2011) y Observaciones desde una ventana (Garcín Ediciones -2013), además del libro de piezas escénicas Aproximación a nada (Culturama -2013). Colaborador permanente de la revista bogotana Cartel Urbano www.cartelurbano.com y bloguero literario de En Órbita www.enorbita.tv .  Es uno de los directores del sello editorial Garcín ediciones.



Fragmentos de la novela Observaciones desde una ventana



Hoja Cero

Abandone la suposición de que un texto es una ventana.
A partir de este momento una ventana es, sin más, un texto.
Elija los pensamientos de otro, que lo acompañarán durante la jornada, como
“Piensa
 en todo el tiempo
 que has perdido.
 El que estás perdiendo.
 El tiempo
 que te queda por perder”.


Hoja Uno

Invente una razón justa para esperar.
Algo ilusorio, individual o imposible.
Después, tomada la decisión, prepárese. Sobre esta silla, o en pie. Sea durante
muchas horas, sea por las insoportables pausas de unos cuantos segundos, la
convicción es simple: permanecer aquí hasta su final, o el de la espera.
Intente ser indiferente al tiempo. Dentro del límite de su capacidad, finja esa
indiferencia. Usted aún no sabe que el tiempo también se deteriora con el
transcurrir del espacio.
Si su carácter es impulsivo y no quiere ni puede esperar, tenga en cuenta:
alguien, otra persona a quien nunca conocerá, espera en su lugar. Así mismo, es
imposible fiarse del tiempo: no le devolverá la razón que usted desdeñó.
Aceptándolo o no, sabiéndolo o no, siempre se está en actitud de espera.


Hoja Dieciocho

Emprenda un exhaustivo monólogo.
Si así lo desea no observe la ventana. Esto le permitirá perorar con honda fe en
su propia labia, no habrá jerarquías ni énfasis.
Si no puede soltar palabra sin dejar la ventana, apelar al antiquísimo
cuestionario le será útil. Manidas preguntas, ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo?
¿Qué?, puentes eficaces en orden a crear una distancia de imposiciones
temporales; poseen valor secundario, aunque no despreciable. Más allá del
mero entretenimiento, pierden toda importancia.


Hoja Veinte

Recrimínese por la postura corporal que está adquiriendo ahora. Incómoda debido a la propia insatisfacción por usted sentida: si ocupa una silla querrá, sin duda, levantarse; si de pie, anhelará un sillón, aún sentarse en el suelo de este lugar. Al fin y al cabo cualquier posición asumida por su cuerpo es nociva. Y usted lo sabe.
Quéjese: el viento es frío, usted no debería haber venido aquí; o los gránulos de brisa que el viento va desperdigando sin concierto aumentan las dosis de calor, usted no debió acudir a esta cita; es injusto que le hagan malgastar el tiempo - usted por otra parte imagina al tiempo como su propiedad (uno de los lances más graciosos de esta historia) – con la presente espera, alguien tendría que haberle relatado las dimensiones, los costos de permanecer sin oficio ni beneficio en frente de la ventana.
Conciba argumentos en su defensa, tan individuales, tan caprichosos, que usted termine por suspirar con aire vencido, meneando la cabeza mientras desaprueba los desmanes cometidos en su contra. Cuando arroje el lamento, sus poros y glándulas, la tensión alrededor de sus dedos, notificarán al resto del organismo el carácter heroico alcanzado gracias a su denuedo, resignación y humildad.
Un predecible silencio subsecuente a sus reclamos es, quizás, el único hecho valioso de la técnica descrita.


Hoja Treinta y cinco

A propósito de relojes.
Y si de pronto siente un presumible cansancio en frente de la ventana.
Lo correcto es no usar reloj, para caminar con serenidad por parajes y veredas sin nombres, de la casa al sitio de trabajo, de este a aquélla.
Si pese a todas las prevenciones los relojes imponen sus modestas y peligrosas directrices, y usted termina viéndolos sobre paredes o escritorios, quizás bajo custodias de transeúntes, realice un óptimo esfuerzo, piense en otras temáticas menos abrasivas, en otros relojes incluso, detenidos y despedazados.
Consulte el reloj que se guarece dentro de usted, entre pulmones y corazón, cuyas agujas fijas bien pudieran ser sus huesos.
Descubra cómo ese aparato induce a un arte interpretativo, vaticinador, involuntariamente alucinado. Usted empiece a saber qué hora es, al menos entienda lo que sucederá durante los siguientes instantes.
Pierda su fe en el tiempo como padre. Y como madre.


Hoja Sesenta

Usted morirá.
Con libreto previo o bajo el hollín del azar, usted dejará esta y las demás ventanas, y las esperas, en algún resquicio del porvenir.
Al morir verificará una muda en sus maneras de observar.
Si una puerta se cierra en un lugar del mundo, otra, en el lugar opuesto y
paralelo, también habrá de cerrarse.
Una ventana es un texto susceptible de comprensión, incluso si no sabe leérsele.
Lo que observó no es falso. A pesar de los reclamos naturales en todo observador (“Tanto tiempo perdido para enterarse de algo que yo hace mucho sabía…”; “Debieron haberlo advertido desde un principio…”) no hay sobre este texto ni un mínimo de mentira. Todo es cierto.
Con la decepción o frustración o soberbia que haya acumulado hasta aquí, exhale una gran cantidad de aire.
Contemple el vaho que usted deja sobre la ventana. Mire sus circunvalaciones, rutas ciegas y sinuosidades.
El motivo de su espera se manifiesta ahora mismo.
Hasta ahora la ventana no ha producido reflejos. Aprecie este instante de privilegio: usted no mira ya de adentro hacia afuera. El presente instructivo debe haberle conducido al sendero contrario: de lo poco o mucho que se observó afuera, el otro lado, hacia adentro.
La espera concluye.
No como usted lo pensó, quizás.
Sepa que también nosotros – tan habituados a estas prácticas – imaginábamos estos desenlaces.
Observe sus facciones, los puntos de giro en sus mejillas, la conformación de las orejas y el cansancio o expectación en los ojos, el incómodo afinamiento de sus labios, de su nariz. Mírese muy bien, en esa zona ajena a cartografías, su propio rostro como reflejo tácito de la ventana, entre el vaho, la ventana misma y afuera.
Obsérvese muy bien.
Obsérvese.
Su espera ha concluido.
Concluya su espera.







martes, 10 de septiembre de 2019

RENATA DURÁN: Narrativa Actual de Colombia


Renata Durán (Bogotá, Colombia 1950). Ha publicado los libros  Muñeca rota (1981), Oculta ceremonia, (1985), Sombras sonoras (1986), Poemas escogidos (1993), y El sol apagado (1994). Colaboradora habitual del suplemento literario Lecturas Dominicales del periódico colombiano El Tiempo. Forma parte de la antología de narrativa Rusa/Latinoamericana Sensaciones de acá, de allá y del más allá. Se puede leer completa en el siguiente link: http://neoepicas.blogspot.com/



CUENTO DE AGUA

I.
Su-Nú crecía en los jardines de O.
Sus madres la habían acompañado durante un tiempo sonámbulo. Recordaba sus risas suaves cuando ella, con apenas tres años, había tocado la piedra, asombrosa, enorme, sobre la que corría el agua cantando. Esa piedra que escondía diminutos espacios redondos, carnosos, de un verde fresco. Tocar las grietas vegetales de la piedra y tocarse sus labios. Así comprendió.
Días y noches pasaron y Su-Nú conocía cada vez más. Aprendió a distinguirlos sonidos del aire. Descubrió la montaña. Besaba los troncos de los árboles. Alcanzaba cada día un sabor escondido. Ácidas gomas. Mieles. Acariciaba la piel arrugada de los árboles. Paseaba su mirada por ese cielo recortado que el árbol dibujaba en el techo del mundo. Era feliz de la sola manera que se lo puede ser: sin saberlo.
Siete noches antes, sus madres se sentaron en círculo. Prepararon el fuego y la llamaron. Ella se detuvo al pie de la hoguera, en el centro. Miraba asombrada su cuerpo. Había estado tan distraída con el agua del río. Habían desfilado en esos mil espejos, ciudades, guerras, juegos de niños, animales fantásticos. Ella había vivido sobre el agua, mirando.
Esa noche descubrió su cuerpo. La sorprendió. Tenía un color desconocido. Cálido. Tocó sus senos. Eran como los lotos en el agua. También temblaban. Acarició su cuerpo recién encontrado. Un áspero vello negro se enredaba entre sus piernas y una hendidura le recordó que seguía para adentro. No había límites en su cuerpo. Todo se devolvía hacia dentro.
Esa noche sus madres cantaron una vieja canción. Ella miraba el fuego. El origen de todo, le habían dicho. Las llamas chisporroteaban en el aire caliente. Miraba fascinada sus piernas abiertas que se prolongaban sobre la arena en dos sombras negras. El suelo dorado. Las diez puntas perfectas de sus dedos apuntando. ¿Hacia dónde? Sabía que al día siguiente, con el alba, comenzaría su viaje. Sabía que esos pies duros que miraba, serían su cotidiano paisaje sobre el mundo. Andar y andar, como los ríos.
Un hilo de líquido caliente rodó por sus piernas. Había llegado la sangre anunciada.
Su-Nú era ahora una mujer que andaría por el mundo.
Sus madres danzaron a su alrededor en anillo cerrado. La sangre creció. Se desbordó. Ella se bañaba en su sangre. Su-Nú reconocía su sangre. Después lloró, durante la última noche.
El agua salina de sus lágrimas limpió su cuerpo y fue a dar a sus pies. Con el alba, el desierto había bebido todo. Sus madres se habían esfumado y Su-Nú se echó a andar por el mundo.
II.
Hacia el Sur, le habían dicho, siempre hacia el Sur. Un día encontrarás un hombre antiguo con una enorme cabeza. Allí quedará tu morada y acabarás tu viaje.
Su-Nú había escuchado hablar de aquel hombre. Era el único habitante de los confines del mundo. Nadie sabía si era, o no, mudo. Algunas gentes decían que se callaba porque cuando hablaba, sus palabras eran pesadas piedras que producían cataclismos. La última vez que él había hablado, la tierra se resquebrajó y hoy había un cráter profundísimo en la mitad del mundo.
Por eso, decían, se calló.
Su-Nú atravesó desiertos. Ascendió la montaña. Anduvo sin reposo por los cuatro caminos. Agotó los distintos territorios del fuego. Nunca se fatigó. Sus pies, a veces, fueron alas.
Un día llegó.
III.
La casa era un larguísimo corredor.
Dos muros paralelos blancos. Erigidos sobre el desierto. No había puertas, ni ventanas, ni techo. Sólo dos largos muros frente a frente señalando un estrecho camino. Su-Nú comenzó a andar entre dos muros. Sentía que ascendía una espiral. Si miraba hacia arriba sólo veía el cielo. Cuando creía que había cerrado el círculo iniciado al entrar, y que estaba de nuevo en el mismo sitio del comienzo, se sorprendía viéndose cada vez más arriba. Vueltas semi cerradas. Ascendentes. Círculos abiertos, resueltos en más grandes círculos. Así subía Su-Nú, hacia su destino.
IV.
Tao sentado desde siempre en el letargo, preparaba sus ojos para el encuentro. Dibujaba pájaros en el aire con el movimiento de sus manos desarticuladas de las muñecas. Imaginaba Dioses. Su boca cerrada desde la eternidad, temblaba. En sus ojos sólo cabía el oro quemado del color de Su-Nú. Sus sentidos salían de un antiguo estupor. Diferenció perfumes, algo en la atmósfera. Un sabor. Finísimas agujas. Susurros. Rumores. Musitaciones. Lenguas que imitan el sonido del agua. Labios que hacen burbujas. Millones de dientes que dejan, apenas, atravesar el aire, absorbiéndolo todo hacia un vórtice ignoto.
Su-Nú, exhausta, se acercó a la enorme cabeza milenaria. Besó la piedra, la acarició. Se tendió sobre ella: Hasta entonces ignoraba el deseo.
«Tienes que retenerte –le habían dicho a Tao sus ancestros– no debes derramarte. Por tu sexo circula la savia de la vida. Cada vez que desees a una mujer, retente. Así preservarás el universo. Llévalas al recinto cerrado del éxtasis, succiona su agua y guárdala. Tendrás en ti el origen y el final. Serás el centro.»
Tao, que había obedecido este sagrado mandato a través de los siglos, sintió que el deseo crecía, no podía contenerlo. Océano apretado en una bolsa de aire. La inminencia del caos. Por todos sus resquicios se filtraba el delirio, el convulso combate de sus aguas secretas, marea de equinoccio: el astro desnudo del amor llegó a su plenitud.
Ardió, por fin, el tiempo.
Sintió que una lava remota, profundísima, salía de sus ojos de piedra. La lava seminal. Supo que estallaría.
Con su eterno fluir, el finísimo aceite genital de Su-Nú y la espuma milenaria guardada en la cabeza de piedra de Tao inundaron al mundo.
Así se extendió por la tierra el agua de la vida.



martes, 12 de agosto de 2014

DARÍO RODRÍGUEZ. Narrativa Actual de Colombia


Darío Rodríguez (1977, Duitama – Boyacá, Colombia). Escritor, promotor de lectura y editor.  Ha publicado las novelas ‘Cuaderno invisible’ (Culturama – 2011) y ‘Observaciones desde una ventana’ (Garcín Ediciones -2013), además del libro de piezas escénicas ‘Aproximación a nada’ (Culturama -2013). Colaborador permanente de la revista bogotana Cartel Urbano www.cartelurbano.com y bloguero literario de En Órbita www.enorbita.tv .  Es uno de los directores del sello editorial Garcín ediciones.

Selección por Gladys Mendía de la novela Observaciones desde una ventana




Hoja Cero

Abandone la suposición de que un texto es una ventana.
A partir de este momento una ventana es, sin más, un texto.
Elija los pensamientos de otro, que lo acompañarán durante la jornada, como

 “Piensa
 en todo el tiempo
 que has perdido.
 El que estás perdiendo.
 El tiempo
 que te queda por perder”.




Hoja Uno

Invente una razón justa para esperar.
Algo ilusorio, individual o imposible.
Después, tomada la decisión, prepárese. Sobre esta silla, o en pie. Sea durante
muchas horas, sea por las insoportables pausas de unos cuantos segundos, la
convicción es simple: permanecer aquí hasta su final, o el de la espera.
Intente ser indiferente al tiempo. Dentro del límite de su capacidad, finja esa
indiferencia. Usted aún no sabe que el tiempo también se deteriora con el
transcurrir del espacio.
Si su carácter es impulsivo y no quiere ni puede esperar, tenga en cuenta:
alguien, otra persona a quien nunca conocerá, espera en su lugar. Así mismo, es
imposible fiarse del tiempo: no le devolverá la razón que usted desdeñó.
Aceptándolo o no, sabiéndolo o no, siempre se está en actitud de espera.




Hoja Once

La ventana se desplaza en forma perpendicular a los ángulos de visión aportados por usted. ¿Cómo dar cuenta del fenómeno?
Cuando la ventana aparenta quietud, conviene dudar. Quizás corre a velocidad estrepitosa y usted no lo nota debido a que, sin planearlo ni quererlo, usted es un componente de ella, o tal vez está siendo víctima de sus empellones y arrastres.
¿Por qué alrededor el clima, los ruidos, las personas vecinas – menos la espera – simulan costumbre, homogeneidad, falta de novedades?




Hoja Diecisiete

Hablar, evidencia de calma y desesperación. Los observadores se pliegan a la voz por su sonido, más allá del significado.
Hablar para sí no tiene par. Las preguntas no precisan de respuesta debido a su simpleza, corto vuelo, decidida incapacidad.
Monologar es el descuido o desprecio del transcurrir de las horas. Al punto de establecer combinaciones en ritmos personales, recuerdos, promesas futuras y preocupaciones actuales. En ciertos momentos no se logra separar la simple evocación de una angustia por el presente; o el proyecto del porvenir se vuelve semejante a la reminiscencia.
Efectivo sedante, en ausencia de elementos o de seres humanos que desempeñen la distracción de modo deliberado, no es recomendable como método ni mucho menos como plan vital.




Hoja Dieciocho

Emprenda un exhaustivo monólogo.
Si así lo desea no observe la ventana. Esto le permitirá perorar con honda fe en
su propia labia, no habrá jerarquías ni énfasis.
Si no puede soltar palabra sin dejar la ventana, apelar al antiquísimo
cuestionario le será útil. Manidas preguntas, ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Cómo?
¿Qué?, puentes eficaces en orden a crear una distancia de imposiciones
temporales; poseen valor secundario, aunque no despreciable. Más allá del
mero entretenimiento, pierden toda importancia.




Hoja Veinte

Recrimínese por la postura corporal que está adquiriendo ahora. Incómoda debido a la propia insatisfacción por usted sentida: si ocupa una silla querrá, sin duda, levantarse; si de pie, anhelará un sillón, aún sentarse en el suelo de este lugar. Al fin y al cabo cualquier posición asumida por su cuerpo es nociva. Y usted lo sabe.
Quéjese: el viento es frío, usted no debería haber venido aquí; o los gránulos de brisa que el viento va desperdigando sin concierto aumentan las dosis de calor, usted no debió acudir a esta cita; es injusto que le hagan malgastar el tiempo - usted por otra parte imagina al tiempo como su propiedad (uno de los lances más graciosos de esta historia) – con la presente espera, alguien tendría que haberle relatado las dimensiones, los costos de permanecer sin oficio ni beneficio en frente de la ventana.
Conciba argumentos en su defensa, tan individuales, tan caprichosos, que usted termine por suspirar con aire vencido, meneando la cabeza mientras desaprueba los desmanes cometidos en su contra. Cuando arroje el lamento, sus poros y glándulas, la tensión alrededor de sus dedos, notificarán al resto del organismo el carácter heroico alcanzado gracias a su denuedo, resignación y humildad.
Un predecible silencio subsecuente a sus reclamos es, quizás, el único hecho valioso de la técnica descrita.




Hoja Veintiséis

La noche y lo nocturno gozan de constituciones blandas.
Si empieza a llegar la noche – algunas luces se encienden a lo lejos con resplandores pardos o amarillos; el silencio es mucho más insistente – palpe con el dorso de su mano los avatares de nocturnidad que logre presentir. Un sonido de proyectil disparado, por ejemplo, que usted de seguro tomará como un silbo humano habitual, o como el chirrido de un animal ajeno al paisaje de la ventana (caballo, vaca); su eco puede ser capturado incluso por los nudillos de unos dedos o por una muñeca convencional.
El día, el amanecer incluso, inicia con vestido duro para el tacto. Si usted se aposenta a estas horas en frente de la ventana, acerque una mano de tanto en tanto durante un buen trecho temporal a los hálitos dejados por estos pliegues diurnos que le serán irresistibles de notar. Imágenes y sonidos desacostumbrados al paso sobrevendrán, aunque resulten ininteligibles o sosos en principio, tañido de campanas en un descampado, voces de gente distante o fallecida; parsimonia en el caminar de un anciano, renquea porque lo último que quiere es llegar a su destino, y cientos de percepciones similares. Se dará cuenta, despacio, que los materiales compactos de las horas inaugurales van tornándose rugosos a medida de su desdibujo o disolución; si usted pudiera tocarlos juzgaría ásperas, gelatinosas esas formas.




Hoja Treinta y cinco

A propósito de relojes.
Y si de pronto siente un presumible cansancio en frente de la ventana.
Lo correcto es no usar reloj, para caminar con serenidad por parajes y veredas sin nombres, de la casa al sitio de trabajo, de este a aquélla.
Si pese a todas las prevenciones los relojes imponen sus modestas y peligrosas directrices, y usted termina viéndolos sobre paredes o escritorios, quizás bajo custodias de transeúntes, realice un óptimo esfuerzo, piense en otras temáticas menos abrasivas, en otros relojes incluso, detenidos y despedazados.
Consulte el reloj que se guarece dentro de usted, entre pulmones y corazón, cuyas agujas fijas bien pudieran ser sus huesos.
Descubra cómo ese aparato induce a un arte interpretativo, vaticinador, involuntariamente alucinado. Usted empiece a saber qué hora es, al menos entienda lo que sucederá durante los siguientes instantes.
Pierda su fe en el tiempo como padre. Y como madre.




Hoja Sesenta

Usted morirá.
Con libreto previo o bajo el hollín del azar, usted dejará esta y las demás ventanas, y las esperas, en algún resquicio del porvenir.
Al morir verificará una muda en sus maneras de observar.
Si una puerta se cierra en un lugar del mundo, otra, en el lugar opuesto y
paralelo, también habrá de cerrarse.
Una ventana es un texto susceptible de comprensión, incluso si no sabe leérsele.
Lo que observó no es falso. A pesar de los reclamos naturales en todo observador (“Tanto tiempo perdido para enterarse de algo que yo hace mucho sabía…”; “Debieron haberlo advertido desde un principio…”) no hay sobre este texto ni un mínimo de mentira. Todo es cierto.
Con la decepción o frustración o soberbia que haya acumulado hasta aquí, exhale una gran cantidad de aire.
Contemple el vaho que usted deja sobre la ventana. Mire sus circunvalaciones, rutas ciegas y sinuosidades.
El motivo de su espera se manifiesta ahora mismo.
Hasta ahora la ventana no ha producido reflejos. Aprecie este instante de privilegio: usted no mira ya de adentro hacia afuera. El presente instructivo debe haberle conducido al sendero contrario: de lo poco o mucho que se observó afuera, el otro lado, hacia adentro.
La espera concluye.
No como usted lo pensó, quizás.
Sepa que también nosotros – tan habituados a estas prácticas – imaginábamos estos desenlaces.
Observe sus facciones, los puntos de giro en sus mejillas, la conformación de las orejas y el cansancio o expectación en los ojos, el incómodo afinamiento de sus labios, de su nariz. Mírese muy bien, en esa zona ajena a cartografías, su propio rostro como reflejo tácito de la ventana, entre el vaho, la ventana misma y afuera.
Obsérvese muy bien.
Obsérvese.
Su espera ha concluido.

Concluya su espera.