miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sobre Poco me importa, de Andrés Florit Cento. Por Felipe Poblete



























Poco me importa

de Andrés Florit Cento,
Autoedición, 2009, 39 pp.

Por Felipe Poblete.

La herencia obligatoria que nos dejó La Nueva Novela fue la de, verdaderamente, leer al libro también desde su materialidad plástica, con el tacto y con el ojo estético. El libro que presenta Andrés Florit, en rima quizá involuntaria, es también una obra autoeditada. Por es(t)o antes de aproximarnos al contenido verbal del libro: el libro, en sentido estricto. Éste ostenta en su tapa un desarticulado retrato del autor: la reproducción de un collage, en escala de grises, obra de Guillermo Carrasco. El papel que da realidad a las tapas es sólo un poco más gruesa que el clásico Hilado Nº9. Dado esto es que resulta curiosísimo que, dentro, prosiga una muestra de papel couché (de algo más de 300 gr.). Luego, para las hojas que componen el poemario el clásico papel antes nombrado. Lamentablemente, el título del libro encuentra su plenitud en la presentación libro en tanto libro (objeto).
No obstante, la materialidad es sólo una cara del “libro”. ¿Qué nos ofrece su interior? ¿El contenido será, también, fiel al título? Comenzando —quizá de mala manera— desde el índice, vemos que algunos títulos reman en la corriente inversa de la despreocupación que asegura el título: poemas como «Ya no quiero ser futbolista», «Epílogo para “Un cuento californiano” de Mark Twain», «La ortografía de los muros es pecado corregirla», son ejemplo de ello, con su extensión larga (en comparación con los otros poemas del libro). Esto no quiere decir que la extensión de un poema defina su calidad, su densidad: algunos poemas breves, «Si tan solo» y «Globo», son una muestra de un alto calibre en la palabra, ambos con cierto parentesco a Roberto Juarroz, en especial el primero del par. También al final de «Litio» la presencia de aquel poeta, y la del alemán Paul Celan, son claras: Tartamudear es un comienzo.
Alguna vez fue dicho que en cualquier poema, o en un número cualquiera de ellos, la poética del autor, irremediablemente, sería ofrecida al lector, aunque ninguno de esos poemas sea propiamente un manifiesto estético o un arte poética. En la extensión del poemario late un interés por el nombre, el nombrar, el bautizar incluso. Acción que toma su posición —muchas veces— al borde de la vereda, la berma, el partido. ¿Cuál es éste borde? ¿Límite entre qué? ¿Cerezos y quiltros; ciudad y campo? ¿Tal vez entre dar y no dar importancia? A mi parecer, el eje meridiano de esta suma poética está en el nombrar las cosas, como ya decía, con más o menos interés, entre tanto van reiterándose algunos motivos —recién nombrados— los quiltros, los cerezos, el tránsito urbano. En éste punto, el poema «En la plaza» es paradigmático.
Surgen, afloran, entre los poemas, las referencias a poetas nacionales, como Nicanor Parra y Jorge Teillier: el primero de manera explícita (en «Así comenzaba cierto poema», el poema referido está en “poemas y antipoemas”, si no recuerdo mal), y el segundo en «A las 3 de la tarde» ¡imposible no recordar Señales de vida! En este poema, el nombrar al horario tiene una voluntad que denota cierta incertidumbre, muy sana por cierto: “3” y “tres”: búsquedas para (in)tentar un nombre, “pero las palabras son jaulas / que siempre quedan mal cerradas”
También las exploraciones pueden llevarnos a sumergirnos en terreno más profundo: una identidad psicológica, anímica, vital. «Litio», «Circo», «A veces voy por la calle...», «Desequilibrio» dicen aquello que pretendo dilucidar. No es necesario haber sido depresivo para comprender en qué consiste la tarea del litio, bastaba con escuchar la canción que me gusta: lithium, de Nirvana, me atrevo a adivinar. «Circo» da cuenta de una condición, de una experiencia extrema, una bipolaridad: Porque no soporto estar solo / y lo necesito. Allí el corte de verso es preciso, el encabalgamiento arma un tejido psicológico innegable: una tensión fuertísima: con la banalidad, el espectáculo del circo y la intimidad más secreta. El texto que finaliza el poemario —«A veces voy por la calle...»— va reescribiendo algunos puntos tejidos antes: la vitrina y sus reflejos («Heidegger en la vitrina»), el recorrido que ejerce el paseante de este último poema pareciera estar bajo la lluvia, en línea con los versos finales de «Directamente sentencio» y, por supuesto, con el poema que abre el libro, dado que es imposible huir, de la ciudad. ¿Cuál camino, qué oficio? El poeta responde a su obra que ni estas palabras una canción, pero el poema siempre canta, y es canción, aunque cante a la imposibilidad de su propio canto —Celan—. El oficio al que estamos condenados, al escribir, no perdona, al igual que la imaginación.
“Poco me importa”, decía Alberto Caeiro ¿Pero que hubiera sentido el propio Pessoa, o Ricardo Reis, o Álvaro de Campos? Caeiro también nos enseñaba que “Todas las opiniones que hay sobre la / naturaleza / nunca hicieron crecer una hierba o nacer una flor”. Pues también quiero recordar que ninguna lectura puede concluir ni cerrar a un libro. Por allí el (libro del) desasosiego va ensuciando las zonas de lectura —como a la cama blanca el sol— dando fluidez, estridencia en algunos casos, al paso de texto en texto; al paso del texto hacia sí mismo. Cosa que se viene a ser facilitada por el verso libre, por la independencia con la métrica, por la utilización de agudas a(l) fin(al) de verso, en varios casos... son éstas características que contribuyen a esa fluidez, que no deja de ser parsimoniosa. Empero, aquellas características las dejo al examen de quien se sumerja en el tejido del libro.
«Tendido sobre la hierba», por supuesto, sería la condición idónea para leer ésta sincera colección de poemas.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Sobre Épica de los Desheredados de Fernando Vargas. Por Álvaro Marín


























PRÓLOGO A LA EDICIÓN COLOMBIANA DEL LIBRO “ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS” DE FERNANDO VARGAS VALENCIA

Por: Álvaro Marín


¿Y qué es la poesía? Nadie lo ha dicho todavía. Lo que existe son acercamientos, inmediaciones donde el poema es sólo una nave, y si esta nave, el poema, no está conjurada, entonces su estructura puede averiarse, y disolverse sin hallar el sentido de su desplazamiento, sin dejar rastro en el océano de las palabras. El conjuro para que esta nave despliegue toda su fuerza con la que se desplaza ante una adversa gravitación está precisamente en la materia de la que está hecha: en las palabras. Con esta premisa del conjuro la nave se hace invulnerable al vacío, porque una palabra puede nombrar el mundo, o vaciarlo, la fuerza de las palabras prefiguran la realidad, o la destruyen.

Nada hay en la realidad que no haya sido previamente nombrado, el nombre de las cosas no es una llana titulación, es un llamado. El poeta es el que escucha el llamado y lo descifra en las palabras, el poeta conoce el tenebroso vacío de la palabra sin magia. Tal vez por esto dice Fernando Vargas Valencia “hay una terrible soledad que el poema no conjura”, no basta el poema, ningún poema es suficiente y además es necesario que sea suficiente el poema, es la paradoja de las palabras, quien escribe está balanceándose permanentemente en una paradoja, el contrasentido es el pulso de las palabras, si las palabras nombran la herida, es para que dejen de sangrar los cuerpos.

La poesía como conjuro del dolor es uno de los más buscados sentidos de la poesía colombiana, poesía que oscila entre el esteticismo que evade el mundo exterior y la llanura de la denuncia exteriorista, es decir, una cierta lealtad con la realidad que esta poesía reproduce y rechaza a la vez. De allí la dificultad del momento para el poeta colombiano que no quiere eludir su entorno, y al mismo tiempo busca recrear esa trama de realidad. El momento de la poesía de Fernando Vargas Valencia vive ese pulso, esas pendulaciones entre la necesidad del sueño y las contingencias propias de una vigilia amenazada. Los temas de la guerra, de los desplazados, de las masacres, del poder, son los temas más difíciles de tratar en la poesía colombiana, tal vez por su terror y su cercanía. María Mercedes Carranza intentó hacer un registro de las masacres en los diferentes lugares de Colombia, y sus palabras, sus poemas, se ahogaron en la sangre, esos poemas no fueron el conjuro de nuestra ominosa realidad, por esta razón esos poemas fueron prontamente olvidados después de su publicación.

Otro tanto busca Fernando Vargas Valencia con sus incursiones en el tema de las masacres, en un lenguaje sencillo, sin poses preconcebidamente poéticas. Fernando busca distanciarse de esa vertiente de la poesía colombiana buscando un propio horizonte, sin dejar de correr los riesgos que acompañan a esta clase de temas en la poesía. Hay algunos elementos en su estilo que llaman la atención, especialmente la contención imaginativa y la sobriedad en el lenguaje.

Libro: Épica de los desheredados.
Género: Poesía.
Editorial: Independiente Isla Negra
Año: 2010.
Bogotá, Colombia.

martes, 9 de noviembre de 2010

Poesía Actual de Mozambique




FRANCISCO GUITA Jr. (Inhambane, Mozambique, 1964). Inició su actividad literaria en Xiphefo, Cuaderno Literario, en 1987, del que es miembro fundador. Es profesor de Lengua Portuguesa en su tierra natal. Empieza sus publicaciones en 1997 con el libro de poesía El ahora y el después de las cosas (Ed. AEMO –Asociación de Escritores de Mozambique). En el 2000 publica De las ganas y de Partir (Premio Rui de Noronha –FUNDAC, 1999) y Brasas (1 premio de Poesía TDM –Telecomunicaciones de Mozambique, 2001) por la editorial Caminho y Editorial Ndjira, respectivamente. Y también Los aromas esenciales, por Ediciones Baile de Sol, Islas Canarias, n-1 de la colección África. Tiene textos dispersos en diarios y revistas nacionales y extranjeros. Está en las antologías: Rostros de la LenguaAntología Breve Literatura de Mozambique. En Lusofon Antologi/Fem Kulturer – ett Sprak(Suecia), Imagen pasa Palabra (Portugal), Más nunca es Sábado (Portugal), Poesía Siempre, 23 (Brasil), HotelVerMar, antología bilingüe Alemán-Portugués, Diccionario Amoroso de la Lengua Portuguesa (Brasil), La Arqueología de la Palabra y la Anatomía de la Lengua (Mozambique), entre otras.

Traducción por Silvia Capón Sánchez y Francisco Manhaes Monteiro.

Selección por Gladys Mendía del libro LOS AROMAS ESENCIALES (Editorial Caminho y Editorial Ndjira, Tenerife, 2009).



Ahora o nunca
el izar la vela sobre el mar
el tensar la cuerda
el sentir la virilidad del timón
y tener que partir

sin recoger amarras ni ancla
sin fardo ni equipaje
recuerdos y recalcaduras
emociones y fotografías antiguas

sin tener que mirar atrás
sin tener que tragar todo el asco mascado de los días
sin tener que decir adiós
sin tener que lastimar
y tener que partir
sin romper el silencio que encadena la ira
sin amainar el dolor y en la piel el ardor
sin desmitificar la noche que calienta la luz de luna del alma
sin acariciar la serpiente que se pasea en estas manos
sin
y partir
y embarcar sí y estallar
en la cresta y la impetuosidad de la ola y temer la onda

y navegar y encallar en la corriente del sur
y remar cuando el viento y el deseo reposen
y todas las auroras sean todas las puestas de sol
abandonar y partir
mas los amigos
los de infancia y los otros
todos los primeros besos los cigarros
hurtados y fumados
las primeras palabras atoradas
en la garganta ante los ojos tuyos
sin saber sonreír y amar y sufrir entre las manos
el primer amor
dejar todo y partir
y
sin ruta ni brújula
sin mapa ni nada
sin coartada ni compasión rasgar el viento
como se rasga el labio
en la voracidad del último minuto de partir
y
en cada relámpago de noche incendiado
haber camino tal vez para el norte
quién sabe para la muerte
y continuar partiendo
ahora
tener ausente el ansia
de sofocar la nostalgia
de delirar en la fiebre de estar solo
de tornear los callos de sal de las palmas
de las manos en la cintura del ecuador
de aplastarte los senos
en el firmamento de un orgasmo
después
tener presente la necesidad de añoranza
de la carta exacta en el correo restante
de otros parajes
del recado nunca dado
del no poder ser hoy y ahora
por la evidencia más cruda
de tener cerca dentro algo que sea
plenamente tuyo
partiendo
colilla apagada de un cigarro húmedo
pelo y ceniza sueltos en la melodía del viento
yodo en la herrumbre del anhelo de soledad
en alguna parte
no sea un espacio demarcado

y continuar partiendo
ahora
tener ausente el ansia
de sofocar la nostalgia
de delirar en la fiebre de estar solo
de tornear los callos de sal de las palmas
de las manos en la cintura del ecuador
de aplastarte los senos
en el firmamento de un orgasmo
después
tener presente la necesidad de añoranza
de la carta exacta en el correo restante
de otros parajes
del recado nunca dado
del no poder ser hoy y ahora
por la evidencia más cruda
de tener cerca dentro algo que sea
plenamente tuyo
partiendo
colilla apagada de un cigarro húmedo
pelo y ceniza sueltos en la melodía del viento
yodo en la herrumbre del anhelo de soledad
en alguna parte

no sea un espacio demarcado
paredes y alambre de espino
donde se entierre cada huella
en la arena suelta de los caminos que habré trazado
donde la sombra que me persigue permanezca
bajo la planta de los pies
que me transportan
donde el perfume tuyo en la memoria mía
no me despierte el anhelo
de volverme
partir
y sin tener que atracar
permanecer inmóvil
deleitar inmóvil los ojos en el rastro de espuma
que voy dejando atrás
atrás dejados inmóviles los versos
de la más púber inocencia
en algún lugar del foso del pasado
en el desván del tiempo
inmóvil el iris seco
abriendo la mortaja del náufrago
al que me condeno
inmóvil permanecer
pero partir

sentir entonces la marejada
del oeste del norte del este del sur
entrañárseme
espiral cuerpo abajo
agujas de relojes rodando
frenéticamente desenfrenados
sin mácula
saborear eso
y querer partir
mantener perenne el manto negro
del pasado del presente saberlo del futuro
y querer partir
consolará la sombra que hay en mí
solamente
no romperá ni un eslabón siquiera
de la cadena que no amordaza
pero que enclaustra el espíritu
incendiará la antorcha cuyo fuego comienza a propagar
en los puños cerrados que hay oblicuos
en el sofoco de esta alma que padece
sentir anhelo de partir

aguzar las iras que me contienen
plantar la infancia que los niños nunca tuvieron
sacudir el polvo de los ideales sobados
suciedad que ya no sale
devolver la dignidad
de mil veces mil por mil
hombres que rasgan la tela
y la carne en los andamios que levantan
esta tierra aún sumisa
que se obstina en florecer
e intentar partir
coger un puñado de las primeras
flores aún húmedas del primer
rocío del día nuevo que va a irradiar
y caminar hasta donde la tierra tiene por límite
el mar
sentir los pies enterrándose
en la arena aún fría
esbozar a la línea del horizonte un adiós
dos infinitos azules
tener que hincar los ojos a la tierra
sin lágrimas
y no partir








TÂNIA TOMÉ (Maputo,  Moçambique 1981) Poeta, cantora, compositora, economista y socio-activista. Presidente de la Asociación cultural Showesia, ganó diversos premios en todas sus áreas como economista, poeta y cantora. Ha publicado varios libros de poesía
y cds de música. Participa en diversas antologías internacionales  en China, España, Sudáfrica, Alemania y Chile.
www.taniatome.com

 Traducción por Gladys Mendía.



 De Conversaciones con la sombra



26


Lo que te digo, es de mí para mí

Conversación de adentros. ¿Entiendes?

Entiendes que no importa entender el mundo.

La nada es lo que más me agrada,

y busco en la sombra la nada.

Y solo ahí, entonces, me vuelvo a ver en ti.

Ah, se encendió dentro de mí

la propia sombra. Encendida

como el viento que el laberinto desdobla.

¡Ah, que ganas de comer las estrellas!

Mis manos son las que son esta historia.

Mis dígitos son los que son estos pensamíos.

Silencio. Pensamíos urgentes, espesos,

e hirientes como acacias.

Conocimiento largo en el suelo.

Yo quiero esperar el instante que viene.

Y después la burbuja de la palabra crece,

es un baño intenso y perfumado

de una mordedura de locura en la epidermis,

el desespero del mosquito que osa

invadirnos la sangre.

Y después el mosquito me ama de dolor,

y entonces dejamos de existir.

Y solo así existimos en el mundo.



  

27


¿Y después las palabras en cara de lluvia? ¿Y después lo ceniciento que cubre las casas? ¿Y

después el desprecio entre las manos tan diferentes, pero iguales?

¿Y después una música sangrando la miel que hay en existir?

¿Y después? ¿Y después del después que sigue?

Pues es precisamente eso que existo pretender. Esa flor deslizándose hacia el sueño, y dentro del sueño millares de sueños, en que creo en la forma como respiro. ACHÍSSS, existo y soy. Me soy principalmente para el cambio. Un cambio que no soy solo. Un cambio que soy contigo, con los otros y con nuestro futuro por venir.

Un cambio de comprenderme solo, en la comprensión de los otros.







28



Salir de casa aun exigía de mí un flaqueo.

Era como si el dolor de los siglos volviese y me agonizase.

A veces el curso del tiempo se volvía contra mí.

Yo tenía la libertad pero no sabía sacarle provecho.

Desaprendí más de la cuenta.

Aquella vida material me afectó

y comenzaba a estar cautivo en mi propia libertad.

Y yo no podía exigir más de mí.

Aquella puerta, era una puerta.

Podía abrir y cerrar. Estaba todavía en mí

proceder al movimiento de la intención.







domingo, 31 de octubre de 2010

Sobre Músico de la corte, de Felipe Moncada. Por Sergio Muñoz



“MÚSICO DE LA CORTE”
LA ESCRITURA DE FELIPE MONCADA
O EL VIAJE DEL PAISAJE BARROSO DE SAN FELIPE
A LA EXPLOSIÓN NEOBARROSA DE LA LENGUA

Sergio Muñoz Arriagada
Valparaíso, mayo de 2008


El engranaje retórico de esta presentación se echó a andar hace muy poco tiempo, por lo que voy a excusarme ante Felipe y ante ustedes de efectuar una lectura casi a primera vista.
Hace algunos días, recibí un llamado telefónico de Felipe, encargándome la escritura de una presentación para el libro que iba a presentar al final de la misma semana, en Valparaíso, publicado por Editorial Fuga. Un libro, cuyo nombre me pareció algo anacrónico y sospechoso: “Músico de la Corte”. Sin embargo, me comporté de manera educada y solidaria con Felipe y accedí a su petición, debo reconocer, no muy convencido, por la premura y porque generalmente me excuso de participar en estos ritos de presentaciones, lanzamiento o iniciación, donde casi no se presenta, donde generalmente no se lanza nada, y donde poco se inicia.
Porque este seudo-oficio de presentador de libros, aunque ustedes no lo crean, es ar-duo y duro. Implica, por un lado, el alejamiento de la familia, y por otro, la esclavitud de comenzar a girar días, noches y semanas, en torno a palabras llenas de ajenidad. Palabras que a veces no nos dicen mucho. Pero además, por otro lado, nos coloca en el riesgo de aquella actitud inconveniente y vergonzante de tener que promocionar efusivamente, y a veces hasta el hartazgo, textos que a uno -a veces- no lo convencen demasiado. Más aún, uno está aquí para entrar en la conciencia y en la billetera de los asistentes a estos eventos, para rogar que compren un libro que talvez uno no compraría. Es decir, una actitud de las peores, por donde se la mire.
Le pedí a Felipe que me enviara el libro, y aquella noche, al encontrarme finalmente con los primeros versos, debo reconocer que mi situación afectiva respecto del libro, y del autor, cambió radicalmente. Me sentí absolutamente complacido, halagado y agradecido por la invitación. Porque los versos iniciales del libro tienen que ver de manera increíble, precisa y certera, con algunos de los rasgos y características más queridos por mí, tanto en el estudio de la música, como en mi propia obra poética.

Dice Felipe en el arranque de su libro, en el poema “Campanas en el Puente”:

“Con trescientas ochenta campanas
compuse un palíndroma musical

si caminas en un sentido oyes una melodía
si caminas en el otro una melodía distinta

costó muchos viajes en avión
imaginar una partitura reversible: una casa de putas
a cuerda
un piano que cruza un río. Al ser necesario

compuse una garza que al batir
desordena las ideas de los peces

pero si las ideas son lunas o lupanares
el río se quiebra en las campanas.”

Es decir, en apenas 12 versos, Moncada da cuenta, o más bien, demuestra una filia-ción con una tradición musical riquísima y antigua, diversa y curiosa.
Por nombrar sólo algunos ejemplos: el minueto de la Sonata en Do Mayor de Haydn, donde el segundo movimiento es exactamente igual al primero, pero interpretado al revés; el Ludus Tonalis, colección de doce fugas escritas por Paul Hindemith, donde el postludio es igual al preludio, pero tocado invertido y al revés.
O algunos otros ejemplos de músicos o estilos que aparecen en la obra de Felipe Moncada. Por ejemplo:
Las fugas y cánones en espejo (directas e invertidas) de Johann Sebastián Bach en El Arte de la Fuga, en las Variaciones Goldberg y en El Clavecín Bien Temperado, entre otras, donde los temas se presentan al revés y con diversas modificaciones (aumentos y disminuciones rítmicas):

Cito a Moncada:

“el deseo es conectar música étnica
con pulsaciones de galaxias Bach…”

Las partes 14, 17 y 18 del Pierrot Lunaire de Arnold Schöenberg, escritas también como contrapunto canónico, en espejo e invertidas:

Cito a Moncada:

“su canto: un chirrear de máquinas de molino;
estertores en do-de-ca-fo-nía
para envidia de los agonizantes.”

Es decir, todas composiciones musicales de un trabajo formal denso, donde, de al-guna manera, la forma es la obra.


El título “Músico de la Corte”, parece hacer referencia al empleo de músicos que comienzan a efectuar los señores feudales y la nobleza europea a partir del siglo XIII.
¿Pero, cuál es la corte que aparece en estos textos? ¿Tiene alguna relación con nues-tra propia historia musical?
En rigor, la casa patronal de la Colonia chilena, nunca dio para tanto. No llegó a ser una corte, en el sentido europeo y clásico del término. Como lo dice Octavio Paz: “Hay una diferencia capital entre el pluralismo novohispano y el pluralismo medieval: los grupos que componían a la sociedad novohispana no tenían representación política y no conocieron esa forma hispánica de parlamentarismo que fueron las Cortes”.
La música en Chile, al menos hasta comienzos del siglo XIX, se dio fundamental-mente en dos espacios distintos, claramente diferenciados: primero, en el campo, ligada a una tradición más bien oral. Y luego, en el ámbito eclesial, donde se efectuaron los primeros ejercicios composicionales de música escrita en partituras en Chile.
Algunos hitos de aquello fueron la llegada del sacerdote jesuita y Cantor Juan Blas, en 1543 o la experiencia de otro sacerdote, Francisco Cabrera en 1573, en Valdivia. El enorme talento de dos indios yanaconas Juanillo y Diego, cantantes en el coro de la catedral de Santiago en 1579. Andrés de Olivares, organista de la catedral desde 1686. El español José de Campderrós, maestro de capilla de la catedral de Santiago entre 1793 y 1812, y la música creada y escrita por la esclava negra María Antonia Palacios a fines del siglo XVIII, por nombrar sólo algunos.
Sin embargo, es posible constatar que la experiencia musical en Chile, se enriqueció exponencialmente a partir del tráfico comercial y humano que se dio con lo más cercano a una Corte de verdad, como fue el virreinato del Perú. Desde 1778, año en que se decreta la libertad de comercio, y se deja de utilizar la ruta obligada del istmo de Panamá que era re-corrido a lomo de mula hasta llegar al Pacífico, se comienza a verificar un tránsito nuevo por Valparaíso, pues gran parte del comercio que llegaba desde Europa, así como también las compañías musicales que venían a presentarse a Lima, desde Europa o desde Buenos Aires, pasaban por Valparaíso. Es así como el 26 de abril de 1830, se presenta en Valparaíso la primera ópera: “El engaño feliz o el traidor descubierto” de Rossini.
Sin embargo, el dato que más nos puede ayudar en relación con el libro de Felipe Moncada tiene relación con el entusiasmo musical del Director Supremo. Bernardo O’Higgins, que estudió piano y composición en Londres, que tocaba el pianoforte con regu-laridad, como lo afirma María Graham en su diario, curiosamente puso al tambor mayor de la banda de Santiago, a estudiar y a perfeccionar sus conocimientos musicales (adivinen dónde) en la ciudad de San Felipe.
Me pregunto: ¿No quedará de ese gesto algún resabio en la memoria celular del poe-ta, o en el humus del lugar –que el poeta habitó- y que hizo brotar, 200 años después, a un músico, de otra corte, con otras preocupaciones y deberes laborales y estéticos que empiezan a crear una argamasa personal, curiosa y única en nuestra fértil provincia?


Sábato -en sus conversaciones con Borges- afirma que los sistemas filosóficos y li-terarios, casi siempre son desarrollo de una metáfora central. Siguiendo esta idea, el devenir de la obra de Felipe Moncada, está desembocando en algo que él mismo ha nombrado como “la transfiguración de payaso a plañidero”. Más allá de la broma, hay un asunto esencial vinculado más bien a la estética de su obra impresa. Porque la escritura de Felipe Moncada está sin duda en movimiento.
Después de realizar una lectura panorámica de lo suyo, yo diría que la clave de este cambio se encuentra en el Capítulo 3 de “Río Babel”, que lleva justamente por nombre “Babel”. Allí se produce una explosión neobarrosa que está teniendo consecuencias en la obra posterior (léase “Salones” y “Músico de la Corte”).

Cito a Eduardo Milán para contextualizar los alcances del término Neobarroso que ocupo, y que ocupa también Felipe Moncada en su libro.

Dice Milán:

“En su generalidad, los poemas "neobarrosos" practican una divi-sión entre la utilización programática de los significantes y el uso del len-guaje poético como señalamiento al marco social del estado de cosas del mundo. Utilización programática: el aumento del lenguaje, la constitución afirmativa del lenguaje poético jugará con el azar del parentesco eufónico como productor de significación, como señalador de un devenir -esa es la palabra- de significación no sujeto a un área semántica predeterminada. El poema, como juego del lenguaje, adquiere el derecho a desbordar cualquier área semántica pre-establecida en cuanto a la construcción de un objeto de arte.”

Obviamente, la utilización del término, no guarda relación total con la suma de ca-racterísticas estéticas y poéticas vinculadas al original. Por eso me parece interesante que nos situemos en el epicentro de esta explosión del lenguaje en la obra de Moncada, que como he dicho, se encuentra a mi juicio, en el capítulo 3 de “Río Babel”, donde el poeta dice:

“Se acabó el río de Babel, su deslenguadura
se curvó tras el último siglo, su hoguera fue neón.

Terminamos por fin de enredar la lengua:
ascensores de la torre se oxidan al eriazo

la liebre salta en cualquier momento.”


O más adelante:


“veo personajes
que burlan el tiempo en un jardín
vagamente
conocido:
un sueño a fin de cuentas
ajustado al marcapasos.

La palabra se quiebra en la página.”


Es curioso que esta explosión del lenguaje ocurra en un ámbito cerrado, circunscrito en un caso, a los salones, y en otro, a la corte. Tal vez el cambio más significativo en lo que respecta a Felipe Moncada es –por contraposición a su obra anterior- la ausencia, o más bien la presencia velada o silenciada de la naturaleza.
Indudablemente, ambos trabajos giran en una órbita similar, con personajes y esce-narios retóricos curiosamente acotados en tal dispersión de significantes y significados.
En “Salones”, plaquette editada este mismo año por ediciones Alquimia de Santiago, el fondo del fango expresivo, guarda una relación mayor con las artes visuales y la imagen. Sin embargo, hay también algunas otras alusiones y referencias a la música. Leo algunas de ellas:

- “los músicos llevan un monóculo y la partitura del aire entre los dedos”

- “y de una ventana cerrada, pueden elevarse las partituras de Pitágoras”

- “En el bodegón (una hoja de cálculos), se combinan una lámpara de petróleo, un violín y un paquete de tabaco, la tarea es resolver muchas veces el mismo problema, calcular hasta que las cuerdas ardan en su lámpara”

- “atrofian la quimera para no salir del canon, pero intentan superar el modelo con escuadra y compás religioso”

- “Humo que sale de un saxofón y una mujer pintada por Modigliani”

- “Cualquier acto podría contener poesía, cualquier texto en verso o prosa podría tener un final de cuerdas vibrando y un pez dorado que lo atraviesa”

- “a los instrumentos de guerra convertidos en musicales por encantamiento de Lesbia en su acuario de luz”.


En el caso de “Músico de la Corte”, la preeminencia de los elementos que constitu-yen el libro, está vinculado más bien al ámbito musical. Los 43 poemas del libro, están uni-ficados férreamente por la presencia de un hábitat simbólico donde se reiteran una y otra vez, los términos musicales, los nombres de instrumentos, la aparición de una orquesta neo-lítica, las pulsaciones de galaxias bach, el pentagrama de la sordera, etc.
Yo diría, la peripecia completa del músico instalado en el espacio cerrado de una corte algo extraña, que de alguna manera está ambientada a la manera de las cortes europe-as, pero que despide un tufillo recargado, donde es posible admirar a una serie de personajes caracterizados, casi como caricaturas que deambulan en las intrigas de palacio: La reina y el rey, las archiputas y pornodoncellas, el duque y la diuca, el archiobispo austríaco, el cardenal purpurado, los jotes, galanas, putas y doncellas, el teórico de palacio, etc.
Martín Cerda afirma en su libro “La palabra quebrada”, que el autor, en el sentido que hoy lo entendemos, es un producto de la sociedad burguesa: es el escritor liberado de la tutela que, a través del mecenazgo, ejercieron sobre su obra la Iglesia, la Corte y la nobleza.
Resulta curioso entonces, que Felipe Moncada, nos vuelva a sumergir en el espacio cerrado de la corte, con el predominio externo de esta tutela ideológica y estética en el más amplio sentido, a la que se refiere Martín Cerda, y que sin embargo, en el caso de Moncada, esta tutela encamine su poética hacia espacios de ecos, resonancias y reverberaciones más vinculados a las vanguardias europeas, o a la neovanguardia latinoamericana, (lo que él personifica como neobarroco, neodadá, y yo agregaría como neosurreal). En ese gesto de permanencia en un espacio cerrado, que sin embargo, tiende puentes expresivos desde la música y el encierro, a realidades transfiguradas más complejas, está -a mi juicio- el nudo fundamental de este libro.
Un elemento relevante en mi lectura de “Músico de la Corte” está vinculado justa-mente a la existencia de otro espacio cerrado, que aparece también en el libro, en sordina, pero que no tiene relación con el lujo de la corte, sino más bien con la suciedad y la sombra lúgubre de la cárcel.
Esa presencia, a mi juicio, está relacionada con la aparición del archipaco, los gen-darmes, el espacio de la prisión y la tortura, con su patio y sus claves inconfundibles.

Cito a Moncada:

- “En hueso de prisionero
tallé un par de lunas menguantes
la constelación de la zorra
y los agujeros del mes.”

- “y si le doy cuerda
es sólo por despistar a los gendarmes
pasatiempo, solamente
para ver crujir los engranajes del aire.”

- “Al gendarme le gustó el juego
y me permitió asomar a la ventana
dos veces al día:

ahí podía ver una cancha de cemento
y jugadores de cuerpo rotacional
dando patadas a una pianola

en las partituras colgaban su ropa mojada…”

- “ya que al cortarse
un gendarme grita desde el patio
y la idea vuelve a su ladrillo original”

- “una tarde que pendulaban los aromos
se aburrió de mi torpe sonatina
y cambió su favor a los amigos del archipaco…”

- “archipacos, gendarmes y galanas forman un tren
que se balancea con la borrachera del reloj”

- “quedando cualquier artefacto construido
en poder de los tribunales y su parentela”

Dice luego, en uno de los últimos atisbos de esta realidad carcelaria y judicial, que es posible verificar en su libro:

- “si algún jurado de la corte
hubiera jalado conmigo de la niebla del eriazo”

¿No será posible entonces, que la corte a la que se refiere el título del libro provenga más bien, o también, aludiendo a la polisemia del lenguaje, de una realidad más vinculada a los tribunales de justicia, y a la experiencia de la cárcel, más que a la corte principesca que aparece en una primera lectura?
Andan también en la obra de Moncada, algunas partículas extraídas de su experien-cia intelectual como Físico, y cómo no, si seguramente aquellos conceptos se relacionan con parte importante de la experiencia y de la identidad del poeta.

Dice Mocada en “Músico de la Corte”:

“mi teoría musical son antipartículas
disparadas por dios africano al azar”

“apenas me nombraron astrónomo imperial
Quise establecer la geometría mística de los cielos”

“un temporal de partículas parte las cajas
para que la comarca baile al compás”

O este último ejemplo donde Moncada hace coincidir tanto la cita científica como la conceptualización teórica y estética en una misma estrofa:

“Consideremos que neodadá
se comporta con densidad
sodomítica, de tal manera
que neobarroco se abanica
con la frecuencia del protón”

Como sea, Felipe Moncada es un poeta cuya obra me parece muy trabajada, cuidada y fina. Inteligente incluso en aquellos momentos expresivos donde el lenguaje pareciera ensuciarse. Es un poeta que, en rigor, no es de San Felipe, pero sigue siendo de San Felipe. Nació en Quellón, Chiloé, en 1973, vivió luego en Talca, donde terminó la educación me-dia, y estudió Física y Matemáticas en Santiago.
Ha sido fundador y director de la revista La Piedra de la Locura, con siete ediciones desde el 2002 al 2006. Ha obtenido diversos premios, entre los que destacan el septuagé-simo aniversario de las juventudes comunistas, el concurso Stella Corvalán de la Municipa-lidad de Talca, el concurso Dolores Pincheira de la SECH Concepción y la Beca del Conce-jo Nacional del Libro y la Lectura.
Ha sido antologado en varias publicaciones desde el 2002, y ha publicado los libros individuales: “Irreal” (2003); “Carta de Navegación (2006); “Río Babel” (2007) y “Salones” (2008).
Entre los años 2000 y 2006 vivió en San Felipe, incorporándose a este curioso grupo de nuevos y talentosos poetas del Valle de Aconcagua, donde la obra de nombres como Cristián Cruz, Camilo Muró, Patricio Serey, Lautaro Condell, Carlos Hernández, Marco López, Rodrigo Martel, Raúl Tapia y Lorena Véliz entre otros, comienzan a dialogar con el resto de las poéticas chilenas y latinoamericanas.

Cito nuevamente a Eduardo Milán:

“La actitud neobarroca es una crítica a la identidad cultural. Cru-ces de identidades, mestizaje, cultura no consolidada totalmente en sus valores -o asumida en los que construye cotidianamente-, la de América Latina parece ser una condición multicultural en transición constante.”

Al respecto dice el poeta Néstor Perlongher, autor del término:

“Yo hablaría de “neobarroso” para la cosa rioplatense, porque constantemente está trabajando con una ilusión de profundidad, una pro-fundidad que chapotea en el borde de un río.”

Resulta altamente sugestivo el trabajo que han realizado y están realizando estos nuevos poetas de San Felipe de Aconcagua, por cuanto han hecho posible articular desde allí, desde un barro distinto al rioplatense, por cierto, desde lo que he denominado como el paisaje barroso de San Felipe, un trabajo altamente concentrado en el lenguaje, que opera en el ámbito de una creación estética seria y en movimiento.

Yo creo que esta obra de Felipe Moncada, “Músico de la Corte”, trasciende al poeta, al músico y al físico-matemático que se esconde y sucesivamente aparece detrás de sus líneas, y espera la complicidad de lectores que puedan arribar a nuevos destinos estéticos después de su lectura.
Por eso, apelo al papel ingrato de quien debe entrar en sus conciencias y en sus bi-lleteras, para recomendarles de corazón, que adquieran este hermoso libro de Editorial Fuga, imprescindible a la hora de dialogar con la música, la física, la corte y la prisión que todos llevamos dentro.

jueves, 28 de octubre de 2010

DAVID BUSTOS: Poesía Actual de Chile


DAVID BUSTOS (Santiago de Chile, 1972). Ha publicado Nadie lee del otro lado (Mosquito ediciones, 2001), Zen para peatones (Del temple ediciones, 2004), Peces de colores (Lom ediciones, 2006) y Ejercicios de enlace (editorial Cuarto Propio, 2007). En el 2006 obtuvo el Premio Municipal de Poesía por su libro Peces de Colores. Sus poemas han sido seleccionados en diversas revistas y libros tanto en Chile como en el extranjero. Actualmente es editor de la Colección de poesía Amarcord de Ediciones del Temple.

Selección por Gladys Mendía



LA ACCIÓN ESTALLA EN CUALQUIER PARTE

Un caballero pudiente agudo como un puñal
(Violeta Parra)

Se trata de una mochila llena de explosivos
un vagón de metro repleto y la decisión
que has pospuesto por años.
No es el fondo del fondo
ni menos la permanencia de un estado sombrío:
el frío en los huesos o la frecuente inseguridad
de las manos ahorcando una idea que tirita.

No, se trata de esto y esto,
una arruga en la frente el mal olor de las personas
el futuro crepitando
a la orilla de una carretera que no puede y debe
conducir a ninguna parte.

Es algo sin dimensiones que se expande y expande
algo que no existe, pero que he inventado para hacerte daño
para hacerte sentir la necesidad de volar esa mochila
en el vagón más lujoso de tu mente.
No es el apellido, es el nombre completo
que se quiebra en alguna parte
como todo lo que se une punto a punto
y toma cruel desvío.
No es el oscuro Pozo
es la mínima expresión de esta condena
un aliento que modula sílabas salivadas
salidas en un árabe poblacional
un árabe infanto-sexual.

Una secuela biológica
la historia mal resuelta de esta casta
castrando canibalizando
hasta el cansancio
el presupuesto de todos los sueños
mis sueños.
Insisto, no es un apellido es algo menos profundo
pero a todas luces dañino.




martes, 19 de octubre de 2010

CAMILO MORÓN: NARRATIVA VENEZOLANA


Alguien me Hizo Recordar que Alguna vez Vestí un Inverosímil Pantalón Rojo

Los colores mudables del corazón que lleva la cara rayada como un vísure bajo todos los soles, alimentado por todas las arenas de oro. El mito yacía descuartizado, hecho girones, putrefacto y pegajoso, bajo un montón de recuerdos de ocasión, de borracheras deshilachadas, sublunares, aromadas por la traición y la piel anónima de mujeres al paso, sin rostros ni nombres. Recuerdos cortados a tijera y pegados con engrudo, recuerdos verdaderos atrozmente maquillados de recuerdos falsos.

Aquellos pantalones rojos tenía la textura del olvido, justo la del olvido, como el algodón mojado de sangre al tacto, hasta que alguien una mañana andina me hizo recordarlos. Colgaron al sol pendiendo de las cuerdas de la memoria apenas un momento miserable. Luego se hundieron en el pantano de todo lo que creemos que nunca ha pasado. Aquellos pantalones que nunca fueron, como el unicornio azul de la vieja canción, eran testigos de otra configuración mental, más joven, ágil, veloz, hambrienta, un reptil caliente; una piel menos prejuiciada, porque los prejuicios crecen con los días y fructifican amargos con los años.

La estampa recuperada de los pantalones rojos limita los bordes de una caja de embalaje, acaso un ataúd. Eran pantalones regalados, acaso abandonados al paso para damnificados de lluvias tropicales de estación, pantalones de hermafrodita o andrógino, pantalones para vestir un bufón sangriento que recorre el mundo con una antorcha en cada mano y un cuchillo mordido entre los dientes. Cuando mi madre me preguntó si los quería, tuve el anuncio subcutáneo de querer olvidarlos, pero así y todo los acepté. Retamos en la gota suspensa del presente el ridículo del mañana…

Aquellos inverosímiles pantalones rojos pasearon las calles andinas acaso dos o tres veces, cuando los pantalones negros o azules o marrones estaban petrificados de mugre, sudor y dejadez. Cuando se es joven y delincuente (por experimentación) no se tiene tiempo para la batea ni dinero para la lavandería. Apenas hay tiempo para beberse el mundo en un solo trago largo, mientras se brinda a todo pulmón VIA EST VITA.

Alguna chica paramera me vio vestir los pantalones rojos y le quedaron tatuados en los ojos. Cuando ella me hizo recordarlos, ya eran historia antigua, convenientemente arrumada en una esquina polvorienta del cerebro, exiliados del guardarropa biempensante de mi condición de anarquista asalariado.

Recordé los pantalones rojos en otras esquinas distantes de la geografía de la memoria. Una cuando un amigo de nombre mafioso hablaba a mis alumnos de artesanías, y vestía él un llamativo pantalón color de sangre de toro. La otra en un bar de las afueras, siempre en las afueras, cuando vi, viajero del tiempo, humo sobre el agua, a Ian Gillan, vocalista de Deep Purple, vestir un pantalón color de sangre coagulada. Otra viendo un documental sobre la película Tiburón y veo con asombro a un burócrata vestir pantalones color de herrumbre. En un oleo fechado hacia 1826, el Mariscal Antonio José de Sucre, héroe de Ayacucho y otras matazones, lleva ajustado pantalón rojo. No era esto capricho ni extravagancia de joven militar, pues los grabados de la época nos muestran a los Mariscales de Campo y a los Capitanes Generales vistiendo el trapo rojo en las piernas tintas en gloria (Vide: Bueno, José Ma.: Uniformes Militares Españoles. El Ejército y la Armada en 1808). En estos tiempos de decadente machismo urbano y digital, de mucho sexo oral (habladera de paja), llevar pantalones rojos es un grito estridente o una estupidez, no así vestir con trapos rojos otras comarcas de la anal-tomía…

Y una noche, cuando desenterraba el cadáver putrefacto y pegajoso de Michael Jackson, constaté que llevaba los pantalones rojos que vistió en Thriller. “Sientes la mano fría y te preguntas si alguna vez verás el sol cierras tus ojos y esperas que esto sea sólo imaginación pero al rato oyes que la Criatura está arrastrándose atrás estás fuera del tiempo”. Fueron emboscadas de colores en la geografía sin mapas de la memoria. Ahora, vestido de gris plomo a flor de piel, llevo el corazón disfrazado de bufón con los girones de un pantalón sangriento.

Camilo Morón