lunes, 10 de enero de 2011

Cuatro reseñas sobre El alcohol de los estados intermedios de Gladys Mendía


El alcohol de los estados intermedios de Gladys Mendía
Por Raúl Heraúd
Perú

“El alcohol de los estados intermedios” (Fundación editorial el perro y la rana) reciente publicación de Gladys Mendía (Venezuela - 1975) nos muestra, desde el interior de su vehículo de carne y hueso, toda la fragilidad humana, la resignación como sinónimo de culpabilidad, el caos en el que se suele subsistir cotidianamente, el límite al que solemos estar expuestos. Nos encontramos ante una voz que incendia la vida, que busca el equilibrio, que lucha contra sus demonios internos, que advierte el existir como una mueca absurda del destino:

solo somos parpadeos con nombres
confinados y finados nombres repitiendo los mismos incendios
caen los pedazos de piel mientras caminamos y
conversamos y comemos y dormimos…

Existe cierto sometimiento a lo largo de este viaje, cierto gusto por el estado angustiante en el que se desenvuelve el yo poético. En medio de la ponzoña, también encontramos vida, calor, fe. Bajo la sombra tóxica del esperpento la felicidad también puede ser posible, menos gris, pero igualmente desesperanzadora. A través del pirómano discurso la poeta va destejiendo la vida como un trapo raído e inservible:

destejer
hay que destejer
acabar con el rito
la voz se construye mientras arde fríamente
el intelecto es caricatura
el viaje se ha iniciado (…)

Dentro de estas páginas la imagen de (la caverna) se constituye en un elemento repulsivo, disociador, es la figura a la que hay que doblegar, incendiar, aun cuando el alma y el cuerpo se tornan el receptáculo de todo el dolor y la angustia, aun cuando el eterno barco a la deriva no haya de triunfar sobre el objeto maligno:

(…) la caverna es el espacio sin forma
sin forma ni claridad no hay reflejo
pero todo arde viéndose
el incendio es el parpadeo que esconde el espejo


¿Qué camino tomar cuando la vida se cierra hasta no dejar ni una puerta de salida? Aquí los poemas actúan como una válvula de escape, son ese otro yo proyectado en el papel, el doble dentro del espejo, un vehículo que la poeta usa como forma de liberación. El siguiente texto encierra toda la fuerza poética de Mendía y creo que traduce muy bien el alma de este libro:


procreo sin semillas
soy tan FERTIL como el aullido del mar
velocidad máx. 90
dicen encienda las luces en el túnel
como si uno ya no estuviera encendido hace siglos
no hay DESVIO
no hay regreso
llamo por el teléfono de emergencia
el túnel mira dentro de su ojo un luminoso cadáver

Los caminos se han transformado en venas abiertas, acido para la carne aún viva. Las imágenes han sido dinamitadas por las palabras que actúan como señales de advertencia, dentro de un trayecto mohíno, vívido, reincidente:

COMIENZO DE CAMINO SINUOSO (…)
DISFRUTE EL PAISAJE (…)
SR CONDUCTOR MANEJE A LA DEFENSIVA (…)
BOSQUE NO PRENDA FUEGO (…)
FIN DE CAMINO SINUOSO (…)

El descenso ha terminado. Gladys Mendía encuentra en los estados intermedios de la palabra un nuevo punto de partida, una tabla donde aferrarse: el fin no es el fin, es la incógnita que deja una vida incendiada por la poesía:

el alfabeto en tránsito es la ruleta rusa
la autopista cuando es río se libera del juego



Raúl Heraud

La Molina, Perú, Junio de 2010




EL INCENDIO DE LAS MIELES O EL ALCOHOL DE LOS ESTADOS INTERMEDIOS
Por Miladis Hernández
Cuba

Si se mira correctamente, toda forma es hermosa
J.W. Goethe.

El Caos como consecuencia inmediata de los excesos se impregna en la memoria como base de sistema, reverso y anverso de imágenes que, bajo una relación de significados se convierte en mosaico para que un poeta pueda formar sus juegos especulativos. El alcohol de los estados intermedios, de la poeta Gladys Mendía, presentado en las extensas jordanas del XV Festival Internacional de Poesía de la Habana (2010), publicado por El Perro y la Rana y Nadie Nos Edita. Venezuela, 2009, precisa Feddy Ñáñez, su prologuista...”No es la metáfora del viaje ontológico sino el refugio de quienes huimos de los excesos del logos”. . La poeta asegura: primeramente su invernadero, el antojo de permanecer en su caverna de plata, arquetipo de la autovigilancia, de la contemplación, y de la corrosiva destrucción.
Para perpetuar su área, Gladys Mendía, (nacida en Venezuela en 1975), se convierte en guardiana de una sustancia genésica, de una fórmula prístina para adentrarse en las canteras infinitas del logos. Propone una reinvención para depurar los alcoholes embrionarios que conforman al Ser. “Una misma sustancia estelar conforma la materia de todo lo existente”, decía Carl Sagan, la poeta signa la totalidad, se enraíza en el eros de los espacios infinitos, y no precisamente a la manera pascalina, si no bajo el ejercicio de transgredir, de sentirse, al unísono transgredido por los desbordantes horizontes, multisígnicos que, trastocaba Rimbaud al medir las dimensiones infinitas, los espacios vencidos. Los Espacios pulverizados por la memoria colectiva.

Este poemario escrito con una admirable economía de recursos estéticos, resulta también una oferta de lucidez. Con un tono equilibrado, exento de preconcebidas metáforas, su autora nos sorprende cuando confiere su utopía lograda bajo un ritmo latente, apoyada en intersticios, en párrafos breves, versos concisos, fragmentados, sentenciosos. Concuerdo otra vez con Ñáñez al afirmar que…” Libre está su voz del hipocondríaco tono del arte contemporáneo y sus inútiles sarcasmos”… Las pretensiones están en la búsqueda, en la comedida fuerza que traza su espíritu, alejado de todos los subterfugios, banalidades, y caotismo que nos ha dejado la postmodernidad con la infecunda asimilación de los estratos culturales.

A la postre hay una estigmatización de los estados humanos. Los estados (no políticos, no sociales, culturales, ni religiosos), sino los estados de la vida normativa, los estados naturales. Se trata de versos que rememoran en los inicios, el viaje interminable que propugnaban los antiguos egipcios, la desintegración y los accidentes de esa aprensión natural que equivale a la muerte. El ir y el venir. El partir y el regresar. La sustancia proteica, la vida, el polvo y el aliento insuflado. La teoría del túnel poseso, devorador de los cadáveres, preceptivo; el sumular, dador de luz germinadora, donde se ofrece una muerte lenta, paladeable, de una muerte sin fin como la vacilaba el místico Gorostiza.

“El túnel mira dentro de su ojo un luminoso cadáver”
Dentro de éste, el alcohol se personaliza, es el hombre destruyendo los estados intermedios, ((todo lo que se centra entre la vida y la muerte)). Bajo estampas minimalistas, sin forzar la expresión, ni utilizar el verso logrero, la autora sabe nombrar los misterios, la química, o la alquimia de los rasguños que nos va haciendo la vida. Hay mangos cayendo como símbolo de la manzana prístina, creadora de todos los males. Derribando, o iniciando la expulsión de las criaturas.

Al mismo tiempo ventilamos una forjadura de desconocidos estados de la vida contemplativa, una especie de transición de esos años sin lenguas, el callado silencio de los pueblos muertos que se levantan dentro de ese túnel que, la autora de este poemario quiere cauterizar. Es la plétora, la copia a Heráclito, su versión para no caer en el mismo pasadizo dos veces. Acepta que sólo se muere una sola vez, y nos enseña a vivir. Señala nuevos rumbos, ajenos estados, da fórmulas para no llegar, o no caer precozmente al atajo devorador.

Mendía, al final propone su condición de criatura filiada a la esperanza. Ensaya un método diferente, donde visualizamos varios carteles, sucedidas consignas para que el hombre, la humanidad toda encuentre ignorados derroteros.
Mantenga la distancia, CONDUZCA CON PRECAUCIÓN; CIRCULE DESPACIO; DISFRUTE EL PAISAJE; PELIGRO ENTRADA Y SALIDA DE VEHÍCULOS; ACAMPE SOLO EN LUGARES AUTORIZADOS; RESPETE LAS SEÑALES EVITE ACCIDENTES; NO ADELANTE ZONAS DE DERRUMBES; CUIDADO HIELO EN LA CALZADA.

Estas recomendaciones nos aproximan a un inédito código del decir, a través de ellas, la autora retorna a su estado thanático, a la gravedad de los cuerpos, a la subversiva oscuridad que transporta al Ser. Proyecta un alfabeto, una lengua desconocida que los sentidos no alcanzan, un Babel con otras resonancias para arrastrarnos al río, a la otra autopista que nos libera del juego: es decir, a las aguas que redimen, nos rescatan, donde al fin, el hombre encuentra futuridad. Se vuelca a las márgenes concluyentes, las orillas donde bebemos el néctar alcalizado, las sales, los ácidos estertando desde un corazón que, quizás trasmuta, pero no abdica en su afán de explorar la Condición Humana, porque su afán es luchar contra todo lo que ha hipotecado al hombre sometido a la noche etílica, perpetrar la conciencia adscrita a la selva plural de esa humanidad que avanza agrietada y triste.

Pero no malinterpretemos la propuesta de Gladys Mendía, no nos ceguemos al compás de los corolarios dionisiacos. Este poemario no raya sobre los efectos etílicos que muchas almas saborean para danzar sobre el desfiladero, sobre el laberinto de cuerpos, de arcilla, de grada. No nos dejemos confundir en ese exabrupto de las bacanales, de los tránsitos desbocados, atemperados del dolor. Este es un poemario que requiere de varias lecturas porque sostiene una superación de los espacios humanos, vencimiento de fenómenos, causas, efectos, orden: mañas para prevalecer en la vida. Es de cierta manera una exploración, un retorno a las formas, a las conquistas, a la expresión de los sonidos, al sosiego, al incendio de las mieles donde la vida que yace en la ruleta, en la autopista, en el río heracliteano renace.


Miladis Hernández Acosta. (Princesa de la poesía cubana)

Guantánamo, Cuba, 17 de Julio de 2010.
Escrito bajo la Luna de Cáncer.



El alcohol de los estados intermedios.
De Gladys Mendía.

Por Marcelo Guajardo
Chile.


Tiene un mérito original la poesía escrita en la tensa calma de la vida cotidiana. Despunta sin ficción, desde el abismo de las domésticas servidumbres y trae a nosotros un fruto rojo y maduro. La poesía puede gestarse sin problemas arrebatada de las horas espléndidas de la mañana, de la modorra acuciante del medio día, el lento reptil de la tarde. A su tiempo y a su modo. La buena poesía se resiste a la inmediatez. Se resiste a ser llevada a la rastra a la plaza pública. La buena poesía sale sola a tomar el aire, cuando ella quiere, sin apresuramientos majaderos, cuando está lista, cuando tiene algo que decir.

La espera no es en vano. Durante este tiempo el lenguaje abandona la simple anécdota y mientras aguarda su momento se llena de sentido. Se escribe a favor del sueño rescatando del pasado aquello que dialoga. Mientras decanta, en la transparencia del agua tranquila, al fondo destella la palabra que ha de recobrar el tiempo perdido.

El Alcohol de los Estados Intermedios de Gladys Mendía corresponde a esta clase de poesía. Albergado entre sueño y la vigilia un sabueso escarba en la ceniza que ha dejado el incendio. Nos alerta de la catástrofe silenciosa de una existencia frágil y en permanente amenaza, cito: “pero arder no es una enfermedad el sueño es la enfermedad el delirio es arder con los ojos cerrados”. Todo aquí se construye en la niebla. El lenguaje balbucea sin pausa, respira la brasa de los acontecimientos, se cuela entre el fenómeno y su reacción, se alambica y se desmadeja mientras la bestia se revuelve debajo como dice Yeats. “destejer hay que destejer acabar con el rito la voz se construye mientras arde fríamente el intelecto es caricatura el viaje se ha iniciado la desarmonía de las partes la llama de las partes la fragilidad de las partes lo tóxico de las partes amamanta la voz” El lenguaje está sometido al horno de una suerte de bovarismo estético y ritual. Su inconformidad dinamita las fisuras de lo cotidiano, instala cuñas en sus trizaduras esperando el derrumbe.

Gladys nos hace testigos de su incendio y nos revela el nuestro. Vemos arder su casa desde afuera, parafraseando el poema “Frente al Fuego” de Rosario Concha de su libro homónimo (Ediciones del Temple. Santiago, 2002) volumen muy emparentado con estos estados intermedios, en tanto ambos, son asedio al cotidiano craquelado.
Su testimonio atraviesa un tamiz estético de gran calidad. Los poemas, sobre todo los de la primera parte, están construidos al amparo de una cadencia armónica y pareja. Con su respiración entrecortada nos posibilita el trance hacia sus territorios donde “la voz es la brasa bajo la ceniza” y “la lengua es dolor cuando la pureza la rodea.”

Entre parpadeos la realidad se aproxima a su condición más amenazante y total. Paradojalmente todo se ve más nítido en el sueño. El diálogo muestra su reverso, el fenómeno se fragmenta ante nuestros ojos. Desde esta hostil intemperie la poesía de Gladys Mendía extrae su sustancia. “Estoy frente al incendio de espaldas a la voz la nieve es el mar es el aullido quién es uno sino un aullido en silencio todo arde calculadamente qué es la voz sino un afecto corrosivo”.

He aquí el doble filo de la poesía, belleza y revelación. Belleza en tanto evidencia de lenguaje y respiración única, revelación en tanto limpieza de los fenómenos para nuestra conmoción y perplejidad.


Marcelo Guajardo Thomas.

Santiago de Chile, septiembre 2009.


UN ENSAYO SOBRE EL MOVIMIENTO
Por Miguel Adolfo Romero Blanco
Venezuela

Yo soy un “fósil intelectual viviente”, que aún cree en la descripción racional del mundo –aunque reconozco los límites de tal empresa- y en la existencia de una verdad absoluta y universal, si bien lo bastante compleja como para impedir integrismos.

Sé que no parece la plataforma ideológica apropiada para leer un poema.

Veamos. El libro consta de un solo poema, en verso libre, así como liberado de las normas del uso de los signos de puntuación. El lenguaje se usa con total libertad, subjetividad, digamos, y sin embargo, a medida que se avanza en la lectura, las ideas, el manejo de las ideas por parte de la autora, se vuelven claros (lo siento, pero mi condición intelectual precámbrica, reivindico la validez de términos como “autora” y “poetisa”, aunque marquen distinciones de género, simplemente porque cuentan con la sanción del tiempo, y rechazo neologismos que pretenden marcar diferencias donde no las había).

Como comprenderán, necesito leer para entender el texto, y verter las impresiones que me parezcan más razonables acerca de qué quiso decir la autora. Pues no puedo desasirme de la noción de que el lenguaje es un sistema abstracto –mayormente abstracto- creado por la humanidad para comunicarse, para compartir ideas, experiencias y sentimientos. Luego, si tengo tiempo, hablaré de los límites de la razón…

La poesía es una forma de arte, y el objeto del arte es transmitir, emocionar (por eso el arte moderno ha fracasado mayoritariamente; casi nadie sabe qué intenta decir. No transmite ni emociona, así que desaparece olvidado para el 99% de la humanidad). ¿Es arte éste poema? Sí.

Transmite. Usa muchas imágenes y las repite, plantea situaciones en que vemos a los elementos involucrados recibiendo, no, demostrando un sentido, o una ausencia de sentido… pero cada cosa dice lo que es ella misma. Y las expresiones tienen pasión.

¿Y qué nos dice el poema? En los términos más generales posibles, podríamos afirmar que habla, por una parte, del fracaso de los intentos humanos de comprensión del mundo y de transmisión de lo que se ha entendido, empezando por el lenguaje mismo. Habla del desgaste, de la destrucción, no violenta, sino paulatina.

También nos habla de los momentos –si es que los estados intermedios son momentos- en que la propia experiencia cotidiana se interrumpe. Casi como si aludiera al Bardo de las creencias tibetanas –imposible asegurar si esa era la intención, pero la lectura general del texto me produjo esa impresión- o quizá a la famosa “experiencia oceánica”, de negación del yo y afirmación de lo absoluto, del todo, y de la paradójica comunión que un no-yo con el resto del Universo (si el yo no existe ¿quién vive esa comunión? Pero no caigamos en la tentación de la digresión). Aunque no se presentan como un remanso en las angustias generalizadas del poema, a cada rato se presentan como interrupciones de la continuidad de la experiencia cotidiana –creo- y de cómo son impulsados por todo aquello que se resiste a ser determinado y esclarecido.

Pero, en ese caso todo sería un estado intermedio. El poema –o la poetisa a su través- no deja títere con cabeza: como ya decíamos antes, se niega la comprensión real del mundo, así como la posibilidad de transmitir lo que se (cree que) ha comprendido. Salvo una cosa; el desgaste.

Las imágenes de túnel, cadáver, etcétera, parecen ser bastante claras, por no mencionar términos como arteriosclerosis. Es el desgaste llevado a su última consecuencia. Y, sin embargo, justo en la pérdida definitiva, se asoma la reconciliación.

No solamente la voz del poema hace las paces con el desgaste. Inclusive, se muestra capaz de enseñarle al elemento fracasado –que nombraré dentro de poco- cómo superar su situación: olvidándose de “ser” y asumiéndose como “devenir”. Éste, y la constante mención del fuego –y la manera como es mencionado- al principio, son dos elementos que parecen traicionar, a nuestro juicio, un subtexto heraclítico. (Debemos admitir que hay otras alusiones al filósofo griego del cambio. Pero esas, por ser las más asimiladas a imágenes, deviene, en el campo de la poesía, que siempre intenta, que siempre busca, el juego difícil de seguir comunicándose a despecho de trastocar el lenguaje, las más ciertas. Insisto, a nuestro juicio).

Falta algo por analizar. O por estudiar. La autopista.

La autopista parece haber sido el hilo conductor de éste poema –y eso no es sólo un juego de palabras- pues, parece aportar la metáfora sobre la vida. Parece mostrar la manera de referirse al final –el túnel, el cual (¿o quién?) parece no saber tampoco qué sucede, pues su ojo resulta un poco impotente- aparte de… los carteles. ¿Qué sería del poema sin los carteles? Desde una óptica muy personal, encontramos el inicio del absurdo de los carteles como un toque de ironía cómica que agradezco. No obstante, la idea no es hacer un chiste. La idea es que la autopista es el mundo. Más aún, nuestra visión del mundo. No; nuestra visión –o la visión de la poetisa- acerca de la visión del mundo: un conjunto, sistematizado y lógico, que parece funcionar, que hasta cuida de nosotros, pero que es incapaz de resolver el más urgente de nuestros problemas: el final.

Para eso, según el poema, según la poetisa, sólo hacer las paces, y asumirse como devenir en vez de cómo ser, pueden ayudarnos. Es entonces cuando la visión del mundo se torna, si no mundo, al menos vida.



Miguel Adolfo Romero Blanco
Caracas, Venezuela, septiembre de 2010.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Ensayo El Caballero Manuel. Por Camilo Morón


Ha muerto físicamente Manuel Caballero. Recibo la noticia en la carretera Morón-Coro, viniendo de Lara, su tierra natal. Contemplo el mar que es imagen de la comunión de todos los hombres en la muerte, la mar que es el morir. El hachazo homicida tronchó de repente a este hombre frondoso. Su caída liberó un eco de pena que desanda la sabana, la montaña, la manigua del alma. Pienso en Pedro Manuel Arcaya, Laureano Vallenilla Lanz, José Gil Fortoul, Mario Briceño-Iragorry, Augusto Mijares, Mariano Picón-Salas, y digo para mis adentros como los antiguos romanos “se fue con la mayoría”.

Cuando escribo estas líneas tengo en mi escritorio como faros ardientes de papel: “El Orgullo de Leer” (1988), “El Bien del Intelecto” (1997), “Por qué no soy Bolivariano” (2006), “Rómulo Betancourt” (1977), “La Internacional Comunista y América Latina. La Sección Venezolana” (1978), “Ni Dios ni Federación” (1995) y esa joya del intelecto venezolano que lleva el enigmático y bien puesto título de “Gómez, el Tirano Liberal” (1995). Presento esta relación de títulos al margen del ordenamiento cronológico adrede, porque estas obras están ordenadas desde dentro por una pasión: la pasión de comprender aquello que fue y es Venezuela. Desde la cátedra universitaria, desde las eruditas y sólidamente argumentadas páginas de sus libros, desde la tribuna periodística y desde la arena política, Manuel Caballero explicó que la historia no es cosa del pasado, que lo contemporáneo, lo actual, lo que estamos viviendo puede ser objeto de estudio histórico. Dijo que quien no tiene la capacidad de analizar en su integralidad los hechos de que ha sido testigo e incluso actor, es sencillamente porque no está hecho de la pasta de los hombres capaces de entender ni los más remotos acontecimientos que recoge la memoria humana.

Conocí breve y nítidamente a Manuel Caballero en un pasillo en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. Puedo decir que fue nítido nuestro encuentro porque, como tempestuoso estudiante y de paso admirador suyo, le pregunté a quema ropa: “¿Cómo escribe sus libros? ¿Tiene algún plan de trabajo? ¿Un horario?” Capté un brillo malicioso detrás de sus lentes, y me respondió simple y llanamente que no, que no tenía planes, ni horarios, que los libros los escribía al ritmo de la pasión y las ganas. Cuando esta pulsión cardiaca se aúna a la erudición, a la meticulosa y paciente investigación que requiere la investigación histórica, el resultado es una veintena de obras que son una constelación en las que se aúnan las ciencias humanas con la buena escritura.

Manuel Caballero pidió a sus amigos que lo leyeran como si fuesen sus peores enemigos. Los consejos los oyó y desoyó por igual. Pensaba como el historiador inglés A. J. P. Taylor que el error puede ser fecundo, pero que la perfección siempre es estéril. En el Prólogo a “Cesarismo Democrático” (1990), escribió esta advertencia que nos previene de la historia-leyenda, de la historia-mito, la historia-deificada que reconstruye su tela de araña: “Otra vez se vuelven a elevar, inaccesibles, los hombres que derrotaron el Imperio. Que equivale a renunciar otra vez a la responsabilidad, a refugiarse otra vez en el regazo materno. Es renunciar a comprender nuestra historia, y sobre todo que ella la han hecho, y la continúan haciendo, hombres de carne y hueso, no siempre movidos por bellas intenciones o instintos.” Y precisa cortante: “Es renunciar a participar en esa historia conscientemente, pues sin conciencia lo hacemos todos los días.”

En 1633, John Donne amonestó a la Muerte: “Deja el orgullo, Muerte, aunque algunos te llamen terrible y poderosa, que nada de eso eres; porque aquellos a quienes pensaste que derribas no mueren, pobre Muerte, que ni aun puedes matarme.” Porque la muerte es sueño breve que pasa y despertamos eternos, de muerte liberados. En las puertas del siglo XX, Dylan Thomas escribió como una clarinada en el poema “Y la Muerte no Tendrá Poder”: “La fe en sus manos podrá quebrase en dos / Y tal vez como unicornio los atraviese el mal; / Pero igual que los troncos astillados, no se partirán. / Y la muerte no tendrá poder.” Asevera que aunque se vuelvan locos serán cuerdos, aunque se pierdan los amantes el amor perdurará, ellos seguirán martillando a través de las margaritas, florecerán bajo el sol hasta que el sol se pudra. Aunque se hundan en el mar resurgirán una vez más.

Frente a las olas pardas de esta tarde plúmbea en el Caribe, bajo un cielo cruzado de nubes desgarradas, asaeteado de gráciles aves negras, siento más que pienso que la savia vital de Manuel Caballero corre por el tronco, las ramas y los retoños posibles de ese árbol, mutilado y floreciente, que en nuestros desvelos llamamos Venezuela.

Camilo Morón




Manuel Antonio Caballero Agüero (Barquisimeto, 5 de diciembre de 1931 - Caracas, 12 de diciembre de 2010) fue un destacado historiador, periodista, escritor y docente venezolano. Caballero estudió historia en la Universidad Central de Venezuela y obtuvo su PhD en la Universidad de Londres. Con la publicación de su disertación obtuvo el mérito de ser el primer venezolano en ser editado por la Cambridge University Press. En 1989 fue invitado por la Universitá degli Studi di Napoli de Italia. Recibió el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Historia en 1994 y en 2005 fue elegido como miembro de la Academia de Historia de Venezuela.




miércoles, 22 de diciembre de 2010

LUIS MANUEL PIMENTEL: Poesía Actual Venezolana













LUIS MANUEL PIMENTEL Nace en Barquisimeto, estado Lara [1979]. Tiene diez años de residencia en Mérida, donde inició, quizás ya con conciencia creativa, una labor escritural que lo ha llevado a incursionar, en la poesía [de manera más decidida], así como en la narrativa y el periodismo [empírico] cultural, en forma de artículos y crónicas literarias. Esta labor periodística la lleva a cabo en el Diario Pico Bolívar donde labora y coordina la sección de opinión, en cuyo espacio se aloja su columna de crónicas ficticias «Pasos de fauno», así como también coordina la Página Literaria «Ojos que tocan». Obtuvo en el 2004 la Licenciatura en Letras, mención Literatura Hispanoamericana y Venezolana en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes donde actualmente realiza estudios de Maestría en Literatura Iberoamericana. Se ha desempeñado como profesor de Lenguaje y Comunicación en el Instituto Universitario de la Frontera y en la Facultad de Artes de la ULA. Sus trabajos han sido publicados en diarios y revistas nacionales y extranjeros. Recientemente se publicó su primer libro de poemas titulado —no al azar— Figuras Cromañonas [Ediciones Caminos de Altair].


Selección por Gladys Mendía




La llave vítrea

Abro con esa llave
Que un día pusiste en mis manos
El corazón del bolso
Que todos los días me tercio
Para ir al trabajo.

Darse cuenta de las trampas
Es muy fácil
El río me abre sus brazos y me sumerjo
En el X distante de tu visita.

Amen al entrarse por pasar
Con piedras, palos, un poco de fuego
Y seguir quemando el pasado.

Luciérnaga verde
Que pronto eres estrella;
Rozas con la mirada
El encuentro de mundos indescifrables.

Logras en medio de tempestades marinas
Que el abuelo se asuste
Y crea que el agua se lo llevará.

Palpar con la llave vítrea
Lo que vi en ella detrás de sus senos,
Da como para seguir mirando.



Realismo mágico
a la memoria de Beatriz

Hablan los edificios
y los volantes de los carros
el mouse y no es Micky Mause.

Los libros respiran
y Remedios la Bella me dijo anoche
que el director de la escuela estaba en Macondo
buscando guayabas.

La mesa
se paró
y almorzó.

Anoche era de día.

Sor Juana Inés de la Cruz está viva,
la vi tomarse unas cervezas en el bar de la Viuda con tres enamorados,
toma mucho y no se embriaga,
aguanta la Sor Juana.

Las avenidas son automáticas
como las escaleras eléctricas
no hay carros
solo personas paradas
que ruedan solas.

Resucitó Beatriz
y me dijo que el lado de la muerte no es malo
simplemente es diferente,
huele a patilla.

Los ladrillos ríen
y yo escribo.




Espanto

Un dibujo: la noche.
Algunos pájaros carroñeros que se niegan a dormir
Las paredes amarillas
La ventana semiabierta
Una brisa fría que entra;
Doy cuatro pasos hasta llegar al closet.

Busco la chaqueta beige
Me asomo de nuevo a la ventana,
Comienzan a caer gotas
La grama respira
Los perros se cubren de la intemperie,
Tocan la puerta,
Camino despacio,
hay mucho frío en el Vallecito

Mi mano en la cerradura
Abro
No hay nadie,
Volteo
Se oye de nuevo la puerta.

Miro la despensa
El café.
Sobre la cocina
El agua hierve.


Mi mano en la cerradura
Abro
No hay nadie
Cierro,
Doy cinco pasos
Levanto la tapa de la olla
Agrego el azúcar

Vuelven a tocar

Dejo el recipiente encima de la mesa
Mi mano en la cerradura
Abro
No hay nadie,
Vuelvo a cerrar.

Busco el colador
Vierto el polvo marrón
Dejo que cuele solo,

Espero.

Mi mano en la taza
Los perros mojándose
Son las dos de la mañana.


Saco mi garfio
Mi molotov
El revolver con el que descubrieron la traición de Martina,
Una nueve milímetros
Mientras la putas y los trasvesti a esta hora
Piensan en su familia.

Caminar a lo largo y ancho de la expresión
Como si fuera el cuento de la cenicienta
Para enseñarle a todos los hijos del mundo
Que la moraleja es una quimera.

Duerme creyendo que descansas
Porque en este momento
Los vallenateros en Colombia
Se toman un trago en tu honor y cantan.

Es tratar de tocar el sol
el crimen, la traición, la condolencia y la muerte.



El metafísico

Ninguno podía creer que el metafísico había muerto,
Se fue persiguiendo sus mejores luces,
A encontrar el amor que nunca le paró
Pero que un día tuvo entre sus manos.

Luego de tantas veces
Ir y venir
Y dar vueltas en el mismo eje
Decidió recostarse,
Junto al clavel que tenía en su mano.

Un espejo le cayó encima
Resquebrajando la visión
En miles de partículas su alma,
El metafísico murió
En medio de una larga lluvia de estrellas.

Llegamos a pensar que simplemente dormía
Pero el gato maullando no dejaba de rondarlo,
Atrapados en su silente infinito
Se hizo libre,
De aquella suerte errante
Ahora comulga con los pájaros, los perros, los árboles
Tendido frente a un muro de imágenes revolucionarias.

El metafísico anduvo desgarrando corazones,
El último día
Al verse en el espejo
Era un hombre viejo, desempleado y sin dientes
Todos se los habían entregado al ratón Pérez
Para que le diera alimento,
La realidad no fue así,
Toda palabra creada y rebuscada en la fantasía
De sus sueños familiares,
Con largas barbas
Y sin buen aliento,
Fue dejando en los corazones de todos
una gota de sangre.



Sorbo

El sorbo de un café vespertino
El olor rutinario de la computadora
Mi casa sola
La perra con hambre
El bombillo encendido alumbrando el desorden
La mesa no está servida,

El tiempo pasa como hojillas por la barba.


Sebastián naciendo

A mi sobrino que nació hace ocho horas

Sebastián cuerpo silente
Aparecido por la religión
Tu cuerpo de niño es una pintura
Que ha dibujado la fantasía.

Con una palmada,
Como las de antes,
Te veremos crecer
Como lagartija que suelta
Y distiende.

Vienes como otro ser más de la familia
Protegido y querido
Ante la incertidumbre de la posmodernidad,
Cabizbajo y sin importarte nada.

En nuestro encuentro
Sollozo todas las palabras del vallenato
Infunde mi cercanía
Tocando y festejando
Ahora hombre,
Sutil aliento de los Pimentel Villalobos,
Seres que jamás abandonaremos
El barco que apenas zarpa
Entre el viento Barquisimetano y el olor a los andes.

Como un trasnocho de la tarde
Ha sido tu parto
Bienaventurado en los Salmos y las Elegías
Tu cuerpo vivirá ochenta años
Llevando la historias de tu tíos,
Formadores de realidades sociales.

Tu suspiro hace que sigamos viviendo
En el agolondramiento de almas puras,
Y si lo quieres ver
Observa nuestras conversaciones
Que no tienen límite sino amor.

Tranquilo Sebastián
Que toda palabra vendrá y se devolverá
Como el río que lleva el acantilado de los sueños.
El devenir es pausado y rápido,
Como un pregonero de ansias y sincretismos
Estamos contigo, no te preocupes...

Un silbido tuyo
Rastreará nuestras presencias
Sin llanto,
En el enorme entender
Que ahora
Estás en nuestro lecho.





sábado, 11 de diciembre de 2010

ALFREDO NICOLÁS LORENZO: POESÍA ACTUAL CUBANA




ALFREDO NICOLÁS LORENZO (Cama­güey, Cuba 1964). Poeta, narrador, ensayista literario y perio­dista independiente. Licenciado en Lengua y Lite­ra­tura His­pá­nicas por la Universi­dad de La Ha­bana en 1991. Fue fundador de la revista Pro­posiciones de la desapa­recida Fundación Pablo Milanés. Ha colabo­rado en las revis­tas Alforja Poe­sía y La Voz de Coahuila, México. Es miembro del Ta­ller de la Crea­ción Poética de la Fundación Nicolás Guillén. Su obra poética aparece en Memoria del encuen­tro de poetas del mundo (Edi­ciones el Ermitaño, Se­minario de Cultura, CONACULTA, 2011). Tiene una licenciatura en Historia del Arte, por la Universidad de La Habana en el 2009, y una Maestría en Etnolo­gía de la Fundación Fernando Ortiz. Ha tomado cur­sos en el Centro de Estudios Orientales sobre los asen­tamientos de los árabes en Cuba. Ha publi­cado Pa­labras mágicas de un poeta (2010), por la Colección Palabras del Oráculo, que di­rige el poeta Cesar Toro Montalvo en Lima-Perú.

Selección por Gladys Mendía




I


El número de vasos no puede ser cualquiera, siempre habrá un tendón sonoro que te avise los excesos de velocidad, como el sudor desborda nerviosos reflejos de sal.
Se puede conversar, juntando gotas de pericia sobre la eternidad del mundo aristotélico, bordado de fronteras donde tropiece nuestro tren de cálices; somos eternos cuando ebrio es nuestro presente, pero el vino se agota. La noche, entre risas, pasa, y descubres, al despertar con dientes de cebolla, la eterna esa frontericidad del universo, tú limite rasgado en la conciencia pasajera.




II



Solía acompañarlo hasta la parada, con el gesto de su amarillo lomo saludando a su amo de fluidas barbas. Pero un día el camino hasta la casa se le hizo demasiado largo.
Tan largo que su dueño no supo ya donde buscarlo y se afeito un día, como suele suceder. Desde el paraíso de los perros aúlla la espera de la silueta con barbas. Pero no aparece. Dios debió abolir las cuchillas que ponen lisas las caras de los dueños. O tal vez los caminos de no retornar.
¿Qué hacer con la balanza injusta que te lleva las barbas y tu perro?




III


El niño ofendió al anciano y salto hasta que dar fuera de su alcance. Este lo atrajo con gesto sereno y le propuso dos lecciones de cómo llegar a ser un caballero de ley.
La primera dijo el anciano, es que los criterios de un caballero se exponen de frente a frente. ¿Y la segunda? Ardiendo de curiosidad se le acerco más el muchacho. Que por ellos hay que saber responder dijo el anciano propinándole un bastonazo.




IV


El joven se acerco al auto preguntándole al chofer si este sabia donde se hallaba la biblioteca más cercana, o tal vez un sitio donde satisfacer una necesidad hondamente espiritual, o si conocía a un viejo sabio del cual se comentaba que vivía cerca y tal vez pudiese sacarlo de profundas dudas esenciales en la existencia, motivos suficientes para la preocupación de alguien cuya inquieta mente no le diera reposo ni en los momentos de ocio.
Y el chofer una, otra y otra vez mas negó saber algo que dilucidase las preguntas de su inquisidor. Gracias dijo el joven, aliviado, mientras se abotonaba la portañuela.




V


El hombre que ya nada esperaba de la primavera llego al mes de marzo sin arrancar una sola página de su calendario. En la calle todos se felicitaban previendo el seguro deshielo y los primeros retoños en los árboles del parque.
Pero el hombre que nada esperaba de la primavera sabia que todo era falso. El verde se volvería a cubrir de nieve en pocos mese y el cielo, encapotado, no sonreiría con los mimos engañosos de este marzo. Sentado frente a la ventana suspiraba por un sitio en el mundo donde la primavera fuese definitiva y profunda.
Hasta que decidió marchar y no se le vio durante muchos años. Retorno dicen para arrancar todas las páginas sobrantes de su calendario.





miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sobre Poco me importa, de Andrés Florit Cento. Por Felipe Poblete



























Poco me importa

de Andrés Florit Cento,
Autoedición, 2009, 39 pp.

Por Felipe Poblete.

La herencia obligatoria que nos dejó La Nueva Novela fue la de, verdaderamente, leer al libro también desde su materialidad plástica, con el tacto y con el ojo estético. El libro que presenta Andrés Florit, en rima quizá involuntaria, es también una obra autoeditada. Por es(t)o antes de aproximarnos al contenido verbal del libro: el libro, en sentido estricto. Éste ostenta en su tapa un desarticulado retrato del autor: la reproducción de un collage, en escala de grises, obra de Guillermo Carrasco. El papel que da realidad a las tapas es sólo un poco más gruesa que el clásico Hilado Nº9. Dado esto es que resulta curiosísimo que, dentro, prosiga una muestra de papel couché (de algo más de 300 gr.). Luego, para las hojas que componen el poemario el clásico papel antes nombrado. Lamentablemente, el título del libro encuentra su plenitud en la presentación libro en tanto libro (objeto).
No obstante, la materialidad es sólo una cara del “libro”. ¿Qué nos ofrece su interior? ¿El contenido será, también, fiel al título? Comenzando —quizá de mala manera— desde el índice, vemos que algunos títulos reman en la corriente inversa de la despreocupación que asegura el título: poemas como «Ya no quiero ser futbolista», «Epílogo para “Un cuento californiano” de Mark Twain», «La ortografía de los muros es pecado corregirla», son ejemplo de ello, con su extensión larga (en comparación con los otros poemas del libro). Esto no quiere decir que la extensión de un poema defina su calidad, su densidad: algunos poemas breves, «Si tan solo» y «Globo», son una muestra de un alto calibre en la palabra, ambos con cierto parentesco a Roberto Juarroz, en especial el primero del par. También al final de «Litio» la presencia de aquel poeta, y la del alemán Paul Celan, son claras: Tartamudear es un comienzo.
Alguna vez fue dicho que en cualquier poema, o en un número cualquiera de ellos, la poética del autor, irremediablemente, sería ofrecida al lector, aunque ninguno de esos poemas sea propiamente un manifiesto estético o un arte poética. En la extensión del poemario late un interés por el nombre, el nombrar, el bautizar incluso. Acción que toma su posición —muchas veces— al borde de la vereda, la berma, el partido. ¿Cuál es éste borde? ¿Límite entre qué? ¿Cerezos y quiltros; ciudad y campo? ¿Tal vez entre dar y no dar importancia? A mi parecer, el eje meridiano de esta suma poética está en el nombrar las cosas, como ya decía, con más o menos interés, entre tanto van reiterándose algunos motivos —recién nombrados— los quiltros, los cerezos, el tránsito urbano. En éste punto, el poema «En la plaza» es paradigmático.
Surgen, afloran, entre los poemas, las referencias a poetas nacionales, como Nicanor Parra y Jorge Teillier: el primero de manera explícita (en «Así comenzaba cierto poema», el poema referido está en “poemas y antipoemas”, si no recuerdo mal), y el segundo en «A las 3 de la tarde» ¡imposible no recordar Señales de vida! En este poema, el nombrar al horario tiene una voluntad que denota cierta incertidumbre, muy sana por cierto: “3” y “tres”: búsquedas para (in)tentar un nombre, “pero las palabras son jaulas / que siempre quedan mal cerradas”
También las exploraciones pueden llevarnos a sumergirnos en terreno más profundo: una identidad psicológica, anímica, vital. «Litio», «Circo», «A veces voy por la calle...», «Desequilibrio» dicen aquello que pretendo dilucidar. No es necesario haber sido depresivo para comprender en qué consiste la tarea del litio, bastaba con escuchar la canción que me gusta: lithium, de Nirvana, me atrevo a adivinar. «Circo» da cuenta de una condición, de una experiencia extrema, una bipolaridad: Porque no soporto estar solo / y lo necesito. Allí el corte de verso es preciso, el encabalgamiento arma un tejido psicológico innegable: una tensión fuertísima: con la banalidad, el espectáculo del circo y la intimidad más secreta. El texto que finaliza el poemario —«A veces voy por la calle...»— va reescribiendo algunos puntos tejidos antes: la vitrina y sus reflejos («Heidegger en la vitrina»), el recorrido que ejerce el paseante de este último poema pareciera estar bajo la lluvia, en línea con los versos finales de «Directamente sentencio» y, por supuesto, con el poema que abre el libro, dado que es imposible huir, de la ciudad. ¿Cuál camino, qué oficio? El poeta responde a su obra que ni estas palabras una canción, pero el poema siempre canta, y es canción, aunque cante a la imposibilidad de su propio canto —Celan—. El oficio al que estamos condenados, al escribir, no perdona, al igual que la imaginación.
“Poco me importa”, decía Alberto Caeiro ¿Pero que hubiera sentido el propio Pessoa, o Ricardo Reis, o Álvaro de Campos? Caeiro también nos enseñaba que “Todas las opiniones que hay sobre la / naturaleza / nunca hicieron crecer una hierba o nacer una flor”. Pues también quiero recordar que ninguna lectura puede concluir ni cerrar a un libro. Por allí el (libro del) desasosiego va ensuciando las zonas de lectura —como a la cama blanca el sol— dando fluidez, estridencia en algunos casos, al paso de texto en texto; al paso del texto hacia sí mismo. Cosa que se viene a ser facilitada por el verso libre, por la independencia con la métrica, por la utilización de agudas a(l) fin(al) de verso, en varios casos... son éstas características que contribuyen a esa fluidez, que no deja de ser parsimoniosa. Empero, aquellas características las dejo al examen de quien se sumerja en el tejido del libro.
«Tendido sobre la hierba», por supuesto, sería la condición idónea para leer ésta sincera colección de poemas.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Sobre Épica de los Desheredados de Fernando Vargas. Por Álvaro Marín


























PRÓLOGO A LA EDICIÓN COLOMBIANA DEL LIBRO “ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS” DE FERNANDO VARGAS VALENCIA

Por: Álvaro Marín


¿Y qué es la poesía? Nadie lo ha dicho todavía. Lo que existe son acercamientos, inmediaciones donde el poema es sólo una nave, y si esta nave, el poema, no está conjurada, entonces su estructura puede averiarse, y disolverse sin hallar el sentido de su desplazamiento, sin dejar rastro en el océano de las palabras. El conjuro para que esta nave despliegue toda su fuerza con la que se desplaza ante una adversa gravitación está precisamente en la materia de la que está hecha: en las palabras. Con esta premisa del conjuro la nave se hace invulnerable al vacío, porque una palabra puede nombrar el mundo, o vaciarlo, la fuerza de las palabras prefiguran la realidad, o la destruyen.

Nada hay en la realidad que no haya sido previamente nombrado, el nombre de las cosas no es una llana titulación, es un llamado. El poeta es el que escucha el llamado y lo descifra en las palabras, el poeta conoce el tenebroso vacío de la palabra sin magia. Tal vez por esto dice Fernando Vargas Valencia “hay una terrible soledad que el poema no conjura”, no basta el poema, ningún poema es suficiente y además es necesario que sea suficiente el poema, es la paradoja de las palabras, quien escribe está balanceándose permanentemente en una paradoja, el contrasentido es el pulso de las palabras, si las palabras nombran la herida, es para que dejen de sangrar los cuerpos.

La poesía como conjuro del dolor es uno de los más buscados sentidos de la poesía colombiana, poesía que oscila entre el esteticismo que evade el mundo exterior y la llanura de la denuncia exteriorista, es decir, una cierta lealtad con la realidad que esta poesía reproduce y rechaza a la vez. De allí la dificultad del momento para el poeta colombiano que no quiere eludir su entorno, y al mismo tiempo busca recrear esa trama de realidad. El momento de la poesía de Fernando Vargas Valencia vive ese pulso, esas pendulaciones entre la necesidad del sueño y las contingencias propias de una vigilia amenazada. Los temas de la guerra, de los desplazados, de las masacres, del poder, son los temas más difíciles de tratar en la poesía colombiana, tal vez por su terror y su cercanía. María Mercedes Carranza intentó hacer un registro de las masacres en los diferentes lugares de Colombia, y sus palabras, sus poemas, se ahogaron en la sangre, esos poemas no fueron el conjuro de nuestra ominosa realidad, por esta razón esos poemas fueron prontamente olvidados después de su publicación.

Otro tanto busca Fernando Vargas Valencia con sus incursiones en el tema de las masacres, en un lenguaje sencillo, sin poses preconcebidamente poéticas. Fernando busca distanciarse de esa vertiente de la poesía colombiana buscando un propio horizonte, sin dejar de correr los riesgos que acompañan a esta clase de temas en la poesía. Hay algunos elementos en su estilo que llaman la atención, especialmente la contención imaginativa y la sobriedad en el lenguaje.

Libro: Épica de los desheredados.
Género: Poesía.
Editorial: Independiente Isla Negra
Año: 2010.
Bogotá, Colombia.

martes, 9 de noviembre de 2010

Poesía Actual de Mozambique




FRANCISCO GUITA Jr. (Inhambane, Mozambique, 1964). Inició su actividad literaria en Xiphefo, Cuaderno Literario, en 1987, del que es miembro fundador. Es profesor de Lengua Portuguesa en su tierra natal. Empieza sus publicaciones en 1997 con el libro de poesía El ahora y el después de las cosas (Ed. AEMO –Asociación de Escritores de Mozambique). En el 2000 publica De las ganas y de Partir (Premio Rui de Noronha –FUNDAC, 1999) y Brasas (1 premio de Poesía TDM –Telecomunicaciones de Mozambique, 2001) por la editorial Caminho y Editorial Ndjira, respectivamente. Y también Los aromas esenciales, por Ediciones Baile de Sol, Islas Canarias, n-1 de la colección África. Tiene textos dispersos en diarios y revistas nacionales y extranjeros. Está en las antologías: Rostros de la LenguaAntología Breve Literatura de Mozambique. En Lusofon Antologi/Fem Kulturer – ett Sprak(Suecia), Imagen pasa Palabra (Portugal), Más nunca es Sábado (Portugal), Poesía Siempre, 23 (Brasil), HotelVerMar, antología bilingüe Alemán-Portugués, Diccionario Amoroso de la Lengua Portuguesa (Brasil), La Arqueología de la Palabra y la Anatomía de la Lengua (Mozambique), entre otras.

Traducción por Silvia Capón Sánchez y Francisco Manhaes Monteiro.

Selección por Gladys Mendía del libro LOS AROMAS ESENCIALES (Editorial Caminho y Editorial Ndjira, Tenerife, 2009).



Ahora o nunca
el izar la vela sobre el mar
el tensar la cuerda
el sentir la virilidad del timón
y tener que partir

sin recoger amarras ni ancla
sin fardo ni equipaje
recuerdos y recalcaduras
emociones y fotografías antiguas

sin tener que mirar atrás
sin tener que tragar todo el asco mascado de los días
sin tener que decir adiós
sin tener que lastimar
y tener que partir
sin romper el silencio que encadena la ira
sin amainar el dolor y en la piel el ardor
sin desmitificar la noche que calienta la luz de luna del alma
sin acariciar la serpiente que se pasea en estas manos
sin
y partir
y embarcar sí y estallar
en la cresta y la impetuosidad de la ola y temer la onda

y navegar y encallar en la corriente del sur
y remar cuando el viento y el deseo reposen
y todas las auroras sean todas las puestas de sol
abandonar y partir
mas los amigos
los de infancia y los otros
todos los primeros besos los cigarros
hurtados y fumados
las primeras palabras atoradas
en la garganta ante los ojos tuyos
sin saber sonreír y amar y sufrir entre las manos
el primer amor
dejar todo y partir
y
sin ruta ni brújula
sin mapa ni nada
sin coartada ni compasión rasgar el viento
como se rasga el labio
en la voracidad del último minuto de partir
y
en cada relámpago de noche incendiado
haber camino tal vez para el norte
quién sabe para la muerte
y continuar partiendo
ahora
tener ausente el ansia
de sofocar la nostalgia
de delirar en la fiebre de estar solo
de tornear los callos de sal de las palmas
de las manos en la cintura del ecuador
de aplastarte los senos
en el firmamento de un orgasmo
después
tener presente la necesidad de añoranza
de la carta exacta en el correo restante
de otros parajes
del recado nunca dado
del no poder ser hoy y ahora
por la evidencia más cruda
de tener cerca dentro algo que sea
plenamente tuyo
partiendo
colilla apagada de un cigarro húmedo
pelo y ceniza sueltos en la melodía del viento
yodo en la herrumbre del anhelo de soledad
en alguna parte
no sea un espacio demarcado

y continuar partiendo
ahora
tener ausente el ansia
de sofocar la nostalgia
de delirar en la fiebre de estar solo
de tornear los callos de sal de las palmas
de las manos en la cintura del ecuador
de aplastarte los senos
en el firmamento de un orgasmo
después
tener presente la necesidad de añoranza
de la carta exacta en el correo restante
de otros parajes
del recado nunca dado
del no poder ser hoy y ahora
por la evidencia más cruda
de tener cerca dentro algo que sea
plenamente tuyo
partiendo
colilla apagada de un cigarro húmedo
pelo y ceniza sueltos en la melodía del viento
yodo en la herrumbre del anhelo de soledad
en alguna parte

no sea un espacio demarcado
paredes y alambre de espino
donde se entierre cada huella
en la arena suelta de los caminos que habré trazado
donde la sombra que me persigue permanezca
bajo la planta de los pies
que me transportan
donde el perfume tuyo en la memoria mía
no me despierte el anhelo
de volverme
partir
y sin tener que atracar
permanecer inmóvil
deleitar inmóvil los ojos en el rastro de espuma
que voy dejando atrás
atrás dejados inmóviles los versos
de la más púber inocencia
en algún lugar del foso del pasado
en el desván del tiempo
inmóvil el iris seco
abriendo la mortaja del náufrago
al que me condeno
inmóvil permanecer
pero partir

sentir entonces la marejada
del oeste del norte del este del sur
entrañárseme
espiral cuerpo abajo
agujas de relojes rodando
frenéticamente desenfrenados
sin mácula
saborear eso
y querer partir
mantener perenne el manto negro
del pasado del presente saberlo del futuro
y querer partir
consolará la sombra que hay en mí
solamente
no romperá ni un eslabón siquiera
de la cadena que no amordaza
pero que enclaustra el espíritu
incendiará la antorcha cuyo fuego comienza a propagar
en los puños cerrados que hay oblicuos
en el sofoco de esta alma que padece
sentir anhelo de partir

aguzar las iras que me contienen
plantar la infancia que los niños nunca tuvieron
sacudir el polvo de los ideales sobados
suciedad que ya no sale
devolver la dignidad
de mil veces mil por mil
hombres que rasgan la tela
y la carne en los andamios que levantan
esta tierra aún sumisa
que se obstina en florecer
e intentar partir
coger un puñado de las primeras
flores aún húmedas del primer
rocío del día nuevo que va a irradiar
y caminar hasta donde la tierra tiene por límite
el mar
sentir los pies enterrándose
en la arena aún fría
esbozar a la línea del horizonte un adiós
dos infinitos azules
tener que hincar los ojos a la tierra
sin lágrimas
y no partir








TÂNIA TOMÉ (Maputo,  Moçambique 1981) Poeta, cantora, compositora, economista y socio-activista. Presidente de la Asociación cultural Showesia, ganó diversos premios en todas sus áreas como economista, poeta y cantora. Ha publicado varios libros de poesía
y cds de música. Participa en diversas antologías internacionales  en China, España, Sudáfrica, Alemania y Chile.
www.taniatome.com

 Traducción por Gladys Mendía.



 De Conversaciones con la sombra



26


Lo que te digo, es de mí para mí

Conversación de adentros. ¿Entiendes?

Entiendes que no importa entender el mundo.

La nada es lo que más me agrada,

y busco en la sombra la nada.

Y solo ahí, entonces, me vuelvo a ver en ti.

Ah, se encendió dentro de mí

la propia sombra. Encendida

como el viento que el laberinto desdobla.

¡Ah, que ganas de comer las estrellas!

Mis manos son las que son esta historia.

Mis dígitos son los que son estos pensamíos.

Silencio. Pensamíos urgentes, espesos,

e hirientes como acacias.

Conocimiento largo en el suelo.

Yo quiero esperar el instante que viene.

Y después la burbuja de la palabra crece,

es un baño intenso y perfumado

de una mordedura de locura en la epidermis,

el desespero del mosquito que osa

invadirnos la sangre.

Y después el mosquito me ama de dolor,

y entonces dejamos de existir.

Y solo así existimos en el mundo.



  

27


¿Y después las palabras en cara de lluvia? ¿Y después lo ceniciento que cubre las casas? ¿Y

después el desprecio entre las manos tan diferentes, pero iguales?

¿Y después una música sangrando la miel que hay en existir?

¿Y después? ¿Y después del después que sigue?

Pues es precisamente eso que existo pretender. Esa flor deslizándose hacia el sueño, y dentro del sueño millares de sueños, en que creo en la forma como respiro. ACHÍSSS, existo y soy. Me soy principalmente para el cambio. Un cambio que no soy solo. Un cambio que soy contigo, con los otros y con nuestro futuro por venir.

Un cambio de comprenderme solo, en la comprensión de los otros.







28



Salir de casa aun exigía de mí un flaqueo.

Era como si el dolor de los siglos volviese y me agonizase.

A veces el curso del tiempo se volvía contra mí.

Yo tenía la libertad pero no sabía sacarle provecho.

Desaprendí más de la cuenta.

Aquella vida material me afectó

y comenzaba a estar cautivo en mi propia libertad.

Y yo no podía exigir más de mí.

Aquella puerta, era una puerta.

Podía abrir y cerrar. Estaba todavía en mí

proceder al movimiento de la intención.