Sobre El desierto que cruzamos de Victoria Benarroch
Por Salvador Medina Barahona
En El desierto que cruzamos (LP 5 Editora, 2025) Victoria Benarroch se aboca y nos aboca, en fondo y forma, al misterio, parcialmente iluminado, aquí y allá, con arreglo al decir esencial, a la elipsis, a lo no pocas veces cifrado o elusivo.
Impresiona que en su brevedad pueda ofrecernos una cierta diversidad de temas que van desde los rigores ontológicos de su particularísima experiencia vital, pasando por los dolores del desarraigo, hasta un eros con múltiples aristas y matices, en el que prosperan no solo las vinculaciones con atributos sensuales y carnales, sino las de carácter místico.
Sus versos parecen haber sido esculpidos (revelados) con un cincel que no dejara luz para lo decorativo y demandara de nosotros una mirada directa sobre la carne magra del poema: la sustancia del deseo o del dolor. Aunque, casi sin hacérnoslo ver, Benarroch no escatima en recursos estilísticos que potencian una suma de brevedades expansivas: el oxímoron, la paradoja, la sinestesia, la aliteración de corto aliento...; lo que genera un complejo balance entre la economía del verso y la abundancia de sus repercusiones.
En esta nueva propuesta la poeta del silencio establece puentes de comunicación muy bien apuntalados y erisados de sombras cuyo blindaje habremos de ir decodificando por insistencia —¡una sola lectura no basta!—; con lo que se nos permita atisbar el paso, verificar el cruce de un extremo al otro de cada estructura, ahora con plena sensación de logro, más tarde como si apenas hubiéramos podido conseguirlo, a rastras por el asfalto caliente. O por la arena caliente del desierto, para seguir la alegoría de la autora.
Benarroch, como en trabajos previos, se permite muy pocas denotaciones; pero tampoco la vemos resolverse a ultranza en connotaciones múltiples ni en excesos metafóricos. El suyo es un lenguaje «natural» después de la forja, y antes bien parece contener sus verdades definitivas y, por ello, ocultas bajo los pliegues transparentes de la veladura. Percibir los contornos de una verdad, lo sabe, puede ser llevadero; mirarla directamente a los ojos, enceguecedor.
En ese sentido, la suya es, en El desierto que cruzamos, una poesía poco complaciente, que rehuye los facilismos de la claridad, sin, por otra parte, caer en la esterilidad de los encriptamientos. Permite el diálogo, bajo la condición de que quien lea/dialogue se desautomatice, participando de cierto nivel de extrañamiento en el que las cosas cotidianas, por poco que asomen, sean vistas como por primera vez.
La energía del texto estructurado a fractales viene de muy lejos, de un antes ancestral, si se quiere; de un código genético que se manifiesta en Benarroch en un contrapunto de placer y nostalgia. De allá lejos procede el misterio, y el mandato de expresarlo como su naturaleza lo pide, y la contingencia de aligerar su carga trayendo su luz solo por partes. Con el bálsamo de la contención y la sabiduría del silencio.
Salvador Medina Barahona (Panamá, 1973) es un poeta, ensayista, profesor de escritura, editor y crítico literario panameño, autor de siete libros de poesía y ganador de varios galardones literarios, entre los que figuran el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán, y el Premio de Poesía Stella Sierra, en el año 2000.


