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martes, 23 de junio de 2015

GUNTER SILVA: Narrativa Actual Peruana


Gunter Silva (Lima, 1977), autor de la colección de cuentos Crónicas de Londres (Lima, 2012) y Homesick (Miami, 2013). Estudió en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Santa María La Católica. Además, obtuvo un BA en Artes y Humanidades. Actualmente, cursa un MA en Literatura y Creatividad Literaria en la University of Westminster. Ha colaborado en diversas revistas literarias y culturales. Sus cuentos han aparecido en diferentes antologías e idiomas. Reside en Londres.



Los adversarios del Apocalipsis


A Juan Manuel Gonzales Polar, alias Muela.
     
Apocalipsis los ha derrotado a todos, lleva una máscara negra con el dibujo de una pantera pintada en plata, nadie ha visto su rostro, solo brotan sus ojos negros, la comisura de sus labios y sus fosas nasales llenas de hirsutas cerdas descoloridas. Camina despacio como si en vez de pesados músculos estaría cargando elefantes. Sin embargo, en el cuadrilátero se mueve veloz como una bestia carnívora al acecho de su presa.

"Campeonato Crucero", dice el afiche amarillento que Pepe lee en la pared. En letras mayúsculas está escrito: lugar, fecha, hora, además de talla y peso de Apocalipsis. Pepe no se detiene en estos últimos datos, le basta ver la foto del luchador, tatuado y con un par de chuzos en el abdomen. La leyenda dice que fue cortado en una refriega en sus años de interno en Maranguita, donde estuvo encerrado por violación. Ofrecen quince mil soles a quien se enfrente y lo venza.
–La lucha libre en Lima –Pepe le explica a su hermano mayor– se ha convertido en un gran negocio ilegal, gracias a las apuestas que hacen los narcos. Circula bastante billete.
El negro lo escucha distante, respira por la boca como un burro cansado. Es grande y fuerte, solían hacer pesas juntos después del trabajo. El verano limeño le dibuja gotas de sudor en la frente, tiene el cabello afro, como resortes que se disparan a todos lados.
—¿Cómo te has enterado?—le pregunta.
—Lo leí en un afiche pegado en un poste de luz.
—¿Estás seguro de que son quince mil?
—Sí.
―¿Cocos?
―No, lucas.
―¿Estará arreglado?
―No creo, la lucha no es un concurso literario.

Pepe es pequeño y alegre, en cambio el Negro es majestuoso y grave. No conocen a sus padres, pero los une la misma madre, una mujer que se envejece cada día, cada minuto, cada segundo. Le han detectado cáncer de mama. El doctor le dijo que si hubiese acudido al hospital la primera vez que sintió un bulto extraño en sus senos, otro sería el panorama ahora. Ella piensa que las células que la atacan son como las manchas negras que le salen a los plátanos maduros. Una vez que aparecen, la fruta está destinada a ennegrecer, a podrirse.

"No", contesta el Negro, cuando su hermano le cuenta que quiere inscribirse para retar a Apocalipsis. Lleva consigo una revista, Deporte y Lucha, que se la extiende al Negro y en cuya portada se lee: "Apocalipsis el Grande e Invencible, tres años campeón consecutivo". En la fotografía posa tensando sus músculos, como si hubiese sido alentado a atemorizar a los lectores de esa revista artesanal, casi clandestina. Sus pechos son dos piedras voluminosas esculpidas como petroglíficos incas. El Negro no comenta, se queda callado, se miran el uno al otro tratando de adivinar sus pensamientos.
—Yo me enfrentaré —dice finalmente el Negro.
—¿Seguro?
—Sí, con un poco de entrenamiento estoy. A ti te tomaría seis meses conseguir su peso.
—Habrán varios retadores.
—Claro, pero muy pocos con la oportunidad de ganar —dice el Negro mordiéndose las uñas y luego añade —: ¿Se paga alguna inscripción?
—Son diez lucas.
—En dos semanas entonces —concluye y le alcanza un billete viejo y arrugado.

Quedan cinco días para el torneo. La vida del Negro solo consiste en la lucha libre, el ejercicio y la meditación. Ha dejado de alquilar el coche, un Chevrolet corsa destartalado con el que hacía taxi. El único combustible en su vida es su comida, nada más. Se despierta a las cuatro de la mañana y corre dos horas, en las tardes va al gimnasio que su municipalidad ha instalado al aire libre, muy cerca del mar, donde hace una cantidad colosal de barras, planchas, flexiones y salta en línea recta y aterriza sobre una sola pierna con la rodilla arqueada mientras la gente camina por la arena o se tumba a tomar el sol. Después de sudar se mete al mar y nada cruzando varios tumbos hasta que desaparece de la vista de los bañistas.

Por las noches pelea en total secreto y en total silencio con su hermano. En su habitación solo les alumbra una lamparilla con luz azafranada, cuando el espacio se llena de sudor abren las ventanas y se quedan tirados en el piso de cemento.

En el bolsillo lleva dos inscripciones de cartulina naranja. Pepe no sabe bien por qué se inscribió también en el torneo. Ahora que ya lo hizo, le da vergüenza contarle al Negro. Si se lo dijera, sería como decirle que no tiene confianza en su destreza de luchador, en su físico, en su coraje. Por la mañana le estuvo leyendo un artículo que apareció en El Bocón, un periódico chicha, sobre Apocalipsis. "Deja de leer, la mitad de lo que escriben no tiene sentido, la otra mitad es una tontería", le contestó el Negro. No parecía nervioso, pero frotaba su tazón de avena constantemente con las yemas de sus dedos. Pepe se quedó ojeando los anuncios de putas baratas, chulos charlatanes y chamanes selváticos, que conquistaban desafiantes, atrevidos, la sección de deportes.

Al día siguiente, Pepe se contactó con Electroshock gracias a un conocido, la gente decía que era el luchador que más cerca había estado de derrotar al Apocalipsis. Vivía por Barrios Altos, le tomó casi una hora en llegar montado en la línea de bus 41. En el restaurante en que se citaron, Pepe comió un sándwich de chancho con cebolla picada y ají mientras esperaba. La carne estaba rígida como un saludo nazi y el café le sirvieron casi frío en un vaso de plástico desechable.

Cuando Electroshock llegó, las luces del sol zumbaban a través de los cristales. Bajó la cabeza al pasar por la puerta y una vez adentro se quitó la gorra de béisbol. Era seis dedos más alto que Pepe, sin embargo, parecía un sobreviviente. Había bebido durante dos años y ahora estaba limpio cinco meses. Pidió una soda y la tomó del pico, sus nudillos eran bruscos y su voz bronca. Eructó y luego sonrió. Pepe pudo fijarse en la herradura maltratada que le cubría los dientes de la fila inferior. Dijo que estaba arrojando trozos de madera en la sierra, cerca de Tarma, venía a Lima dos veces por semana a vender los tablones de pino y eucalipto. Llevaba la ropa llena de aserrín y un par de astillas colgaban de su cabello. Cuando Pepe preguntó por el Apocalipsis, hubo un breve silencio.
—No recuerdo nada —dijo impaciente.

Después, levantó la mano izquierda y se la mostró, parecía sostener un trofeo imaginario. Pepe se limitó a observar su mano deformada por la ausencia de dedos.
—No tengo ni idea de cuántos dedos perdí en esa pelea. Sólo recuerdo el dolor, era como una entidad independiente que corría por mis venas.
—¿ Aprendiste algo de esa experiencia? —Preguntó Pepe.
Electroshock no dijo nada, sólo esbozó una sonrisa triste.

El día de la bronca, Lima parece una puñetera piñata a punto de pulverizarse. En el camerino el Negro está sentado en una banca de madera, reza en silencio, ha prendido una vela misionera y el fuego quema con fuerza la cera, la luz vacilante de la vela agranda los poros en ruina de las paredes, resaltan los pedazos de pintura que se desprenden quebradas como hojas de otoño.

Pepe lo mira desde la puerta, se queda así un buen rato, luego entra y le pone la mano derecha sobre la espalda desnuda, siente su cuerpo formado de músculos tensos, su piel está fría y húmeda.

—Si vuelves hacer algo así de nuevo, te mato —le dice el Negro mientras se sacude el hombro. La mano de Pepe cae al vacío, le susurra unas palabras de aliento y se retira. Al rato, el Negro se siente mal, nunca le ha hablado así a su hermano menor. Se arrepiente, quiere disculparse, quiere abrazarlo, pero ya la puerta está cerrada y rígida como sus puños.

La arena huele bastante desagradable, a vaho, a orines. Por el altavoz alguien dice que las entradas están liquidadas con voz eufórica y metálica. La multitud agita el aire con silbidos de manifestación. Apocalipsis ya se encuentra en la esquina opuesta del ring, tuerce su torso de lado a lado, se ve imponente, parece más grande que en sus fotos. Pepe piensa que la máscara que lleva lo hace ver misterioso y malvado. El Negro sube y espera parado en la otra esquina, no usa máscara, pero se ha cortado el cabello al ras y se ve exageradamente achiquillado, con cara de bebé. "Si al menos se hubiese dejado crecer los bigotes", piensa Pepe, mientras se seca el sudor de las manos en su vaquero envejecido y sucio.

La campana repica, y en el acto Apocalipsis lo toma del brazo derecho y lo lanza contra las cuerdas y antes de que el Negro pueda reaccionar le hace un candado que lo tumba a la lona. El árbitro los separa y la multitud grita el nombre de Apocalipsis. El Negro retorna al centro del cuadrilátero y su brazo traza un circulo en el aire, se adelanta y le hace una abrazadera, pero Apocalipsis se zafa rápidamente y le hace una llave al cuello, después le golpea la cabeza contra la lona. El Negro sufre y se retuerce hasta que se escabulle de las manos de Apocalipsis, intenta una media nelson, pero Apocalipsis le golpea en el hombro y lo vuelve a echar hacia la lona. Cuando el Negro intenta levantarse una patada voladora, lo vuelve a dejar tendido por unos instantes. El árbitro se interpone entre ambos luchadores y el público vocifera, se mezclan insultos y silbidos. El Negro tirado en el suelo se ve impotente, pero se levanta lenta y mecánicamente.
"¡Apocalipsis!... ¡Apocalipsis!... ¡Apocalipsis!", grita la tribuna y alienta y festeja.

El Negro intenta agarrarlo de la garganta, pero Apocalipsis lo jala violentamente hacia él, su cuerpo parece dispersarse en el entorno como pequeñas piezas de rompecabezas. La multitud grita efervescente desde alguna esquina, pero al Negro no le importa o ha dejado de advertirlo. Cuando Apocalipsis lo ve doblado, aprovecha para agarrarlo de la cintura, lo levanta en el aire y lo deja descender desde lo alto. El negro cae de cabeza y el cuello se quiebra, los espectadores callan y por unos segundos no se oye ni el ruido de una mosca.

"¡Negro Cobarde! ¡Negro maricón!", grita una hombre desde la platea con voz de cuervo.

Pepe se lleva la mano a la boca, se levanta de su butaca y desde lo alto mira como un hilo de sangre brota del oído izquierdo del Negro y tiñe la lona y la atmósfera de una pesadumbre roja. El cuerpo del Negro no se moverá más, hay un agitación violenta e involuntaria en el público, un ruido como murmullo de río caudaloso. Sin embargo, Pepe oye los comentarios que suben desde el cuadrilátero como olas de mar embravecido: "No tiene pulso".

"La velocidad gana a la fuerza –se dice Pepe a sí mismo–. Mientras más grande el tipo, más carne para moler". Sabe claramente que su estrategia es no dejarse agarrar, sabe también que está condenado a ganar. "El coraje y las rivalidades se heredan", piensa. Necesita ganar el dinero con premura para pagar la terapia de su madre y el funeral de su hermano. Cuando entra al cuadrilátero grita con una furia extraordinaria y Apocalipsis observa en sus ojos a Hades, con unos monstruos alados, llameantes y salvajes, tenebrosos y tétricos, que le van indicando la senda hacía la morada de los muertos.






lunes, 4 de agosto de 2014

PIERRE CASTRO SANDOVAL. Narrativa Actual de Perú



Pierre Castro Sandoval (Trujillo, Perú 1979) Comenzó su carrera de narrador a los diez años contando los chistes porno que le enseñaba su tío Héctor. Su primer cuento lo escribió a los 16 cuando la chica que le gustaba lo comparó con un perro de peluche. Sus cuentos han sido publicados en las antologías Maldito Amor Mío, Más cuentos irónicos y Primeras Historias así como en los fanzines Heridita, Marc el Loco y Lithopia. Ha pertenecido a la Escuela de Escritura Creativa de la Católica y ha montado cabezas de pacazos sobre cuerpos humanos. Hace dos años abandonó la publicidad para dedicarse a la literatura y en cambio se dedicó al pan con queso y los dibujos animados. De los 46 textos que mandó a la editorial, fueron escogidos los 12 que componen su primer libro de cuentos.

Premio Copé de Plata 2012 por el cuento “El Río”. Actualmente escribe y dibuja en su blog http://huesohueso.blogspot.com/


Selección por Gladys Mendía de su blog huesohueso


Tal vez estamos envejeciendo

Karen es mi mejor amiga. Lo que llamamos amistad, usualmente consiste en vagabundear por las calles de Miraflores, conversando y adquiriendo latas de chelas en puntos aleatorios. Si la vida fuese un vídeo-juego, nosotros seríamos como Donkey Kong y el otro monito haciendo checkpoint en grifos y supermercados: un par de latas en el Vivanda de Pardo, un par en Schell, otro par en Vivanda de Benavides, tal vez una en el Piers o Berlín, que diablos. Bueno, la cosa es que hoy quedamos en vernos, pero como yo estoy hasta el tope de alcohol, le digo: Karen, ¿podemos tomar un café esta vez? Me dice: Perfecto, yo también estoy en plan cero chela. Así que quedamos en el Kennedy. Pero como ella se tarda, me siento en una banquita a leer el manuscrito de su nuevo poemario que me ha mandado por la tarde. Me siento a leerlo bajo un árbol de gatos. Ya me habían contado que los gatos del parque forman pandillas y suben a anidar a los árboles como monos. Me lo habían contado pero nunca lo había visto. Él árbol que tengo a mi derecha no mide más de 3 metros pero carga -hasta donde alcanzo a ver- con ocho mininos. Cuelgan de las ramas como gordos racimos de uvas en una parra. Racimos que maúllan. Yo también les maúllo MIAWWWWW MEAOOOW. Uno me mira fijamente pero a la mayoría le vale verga mi maullido. Sigo leyendo los poemas. Por fin Karen me mensajea. Quedamos en un cafecito frente al María Angola. Me dice que nunca ha estado ahí. Yo le cuento que aquí estuve una vez, tomando cervezas con Fernando, antes de un concierto de Molotov. Ahora sin embargo, no hay una sola cerveza sobre la mesa. Pedimos dos cafés, un tamalito, una salchipapas especial para compartir y un jugo surtido. ¿Qué nos pasa? le pregunto ¿Qué diablos hacemos tomando jugo surtido a las 9 de la noche? Karen se ríe. Me dice: tal vez estamos envejeciendo. Asustados, postulamos otras teorías: ambos atravesamos días felices como Richie Cunningham y Fonzie. Las endorfinas hacen pogo suficiente como para alborotar lo que antes alborotábamos con alcohol. Pagamos. Caminamos un rato más y luego nos despedimos. La dejo en casa de su chica. Yo me voy en busca de mi bicicleta que he dejado atada frente al Pacífico. De camino, cruzo nuevamente por el parque y paso junto al árbol de gatos. Me veo a mí mismo en la banquita, leyendo el manuscrito de Karen y maullando a los gatos. Entonces siento algo como una visión del futuro y digo: No, Karen, nosotros no vamos a envejecer. Algún día usaremos bastón, claro, y necesitaremos lentes más gruesos, y se te caerán las tetas y yo compraré viagra para hacerle el amor a mi mujer. El tiempo, como un remolino, me arrebatará la cabellera y a ti los dientes. Tal vez un día le acariciaré la cabecita a uno de tus nietos y tú le comprarás un balde de legos al mío. Nuestra diversión máxima será perseguirlos por el jardín, a lo mejor con un gajo de naranja entre los dientes, y no habrá latas de chelas ni caminatas sino tal vez parrillada familiar y media copa de vino, pero mientras sigamos leyendo nuestros últimos manuscritos y le maullemos a los gatos, la vejez será apenas un traje en el ropero de la vida, un traje que los días nos pondrán en la espalda como un atardecer, pero que nosotros nos sacudiremos cuando se nos dé la gana.


no debéis temer de lo que escriba

Esta noche he comprado siete libros de poesía. He comprado siete libros de poesía y he tomado veintitrés vasitos plásticos de vino. No los he contado mientras los bebía, pero veintitrés es un número bonito, así que diremos que fueron veintitrés. Ahora ya no estoy tomando vino sino café así que no debéis temer de lo que escriba. Bebíamos vino tirados en el grass bajo altísimos árboles de eucalipto y luego entramos a una sala a escuchar poesía. Era una sala oscura con cómodas butacas que te recibían como una cariñosa madre grizzly sentándote en sus piernas. Éramos veinte o treinta espectadores. Una de las poetas que leía nos quedó mirando y dijo "Que raro es estar en esta sala oscura con gente que viene a escuchar poesía". No recuerdo si hubo risas o silencio pero nos sentimos como si estuviésemos en un cine porno. Yo tenía los siete poemarios en la mochila y de pronto sentí que si mi vieja abría la mochila iba a sacar revistas llenas de calatas. La pornografía del alma. Recordé aquella noche en Quilca cuando pasaba serenazgo en batida y nosotros nos paramos al medio de la pista a gritar: NO SOMOS PUTAS! SOMOS POETAS (que es parecido, pero nunca tanto). Me vi al medio de mi sala diciendo "Viejo, he gastado una parte considerable parte de mi paga en libros de poesía. No sé para qué sirven, pero los necesito". Luego Pablo ha leído un poema sobre las moscas y Mario uno sobre la soledad y todo ha sido explicado. Camino a casa ella me ha hecho recordar los cuadernos de Luchito, así que al bajar de la combi he ido por plumones al supermercado. Estaba cerrado. He detenido mi nariz contra el vidrio. Volveré mañana. Los barcos tienen nombre de mujer. Los tornados también. Hay un verso de Pavese ¿lo recuerdas? Tengo 7 libros de poesía sobre el escritorio. No es una buena señal. Mi padre y mi madre me miran desde lejos. Como en el final de un cuento de Carver: mi vida va a cambiar, lo presiento.


el corazón es un cazador solitario

Hace unos días conversaba con una amiga sobre la suerte de que ciertos libros te encuentren a la edad adecuada. Ella me contaba por ejemplo que a los 11 había leído El lobo estepario y, por supuesto, no había entendido nada. Pero como en el mismo libro venían también Demian y Siddartha los leyó y se volvió loca. A mí me pasó justo al revés. Leí los 3 libros de Hesse cuando ya tenía como 30 años y entonces Demian y Siddartha me aburrieron y en cambio El lobo estepario me aulló furiosamente en la caverna ósea del cerebro. Cuando nos mudamos, el primer libro que saqué de la biblioteca de Karen fue Nación Prozac. Karen tiene mil libros que me tentaban (como la guía de supervivencia zombi o el kamasutra lésbico) pero cogí el de Elizabeth Wurtzel porque siempre me había intrigado el título. Pues bueno, fue una de las lecturas más desesperantes de mi vida. Cada diez páginas me puteaba a mí mismo por haber adoptado la esclavizante costumbre de no dejar nunca un libro a medias ¿Recuerdan cuando en the catcher in the rye, Holden dice que hay libros que cuando los terminas te gustaría que el autor fuera tu amigo para llamarlo y conversar? pues cuando terminé Nación Prozac yo también quería ser amigo de Elizabeth Wurtzel pero para ir a su jato y sacarla de la depresión a tabazos. Sin embargo, sospecho que si Karen me hubiera prestado ese libro cuando teníamos 17 y la depresión todavía era una forma de vida, no solo legítima, sino hasta encantadora, otra hubiera sido la historia.
Lo malo es que casi nunca podemos escoger el momento en que un libro llega a nosotros así que lo único que nos queda, es leer mucho y esperar que lleguen pronto los libros que necesitamos para vivir. Iba a decir que al menos nos queda el consuelo de poder elegir el momento en que llegamos a la última página, pero la verdad es que tampoco, porque si el libro es bueno, las últimas diez hojas te atraparán como una catarata y lo terminarás de leer aunque vayas parado en el metropolitano a las 6 de la tarde agarrado con una sola mano y apretado entre una vieja tetona, dos emos y un pajero. Recuerdo que hace unos años Karen me prestó Chesil Beach de Ian McEwan y lo terminé de leer afuera de un grifo, apoyado en una máquina de hielo, mientras ella entraba a comprar una chela. Cuando salió del grifo le dije: espera, tengo que terminarlo ahora. Y ella se quedó ahí tomando la chela mientras yo moría con aquel final tan salvaje. Ahora acabo de terminar "El corazón es un cazador solitario" de Carson McCullers (también me lo ha prestado Karen) y he agradecido que sea domingo y que yo tenga resaca y que la casa esté vacía y que solo esté conmigo Pika que duerme sobre una colchita bajo mi escritorio. Por un momento me he convencido de que necesitaba este silencio y este vacío para que ese final me quebrara. Pero la verdad es que no. Cada libro abierto suelta su propia neblina que nos aparta del mundo real. Así que no importa realmente dónde uno esté. Terminé de leer On the road en una estudio fotográfico, haciendo fotos para un catálogo de Sodimac, terminé Los Miserables en mi cama, una tarde cualquiera, terminé Ana Karenina, ah, qué diablos importa. Al llegar a la última página yo fui Sal Paradise, fui Levine, fui Jean Valjean. Y esta noche de domingo soy Biff Branon, en mi restaurant vacío, teniendo una epifanía sobre el valor de la humanidad y su paso por el tiempo infinito. Y ahora si me permiten, me voy a husmear mi biblioteca para escoger qué piel me voy a poner esta semana cuando me canse de ser yo todo el tiempo.


hombrecitos verdes

¿de dónde vienen? ¿a dónde van los hombrecitos verdes de los semáforos? parecen haber partido de comarcas diferentes. pueblos de neón, de menta helada. están los estáticos, los asincopados, los atléticos que corren en cámara lenta al estilo Charriots of Fire, los que parecen tejidos de luz, los ejecutivos que te ponen la cuenta regresiva, los que consiguieron esa chamba cuando los despidieron de Atari, los que brillan con una sola luz, los que están hechos de varias bolitas verdes como chupados clorets, los que tienen el verde exacto de la poción del Reanimator, los que se han quedado cojos o mancos o decapitados por un fusible malo. los misteriosos, que son una sombra negra calada en la esfera verde. pero sobre todo, ahhh, que maravilla encontrarse con uno de esos que se ha ladeado y parece indicarte el camino hacia el infierno. hay días en que uno quisiera hacerles caso y bajar a enterrarse, usar la ciudad como un cubrecama. y otros en que provoca seguir al otro, el que se va para arriba. convertir el aire en escalera. paren el mundo que yo me bajo. subir a conversar con las estrellas. ver desde arriba el tejido electromagnético de Lima. imaginar que uno también es un hombrecito verde. soñar que venimos de algún lugar. creer que vamos hacia a alguna parte.



Nunca he sido un fanático de los musicales. Creo que quedé traumatizado con los de Disney (excepto por "Alicia en el país de las maravillas" que es una obra maestra, aunque probablemente digo eso porque la vimos con Lau bajo el efecto de pociones mágicas que ingerimos para mimetizarnos con el personaje). Recuerdo también que hace muchos años me gustaba una chica con una locura de la que pensé que nunca me curaría, hasta que un día ella me contó que lo que más le gustaba de las películas de Disney era "las partes cuando cantaban". Comprendí entonces por qué nunca podríamos estar juntos. Un día íbamos a estar viendo Bambi con nuestra camada de hijos y en cuanto ellos se pusieran a entonar en coro la canción de la primavera "Las aves gorjean su felicidad. Do, re, mi, fa, so, la, si, do. ¡Oh!" yo iba a sacar la motosierra e iba a decapitarlos a todos. Recuerdo que cuando vivía en Río de Janeiro fui un día al teatro. Fui porque necesitaba melancolía y la melancolía no es algo que esté muy al alcance en Río. Hay que buscarla en rincones oscuros como si fueses a comprar crack. Incluso su saudade es una especie de tristeza con bikini. Bueno, estaba en el teatro de lo más triste (o sea feliz, feliz de estar triste) cuando de pronto los actores se pusieron a bailar y a cantar y se bajaron del escenario y bailaron con el público. Hermano, se les chorreaba el carnaval por todas partes. Ese día dije: basta. Basta de bailar y de cantar. Por eso es que ayer cuando, en la cola del teatro, Karen me dijo que la obra que íbamos a ver era un musical, ajusté. Aquel suceso en el teatro de Río había sido hace 10 años pero el trauma seguía vivo. Hay algo perturbador en ver a alguien decir cantando algo que podría decir hablando ¿o soy solo yo? Pero bueno, ayer, una vez sentado en la butaca se abrió el telón y los actores se pusieron a cantar e, inesperadamente, me sentí bien. Algo debe haber pasado (envejecí tal vez, me ablandé?). Los escuchaba cantar y pensaba: ¿por qué cantan estos cacheros? sin embargo, no era una pregunta de reclamo, sino era algo como: díganme cómo hacen para estar tan contentos con su miseria. Terminó la obra y yo estaba feliz. Volvimos a casa caminando. Tuve una novia que decía: Pierre, el mundo se divide en 2 tipos de personas: las personas a las que les gusta Ob-La-Di, Ob-La-Da y las personas a las que no les gusta Ob-La-Di, Ob-La-Da. No creo que la frase necesite mayor explicación, pero imagino que ella pensaba en esa gente que se enfurece discutiendo si el Abbey Road o el Let it be es el mejor disco de los Beatles y otra que simplemente escucha una canción boba como Ob-La-Di, Ob-La-Da y se pone a bailar como orate. A nosotros nos gustaba Ob-La-Di, Ob-La-Da. Bueno, siempre seguiré pensando que es bien pastel ver a alguien cantar monólogos y diálogos, pero parece que ahora ya no me importa. Digo ¿es que cantar es raro o es que nos hemos desacostumbrado a cantar? Loco, loca ¿hace cuánto que no cantas en la ducha? ¿Hace cuánto que no sales cantando a la calle?


Papaya

La historia que voy a contar no necesita de mil palabras. De hecho, podría resumirla con esta frase de diez: "Cuando era chiquito, mi primo Sergio dormía con una papaya". El resto son detalles. Pero se los contaré. Se los contaré porque ustedes necesitan saber más sobre esa papaya. Y además, porque esto es lo que yo hago: cuento historias. Algunas son mías. Otras las recojo y las voy pasando. Soy un chasqui de la memoria. Por ejemplo, esta no es mía. Me la contó su hermano Lucho que vive conmigo. Me la contó de cama a cama, justo antes de dormir. ¿No es acaso entonces cuando contamos nuestros mejores cuentos? Le pregunto ¿te refieres a una papaya de juguete, un peluche? No, me dice, una PA-PA-YA, la fruta con la que haces el jugo para curar la resaca. Me tomo un segundo para imaginar al pequeño Sergio en su cama, abrazado como un monito a la piel anaranjada de la fruta. ¿Por qué? pregunto. Lucho sonríe y levanta los hombros.
Me está contando esto justo después de pedirme que deje encendida la luz del baño. Nunca lo he sentido levantarse de madrugada para ir a mear y sé que el resplandor del foco no llega hasta su cama; sin embargo, por alguna razón la necesita prendida durante la noche. ¿Por qué? vuelvo a preguntar, ahora en voz alta. Éramos niños asustadizos, me cuenta. Mi mamá durmió con nosotros hasta los diez años. Con Edu y conmigo no fue tan grave, pero Sergio no pegaba un ojo a menos que todos, hasta mi abuelo, estuviéramos en el cuarto. Lo mejor era dormirlo en la sala mientras veíamos la novela o hacíamos la sobremesa, y luego llevarlo cargado hasta su cama. Pero no siempre se podía. A veces mi viejo traía expedientes del estudio o mi mamá estaba de guardia en la clínica. Al final, a mi papá se le ocurrió lo de la papaya. No sé cómo, imagino que mientras cenábamos la vio sobre la refrigeradora y hubo una especie de iluminación, una conexión entre mi viejo y la fruta. Esa noche fuimos a la cama de Sergio y le dimos la papaya como quien trae a casa un cachorrito. ¿Cuántos años tenía? No sé, creo que cuatro. Al principio nos miraba extrañado, pero mi viejo le dijo: “hijo, la papaya acompaña”. ¡No me jodas! Sí, apenas eso. “La papaya acompaña”. Mi abuelo trajo un plumón y dibujó una carita sonriente sobre la cáscara. Fin de la historia. La papaya era un miembro más de la familia. Todavía cada noche, había que acompañar a Sergio hasta su cama y arroparlo con cariño, pero una vez que abrazaba su papaya, podía quedarse solo mientras nosotros terminábamos nuestras tareas. JAJA ¿Y Sergio se acuerda? Claro que se acuerda, pero como ya está viejo le da roche y no dice nada. Algún día cuando vayas a la casa pregúntale por su papaya, va a ser un cague de risa.
Sí, me digo, va a ser chistoso. Y apago la luz de mi lámpara. El cuarto queda a oscuras y el débil resplandor del fluorescente del baño alcanza las primeras losetas del cuarto. Siento a Lucho girar en su cama y envolverse en la colcha de tigres. En menos de dos minutos estará durmiendo. Pero yo no. Yo me quedo mirando el techo. Mentalmente repito: “La papaya acompaña”. Pienso: Eso es todo lo que hace falta para convertir una fruta en un guardián de niños. Una papaya con las palabras correctas puede espantar el miedo. ¿Pero es acaso solo porque Sergio era un niño? Me lo pregunto mientras giro sobre mi almohada y descubro mi cómoda cubierta por montones de libros de cuentos, apilados unos sobre otros. Por primera vez noto la imagen: es una barricada. Atrás de Salinger, de Ribeyro, las balas no me tocan. Son mis sacos de arena. También sobre ellos alguien puso las palabras correctas. ¿Por qué entonces esto no da risa? ¿Acaso el papel de los libros no sale también de un árbol como las papayas? Lucho se ha dormido.
Sobre uno de los libros veo la piedrita marrón. Me la ha regalado esta chica que acabo de conocer. Toma, me dijo. De niña yo coleccionaba piedras, tenía un saco lleno pero ahora solo queda un frasquito. Te regalo una. La miro. Es apenas una piedra como hay millones en el mundo. Y sin embargo, hoy se me resbaló hasta el borde de una alcantarilla y sentí, creo yo, lo que hubiese sentido Sergio si al despertar encontraba su papaya destrozada al pie de su cama. ¿Por qué? me pregunto. Apenas la conozco. No sé cuánto se va quedar ni sé si a ella le provoca quedarse. Pero hay algo suyo que me ilumina, y la idea de verla irse me hace sentir la noche como un niño.
La primera vez que vino a casa trajo un vino y preparamos pizza. Habíamos estado oyendo a Caetano y antes de irse me dijo, todavía con las piernas recogidas sobre mi cama, “si algún día tengo un gato, le pondré Caetano”. Y unos días después, en un mensaje, escribió como en un descuido “nuestro gato Caetano”. 
Lucho gira y se acomoda dentro de la colcha. ¿Con qué estará soñando? Prendo mi celular y busco el mensaje. “Nuestro gato Caetano”. Lo repito despacito. Sé que Caetano no existe como los gatos de mi techo, pero yo puedo sentirlo caminar sobre mis libros de cuentos. Lleva la palabra “nuestro” escrita en las almohadillas de las patas, maúlla suavemente, se lame los bigotes, baja por mi cama y se va parar en la cornisa de la ventana. Lo observo mientras me voy quedando dormido y esto es lo último que pienso: Un gato imaginario es lo mismo que una papaya, no te mientas. Todos somos niños aún. Necesitamos una luz: el foco del baño, los libros de cuentos, las piedras. Cualquier pequeño objeto sobre el que alguien puso con cariño las palabras correctas.


Flora

Tres días a la semana me llamo Flora. Me llamo Flora y soy un ama de casa que compra en METRO con su tarjeta METRO y que debe en esa tarjeta 2579 soles. Lo sé porque una señorita con voz de fotocopiadora me llama por teléfono para recordármelo. Me llama tres o cuatro veces por semana. Cuando el teléfono comienza a timbrar, yo todavía soy Pierre y estoy leyendo. Cuando digo Aló, todavía soy Pierre y he cerrado mi libro. Pero una vez que ella toma la palabra, soy Flora y le debo 2579 soles a Metro. Naturalmente, yo le digo que se ha equivocado de número, pero ella asegura que tiene el número correcto y que yo debo ser Flora. Le digo que no, que ni siquiera conozco una Flora. ¿No es su mamá? dice la pendeja ¿su tía, acaso?. No. ¿Está seguro? Bueno, la conversación continúa en la misma dirección un rato más. Cuando por fin cuelgo, intento volver a mi lectura, pero no puedo. Estoy pensando en Flora. ¿Quién será esa Flora? Al principio, me la imaginaba como un ama de casa simpática. Una gordita cuarentona y gastalona que sale de Metro con el carrito lleno y dos niños pequeños orbitándole las piernas. Pobre Flora, pensaba yo, debe andar corriendo como loca para juntar los 2579 soles. ¿Lo sabrá su marido? ¿La irá a zurrar cuando se entere? Su dolor era el mío. Sin embargo, a medida que las llamadas persistieron durante meses, incluso hasta invadir mis mañanas de domingo, la imagen de Flora se me fue deformando. Al primer mes le borré a los niños y se le fue como el 80% del encanto. Al segundo mes vacié el carrito de frutas y galletas coronita y lo llené de tintes LOREAL y alimentos dietéticos. Al tercer mes, reemplacé al marido opresor por un tímido esposo trabajador que se deslomaba para satisfacer sus caprichos. Y ya para el cuarto mes, me la imaginé divorciada y prófuga en el Caribe, tomándose una piña colada con dos morenos fornidos aceitándole y masajeándole la malagua. Gorda cachera, pensé, por tu culpa llevo meses sin poder leer tranquilo. La vaina es que hoy, la señorita que llama, ya no me ha dicho que se comunica de parte METRO, sino de un lobby de abogados. Carajo, es lógico. Supongo que tras tantos meses, ya se cansaron de esperar y están cazando a Flora como a una marrana en día de feria. Las vacaciones se le han acabado. La imagino -mismo Thelma y Louise- en un Ford Thunderbird, acelerando por una autopista mexicana con una docena de patrulleros siguiéndole el paso. La escucho reír demencialmente dentro del carro mientras mete la mano a una bolsa de doritos y jura que no la atraparán con vida. Eso es, le digo mentalmente, no nos atraparán con vida. La veo desesperar, salirse de la autopista, siento en mis huesos el traquetear de las llantas contra la arcilla del desierto, la sorpresa de los policías, veo el acantilado a través de sus ojos y finalmente el silencio del auto volando hacia el vacío. Entonces pienso: ya no sonará más mi teléfono. Ya nadie me llamará Flora. Y estoy feliz. Y sonrío. Y es también como morir un poco.


'moliente

Me despierto tarde y no hay pan en casa. Tengo hambre. No puedo empezar a trabajar así. Me cubro la pijama con un saco y avanzo semidormido hasta la esquina. Me paro frente a la carretilla y musito algo. La señora me llena un vasito de 'moliente y su compañera me prepara un pan con lomo y cebollita. Regreso a casa con el estómago tibio y el corazón listo para el día. Esto es lo que voy pensando: ¿Ya existe un monumento al emolientero? En Sullana, la tierra de mis abuelos, hay un homenaje al señor de las raspadillas. En uno de los jardines de la Plazuela Checa, descansa la carreta sobre la que llevaba su enorme bloque de hielo (Melquíades ¿eres tú?). Cuando le pedías raspadilla, retiraba la piel de sacos negros con la que protegía su bloque del sol, tomaba un rallador y lo frotaba hasta llenarte el vasito plástico de afilada escarcha. Luego le echaba los jarabes que tú le pidieras. Tamarindo, mango, cola. La psicodelia de la infancia. No sé qué era lo más paja, si comer la raspadilla o el resplandor que te pegaba en la cara cuando descubría el glaciar, o la cascada de color que iba colándose por los cráteres del hielo y que tú ya ibas sintiendo en tu lengua de niño. Aquel ritual, ancló aquel señor a mi memoria. Lo mismo me pasa ahora con mis queridas emolienteras. Me venden algo más que un desayuno. ¿Pero cómo podría ser su monumento? ¿Una tajada de limón hecha de granito? ¿tres altas espigas de cebada? ¿una enorme botella de alfalfa? ¿podría ser una pileta que simule dos jarritas de metal enfriando el emoliente? Es absurdo. Tal vez solo baste con seguir yendo hasta su carretilla, seguir estirando nuestros vasos para que nos sirvan la yapa. En resumen, rendirles el mismo tributo que le damos a todos nuestros héroes cotidianos: mantenerlos como parte de nuestros días hasta que marquen su huella indeleble en nuestra memoria.






miércoles, 5 de febrero de 2014

FRANCISCO LEÓN. Narrativa Actual Peruana.

Sobre Tigres de Papel, de Francisco León. (Altazor, Lima/2013)
Por Gladys Mendía

Novela de narración fragmentaria, a veces poética, con mucha cultura pop (letras de canciones, nombres de calles y avenidas, el lenguaje popular). Los personajes reflexionan sobre la realidad, critican el sistema de poder, de los cuales son víctimas y victimarios. Se muestra las diversas clases sociales de Perú y sus pugnas, en especial con ejemplos limeños. Los personajes tienen bien definido su "profundidad psicológica". La narrativa de Francisco León es una mezcla de varias cosas a decir verdad, tiempo pendular, metatexto, cultura general, experiencia vital y una forma muy propia de narrar; varios aspectos que la hacen notable y memorable en la literatura actual latinoamericana.

He aquí las primeras páginas del libro, para que sirvan de abreboca al apetito del lector:





RECUERDAS, FABIANNA, tus apresurados pasos en umbrías tardes invernales. Eran solo y siempre, algo  como un llegar a casa, juventud y ansias nuevas palpitando entre  tus  piernas. Ahora  bancas  de  hospital,  falsos techos de concreto y losetas que nos sirven de mortaja a los misios en nuestro tránsito a la nada. Mas no a tu andar eterno por calles, buscando bajo un cielo añil tuberculoso hipnóticos rumbos.




***



—HOLA.
—Ah, hola.
Ella  roja,  tanto  como  su  dulce  boquita.  Es  la magia de la estación, el retorcido esqueleto de pétreos ídolos mormones desquiciándose en la estrechez de sus dominios. Sometimes i feel so happy, sometimes i feel so sad. Sometimes i feel so happy, but mostly you just make me mad. Baby, you just make me mad. Linger on, your pale blue eyes. Linger on, your pale blue eyes...
Se observa en el espejo y súbitamente descubre su hermosura, de una manera simple, alejada de falsas  revelaciones. Al pie de la ventana se divisa el enmarañado extenso del parque, angustias poco importan, rostros no se distinguen en vegetal/mosaico. Sin embargo, sí el de él, vecino muchísimo mayor, apariencia descuidada y bohemia, pero romántica en extremo, algo entre cuentos de hadas y pistoleros ante los hermosos ojos celestes de Fabianna. La sangre animal golpea su corazón, bajo el blanco seno... Thought of you as my mountain top, thought of you as my peak. Thought of you as everything, i’ve had but couldn’t keep. I’ve had but couldn’t keep. Linger on, your pale blue eyes. Linger on, your pale blue eyes...
—Hola, y... —procede a profanarte con la palabra porque le gustas.
—Ojalá mi mamá no se entere, qué churro.
Y la pícara pero a la vez tierna sonrisa. Él prosigue su camino. Volteando el parque, en una tienda...
—Ayer vino Fabi a comprar yuquitas, pero ya no habían.
—Umm... Gracias.
Guarda el vuelto. La yuquita en su mano, redonda cual sacha papa rellena, embarrada con keptchup, salsa wolf y mayonesa.
—Ají, no, seño. Estoy mal de la garganta —se marcha.
En  dirección  contraria,  a  ella  le  revuelan  los pensamientos.
—¿Se habrá dado cuenta?—buscando alguna amiguita a la cual contarle, apurada, energizada por las hormonas y los años. It was good what we did yesterday. And i’d do it once again. The fact that you are married...
Sí, niña, lo sabe, hace rato se dio cuenta, ante su paso, cuando te disfuerzas y lo saludas, solo cuando no te rodean tus amiguitas, ¿para darle celos acaso?, el amor al nacer no es perverso, en apariencia; hace rato se dio cuenta.
Enciende  la  noche  tu  pelo  negro,  como  si fuese el fin del planeta, pues eres hasta aquel hoy incomparable,  el  final  de  la  existencia  no  derrite eso,  alimentando  hogueras,  fogatas,  calefacciones intuidas  bajo  lechos,  molestando  sin  querer,  muy sólidos hogares...  only proves, you’re my best friend. But it’s truly, truly a sin. Linger on, your pale blue eyes. Linger on, your pale blue eyes.




***


Como toda empleadita de tienda
Soñó con ser estrella de cine...
ERNESTOCARDENAL

—Y TÚ  CON  QUÉ  SOÑABAS, RUBÉN, en esos años, ¿acaso con ella?, con culpa, con rabia y deseo por ese cuerpo esplendoroso,  ¿por  aquel  pedazo  de  carne?  No,  tú querías ver en ella lo que hace mucho no habitaba más que en su subconsciente y en tu memoria de lo desconocido. Y pensaste, Rubén, en expulsar duramente a los mercaderes de la 20th Century Fox, como dijo Cardenal. Cuando realmente ya la zorra andaba por otro lado. Mas nunca podías dejar de estar templado, Rubén, cómo la anhelabas ¿no? y deseaste exorcizarla y la perdonaste por todo lo que no te hizo.  Tú no culparás tan solo a una empleadita de tienda. Pero ese Dios al que le hablaba Cardenal no es otro que su voz poética, su yo profundo que reza, te perdono empleadita de tienda, y sueña con una casa suburbana, Krujis Corn flakes & jugo de naranja artificial, siestas por la tarde y  noches  de  sexo  aburridísimo...  Pero  ¿sabes?,  ella estaba harta de aquello, de ser espiada y tocada por familiares cercanos seguramente, pues cada hogar es un infierno y Satanás mete el rabo peludo hasta en la cama de los niños... se pudre todo antes de llegar a ser cierto. Y allí está tu culpa, tu trauma, el odio a tu propio sexo quizá, que siempre la añora y la desea. En noches interminables querías liberarla, pues el mundo estaba  contaminado de pecados y radioactividad y  quién  crees,  infeliz,  que  tenía  solamente  hambre de amor y nosotros, el mundo, los malos, le ofrecimos tranquilizantes. No es así, Rubén, lo único que podía ya curar su alma de fantoche, su profanada piel tan blanca era el dinero, sí, el color verde de sus promesas, vigiladas por el ojo eterno. Duele creer que es así siempre, un mundo no pensado con nosotros ni para nosotros. Qué pretendías, que siguiera por siempre deseando, creyendo que sería joven por siempre. No, ella tuvo algo y comparado con la nada que nos espera... —El Cuervo arrojó lejos el poemario de Ernesto Cardenal; le estorbaba.




***




¡NO!,  DEFINITIVAMENTE no quiero morir en un hospital, dijiste una noche entre zancudos,  prefiero la libre muerte de los pasteleros..., y sonreí, pues sabías que no te creía, ni tú lo creías; no obstante, recordé aquel dolor por Carlos, uno de los fundadores en el barrio, llamado a ser el mejor, con cinco hembras en distritos diferentes, llevándose ropa fina para venderla, camisas de seda que le dabas, aquellas de cuando Xavier empezó a hacer algo de dinero. Dolor por Carlos, tal cual  y lo comprendí después, cuando destruido llegó a las afueras del crematorio, dispuesto a cumplir una promesa que le sacaste casi en broma. ¿Fumarás sobre mis cenizas? Carlos, el calvo, el hermano perdido, tu amigo.
... mi cuerpo ardiendo por la fiebre, luego negrura, inconsciencia...completé las frases y nunca te lo dije, hasta hoy, que ya no estás hace mucho y no sé si serán las mismas... labios infinitos cerrándose sobre algún grass amarillento que no me extrañe, e incluso me detesté para mandar ejércitos de hormigas y cucarachas a lamerme los pezones, a roerme las entrañas...
Fuertes y bellas palabras, pero la libertad a veces no basta, lo sabes tras el duro choque contra una realidad  descalza.  El  tiempo  se  arrastra  como  una serpiente de piedra. Escaleras en el lomo, desde las cuales podemos recibir al sol. Si es que aún hay tiempo. ¿Hay tiempo?, aquel que no te roban, sea con amor, fuerza o engaños, todo el tiempo del mundo, pero estás en una quinta de humedecidas paredes, hasta que te llaman y brilla intensamente sobre tu cara un sol que no deja de fornicarte recuerdos y recuerdos.
—Familiares de la paciente Fabianna Dextre...
Te apersonas, pues lo sientes, aunque sabes que...
—¿Es usted algo suyo?
—No —sorprendido, atónito—. Quiero decir no familia, amigo solamente, pero tantos recuerdos entre  ambos  no  habrían  entrado  en  las  camas  del nosocomio.
Así lo escribió, “amigo”. Nombre y apellido.
—Claro, firme aquí.
Xavier escuchaba, absorto, medio ido y tú a su lado.
—Su cuadro es inestable en estos mo...

Recuerdos.







lunes, 18 de abril de 2011

PIERRE CASTRO. NARRATIVA PERUANA

Un tipo en una banca


Al borde de la playa de Copacabana, justo un poco antes de que el mosaico de piedras de la vereda cambie de diseño y uno sepa que ya entró a Ipanema, hay una banca en cuyo extremo izquierdo está sentado un tipo, no muy joven ni tampoco muy viejo, mirando a la gente pasar.
A mí me gustaba caminar por la vereda desde mi casa en Copacabana hasta Leblon de modo que de camino siempre me lo encontraba. A veces yo me quedaba mucho rato en las rocas del Arpoador mirando el mar y se me hacía de noche, pero sin importar lo tarde que volviera, aquel sujeto siempre estaba allí. Yo pensaba - Que señor tan raro este, siempre de traje, en el mismo lugar y tan pensativo. ¿Que no le dolerá el culo?

Cada vez que podía lo espiaba un poco con el rabo del ojo, pero inmediatamente apartaba la mirada debido a la extraña e incandescente forma en que su cuerpo reflejaba la luz solar. Debo haber tardado unas cinco o seis espiadas antes de darme cuenta de que si el tipo nunca se cambiaba de ropa ni se movía de aquel lugar era porque era una estatua de bronce. Cuando lo descubrí me reí un buen rato de mi mismo y terminé ahogado de risa, recostado junto a él sobre su banca. - ¡Qué hijo de puta! - le dije apoyándome sobre su hombro. Y esa fue la primera vez que le hablé.
Desde entonces siempre volví. Fue uno de los primeros amigos que hice en Brasil. A veces tenía que esperar porque (recién entonces me di cuenta y tal vez por esto siempre lo confundí con una persona real) mucha gente tenía la costumbre de tratarlo como si estuviese vivo. Lo saludaban al pasar, le sobaban la cabeza cariñosamente o se tomaban fotos con él. Resultó ser, que él era un poeta brasilero muy famoso llamado Carlos Drummond, y por eso la gente lo rodeaba y lo mimaba. De todas formas al final todos sus fans terminaban por irse y yo me sentaba un rato a su lado a contarle lo jodido que me estaba yendo en su país. Un par de visitas después me animé a llevar mi guitarra a las citas. Le tocaba canciones peruanas y canciones de todas partes del mundo y él siempre me escuchaba con aquel gesto imperturbable de todo buen oidor.
Uno de esos días en que yo estaba junto a él tocando la guitarra, una pareja de turistas se nos acercó. Yo les entendí que querían tomarse una foto con Carlos, de modo que les dije que no había problema y me paré enseguida ofreciéndome yo mismo a tomarles la foto. Ya estaba acostumbrado a la rutina. Siempre la gente quería tomarse fotos con él y nosotros interrumpíamos nuestra conversación para complacerlos. Esta vez sin embargo, la pareja no quería que yo me levantase. Querían tomar una foto mía tocando la guitarra para Carlos.
Al principio me sorprendió su idea, pero luego me emocioné bastante y accedí de inmediato. No tenía hasta ahora una foto con Carlos y aquella era nuestra oportunidad. Ellos tomaron la foto y luego les di mi dirección de correo para que me enviaran una copia.
Con el tiempo fui haciendo amigos en Río de Janeiro, conseguí un empleo, una novia y un lugar donde escribir y así, poco a poco fui dejando de visitar a mi amigo el tipo de bronce. Cuando pasaba frente a él casi siempre me encontraba acompañado de modo que apenas si levantaba la mano o le guiñaba un ojo rápidamente para evitar preguntas raras de mi acompañante.
Un año y cuatro meses después de mi llegada, dejé Río de Janeiro para volver al Perú. La noche previa a mi partida recuerdo haber escrito una enorme carta despidiéndome de todos mis amigos. Eran más de veinte. No recuerdo sin embargo, haber ido a despedirme de Carlos.
Y ahora que pienso en ello, también me doy cuenta, de que nunca recibí aquella foto que nos tomaron juntos. Tal vez la pareja perdió el pequeño papelito en que anotaron mi dirección o enviaron el email demasiado tiempo después y yo lo borré por error.
Lo cierto es que ahora yo ya no uso el cabello largo como cuando me tomaron esa foto, raras veces toco mi guitarra y además, apenas tengo tiempo para hablar con la gente normal de modo que me es casi imposible imaginarme contándole de mi vida a una estatua de bronce.
Ahora que lo pienso, creo que en el fondo me alegra que esa foto nunca llegara a mí, y que de alguna forma, el Pierre de esa imagen, sigue vivo en algún lugar. No importa que aquel lugar sea el álbum de fotos de la luna de miel de un par de europeos locos. Es mejor así. En algún país, en alguna conversación de sobremesa, yo sigo siendo un tipo loco que cantaba y le hablaba a las estatuas en Copacabana. En algún lugar un par de tipos aún creen en mí, de la misma manera en que yo creí en aquella estatua de bronce a la que, sin que me importara que el poeta que representaba llevase más de diez años muerto, le dediqué en mis solitarias noches brasileras, mis más tristes historias, mis mejores canciones y mi compañía sincera.