miércoles, 20 de septiembre de 2023

CARLOS DE ROKHA: Poesía Chilena Actual

 


Carlos de Rokha (Valparaíso, 1920 – Santiago, 1962) Poeta y artista. Hijo de dos ilustres poetas —Winétt y Pablo de Rokha—, cultivó desde joven un estilo propio e inconfundible. Su poesía, poblada de imágenes alucinadas y fulgurantes, transita del delirio profético hacia un lenguaje de hondas reminiscencias nostálgicas y terrestres. Se relacionó con los poetas del 38 y del 50 y participó tangencialmente del grupo Mandrágora. Publicó sus poemas y ensayos en la revista Multitud, fundada por sus padres. Además de escribir se dedicó a la pintura, y sus estudios formales fueron diversos e irregulares: pasó por el Instituto Secundario de Bellas Artes, luego por la Escuela de Artes Aplicadas —periodo en el que realizó una exposición de sus obras visuales— y más tarde por el Instituto de Filosofía en Córdoba. Viajero infatigable, además de residir en distintos periodos de su vida en Argentina, vivió un tiempo en Uruguay y recorrió Chile de punta a cabo. En estos periplos trabajó como redactor en algunos medios periodísticos, como Noticias Gráficas de Magallanes en Punta Arenas, y El Ariqueño en Arica. Dejó dos libros publicados en vida, Cántico profético al primer mundo (1944) y El orden visible (1956). Este último fue su proyecto de obras completas, del que sólo alcanzó a publicar el primer volumen, con poemas de la década de 1934 a 1944. A estos dos títulos se suman otros dos, publicados póstumamente: Memorial y llaves (1964) y Pavana del gallo y el arlequín (1967). Aún inéditos, ambos poemarios recibieron el Premio de los Juegos Municipales Gabriela Mistral. Falleció, en 1962, por una intoxicación de medicamentos y alcohol, a los cuarenta y dos años. Su temprana partida dejó mucho material inédito, y si bien su trayectoria vital fue breve, la particularísima poética que cultivó en sus textos causó honda impresión en sus lectores y compañeros de ruta, a la vez que fijó su destino de poeta iluminado y oculto.

Selección de Gladys Mendía


A LA LLEGADA DE LAS HORDAS


Mi gran furor que os dará la medida de mi cólera.

En fuga al centro de mí y hacia mi ser en lo profético desencadenado.

Mi pasión por la noche, mi clarividencia.

De poseso coronado por Orfeo y la Bella.

Me hacen más libre, y a la vez, más dichoso y más múltiple.

Que vosotros que todo lo tenéis.

Que vosotros oh corsarios blancos.

Oh, hijos de un cielo que habéis adquirido al menor precio.

A quienes nunca he visto jugarse una última carta.

Como quien juega su cabellera a las aguas envenenadas.

En el supremo juego donde el que pierde es el gran victorioso.

¿No os espanta mi lengua de animal solitario?

¿O no es a vosotros a quienes ciega

mi ojo centelleante como un vasto océano?

Temedme. Alejaos de mí.

Soy el monstruo sagrado, el asesino celestial y benigno.

Aquel que jamás tuvo nada, pero aún así

Su inaudita riqueza sobrepasa a la vuestra.

Porque yo hice mío lo desconocido.

Yo he tocado los límites del infinito.

Y, por último, sabedlo!

Vosotros, que alardeáis de santidad y pureza.

Nunca estaréis tan cerca de Dios como yo.

Que soy la otra cara de Él.

Que soy la eternidad que revive en un hombre.

Que soy una edad desconocida.

Avanzando de himno en himno, de conjuro en conjuro.

Hacia el centro de mi corazón.

Hacia los mundos puros, los mundos malditos, los mundos negados.

Donde he llegado a ser

Un titán bronceado por los sueños

Y que marcha, sí, que marcha.

Abrazado a su abismo como a un postrer anhelo.



15


He pensado en los ríos que nacen del amor,

Y en las vastas ciudades que se forman a su hondo conjuro.

Cuando el hombre quiere ordenar su visión del abismo,

y todo nos ciega como una luz que volviera de los más lejanos pasos:

porque entre ellos retorna la madre con un infante muerto entre sus brazos.

He pensado en las muchachas de otros días y en el vino de otras tardes,

que ahora me parece más amargo, porque tus manos no lo sirven.

Y una lágrima seca hiere el pan del héroe.

Mientras tus manos se alzan y extienden un mantel sobre la mañana.

(El mantel cae en la silla donde mi padre se ha sentado a esperar tu regreso).

Y también te digo que el pan este año ha tenido otro sabor.

Porque tus manos no cortaron la bíblica medida.


(Yo sé que tú rebanas algún pan para “Dios”).

Porque tu muerte ha despoblado el mundo.

No duermes: siembras, sin embargo,

La tierra de los sueños. Estás inmóvil, pero avanzas,

De pie como un sacro río contra el muro del tiempo.



RITO


En este cielo del sueño te oigo cavar cerca de mí

el puro presagio de una tierra de lámparas.


Este génesis dormido, este ensayo en el agua.

Tu júbilo liberador, identidad del asombro

A qué viajeros con dulces óleos baña

Si los alquimistas del mar cierran los libros,

Si niños vitrean conejos de Viernes a Sábado y demás?


Yo veo a un malayo asesinar en tus manos perlas líquidas

hojarascas de arpilleras el follaje de un charco quemado por la luna

donde me lava el verde aceite de tu noche bebido en el té de los deudos.


Donde te pido yo sino un libro de sueños del mar?

Dame, te digo, un puñal de alabastro para el viaje.


Te pido un paseo bajo tus pestañas que imitan las ruedas de un molino

Que se cierran y se abren según el movimiento de las hojas

Pero que se incendian en el germinar de los dorados frutos.


Tus pestañas sombrean las calles absurdas, abaten los acantilados.


Tállame, niña, en el calendario de tus ojos egipcios

Espérame, duquesa, a ese mudo presagio de la tierra de los pinos.



DE PROFUNDIS


Desde este amargo té me vuelvo hacia el demonio

apenas entrevisto por el insomne huésped

que soy cuando de noche entro en mi ser visible

cansado de mi viaje y de la larga

locura que hace tiempo absorbe mis dos sienes.

Me vuelvo a la ceniza y al vaso de mi sangre

con las venas ardiendo y el rostro amortajado,

más la espalda llagada, doliéndome el costado,

dando perdón al denodado

enemigo que soy de mí mismo y de mi alma.

Solitario por dentro, fatigado,

sin esperanzas como

un Cristo de abismal perspectiva

sobre el madero de mi columna vertebral crucificado

por los días que vivo buscando una respuesta

a la angustia que asalta mis ojos cuando duermo.

Oh deudo, oh desolado

centinela del tiempo, vigía sumergido

en la sangre, en el vino y la tierra: ese soy,

esa es mi sed, esa mi hambre, esa mi soledad, esa mi angustia,

y en mí mismo me acabo

por dentro como un viento que hacia el cielo se impulsa.

Desterrado por siempre, solemne, vertical, desterrado

como un águila ebria sobre una isla en llamas,

ya sin ansias de todo lo vivido

me vuelvo a la vigilia de mi cáliz,

y nada, nada espero de los días que vienen,

sino una azul espada que me destroce el alma.



CÁNTICO DE LOS ADIOSES


Me desarraigo, a veces, de todo lo que existe.

Fantasmas amarillos dan vuelta la cabeza.

Cuando me ven volver de todas las distancias.

No soy yo el que regresa desde otros vanos círculos asido.

Apenas mi sombra,

colgada del anillo de Saturno, dios de los olvidos,

que llora en los rincones el rotro de los hombres.


¿Quién fui? ¿Quién soy?

¿Quién por mí hizo sonar música de aguas ausentes

Y de flautas que un viento extraño cada vez destruía?


El pasado es un río que acaba donde empieza.

El viajero una sombra que pasa sin ser vista.


Pero ¿qué hontanar se nos da entre las manos?

¿En cuál voz queda exacto como una clara pupila redimida?


Nada tengo sino hojas de efímera estructura

en que el sueño que vivo se hace polvo

y arenisca salobre bajo la tierra que me niega.


Al bajar la colina de nubes y de dados

olvidaste el retorno

de ese arroyo de cielo que suena en tus pupilas

y llama y nada es nada: solo terribles

elegías donde un desconocido

júbilo me señala entre los seres puros

que a nada advienen sino a rescates hondos

sacros como la luz donde se abre el cordero.


lunes, 18 de septiembre de 2023

WINÉTT DE ROKHA: Poesía Chilena Actual

 


Winétt de Rokha (Santiago de Chile, 1984-1951). Nació con el nombre de Luisa Anabalón Sanderson. Fue hija del coronel de ejército Indalecio Anabalón y Urzúa y de Luisa Sanderson Mardones, cuyo padre fue el políglota y gramático Domingo Sanderson, traductor de autores clásicos, como Safo de Lesbos y Ovidio. Cursó su educación básica en el Liceo N.º 3 de Santiago de Chile. Su incursión en el medio literario comenzó con la publicación de versos de influencia parnasiana y simbolista ofrendados a San Francisco de Asís, en la revista Zig-Zag, que firmó como Luisa Anabalón Sanderson. En 1914, decidió enviarle un poemario de su autoría, Lo que me dijo el silencio, al poeta Pablo de Rokha, bajo su seudónimo de entonces: Juana Inés de la Cruz. El 25 de octubre de 1916 Luisa Anabalón y Carlos Díaz Loyola, nombre real de Pablo de Rokha, se casaron. A partir de entonces, ella adopta el seudónimo literario de Winétt de Rokha. La familia se conformó finalmente con sus hijos Carlos (poeta), Lukó (pintora), Tomás, Juana Inés, José (pintor), Pablo, Laura y Flor. Carmen y Tomás murieron cuando eran muy pequeños, mientras que Carlos y Pablo, murieron ya mayores y de manera trágica. Sus obras son: 1914 - Horas de sol, 1915 - Lo que me dijo el silencio, 1927 - Formas de sueño, 1936 – Cantoral, 1943 – Oniromancia, 1951 - Suma y destino. 

Selección de Gladys Mendía


X” de Lo que me dijo el silencio


El llorar de un crepúsculo

viene a mí estremeciéndome

con temblores de estrella

y rumores de fuente.

 

Palidecen las rosas...

Vagas incertidumbres

me cogen, lentamente,

y en su regazo me hunden.

 

Pienso en el desplorado

amanecer de un sueño

que refleja sin fiebre

la luna de un espejo...




 “Santiago ciudad”, de Cantoral


A tus orillas cantan aún las ranas azules,

sin embargo en tu corazón la multitud busca ritmo

con ese acento eléctrico, ardido y cosmopolita del avión en vuelo.

 

Ciudad americana, atrevida y triste,

te ciñe un cerco alto, desde donde te cae

aquel influjo blanco y boreal de las nieves calladas.

 

Torres como llamas, rascacielos que iluminan la tarde,

avenidas hacia el horizonte, plazas amorosas, campanarios de ayer,

alegría de fuentes italianas, estupefactas, erguidas aguas inocentes,

que columpian una ley que tiembla,

aguas de atardecer republicano

armonía del mar, disminuida,

para los hombros de las mujeres rubias,

para las piernas escolares de los niños.

 

Hacia los barrios que se multiplican ingenuamente

avanzan las gentes preocupadas, presurosas de la propia vida.

 

Repercuten los tranvías por los puentes viejos de la Recoleta,

y allí, a la virtud de las Iglesias y las casonas vastas,

sentimos aún en las pupilas de las rezadoras atávicas,

abalorios y sueños, mezclados a un niño-Dios, de esperma sonrosada.

 

Ahora se asciende con el corazón sencillo y sereno,

el hogar recóndito, el nido de cada uno, perdido

entre las abejas y los parronales de Pedro de Valdivia,

Ñuñoa, El Nido, como en las palomas, las hormigas o los no-me-olvides.

Parque, Quinta, Alameda de las Delicias,

la bella e incierta peregrinación del espíritu.


San Francisco, casa del Mito, no interrumpe el poema,

que se perfuma a sus pies, por ese ramo eternamente vivo de las azucenas aldeanas;

Santa Ana, en cuyos pórticos jugaron los abuelos y las golondrinas de antaño,

y se bautizaron las muñecas de todos.

 

Guardas el camino de los días evaporados;

aquel sauce de cobre oxidado, aquel banco municipal,

su sombra y mi sombra iluminadas de piel nueva y de esperanzas,

la tarde, copiosamente estrellada de rumores y azules románticos,

y, como un loto negro, imantado, abierto,

la noche remota, abrigadora, encerrando la cantidad de nuestras almas.

 

Ardiendo, como la palma de una mano franca y tendida,

te das al emigrante. Mucho andar, mucho andar...

como en los cuentos, que no llegaban nunca al pueblo de las cúpulas de oro.

 

Álgebras de automóviles te abrazan y te poseen,

teatros y cines encienden su bullicio, y los cartelones pronuncian:

Greta Garbo, la nórdica iluminada y pálida.

 

Te sumerges, te elevas, te extiendes, te lavas el alma,

                                      ciudad.

 

Hombres y mujeres-niños, tras las tiendas occidentales,

Gath & Chaves, impasible,

mirando las cinturas de plata del Oberpaur,

el almacén lírico y tranquilo, arquitectura desenfadada,

con el número armonioso del pincel de Matisse.


Desde mi vida, miro el San Cristóbal,

el cerro que justifica tu estilo como el acorazado en el puerto;

aquellas lucecitas que juegan a la ola,

los reflectores que, minuto a minuto, se entreabren como párpados,

y blanca, sola, muda, en lo más alto, la leyenda de Jesucristo,

blanca, sola, muda.

 

En tu jardín de muertos, acostado entre estatuas pálidas,

marchito está el mejor ramo de flores de nuestra casa,

y la figura herida que durmió sobre mi corazón una Primavera.

 

En la juventud de tus parques, yo escribo

caballos y aspectos de novedad, llevando la línea de nuestros héroes,

caballos de mármol, en cuyas fauces abiertas,

penetra este viento que tú y yo amamos, mariposa en Febrero,

la pezuña hincada y decidida,

los ojos con luz cóncava, llena de amaneceres y noches inmensas.

 

Tu orgullo provinciano escala el Santa Lucía;

recuerdo mi alegría de siete años,

correteando a la rueda saltadora

y cómo veía abajo un mundo pequeñito.

 

Santiago, ciudad,

despierta y dormida, dignamente, en ti misma;

abres las puertas;

piscinas, canchas de tennis, cárceles, fábricas,

el rico todo de oro,

el pobre con su atado de sombra.

 

Se produce vida en ti, como en Constantinopla,

en París, en Londres, en Ginebra, en Nueva York, en Roma;

te visitan los acontecimientos y las estrellas,

y acaso una canción sin nombre

o el nombre milenario de una canción...




Poema del Valle pierde su atmósfera


*

La lira de algún satélite desfigurado, espoleado, declamador,

rompe circunferencias que arden, rotas; techumbres dan alivio

con un cohete de ultratumba en tapias aldeanas, coloradas.

 

Con su contorno sucio, de librea, una ciudad creciente, fábricas

con amplitud de calles hermanas por argolla y futuro de llagas:

faenas, hipotenusa, basura, movimiento en combate de agonía y círculos.

 

Completa humareda sorteada, panales al descubierto, enseñoreándose serenos, dolidos,

sobre promontorios sentados, indefensos en el pórtico carcomido.

 

Cartelones-lunados. Por el Guayas, la bagatela, los peligros,

la intermitencia, los telegramas y el rubro de alcatraces malditos.

 

Algo gime cruel, agrandado, en la garganta dentada, sanguinolenta,

de algunos peces cuadrados, artesanos, en navío de signos actores

la voz bordada de la criatura fea se mata quintaesenciada,

medrosa y espectacular en su desarrollo barato y vacante.




Miel y laureles de Chile” de Los sellos arcanos:


Brilla en los pájaros del Sur su nombre de oro y plata,

los niños lo transmiten en las pizarras escolares del asombro,

en cada nueva canción está presente,

las mujeres calladas lo llevan en la flor de sus corpiños negros,

y los héroes de ayer lo empenacharon entre sus cascos y sus almas de piedras:

porque Chile es así: liviano como el ala del mundo,

inmenso, enriquecido por la paloma internacional de lo sencillo,

igual a un violín en el violín del viento,

florido de amor en la mirada de la doncella en celo,

fuerte como la razón y el dolor del destierro.

 

Cruzada de poesía en arco iris

entre espectaculares vuelos interoceánicos,

recordé la flecha azul de sus tierras delgadas

besadas, íntegramente, por la carta-espuma del mar

y por la intacta sinfonía insular de los ríos.

 

¡Cómo en su corazón-campana cruje al rebote del trueno

que se extiende con sonido y esplendor en su mapa de fruta,

entre pezuña pavorosa de caballo salvaje

y ubre estremecida de vacada en fuga!


sábado, 26 de agosto de 2023

MELISSA SAUMA VACA: Poesía Actual de Bolivia

 


Melissa Sauma Vaca (Santa Cruz - Bolivia, 1987). Poeta y fotógrafa. Premio Nacional Noveles Escritores de la Cámara del Libro de Santa Cruz, 2017. Ha publicado Luminiscencia (2017, Editorial 3600 y 2017, Editorial Llamarada Verde) y Maneras de parar el mundo (2021, El Ángel Editor y 2022, Editorial Llamarada Verde). Cursó el Diplomado de Escritura Creativa de la UPSA y forma parte del taller de poesía Llamarada Verde.


Interludio

Crecemos con cada mirada cada palabra cada abrazo
crecemos en la duda y en la desesperanza 
en la algarabía y en la dicha también se crece
y en el miedo y en el horror y en el llanto.

Nos crecen los cabellos y las pestañas
en la noche mientras dormimos, 
y al levantarnos y sabernos vivos
sin saber hemos crecido 
un paso hacia la última parada.

Crecemos en soledad y en compañía 
– y también, 
   y no es lo mismo –
crecemos solos y acompañados.

Crecemos en el encuentro y en la distancia
en el asombro y el espanto 
en el trayecto y en la estancia
en la risa y el desamparo 

y la nostalgia nos crece una sombra azul bajo los ojos 
y a veces el amor, y a veces el olvido, nos crecen alas

y en este crecer sostenido decrecemos sin pausa
tal así que en cada alumbramiento morimos
y en cada duelo 
se nace.




Viendo llover 


He sabido de la paciencia del agua 
que talla gota a gota el cuenco en la piedra.

He esperado tantas horas
–la cabeza apoyada en las rodillas
el cuerpo hecho un recinto 
los ojos en silencio –
la palabra
–basta una, a veces–
que revele la profundidad de lo vivido.

Y he sabido también de la paciencia de la piedra 
que tantas veces presintió sobre su espalda el golpe de la gota.

Aún espero. 





Personas bajo la lluvia

Los que corren por el mito aceptado en la infancia
los que se cubren la cabeza con la lista del mercado 
o con un sobre de papel madera tamaño oficio
los que intuyen que cubrirse es inútil 
los que leen poemas bajo orondas gotas 
que resbalan deformando el libro
y dirán que las figuras que la tinta escurre
son también poesía
los que huyen de la lluvia como de cualquier cosa 
que acaso pudiera alterar el orden
los que buscan el sol en el reverso de las nubes 
y miran a contraluz esperando el arcoíris
los que siempre llevan un paraguas bajo el brazo
los que venden paraguas
los que usan impermeable aunque no llueva
los que tienen la piel impermeable
los que son lluvia
los que se quejan del clima y ponen mala cara
los que hacen como si no hubiera llovido
los que bailan
antes, durante y después de la lluvia
los que cantan
para que llueva, para que deje de llover, porque ha llovido
los que ven llover desde la galería y escriben sobre la lluvia
los que clasifican las gotas en tamaño, velocidad y frecuencia de caída
los que catalogan a las personas en situaciones de lluvia
los que escriben tratados de supervivencia a diluvios 
los que ponen música y suben el volumen a la melancolía
los que escuchan en la lluvia una música 
los que esperan que dure poco porque tienen que hacer mucho 
los que no perciben que ha llovido
hasta que el río desborda
y hay que mudarse de país
y ya no hay tiempo
para hacer maletas
o despedirse 
de los vecinos. 




Antología de abrazos 

Me gustan los abrazos que inventamos
abrazos que elevan los pies del suelo
abrazos a desnivel, abrazos delgados
en los que uno se abraza a sí mismo
 
abrazos pequeñitos, encorvados, diminutos
abrazos de ojos cerrados y brazos oblicuos
abrazos indecisos de tres golpes en la espalda 
abrazos imprevistos de arribo y despedida

abrazos intermedios
con uno o dos besos en la mejilla
abrazos que no quieren dejar de ser abrazo 
y se renuevan en cuanto terminan

abrazos de cuerpo entero
de manos sobre los hombros
de manos en la cintura
abrazos de bolero

abrazos que se cantan, que se dicen
que se escriben al pie de una carta
que se envían a través de otros brazos
y esperan largo tiempo para llegar a destino

abrazos con saltos y giros 
con inclinaciones laterales
como árboles al viento que se abrazan
abrazos que despiertan y abrazos vespertinos

abrazos que acompañan
cuando ya no está el abrazo. 




Todo en todo 


Pensar que todo está hecho de lo mismo:
de nosotros

que en el suelo que piso estarán disueltos 
los huesos de mis hijos 
cuando yo no sea más que una frase escrita 
en lo que un día fuera parte de un bosque.

Que todo cuanto existe está formado 
de una misma materia en distintas proporciones
y un pequeño ejercicio del azar es el que determina 
que la rosa sea rosa y el lince sea lince.

Que en cada átomo de mi ser está contenido 
el vacío contenido en los átomos de cualquier otra criatura
que es esa la sustancia que compartimos 
lo que nos separa y unifica. 

Que en la tierra y el agua y el aire y el fuego
está la bitácora del pasado y del futuro 
y todo lo que construimos es parte de algo que ya existe 
y seguirá existiendo cuando nos hayamos ido. 

Que no nos vamos nunca 
que seguimos transitando el fluir de la vida 
como fósil, nevado, nube o río.  



jueves, 24 de agosto de 2023

ROLANDO KATTAN: Poesía Actual de Honduras

 



Rolando Kattan (1979, Tegucigalpa, Honduras) miembro correspondiente de la Real Academia

Española de la Lengua y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Entre los

premios a su obra destacan el XX Premio Casa de América de Poesía Americana, el Premio

Nacional de Literatura Ramón Rosa 2022 y el Premio Bucovina de Poesía 2023 otorgado por la

Academia Romana. Además es Premio al Voluntariado Cultural 2011 y el Reconocimiento Ohtli

de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México en 2016. Entre sus libros destacan Animal

no identificado (Editorial Gattomerlino, 2013); Acto textual (El Ángel Editor, 2016); El árbol de

la piña (Cisne Negro, 2016); Luciérnaga de otoño (Cisne Negro, 2018); Un país en la fronda

(Raffaelli Editore, 2018); Gabinete de curiosidades (La Garúa, 2020), y Los cisnes negros (Visor

Libros, 2021). Su poesía ha sido publicada en revistas, libros o antologías de más de cuarenta

países y traducida a quince idiomas.





IUS SOLI


El verdadero acto del descubrimiento no consiste en salir a buscar nuevas tierras, 

sino en aprender a ver la vieja tierra con nuevos ojos. 

MARCEL PROUST



Al fin encontré mi desaparecida patria,

refugiada en las páginas de un incunable.

Reconozco en su luz izada como bandera,

un faro que alumbra sus primeras calzadas.

Los niños que inventaban toponímicos

para adueñarse de los solares baldíos,

tienen ahora una aureola sostenida

a la altura de los herederos de un reino.

Soy oriundo de Tierra Firme.

Patria imponderable.

De una cordillera que emergió de los libros,

como si fuera una costilla del Atlántico,

para que los poetas bauticen a sus pájaros

y escriban una ley en armonía con su canto.

Mira, sus carteros van al remo en la canoa

y adentro de ballenas de vidrio van sus cartas,

igual que las botellas que lanzan al mar

los soñadores, los amantes y los náufragos.

Tiene la firmeza de las Ítacas de jade,

pero húmeda cuando se derrama en el ojo

del emigrante de otra tierra que nos sueña.

Hace con fronteras y límites lo que se hace

con cualquier hilacha; por eso soy de Darío,

de Molina, de Eunice Odio y de Roque Dalton,

y en las páginas de mi pasaporte se leen

inéditos de Eugenio Montejo a Tierra Firme.

Dicen que otra sería la historia si los niños

hubieran tenido catalejos y astrolabios

en lugar de cuchillos y ametralladoras.

Mi dolor antiguo no destiñe la caoba,

ningún odio gotea las oxidadas láminas 

que dispuse para no mojarme el corazón.

Porque el nombre de mi patria ha sido revelado

y las gaviotas lo presumen al mapamundi.

Soy de la arcadia que surge después de la hambruna,

el rocío que deja el huracán en la selva,

grito de triunfante en la vigía: Tierra Firme.




TRATADO SOBRE EL CABELLO

todas las cosas grandes

inician con una idea en una cabeza despeinada

cómo pudo —por decirlo así— crear Dios el universo con una cabeza engomada

¿qué habría hecho Noé adentro del arca con una cabeza de mayordomo

o Jesucristo en el monte si sus cabellos no se hubiesen entrelazado con el viento?


Heráclito salió del río tan despeinado como Arquímedes de la bañera

y a Sócrates y a Platón les crecía sobre su calvicie una cabellera desorbitada


es sabido que Homero murió arrancándose los pelos de la desesperación 

y que Cervantes Quevedo y Góngora se peinaban

como Shakespeare solamente el bigote


Juana de Arco ardió más fuerte en la hoguera por su aguerrida cabellera

y en la antigüedad

los primeros hombres en sembrar el café y el maíz

los chamanes y los sacerdotes 

los que tallaron en las lejanas piedras los primeros poemas

todos son parte de los anónimos despeinados de siempre


después

a Newton lo despeinó una manzana

a Tomas Alba Edison la electricidad le puso los pelos de punta

Bach disimulaba su melena con una peluca

y Leonardo Da Vinci se despeinaba también las barbas


todos los ángeles del cielo las hespérides las musas 

las sirenas y las mujeres que saben volar

todos y todas tienen extensas cabelleras destrenzadas


en la historia reciente

Albert Einstein fue el más despeinado del siglo XX

Y Adolfo Hitler por supuesto

el de los cabellos más ordenados

pero las cosas grandes también son cosas sencillas

como aquellos que llegan su casa apresurados por despeinarse

o los niños cuando aprenden del amor despeinando a sus madres

es obvio que los sueños nacen en las cabezas dormidas

porque siempre están despeinadas


y los amantes que sobre todas las cosas se despeinan

cuando se besan y se aman

por eso les digo:

hay que desconfiar de un amor que no te despeina





QUASI UNA FANTASÍA 

De niño, mi madre, amante secreta de la papiroflexia, exploraba junto a mí el límite exacto de las palabras para que la justicia y la verdad no perdieran el equilibrio en los endebles renglones de la vida. En la adolescencia caí de bruces persiguiendo a un perro que escapaba con mi escapulario de verbos y adjetivos, y al morder el lodo descubrí el sabor añil del abecedario. Vi naufragar los barcos de papel que fleteaban nuestras definiciones, mientras vestido de blanco, Zurita advertía: si perdemos la guerra de los significados, lo perdemos todo.

La poesía es la última barca que todavía sueña, por eso confié a su vela, mi viaje al anochecido puerto de los hechos. Atrás dejé la indecible sinfonía de los girasoles en el campo y volví a las antiguas formas de venerar los astros: las cicatrices son constelaciones y es mi familia la noche estrellada. 

Al final aprendí a conmutar las palabras. Con mis alas rotas hice un nido a la esperanza. Con la madera de mi cruz terminé un modesto gabinete de curiosidades y emprendí mi colección de piedras y asombros que puse sobre el indeleble mármol de los libros de la caridad. 

Ahora, ya de vuelta en la pequeña isla donde reino, se filtra el Claro de luna de Beethoven. Abro la ventana de mi casa para contemplar el oscurecido paisaje y encuentro que la noche sostiene únicamente, una luz cenital sobre el primer amor. Tal vez por eso envejecemos, para sentir en el espinazo el horizonte desnudo.





OVEJAS VERSUS CISNES 

Las ovejas son en el mundo al revés las nubes que contemplan las estrellas cuando se tienden boca abajo en su oscuro patio. Para nosotros las ovejas son de día, un dios hechizado de mansedumbre y de noche, se convierten en preguntas, en dientes y pendientes que nos muerden las uñas y andan a sus anchas en los patios del insomnio. Contar ovejas es un conjuro contra la tiroides de un demonio. Por eso las mañanas nos animan a sacarle punta a los lápices, a que vuelva la dentadura a la boca y llevar el rebaño de ovejas al manso corral de la rutina. Pero vuelve la noche y las ovejas me miran con sus ojos mansos y redondos y preguntan: ¿Por qué veo en tus manos las manos de tu padre muerto? ¿Quién duerme en el espacio vacío de tu cama?

¿Cómo duele un equinoccio en la costilla? ¿Retoñará, alguna vez, un fruto de las palabras que plantaste como un árbol imposible? ¿Por qué sueñas con relojes de arena, si todo se va haciendo polvo?

Hasta que descubrí los cisnes negros y en lugar de las nubes vi el inmenso lago del cielo y cada cisne con su hermoso cuello de pregunta infinita me abrazaba extendiendo las alas. Los cisnes negros son en el mundo al revés, las estrellas que las nubes contemplan cuando se pasean por los lagos. Para nosotros un cisne negro es un manso ángel que no interroga, ni responde: en silencio y junto a ellos, somos nosotros la pregunta y te deja soñar con relojes de polvo, con el polvo que va quedando de tus días.





LOS POETAS POLACOS

De alguna forma la intimidad del agua disolvió la actitud en fuga del camino. Los senderos se multiplican como un vaso de agua estrellado contra la noche. Los poetas polacos se acomodan y brillan contiguos a La Cruz del Sur. De alguna forma la intimidad del agua disolvió la actitud en fuga del camino. Cracovia tiene ahora una avenida asegurada a mi pecho. Todos los barcos de Danzig navegan hasta mi muelle. La inercia es una abeja que dejó de zumbar en el horizonte. Cada llave abierta me repite un verso de Różewicz: La más tangible descripción del pan es una descripción del hambre. El error fue no girar el mapa. Darle al norte un sueño con nombre propio. Herbert descubrió el engaño, vivimos dentro de un armario y las polillas son, en verdad, los cometas que nos sobrevuelan. Ahora un cisne negro ocupa el lugar del cancerbero y aconseja: nunca un disparo atravesó un poema de Szymborska. La poesía es más de fiar que un chaleco antibalas. También lo es más que cualquier sendero. Por ella se hace posible volver a casa. A salvo. Todos los caminos ahora son de regreso.




EL ÁRBOL DE LA PIÑA

Al salir de Palestina, quería encontrar en estas tierras el árbol de la piña. Imaginaba un árbol frondoso, parecido al que situó Dios en el paraíso.

Abandonó su tierra con la esperanza de una nueva y no encontró lo que esperaba. 

En este poema, mi abuelo, puede recolectar piñas de la copa de un árbol, porque en un poema pueden crecer incluso los árboles que no existen, los milenarios frutos y hasta el país natal.

Sin embargo, insisto. Lo que quiero que aquí retoñe no es el árbol, sino la esperanza de que todavía hay un sitio donde abundan los árboles de piña.


ROMMEL MARTÍNEZ: Poesía Actual de Honduras

 


Rommel Martínez - Comayagüela, Honduras. (1989). Poeta. Editor por Honduras de la revista de literatura centroamericana Arspoética 1970.  Premio Nacional de Poesía Los Confines 2018, con su libro: A712 [para leer de viaje] -Editorial Universitaria. A712 es la primera parte de la trilogía: Profecía de la luz, junto a; Fantasma (Ediciones El Pez Soluble - 2022) y Pólvora (inédito). Ha publicado sus poemas en revistas digitales e impresas, antologías, plaquettes y en blogs de varios países latinoamericanos; España y EEUU. Dirige los ciclos de entrevistas EL Fuego Paralelo, platicas entorno a la poesía. Ha participado en festivales y encuentros literarios dentro y fuera de su país. Dirige El Desahogo del Pez: blog, revista literaria, y canal de YouTube. Fundador de Proyecto Fantasma: Poesía + performance + música experimental. Tiene una relación de amor y odio con la metadata y ama los perros aguacateros.

Selección de poemas del libro Fantasma





Los objetos que causan alegría también son los enemigos de mi mortalidad. Justo pienso en una fotografía y la soledad. Justo pienso en una fotografía y la soledad. ¿Qué tendría que decir ante esas enormes ganas de dejarlo todo atrás, creyendo que no me importará? Definitivamente, debería tratar con todas mis fuerzas ser consecuente ahora, sin embargo, el tiempo es un espectro también como desde un espejo con el que enfrentarme, mientras pasa diciendo: “Hola pequeño idiota. Sólo vine a distraerte para que no entendás nada”. Los objetos entonces que causan alegría son también una espiral magnética,  horizonte de sucesos llevándome a rastras hacia una parte de mí que no conozco. Soy espejo roto que no engaña más a quien lo ve, entre todo el agujero de la noche como un puente, Einstein – Rosen, y la luz que soy es también la oscuridad que soy como una entidad que no sabe ya de su nombre. Los objetos que causan alegría justo son, una fotografía con mi espíritu dentro, y la soledad. Justo son una fotografía y la soledad.


Parábola 
Todxs corren desde la lluvia, que levanta el olor del polvo humedecido con el suicidio de un lugar en la memoria. Exoplanetas gritan las líneas de la relatividad y el tiempo, las hacen llegar a mí, tangentes me dicen y me tocan luciérnagas proyectiles; me acarician hembras rape trayendo la luz también desde el fondo, del profundo azul que es mi corazón: profundísimo risco donde alguna vez unos enamorados primigenios decidieron argumentar con la vida, la eugénesis de la muerte. Todxs corren, tropiezan con la luz que cae, sacuden la sorpresa de la guerra contra la existencia. Todxs corren y deciden descansar como estatuas diseminadas por el desierto ideológico que es la ciudad efervesciendo. Veo el neón en las nubes, yo vuelvo a casa se dice, a cualquier lugar espero, más no a la casa de mis sombras. Todxs corren. También tiemblo por mi cuenta bajo la lluvia de las luciérnagas, desde que entendí la espiral del frío.


Abisal
La espalda sabe el eco del vacío que crece desde el interior. Episodios de oscuridad en mi osamenta y el corazón es neón. Pez de las profundidades. Neón. Devorando el espíritu como quién ama, consumiendo el mundo de felicidad, pero al revés. Los brazos pesan más que los milagros de un profeta. Mi nuevo look es neón. Soy neón, abisal y caníbal neón. Depredando, acechando la figura infinita de su amor frente al espejo; Soy neón en la oscuridad, neón abisal, abisal y caníbal. Neón. Corazón roto de luz, derramándose en la oscuridad
Neón
Solo. 


Tablilla IX columna I
(Guilgamesh llora a su amigo [muerto], vagando por la llanura)

Supe que mi amor era un arrecife herido por los turistas, desde el ruido del mar. Supe, y mi amor fue silencio, supe, pero la llama se llama ahora sombras y frío. Mi amor transita rejuvenecido por los callejones apestosos a miados, güaro, semen, prostitutas de templos inorgánicos y poemas muertos. Supe que el temor se deshacía como la piedra súper fina mientras sueña con la dinamita. Uno es el otro cuando el otro también es uno. Los héroes y la gloria del periplo, cadáveres tratando de no morir  por los ciclos de los ciclos. Supe que mi amor era el bosque y el viento, entonces morir era la vida. Lo supe.



Pensé rotundamente en la transfiguración de mi espíritu, sus dimensiones, su quantum como una realidad solipsista. Un constante sonido que crece y la conciencia parece algo que se toca y no se ve; se sabe del río con tan sólo oler las piedras a unos metros de distancia, y la distancia es ambigua mientras se sueña. Supe de lxs amigxs en otros planos países formas sueños osamentas. De la ternura como una pareja, de la locura como una pareja en donde depositar amor, de enfrentar a un espejo contra otro y decidir quién es el reflejo de cuál; de la niñez olvidada y recurrente. De la pregunta siempre valida de qué es esta aproximación en la que me he convertido. Pensé definitivamente en la inexistencia de lxs otrxs, inequívocamente de mí. Un constante sonido que crece y las huellas del camino en la osamenta, entonces nadie piensa ya nada honesto de sí hasta ser documento del libro de los rostros, alimento de los pájaros azules también en el video; migajas por el camino de un constante sonido que crece. Es cierta la forma ésta de tu amor lo sé, sin embargo, no supe de algo así jamás y está esa amenaza sigilosa de merecerlo o no, de comprenderlo o no, como ése constante sonido que envuelve. Un constante sonido que crece. Se tiene la edad de la realidad y la realidad es E=mc2. Definitivamente salvar mi vida es enfrentar la inexistencia y perder la pose y ganar la forma de morir, adoptar la intermitencia como única realidad posible; entonces ya no se piensa nada honesto de sí, no más que la fuerza natural. Digo también que las lágrimas caen por su propio peso, y se llora ante un cadáver no por el conocimiento de su ausencia, sino por sabernos próximos al silencio; como un sonido un sonido un sonido como un sonido   un sonido un sonido un


Selfie a un espejo

Desde que supe que mi corazón era un aeroplano, vi mi atemporal final sobre la luz de la soledad; mi corazón posmodernista, hipster amor lipotimia de las teorías cuánticas y las horas marchitas, en las dimensiones alternas de estos multiversos paralelos aquí. 

Oh, padre. 
Padre, desde que supe que estabas al borde de la desesperación, vi tu sombra y creí que era yo en un lago, preguntando improperios como Narciso. Oh, padre, tu corazón está desnudo en la estepa, danzando alrededor del fuego animal, como sopa y organismos y alcohol y oraciones que estallan igual que un rayo en la conciencia. Oh, padre. Padre desierto; en 1989 morí de soledad y por eso me ahogué en los termómetros y terremotos y el cordón umbilical. Vos lo supiste y pensaste entonces en los espejos, ocultaste esa angustia de nuestras madres; pero fui hecho de muerte y resurrección, por eso mi fe y mis relojes de sodio y dramatismo, magnetos de eternidades enfermas. Oh, padre: nuestras madres son hogueras que nos hacen armonizar con las placas tectónicas de la consciencia. Las huellas digitales las huellas digitales, y las suelas como una gráfica de la bolsa de valores. Somos los deshidratados, los sedientos de químicos y biocráteres de materia oscura, de energía oscura de vitaminas caos ciudades indígenas caos indígenas llameantes oasis caos indígenas raíces hipster del corazón como quien no sabe entender su tiempo y es arrastrado por el viento entre todo el agujero de la noche      …ooooooh…    desde que supe que mi corazón era un submarino, vi mi nacimiento y sufrí del gozo de esta soledad que será mía porque seré suyo hasta el final, así como vos serás vos hasta el final, oh padre, tu corazón está roto, tu espíritu está roto y el lamento de tu enfermedad es el canto del desequilibrio: Uuuuuuuuuummmmmm….   …..nnnnnnnnNhhhhhhhhUuuuuuuuuuummmmmmmmmmmmAaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiMmmmmmmmNnnnnnnnnnnnnhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh……………    OooooHhhhh, padre, mientras no vivás, yo seguiré envejeciendo……………..   MMmmmmmmmNNnnnhhhhhhhhhhhhh...  Todo amor bajo la lluvia tiembla y gime. Todo laberinto es el mar atrapado en un ramillete de sangre y neurosis como los corazones…. OOOOOOHHHHHH, PADRE; nuestras madres son nosotros, pero reales……  UUUUuuuummmmmm NNNnnnhhhhhhhAAaaaaaaa… El lamento que llorás padre, es el que implorás con cadencia y terremoto. Pero el lamento, es el amor reventando, lanzando esquirlas a cada molécula de la ficción que es la consciencia, padre. La flor es un signo de la iluminación; entonces la sequía de nuestros aminoácidos parece páginas de silencio, o globos oculares en un estanque de sombras. Destellantes globos en el color desnudo del alfabeto y las aspiraciones, que son llamaradas de la manifestación, oh padre, tu corazón está roto, tu espíritu está roto y el lamento de tu enfermedad es el canto del desequilibrio: …OOOOOOOOhhhh MmmmmmmmmmNNNNNnnnnnnhhhhhhhiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…………………………
Una flor es la luz en la mano de la historia, padre. Flores llameantes son nuestros espíritus y pólvora oooohhhh padre.  
NNNNNNNMMmmmmmmmhhhhhhhhhiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii      iiiiii          iiiiiiiii  ii i i i   i ii i i 


miércoles, 16 de agosto de 2023

GUILLERMO CHIRINOS CÚNEO: Poesía Peruana



Guillermo Chirinos Cúneo nació en Lima en 1946 y falleció en La Punta, Callao, en 1999. Mientras vivió solo pudo editar una plaqueta, Idiota del Apocalipsis (1967). De modo póstumo apareció en 2021 El guerrero del arcoíris, que fue calurosamente recibido por la prensa cultural. 

Selección por Gladys Mendía



De El idiota del Apocalipsis 


Gatos nocturnos

III

Era una voz de uranio, una ronca voz de asfalto, como de rosas aplastadas por las bocas mugrientas. Y le advertí celestemente que un pobre muñeco antiguo se divertía en sus bigotes. Y el vaso azul, en la ceja llena de cerveza, respondía a la ciudad ebria, pordiosera del alto hermano bajo letrinas.

El poema entonces quería morir. La primavera nocturna lo llevaba hasta un viento de túnicas y muerte, pero sucede en nuestras ramas que corrimos huyendo de los lechos: volamos casi sobre esas hierbas de la noche, vociferaríamos quizá a muchos parques de Lima la caída de nuestros ciegos dulces gatos cimarrones.

 

El derrumbe


VI
 
Sobre un ártico cruel y una hoja espuma de cerveza, entre caras de humo y orangutanes de jade, una necia voz con palidez de ahogado cuya cabellera de violín y arco trasciende a judías con gafas, ronronea.

Una sonrisa lince y hulla entre el polvo y la frente, un circulo astral, un circulo de ondas rojas y adefesios crepusculares, allá en piedras cuyo fragor de anillos y de cráteres volcaniza la troma rosa del pordiosero hermoso.

También los marfiles negros de los apaches vivamente muertos en colinas de guerra, y los de los vivos altamente lunáticos, hurgan monstruosamente su potra coral y las plumas rojas entre sus carnes dulces y niñas, habas y azules. Y también las amapolas rudas del animal de julio rompen sus extrañas rosas, albas e inconquistables, y parecen dos carcochas velludas de basura sus pulmones pálidos rosadamente tirados.

Las brujas y los magos entonces corren como un circo entre cabras negras, payasos judíos y torres; y la panza herida bajo burro de tropas, (soldados babeantes de hollín, uniformes rosadamente ebrios  de rameras blancas y sucias), yace picoteada en fresas y bocas de niebla desde esas santas podredumbres hasta esas moles bohemias y rotas en cal y rosas de papel.









 De El guerrero del arcoiris


*

Comprendí los arquetipos, los sueños, el caos, y me volvó loco.
Me mesí en la bruma de las estrellas y vinieron a mí sapiencias lejanas de locura. Adoré la belleza de la humanidad y mi sexo sembró el dulce equilibrio de la vida. Viví un sueño: la libertad de ser justos.
Sentí el hastío de las poderosas fuerzas del instinto y la inconclusa prisión de los mitos. Y mi padre, que lleva la señal de Caín, no me comprendió.
Yo había visto la luz.


*

Cristalizó la luz. Nociones de realidad atravesaron tu propensión despiadada a la imagen del conocimiento. Músicas hipnóticas señalaban tu ritmo. Supiste de metafísica, y buscaste la ideal arquitectura de la asechanza. Hombres redimidos por el arquetipo de la moral te señalaron el narcisismo de los espejos. ¿Cuándo devendrás pleno en las estructuras de la luz? ¿Cuándo tu sexo sembrará el diálogo del llanto? La humanidad pinta máscaras sobre el arquetipo del dolor.


*

El instinto hirió la suave delicadeza de tu además; oníricos placeres sedujeron el meditado anhelo de tu oración. Perdiste la moldura de los sueños y, en el estéril cuenco de tu imagen, devoraste la omnisciencia de los espíritus. Eras luna, y en los espejismos de tu recuerdo sembraste el dolor de luminosos presagios; eras Sol, y en la ardiente sumisión de la Tierra sembraste la belleza del arquetipo.


*

En la ardiente sumisión de la Tierra, reconociste la suavidad del espejismo; en el laberinto del sueño, tu vana sombra de ángel rozó cosmogonías; la conciencia inconclusa del hombre anhelaba el dulce sueño del arquetipo. En las arquitecturas de luz, la belleza busca su inexacta emoción sobre la paz del instinto.


*

Formas de pensamiento sobre mi inexacta emoción del instinto. Lucas diurnas en el cuenco de mi arquetipo. Músicas hipnóticas sembrando la belleza del sabio ritmo. Fuiste el elegido para limpiar de pecados los sueños, pero tus manos aladas solo pintaron máscaras sobre el dolor. Pertenecemos a la luz. Pertenecemos a la oscuridad.


*

La energía condensada forma la materia; los misterios del devenir nos devuelven al pánico. Sinteticemos las formas, vibremos en la magia de la conciencia, pintemos nuestra ansiedad de luminosos presagios.


*

De tus manos recogí la bestia. En tu pecho, pájaros azules anidaban como en tormenta. La niebla enredaba en mi corazón el triste recuerdo. El amor a veces es triste -me dijste-, la belleza es una perdida enseñanza.
Busqué tu boca en las sombras del consuelo para herirla con mi beso. Busqué tus manos para clamar al Sol, la esperanza de una redención. NO sé si tu sueño invisible es la risa envenenada de los niños, o si tu música entrelazada a mis dedos es una sapiencia de tierras lejanas. Encuentro un laberinto de turbias respuestas en cada aliento, un deseo marchito en cada filosofía, una sangre de oro en cada religión.
Tú eras flor, y yo era raíz. Mas la vida es una pasión inútil, y el misterio es un sueño de yo urdido en los delirios del narcisismo.


*

Yo que nací copulando con los espejos. Yo que desgarré los ojos de mi padre en busca de una redención. Yo que en las tardes de invierno me solazaba delirando la eternidad. Yo y yo y todos, atisbando y reconociendo edades de oro; ¿qué nos queda? Pertenecemos a la oscuridad. Lloro tu muerte. Lloro, en tu pecho, la muerte del mundo. Pero yo, una vez y otra vez, vi el final.








jueves, 6 de julio de 2023

MARJIATTA GOTTOPO: Narrativa Actual Venezolana

 


Marjiatta Gottopo (Caracas, 1972 Venezuela)

 A los diez años publica una caricatura en una revista. Se dedica obsesivamente al dibujo de cómics de detectives y hombres de acción. Luego, a los quince, se va de su casa. Cursa estudios en la Universidad Central de Venezuela, también trabaja en La Fundación Museo Arturo Michelena como gestora cultural y en el área de prensa. Estudia teatro. Se larga de Venezuela después de hacer unos talleres en la universidad sobre Conrad y el Viaje y sobre Melville y la aventura. Totalmente envenenada de Cavafis y otras sustancias más groseras decide hacerse aventurera. Viaja por la península española durante tres años, vende enciclopedias, y trabaja en múltiples oficios, se casa en Almería, descubre las alucinaciones del desierto y el octavo pecado capital llamado acedía del que ha sido ferviente practicante sin siquiera saberlo. Náufraga en Canarias en donde en el año 2002 cursa estudios de Filosofía en la Universidad de La Laguna. Trabaja como Jefe de Redacción de las revistas electrónicas Canarias Viva, Revista libra y Canal Joven en Tenerife. Ha publicado poemas sueltos y cuentos en distintas antologías. En el año 2006 después de obtener la nacionalidad española y contrariamente a lo que todos suponían decide afianzar sus raíces y volver un rato a Venezuela a ver que está pasando con la revolución. Vuelve a intentar retomar la carrera de Letras en la Universidad Central de Venezuela pero sinceramente nota que se le pasó el arroz (a la carrera) y piensa que quizá se dedique a la Comunicación Social. Trabajó como productora en el canal de televisión Ávila TV de Caracas. Publicó la novela CADA MINUCIOSA NOCHE DE INSOMNIO (Tenerife, 2009) y el libro de cuentos Manual de autoayuda para náufragos (LP5 Editora, 2021).


Del libro Manual de autoayuda para náufragos (LP5 Editora, 2021)


Suicidios imaginarios



—“Me estoy suicidando desde que nací, tranquilo” 

(La autora cuando un amigo cree que es verdad que está a punto de suicidarse) 

Cuando te tragas las primeras veinte ya estás en el avión que atraviesa el océano. 

Cuando el agua te empieza a entrar en los pulmones recuerdas un recuerdo que nunca has tenido. 

Volvía, por fin volvía. 

Bajaba del avión y miraba el aeropuerto enorme y miraba que no había nadie y miraba al pasado que es a donde miran los que vuelven. Y se encontraba con esas caras idénticas y más arrugadas que dejó atrás y miraba con ternura y cierto sentimiento de culpa, porque se había ido y él que se va, por mucho que lo niegue, se va por algo, y más aún si luego se queda es porque ese algo en vez de morirse crece, no se sabe, pero seguro que eso piensan los demás. 

Y los demás son importantes cuando se trata de irse o de volver, pues son como esa identidad que la línea aérea no sabe a quien encasquetarle, y la dejan, allí, en algún carrito de maletas cuando tú te largas. 

Y tú te bajas del avión, diez horas después, más liviana y perdida, porque eres tú, pero ya no eres, como una reencarnada con memoria, como si te faltara algo, algo que te sobraba. 

Sin embargo, vuelves con cosas, rastros en la mirada esos que fuiste encontrando y perdiendo por el camino, rastro de noches solitarias, rastro de besos que se te han secado en el alma, rastros de decepciones, de alegrías, restos, polvo, humareda de pasos que se han perdido. 

—Es culpa tuya este abismo —te dice tu hermana, es culpa tuya porque te fuiste. 

Aunque cuando te vas no llegas a parte alguna, porque en todas estás, así como de paso, y los primeros años se te pasan distraída, y la gente se estrella contra ti como los mosquitos contra el parabrisas de un coche que va muy rápido por una carretera del norte, en invierno. Y los primeros años te fascinas y te enamoras una, dos y tres y cuatro veces, hasta que tu imposibilidad de detenerte te empieza a dejar sola, saltando de un lado a otro, porque allá tampoco te paraste, tampoco supiste construirte una existencia, con la excusa de que estabas viajando te quedabas lo suficiente para crearte pasiones y después huías de ellas y tratabas de olvidar en otra parte. 

Y alguna vez sentiste que te miraban con un ¿qué haces aquí? Y los viste preocupados por miles de balsas inundadas de hambre que llegaban a la orilla y oíste en secreto: “¿Y los que llegan en avión?, de esos nadie dice nada”. 

Y a veces te preguntas si alguien te recordará en aquel continente una tarde cualquiera cuando tú ni siquiera lo sospeches y la certeza de que nunca se vuelve, jamás. 

Y cuando estás a solas y te lo vuelves a preguntar, no puedes contestar ninguna de las dos cosas, que son la misma ¿Por qué no vuelves? o ¿Por qué te has ido?, fácil es estar con la gente que cree que es por dinero, que es pura geopolítica y enseguida te tachan de inmigrante. 

Con esa gente es fácil porque no hay que estar explicando la condición metafísica del exilio, estás porque sí, porque aquí se vive mejor, te dicen. ¿Mejor que en dónde?, ¿Mejor que en este cuerpo? ¿Mejor que en esta alma? ¿Mejor que en esta memoria? ¿Es que hay algún sitio lejos de uno?

Porque te das cuenta de que no eran los demás, que los otros son simplemente el potenciador del sabor de tu propio placer o angustia, el glutamato monosódico de tu existencia. 

Los demás cambian de rostro y siguen ahí, con la piel más clara u oscura, en una esquina con otro nombre, fumando otra cosa, pero siguen siendo los mismos. 

También hay gente única, pero eso es más raro, hay gente a la que nunca encontrarás por muy lejos que vayas, si no sabes alejarte de ti un poco y abrir los ojos. 

Inconsistencia, que se hace consistente cuando pasan los años, consistencia y permanencia del vacío, vaya, ahora sí que le das la vuelta al asunto, ahora sí que estás rodeando la causa o el efecto. 

Bueno, pero ya estás aquí, aunque ¿Qué significará eso?

Que estás, sólo que estás, que has vuelto, que ya no estás allá, en ese lugar del que vienes, que te has dividido en dos y que siempre tendrás que dejar algo para estar en algún lugar. 

Dicen que Dionisio, el hijo de Júpiter y Sémele ostentaba una eterna condición de extranjero, dicen también que cuando chico, Hera, la mujer de Zeus había mandado a unos cíclopes a que lo desmembraran y también cuentan, que luego, más adelante, el propio Dios, harto de las dudas de su primo Penteo, había hecho que su propia madre lo despedazara en una bacanal. 

Otros dicen que Dionisio, el dios del vino, es la conexión pagana del hombre con la divinidad, igual que Cristo, que era medio humano medio divino, aunque era finalmente un dios. 

Cosa bastante misteriosa, porque los hijos de dioses y humanos eran sólo semidioses. 

Tanta pendejada para darte un traguito de vino, —dátelo y ya—te dijo esa voz dentro de ti, que era menos sublime de lo que a ti te habría gustado ser. 

—¿Y si el vino fuese el pasillo? 

—¿El pasillo? —preguntó tu vocecita vulgar.

—El pasillo entre uno y lo divino... 

La vocecita se descojonó de risa, la vocecita no te vomitó encima porque aún no habías bebido suficiente, pero ya lo haría. 

Bueno, pasillos van, pasillos vienen y tú que no terminas de llegar, no sabes si por el cambio horario o porque los demás están tan acostumbrados a no verte y tu identidad no tiene espacio donde albergarse, y estás allí, como alguien que se acaba de morir pero que aún tiene el cuerpo caliente, bueno, no así, sino exactamente a la inversa. 

Y ahora te cuentan cosas ¿Sabes quien se murió? Y menos mal que se ha muerto pura gente que si no se hubiera muerto no estaría en tu conversación. 

—Vaya—Dices, porque quieres que vean que has cambiado y que ahora te muestras más respetuosa con la gente que se muere.

Tú utilizas cualquier excusa para hablar de lo mucho que has extrañado todo, que si, ¡Que rico esto! ¡Qué ganas tenía de comérmelo! Y es como si les dijeras a todos esos que están allí, que los echabas de menos y que tenías ganas de comértelos de puro cariño que les tienes, aunque la distancia y los años transcurridos y tu silencio, indiquen lo contrario. 

Hay teorías de estas de psicología divulgativa que dicen que cuando una persona se siente acorralada, sólo tiene dos opciones: luchar o huir, entonces quien se va es como el que lucha, pero en silencio. Y la ofensa es la misma, la gente está, así como después de un mal rollo. O el que huye es el que se venga con esa frasecita de Borges, que, si el olvido y la venganza y el perdón son la misma vaina, y tú lo sabes, lo sabes tan al fondo de tu corazón, tan abajo, que no querrías que te culpasen por eso, porque eso sería como culparte por haber sobrevivido. 

—¿Otro traguito? 

No sabes si pregunta la vocecita esa o pregunta alguno de tus amigos, pero respondes que sí, que más por favor. 

Y quieren conversación, pero la única conversación que tú tienes mira para atrás y es odiosa, te estás poniendo salada. 

—Que si antes cuando estaba aquí... 

—Que allá las cosas son distintas... 

Total, que ¿dónde estás ahora?, imposible decir, ahora estoy así o asao, aunque asao suena bien, porque estás como más bien asao que así, que es una conjugación verbal muy venezolana que se te había olvidado. 

Pero el tema es, que de pronto la ciudad se te abalanza encima y recuerdos que aún no tienen forma se desperezan con los olores, con determinadas formas, con el nombre de esos restorancitos que habías olvidado que existían, de golpe la ciudad esta ronca y te susurra cosas al oído y las voces de tus amigos se pierden bajo su cadencia, es esta misma ciudad, esta misma madre salvaje de la que huiste hace ya tiempo, esta ciudad que para celebrar tu vuelta inmolará a diez personas más, esta ciudad que te da regalos que tu no quieres, tu ciudad, tu maldita ciudad, esa que decía Cavafis que siempre te acompañaría, aquí está, en toda su inminencia, atropellando las otras ciudades más bonitas que conociste, aquí está el tiempo retrocediendo o adelantando. 

Y parece que no tiene sentido haberse ido tan lejos, porque todo sigue igual, tu miedo, tu ciudad y ese tiempo que parece no haber transcurrido y que sin embargo se ha mostrado cruel con las calles, ennegrecidas de pólvora y desencanto, y todos esos que se fueron para siempre, ¿Y dónde puede estar Kaicú? ¿Y dónde están tus diecisiete años? ¿Seguirán chamuscándose con alguna pipa de crack en aquellos apartamentos encendidos? ¿Seguirá tu alteridad huyendo por los pasillos del tiempo para tratar de alcanzarte? ¿Seguirá tu vida o tu muerte goteando como un cadáver con un disparo en la cabeza? ¿Será posible recuperar todo eso que se pierde cuando todo se desbarata o esos cadáveres por los que ya no rezarás nunca más porque murieron justo después de que habías dejado de creer en dios y en el cielo? ¿Tendrá alguna ventaja morir rodeado de creyentes o será igual que tus máximos dolientes sean unos descreídos que sólo creen en ese dolorcito instantáneo que tu muerte les produce? 

De pronto sientes frío y escupes agua. 

Te levantas en esa habitación oscura y recuerdas que anoche te emborrachaste y que estás en casa de los chicos. 

Te lo piensas mejor, aún no es momento de suicidarse, ni tampoco de volver. 




FIN

 


LILIANA LARA: Narrativa Venezolana Actual

 


Liliana Lara (Caracas, 1971) Escritora venezolana. Autora de los libros de cuentos Los jardines de Salomón (Premio de narrativa de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre, en 2007), Trampa – jaula (finalista del premio Equinoccio de cuento Oswaldo Trejo en 2012), Abecedario del estío (finalista del XIII Concurso Transgenérico de la fundación para la cultura urbana en 2013) y la novela La música de los barcos (2019). Cuentos y artículos suyos han sido traducidos al inglés, alemán, polaco y hebreo, y han aparecido en diversas publicaciones periódicas y antologías. Doctora en Literatura Iberoamericana por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Actualmente vive en Israel.


Del libro: Método rumano para dejar de fumar (LP5 Editora, 2022)

UN VIEJO MANUSCRITO

  

Cuando despertó, comprobó que se había quedado dormida en una mecedora de mimbre, pero no recordaba ni dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Era algo que solía sucederle desde que tenía uso de razón, por eso odiaba dormir siestas. Su madre insistía en que durmiera, le leía una colección de cuentos rusos bellamente ilustrada que la llevaban de inmediato a deambular por estepas blancas y heladas. Cuando dormía, desaparecía la realidad y venían príncipes y hadas flotando en el vapor de las teteras a limpiar cada ruido o a aplacar el hambre. Dormir en la tarde era como desaparecer de la vida, abandonarse a la nada. Por eso siempre se despertaba sin saber ni qué día ni qué hora eran, entonces daba un brinco lleno de angustia y caía en el piso, de pie, como caen los gatos. Como si así pudiese caer en la realidad, la suya: su día y su hora, su nombre, su casa. Esta vez quiso brincar como en su niñez, pero tenía el cuerpo tan pesado que fue imposible. Sólo pudo levantarse lentamente, despegarse muy despacio del mimbre caliente y sudado, posar los pies en un piso de granito que no recordaba. 

–El piso era de madera oscura –dijo en voz alta, pero para sí misma. 

Enseguida vinieron dos gatos a lamerle los tobillos y a restregarse en sus piernas, mientras rechinaban de amor. A ella se le llenó el corazón de alegría. Tal parecía que eran suyos, pero está visto que los gatos suelen prodigar cariño también a los extraños. No era asombroso que se comportaran como si ella fuera la dueña. Y ella empezó a comportarse como si fueran sus gatos, mimándolos e inventándoles nombres. 

–Tú, Krommer; y tú, Smetana –dijo y se río porque le pareció un gran chiste.

Pasó un rato sumergida en los gatos, en sus juegos y sus uñas, hasta que volvió a sentir esa angustia de su niñez, ahora redoblada porque sabía que había transcurrido un tiempo más o menos largo desde que se había despertado hasta ese momento y todavía no lograba determinar ni qué día era, ni qué hora y mucho menos dónde estaba.  Se puso una mano en el pecho como quien quiere así calmar un corazón que brinca de miedo. Con pavor descubrió unos senos fofos y melancólicos, dos peritas pasadas de las que no tenía conciencia. Se metió la mano dentro del sostén y comprobó que los pezones apuntaban hacia el suelo con una nostalgia que ella no recordaba. Era como si lloraran y ella estaba a punto de comenzar a llorar también, el alma enlutada por una decrepitud recién descubierta. ¿Cuándo había pasado esto? Más que saber el día, quería saber el año. ¿Qué año era ese? ¿En qué año había nacido ella?

–El 8 de mayo de 1906 –dijo.

Recordaba la fecha con claridad y le venían a la cabeza también algunas imágenes: ella apagando las velas de un pastel cremoso, su madre cantando canciones de cumpleaños con una voz en falsete mientras un hombre que no era su padre descorchaba una botella de algo espumante. Algo que ella no debía beber porque aún era una niña, pero que igual le ofrecían en una copa sucia. Tal vez fue en 1920, acababan de llegar a Palestina y su madre había conseguido un buen trabajo, por eso la celebración había sido doble y despreocupada. Ella tomaba de aquella copa, encantada, como quien toma el elixir de la adultez, porque esa era una invitación a ser grande, que era lo que ella quería con todas sus fuerzas. Aunque ahora se sentía como esas frutas que van de verdes a podridas, sin pasar por el esplendor o la lozanía. 

El apartamento olía a orín de gatos y era un completo desorden, tal como si unos ladrones hubiesen estado buscando objetos de valor para llevárselos y no hubiesen encontrado nada más que pacotilla. El contenido de gavetas y repisas descansaba en el piso, junto al reguero de los gatos. Ninguna silla hacía juego con la otra, ningún tapete estaba limpio, las cortinas eran un tejido de polvo y hollín que apenas dejaba entrar la luz o mirar hacia afuera. Caminó hasta la cocina, esquivando pelotas de lana y periódicos destrozados, y abrió la nevera. No estaba vacía, como ella suponía. En cambio, había varios yogures sin azúcar, jugos, algunos vegetales y una conserva de dátiles.  Estaba a punto de servirse de la conserva, cuando se le ocurrió mirar la fecha de vencimiento de los yogures. 

–15 de julio de 1998 –leyó en voz alta y se miró empequeñecida y gris en el reflejo turbio de la ventana. 

Seguramente no era la primera vez que su memoria se extraviaba y aquel terror al abandono de las siestas de su infancia era una premonición que no supo entender. Y si esto era recurrente, lo más probable era que en algún lugar ella hubiese escrito algunos datos importantes que era conveniente recordar cuando despertara, porque ella era de esas que lo escriben todo, muy ordenada, muy razonable. Incluso, alguna vez había sido secretaria de alguien importante.  Pero si esta era la primera vez que le ocurría, entonces no tendría nada escrito y tendría que reorganizar su propia vida como quien arma un rompecabezas o como un biógrafo tratando de escribir la biografía de un desconocido. Toda una vida tratando de olvidar amores, traumas, pesadillas. Toda una muerte tratando de recordar cualquier cosa.

Biógrafa de sí misma, se encaminó al cuarto en busca de algunas pistas. Necesitaba llenar algunos datos urgentes como su nombre y, en vista de su avanzada edad, si requería tomar algunos medicamentos.  A pesar de que la sala era pequeña, ella se movía con lentitud, no sólo porque el piso estaba atestado de cosas, sino porque sus piernas eran dos columnas difíciles de trasladar. Era como un barco descomunal tratando de atravesar un arroyo lleno de rocas. O, más bien, era ella el frágil arroyo que estaba siendo atravesado por el barco oxidado de la desmemoria. 

El aullido del teléfono detuvo el periplo. La voz en el auricular preguntó por Esther Roffé y ella supuso que ese era su nombre. Eti, gritaba su madre desde un sótano oscuro o en una cama llena de los escorpiones de la enfermedad. Eti, gritaba un hombre en medio de sábanas y manuscritos ajenos. 

–No se encuentra, si quiere dejarle algún recado –dijo porque no sabía qué más decir. La voz –era una voz de hombre– pidió con suspicacia que le dijera que se pusiera en contacto con él en la Biblioteca Nacional. 

–¿Cuál es su nombre? –preguntó ella, con eficiencia secretarial. El dio un nombre extranjero y colgó bruscamente, ni siquiera le dio tiempo de anotar. Se encogió de hombros y continuó la travesía. Sus piernas estaban llenas de venas muy negras y muy gruesas. 

El cuarto estaba atiborrado de frascos vacíos, remedios, cremas humectantes. En la peinadora descubrió una lata de caramelos chinos que era usada como pastillero. Algunas pastillas sueltas, todas de la misma forma y tamaño: ese era el medicamento que debía tomar diariamente y con urgencia, pero ¿cuántas pastillas?, ¿a qué hora?  Decidió no tomar ninguna. 

En un rincón del clóset estaban las fotos en álbumes apiñados uno arriba del otro. Fotos viejísimas, en blanco y negro, ella con sombrero y dos niñas, cenas familiares, playas y paseos. La vida que fue registrando para los otros en fotos opacas, en todas ella fingía una sonrisa, en ninguna se reconocía a sí misma. Entonces pensó en esos recuerdos que se guardan en compartimientos secretos, esos que son los verdaderos registros de nuestra vida. ¿Dónde estaría la caja de sus verdaderos recuerdos? Sacó zapatos viejos y gastados. Un paraguas. Botas de lluvia. Todo lo que estaba en el suelo del clóset, ahora cubría la alfombra de la habitación. ¿Dónde estarían esos papeles? Si acaso existían, porque también estaba la posibilidad de sólo ser una vieja plana, en blanco y negro, como esas fotos

El teléfono la asustó nuevamente. La voz al otro lado de la línea la llamó “mamá”, pero ella no sintió ninguna alegría. Pensó en la foto forzada, su cuerpo en el centro de dos niñas más bien obesas. La voz inició una cantaleta sin pausa: ¿Te tomaste los remedios?, ¡necesitamos más plata!, ¿no has encontrado esos papeles?, voy a entrar en tu casa a la fuerza, no podrás negarte, voy a llamar a una asistente social para que te saque de allí, te voy a poner en un asilo para que te pudras, busca esos papeles o voy a pagarle a un hombre para que te asalte. Cuando pudo decir que no recordaba nada, del otro lado de la línea, la mujer enfurecida gritó: Mañana te vuelvo a llamar, te llamaré todos los días, incluso después de que te mueras, y tiró el teléfono con violencia.

¿Dónde estarían esos papeles? Esa llamada había iluminado su búsqueda. No en vano había pensado en recuerdos ocultos, los verdaderos. Su memoria no estaba del todo vacía si podía recordar papeles muy antiguos que soportaban el secreto de su vida o de la vida de otros. Se dirigió a la cocina nuevamente, esta vez sabía dónde buscar: sacó las cajas de comidas para gatos, los detergentes, los insecticidas y encontró una segunda puerta al final del gabinete esquinero. Allí estaba el cofre. Era el mismo en el que los había guardado un día de diciembre de 1968. Un hombre había muerto, ella lo había llorado en silencio ese día. Luego, vestida de oscuro, había ido a su oficina y había tomado esos papeles. Ese hombre la llamaba Eti, le hablaba en checo y le había pedido antes de morir que quemara lo personal y vendiera lo histórico. Ella no había hecho ni lo uno ni lo otro. O por lo menos no había vendido todo, porque allí estaban los manuscritos y las cartas todavía. Temblando, se sentó a leer su vida en esa caja. 

–Detrás de esa cara de palo de las fotos –dijo en voz alta, para sus gatos– había corrido sangre. 

Y como quien lee una ficción de sí misma, leyó cartas y diarios toda la tarde: lloró, sintió celos y finalmente se maravilló al comprobar que su vida había sido un poco más interesante que ese deambular por un apartamento inmundo, lleno de mierda de gato. Allí, entre las cartas y los diarios de aquel hombre que había sido su amante, también estaba ese viejo manuscrito en alemán que añoraban sus hijas y el bibliotecario. Él lo había heredado de un escritor atormentado y lo había traído desde Europa hacía mucho tiempo, cuando había tomado rumbo hacia el Levante huyendo de la guerra. 

Devolvió los papeles al compartimiento secreto del gabinete de la cocina en el que los había encontrado, también las cajas y los insecticidas y mientras se comía la conserva de dátiles, se sintió orgullosa de sus andanzas, reina de secretos literarios, históricos. Afortunada por haber leído aquellos clásicos en sus versiones manuscritas, aunque su alemán ya no era tan bueno, además de la dificultad de descifrar una letra abrumada en un papel que se iba convirtiendo en pergamino. Vendería todo a un precio que no cabía en su imaginación. Entonces se buscaría una enfermera filipina, un par de muletas y saldría a caminar todas las tardes por el bulevar Rotschild como una vieja emperifollada. Lejos de sus hijas que la asediaban como aves de rapiña. Seguramente, eran dos señoras muy gordas que vivían de la plata que ya le habían robado tras la venta del primer manuscrito, mientras ella con sus tetas escurridas vivía en la miseria sin siquiera una ayudante que viniera a poner en orden ese apartamento o a sacarle las pulgas a los gatos. La sangre se le revolvía furiosa en el pecho tras estos pensamientos y para no tener un colapso se empeñó en ocupar la mente en otra cosa. Puso la radio y se sentó a aplacar su corazón con el ronroneo de una emisora mal sintonizada. Alertaban sobre una oleada de medusas en el Mediterráneo. Comentaban el último atentado. "Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos" –citó de memoria y podría haber seguido recitando aquel viejo cuento completo, pero el cansancio de la búsqueda y la angustia del olvido la hicieron abandonarse a un leve sueño. 

Cuando despertó, comprobó que se había quedado dormida en una mecedora de mimbre, pero no recordaba ni dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Era algo que le solía suceder desde que tenía uso de razón, por eso odiaba dormir siestas. Apenas puso los pies en el suelo, dos gatos ajenos corrieron hasta ella.

–Tú, Vorisek; y tú, Zelenka –dijo y se rio porque le pareció un gran chiste.