sábado, 26 de agosto de 2023
MELISSA SAUMA VACA: Poesía Actual de Bolivia
jueves, 24 de agosto de 2023
ROLANDO KATTAN: Poesía Actual de Honduras
Rolando Kattan (1979, Tegucigalpa, Honduras) miembro correspondiente de la Real Academia
Española de la Lengua y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Entre los
premios a su obra destacan el XX Premio Casa de América de Poesía Americana, el Premio
Nacional de Literatura Ramón Rosa 2022 y el Premio Bucovina de Poesía 2023 otorgado por la
Academia Romana. Además es Premio al Voluntariado Cultural 2011 y el Reconocimiento Ohtli
de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México en 2016. Entre sus libros destacan Animal
no identificado (Editorial Gattomerlino, 2013); Acto textual (El Ángel Editor, 2016); El árbol de
la piña (Cisne Negro, 2016); Luciérnaga de otoño (Cisne Negro, 2018); Un país en la fronda
(Raffaelli Editore, 2018); Gabinete de curiosidades (La Garúa, 2020), y Los cisnes negros (Visor
Libros, 2021). Su poesía ha sido publicada en revistas, libros o antologías de más de cuarenta
países y traducida a quince idiomas.
IUS SOLI
El verdadero acto del descubrimiento no consiste en salir a buscar nuevas tierras,
sino en aprender a ver la vieja tierra con nuevos ojos.
MARCEL PROUST
Al fin encontré mi desaparecida patria,
refugiada en las páginas de un incunable.
Reconozco en su luz izada como bandera,
un faro que alumbra sus primeras calzadas.
Los niños que inventaban toponímicos
para adueñarse de los solares baldíos,
tienen ahora una aureola sostenida
a la altura de los herederos de un reino.
Soy oriundo de Tierra Firme.
Patria imponderable.
De una cordillera que emergió de los libros,
como si fuera una costilla del Atlántico,
para que los poetas bauticen a sus pájaros
y escriban una ley en armonía con su canto.
Mira, sus carteros van al remo en la canoa
y adentro de ballenas de vidrio van sus cartas,
igual que las botellas que lanzan al mar
los soñadores, los amantes y los náufragos.
Tiene la firmeza de las Ítacas de jade,
pero húmeda cuando se derrama en el ojo
del emigrante de otra tierra que nos sueña.
Hace con fronteras y límites lo que se hace
con cualquier hilacha; por eso soy de Darío,
de Molina, de Eunice Odio y de Roque Dalton,
y en las páginas de mi pasaporte se leen
inéditos de Eugenio Montejo a Tierra Firme.
Dicen que otra sería la historia si los niños
hubieran tenido catalejos y astrolabios
en lugar de cuchillos y ametralladoras.
Mi dolor antiguo no destiñe la caoba,
ningún odio gotea las oxidadas láminas
que dispuse para no mojarme el corazón.
Porque el nombre de mi patria ha sido revelado
y las gaviotas lo presumen al mapamundi.
Soy de la arcadia que surge después de la hambruna,
el rocío que deja el huracán en la selva,
grito de triunfante en la vigía: Tierra Firme.
TRATADO SOBRE EL CABELLO
todas las cosas grandes
inician con una idea en una cabeza despeinada
cómo pudo —por decirlo así— crear Dios el universo con una cabeza engomada
¿qué habría hecho Noé adentro del arca con una cabeza de mayordomo
o Jesucristo en el monte si sus cabellos no se hubiesen entrelazado con el viento?
Heráclito salió del río tan despeinado como Arquímedes de la bañera
y a Sócrates y a Platón les crecía sobre su calvicie una cabellera desorbitada
es sabido que Homero murió arrancándose los pelos de la desesperación
y que Cervantes Quevedo y Góngora se peinaban
como Shakespeare solamente el bigote
Juana de Arco ardió más fuerte en la hoguera por su aguerrida cabellera
y en la antigüedad
los primeros hombres en sembrar el café y el maíz
los chamanes y los sacerdotes
los que tallaron en las lejanas piedras los primeros poemas
todos son parte de los anónimos despeinados de siempre
después
a Newton lo despeinó una manzana
a Tomas Alba Edison la electricidad le puso los pelos de punta
Bach disimulaba su melena con una peluca
y Leonardo Da Vinci se despeinaba también las barbas
todos los ángeles del cielo las hespérides las musas
las sirenas y las mujeres que saben volar
todos y todas tienen extensas cabelleras destrenzadas
en la historia reciente
Albert Einstein fue el más despeinado del siglo XX
Y Adolfo Hitler por supuesto
el de los cabellos más ordenados
pero las cosas grandes también son cosas sencillas
como aquellos que llegan su casa apresurados por despeinarse
o los niños cuando aprenden del amor despeinando a sus madres
es obvio que los sueños nacen en las cabezas dormidas
porque siempre están despeinadas
y los amantes que sobre todas las cosas se despeinan
cuando se besan y se aman
por eso les digo:
hay que desconfiar de un amor que no te despeina
QUASI UNA FANTASÍA
De niño, mi madre, amante secreta de la papiroflexia, exploraba junto a mí el límite exacto de las palabras para que la justicia y la verdad no perdieran el equilibrio en los endebles renglones de la vida. En la adolescencia caí de bruces persiguiendo a un perro que escapaba con mi escapulario de verbos y adjetivos, y al morder el lodo descubrí el sabor añil del abecedario. Vi naufragar los barcos de papel que fleteaban nuestras definiciones, mientras vestido de blanco, Zurita advertía: si perdemos la guerra de los significados, lo perdemos todo.
La poesía es la última barca que todavía sueña, por eso confié a su vela, mi viaje al anochecido puerto de los hechos. Atrás dejé la indecible sinfonía de los girasoles en el campo y volví a las antiguas formas de venerar los astros: las cicatrices son constelaciones y es mi familia la noche estrellada.
Al final aprendí a conmutar las palabras. Con mis alas rotas hice un nido a la esperanza. Con la madera de mi cruz terminé un modesto gabinete de curiosidades y emprendí mi colección de piedras y asombros que puse sobre el indeleble mármol de los libros de la caridad.
Ahora, ya de vuelta en la pequeña isla donde reino, se filtra el Claro de luna de Beethoven. Abro la ventana de mi casa para contemplar el oscurecido paisaje y encuentro que la noche sostiene únicamente, una luz cenital sobre el primer amor. Tal vez por eso envejecemos, para sentir en el espinazo el horizonte desnudo.
OVEJAS VERSUS CISNES
Las ovejas son en el mundo al revés las nubes que contemplan las estrellas cuando se tienden boca abajo en su oscuro patio. Para nosotros las ovejas son de día, un dios hechizado de mansedumbre y de noche, se convierten en preguntas, en dientes y pendientes que nos muerden las uñas y andan a sus anchas en los patios del insomnio. Contar ovejas es un conjuro contra la tiroides de un demonio. Por eso las mañanas nos animan a sacarle punta a los lápices, a que vuelva la dentadura a la boca y llevar el rebaño de ovejas al manso corral de la rutina. Pero vuelve la noche y las ovejas me miran con sus ojos mansos y redondos y preguntan: ¿Por qué veo en tus manos las manos de tu padre muerto? ¿Quién duerme en el espacio vacío de tu cama?
¿Cómo duele un equinoccio en la costilla? ¿Retoñará, alguna vez, un fruto de las palabras que plantaste como un árbol imposible? ¿Por qué sueñas con relojes de arena, si todo se va haciendo polvo?
Hasta que descubrí los cisnes negros y en lugar de las nubes vi el inmenso lago del cielo y cada cisne con su hermoso cuello de pregunta infinita me abrazaba extendiendo las alas. Los cisnes negros son en el mundo al revés, las estrellas que las nubes contemplan cuando se pasean por los lagos. Para nosotros un cisne negro es un manso ángel que no interroga, ni responde: en silencio y junto a ellos, somos nosotros la pregunta y te deja soñar con relojes de polvo, con el polvo que va quedando de tus días.
LOS POETAS POLACOS
De alguna forma la intimidad del agua disolvió la actitud en fuga del camino. Los senderos se multiplican como un vaso de agua estrellado contra la noche. Los poetas polacos se acomodan y brillan contiguos a La Cruz del Sur. De alguna forma la intimidad del agua disolvió la actitud en fuga del camino. Cracovia tiene ahora una avenida asegurada a mi pecho. Todos los barcos de Danzig navegan hasta mi muelle. La inercia es una abeja que dejó de zumbar en el horizonte. Cada llave abierta me repite un verso de Różewicz: La más tangible descripción del pan es una descripción del hambre. El error fue no girar el mapa. Darle al norte un sueño con nombre propio. Herbert descubrió el engaño, vivimos dentro de un armario y las polillas son, en verdad, los cometas que nos sobrevuelan. Ahora un cisne negro ocupa el lugar del cancerbero y aconseja: nunca un disparo atravesó un poema de Szymborska. La poesía es más de fiar que un chaleco antibalas. También lo es más que cualquier sendero. Por ella se hace posible volver a casa. A salvo. Todos los caminos ahora son de regreso.
EL ÁRBOL DE LA PIÑA
Al salir de Palestina, quería encontrar en estas tierras el árbol de la piña. Imaginaba un árbol frondoso, parecido al que situó Dios en el paraíso.
Abandonó su tierra con la esperanza de una nueva y no encontró lo que esperaba.
En este poema, mi abuelo, puede recolectar piñas de la copa de un árbol, porque en un poema pueden crecer incluso los árboles que no existen, los milenarios frutos y hasta el país natal.
Sin embargo, insisto. Lo que quiero que aquí retoñe no es el árbol, sino la esperanza de que todavía hay un sitio donde abundan los árboles de piña.
ROMMEL MARTÍNEZ: Poesía Actual de Honduras
miércoles, 16 de agosto de 2023
GUILLERMO CHIRINOS CÚNEO: Poesía Peruana
jueves, 6 de julio de 2023
MARJIATTA GOTTOPO: Narrativa Actual Venezolana
Marjiatta Gottopo (Caracas, 1972 Venezuela)
A los diez años publica una caricatura en una revista. Se dedica obsesivamente al dibujo de cómics de detectives y hombres de acción. Luego, a los quince, se va de su casa. Cursa estudios en la Universidad Central de Venezuela, también trabaja en La Fundación Museo Arturo Michelena como gestora cultural y en el área de prensa. Estudia teatro. Se larga de Venezuela después de hacer unos talleres en la universidad sobre Conrad y el Viaje y sobre Melville y la aventura. Totalmente envenenada de Cavafis y otras sustancias más groseras decide hacerse aventurera. Viaja por la península española durante tres años, vende enciclopedias, y trabaja en múltiples oficios, se casa en Almería, descubre las alucinaciones del desierto y el octavo pecado capital llamado acedía del que ha sido ferviente practicante sin siquiera saberlo. Náufraga en Canarias en donde en el año 2002 cursa estudios de Filosofía en la Universidad de La Laguna. Trabaja como Jefe de Redacción de las revistas electrónicas Canarias Viva, Revista libra y Canal Joven en Tenerife. Ha publicado poemas sueltos y cuentos en distintas antologías. En el año 2006 después de obtener la nacionalidad española y contrariamente a lo que todos suponían decide afianzar sus raíces y volver un rato a Venezuela a ver que está pasando con la revolución. Vuelve a intentar retomar la carrera de Letras en la Universidad Central de Venezuela pero sinceramente nota que se le pasó el arroz (a la carrera) y piensa que quizá se dedique a la Comunicación Social. Trabajó como productora en el canal de televisión Ávila TV de Caracas. Publicó la novela CADA MINUCIOSA NOCHE DE INSOMNIO (Tenerife, 2009) y el libro de cuentos Manual de autoayuda para náufragos (LP5 Editora, 2021).
Del libro Manual de autoayuda para náufragos (LP5 Editora, 2021)
Suicidios imaginarios
—“Me estoy suicidando desde que nací, tranquilo”
(La autora cuando un amigo cree que es verdad que está a punto de suicidarse)
Cuando te tragas las primeras veinte ya estás en el avión que atraviesa el océano.
Cuando el agua te empieza a entrar en los pulmones recuerdas un recuerdo que nunca has tenido.
Volvía, por fin volvía.
Bajaba del avión y miraba el aeropuerto enorme y miraba que no había nadie y miraba al pasado que es a donde miran los que vuelven. Y se encontraba con esas caras idénticas y más arrugadas que dejó atrás y miraba con ternura y cierto sentimiento de culpa, porque se había ido y él que se va, por mucho que lo niegue, se va por algo, y más aún si luego se queda es porque ese algo en vez de morirse crece, no se sabe, pero seguro que eso piensan los demás.
Y los demás son importantes cuando se trata de irse o de volver, pues son como esa identidad que la línea aérea no sabe a quien encasquetarle, y la dejan, allí, en algún carrito de maletas cuando tú te largas.
Y tú te bajas del avión, diez horas después, más liviana y perdida, porque eres tú, pero ya no eres, como una reencarnada con memoria, como si te faltara algo, algo que te sobraba.
Sin embargo, vuelves con cosas, rastros en la mirada esos que fuiste encontrando y perdiendo por el camino, rastro de noches solitarias, rastro de besos que se te han secado en el alma, rastros de decepciones, de alegrías, restos, polvo, humareda de pasos que se han perdido.
—Es culpa tuya este abismo —te dice tu hermana, es culpa tuya porque te fuiste.
Aunque cuando te vas no llegas a parte alguna, porque en todas estás, así como de paso, y los primeros años se te pasan distraída, y la gente se estrella contra ti como los mosquitos contra el parabrisas de un coche que va muy rápido por una carretera del norte, en invierno. Y los primeros años te fascinas y te enamoras una, dos y tres y cuatro veces, hasta que tu imposibilidad de detenerte te empieza a dejar sola, saltando de un lado a otro, porque allá tampoco te paraste, tampoco supiste construirte una existencia, con la excusa de que estabas viajando te quedabas lo suficiente para crearte pasiones y después huías de ellas y tratabas de olvidar en otra parte.
Y alguna vez sentiste que te miraban con un ¿qué haces aquí? Y los viste preocupados por miles de balsas inundadas de hambre que llegaban a la orilla y oíste en secreto: “¿Y los que llegan en avión?, de esos nadie dice nada”.
Y a veces te preguntas si alguien te recordará en aquel continente una tarde cualquiera cuando tú ni siquiera lo sospeches y la certeza de que nunca se vuelve, jamás.
Y cuando estás a solas y te lo vuelves a preguntar, no puedes contestar ninguna de las dos cosas, que son la misma ¿Por qué no vuelves? o ¿Por qué te has ido?, fácil es estar con la gente que cree que es por dinero, que es pura geopolítica y enseguida te tachan de inmigrante.
Con esa gente es fácil porque no hay que estar explicando la condición metafísica del exilio, estás porque sí, porque aquí se vive mejor, te dicen. ¿Mejor que en dónde?, ¿Mejor que en este cuerpo? ¿Mejor que en esta alma? ¿Mejor que en esta memoria? ¿Es que hay algún sitio lejos de uno?
Porque te das cuenta de que no eran los demás, que los otros son simplemente el potenciador del sabor de tu propio placer o angustia, el glutamato monosódico de tu existencia.
Los demás cambian de rostro y siguen ahí, con la piel más clara u oscura, en una esquina con otro nombre, fumando otra cosa, pero siguen siendo los mismos.
También hay gente única, pero eso es más raro, hay gente a la que nunca encontrarás por muy lejos que vayas, si no sabes alejarte de ti un poco y abrir los ojos.
Inconsistencia, que se hace consistente cuando pasan los años, consistencia y permanencia del vacío, vaya, ahora sí que le das la vuelta al asunto, ahora sí que estás rodeando la causa o el efecto.
Bueno, pero ya estás aquí, aunque ¿Qué significará eso?
Que estás, sólo que estás, que has vuelto, que ya no estás allá, en ese lugar del que vienes, que te has dividido en dos y que siempre tendrás que dejar algo para estar en algún lugar.
Dicen que Dionisio, el hijo de Júpiter y Sémele ostentaba una eterna condición de extranjero, dicen también que cuando chico, Hera, la mujer de Zeus había mandado a unos cíclopes a que lo desmembraran y también cuentan, que luego, más adelante, el propio Dios, harto de las dudas de su primo Penteo, había hecho que su propia madre lo despedazara en una bacanal.
Otros dicen que Dionisio, el dios del vino, es la conexión pagana del hombre con la divinidad, igual que Cristo, que era medio humano medio divino, aunque era finalmente un dios.
Cosa bastante misteriosa, porque los hijos de dioses y humanos eran sólo semidioses.
Tanta pendejada para darte un traguito de vino, —dátelo y ya—te dijo esa voz dentro de ti, que era menos sublime de lo que a ti te habría gustado ser.
—¿Y si el vino fuese el pasillo?
—¿El pasillo? —preguntó tu vocecita vulgar.
—El pasillo entre uno y lo divino...
La vocecita se descojonó de risa, la vocecita no te vomitó encima porque aún no habías bebido suficiente, pero ya lo haría.
Bueno, pasillos van, pasillos vienen y tú que no terminas de llegar, no sabes si por el cambio horario o porque los demás están tan acostumbrados a no verte y tu identidad no tiene espacio donde albergarse, y estás allí, como alguien que se acaba de morir pero que aún tiene el cuerpo caliente, bueno, no así, sino exactamente a la inversa.
Y ahora te cuentan cosas ¿Sabes quien se murió? Y menos mal que se ha muerto pura gente que si no se hubiera muerto no estaría en tu conversación.
—Vaya—Dices, porque quieres que vean que has cambiado y que ahora te muestras más respetuosa con la gente que se muere.
Tú utilizas cualquier excusa para hablar de lo mucho que has extrañado todo, que si, ¡Que rico esto! ¡Qué ganas tenía de comérmelo! Y es como si les dijeras a todos esos que están allí, que los echabas de menos y que tenías ganas de comértelos de puro cariño que les tienes, aunque la distancia y los años transcurridos y tu silencio, indiquen lo contrario.
Hay teorías de estas de psicología divulgativa que dicen que cuando una persona se siente acorralada, sólo tiene dos opciones: luchar o huir, entonces quien se va es como el que lucha, pero en silencio. Y la ofensa es la misma, la gente está, así como después de un mal rollo. O el que huye es el que se venga con esa frasecita de Borges, que, si el olvido y la venganza y el perdón son la misma vaina, y tú lo sabes, lo sabes tan al fondo de tu corazón, tan abajo, que no querrías que te culpasen por eso, porque eso sería como culparte por haber sobrevivido.
—¿Otro traguito?
No sabes si pregunta la vocecita esa o pregunta alguno de tus amigos, pero respondes que sí, que más por favor.
Y quieren conversación, pero la única conversación que tú tienes mira para atrás y es odiosa, te estás poniendo salada.
—Que si antes cuando estaba aquí...
—Que allá las cosas son distintas...
Total, que ¿dónde estás ahora?, imposible decir, ahora estoy así o asao, aunque asao suena bien, porque estás como más bien asao que así, que es una conjugación verbal muy venezolana que se te había olvidado.
Pero el tema es, que de pronto la ciudad se te abalanza encima y recuerdos que aún no tienen forma se desperezan con los olores, con determinadas formas, con el nombre de esos restorancitos que habías olvidado que existían, de golpe la ciudad esta ronca y te susurra cosas al oído y las voces de tus amigos se pierden bajo su cadencia, es esta misma ciudad, esta misma madre salvaje de la que huiste hace ya tiempo, esta ciudad que para celebrar tu vuelta inmolará a diez personas más, esta ciudad que te da regalos que tu no quieres, tu ciudad, tu maldita ciudad, esa que decía Cavafis que siempre te acompañaría, aquí está, en toda su inminencia, atropellando las otras ciudades más bonitas que conociste, aquí está el tiempo retrocediendo o adelantando.
Y parece que no tiene sentido haberse ido tan lejos, porque todo sigue igual, tu miedo, tu ciudad y ese tiempo que parece no haber transcurrido y que sin embargo se ha mostrado cruel con las calles, ennegrecidas de pólvora y desencanto, y todos esos que se fueron para siempre, ¿Y dónde puede estar Kaicú? ¿Y dónde están tus diecisiete años? ¿Seguirán chamuscándose con alguna pipa de crack en aquellos apartamentos encendidos? ¿Seguirá tu alteridad huyendo por los pasillos del tiempo para tratar de alcanzarte? ¿Seguirá tu vida o tu muerte goteando como un cadáver con un disparo en la cabeza? ¿Será posible recuperar todo eso que se pierde cuando todo se desbarata o esos cadáveres por los que ya no rezarás nunca más porque murieron justo después de que habías dejado de creer en dios y en el cielo? ¿Tendrá alguna ventaja morir rodeado de creyentes o será igual que tus máximos dolientes sean unos descreídos que sólo creen en ese dolorcito instantáneo que tu muerte les produce?
De pronto sientes frío y escupes agua.
Te levantas en esa habitación oscura y recuerdas que anoche te emborrachaste y que estás en casa de los chicos.
Te lo piensas mejor, aún no es momento de suicidarse, ni tampoco de volver.
FIN
LILIANA LARA: Narrativa Venezolana Actual
Liliana Lara (Caracas, 1971) Escritora venezolana. Autora de los libros de cuentos Los jardines de Salomón (Premio de narrativa de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre, en 2007), Trampa – jaula (finalista del premio Equinoccio de cuento Oswaldo Trejo en 2012), Abecedario del estío (finalista del XIII Concurso Transgenérico de la fundación para la cultura urbana en 2013) y la novela La música de los barcos (2019). Cuentos y artículos suyos han sido traducidos al inglés, alemán, polaco y hebreo, y han aparecido en diversas publicaciones periódicas y antologías. Doctora en Literatura Iberoamericana por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Actualmente vive en Israel.
Del libro: Método rumano para dejar de fumar (LP5 Editora, 2022)
UN VIEJO MANUSCRITO
Cuando despertó, comprobó que se había quedado dormida en una mecedora de mimbre, pero no recordaba ni dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Era algo que solía sucederle desde que tenía uso de razón, por eso odiaba dormir siestas. Su madre insistía en que durmiera, le leía una colección de cuentos rusos bellamente ilustrada que la llevaban de inmediato a deambular por estepas blancas y heladas. Cuando dormía, desaparecía la realidad y venían príncipes y hadas flotando en el vapor de las teteras a limpiar cada ruido o a aplacar el hambre. Dormir en la tarde era como desaparecer de la vida, abandonarse a la nada. Por eso siempre se despertaba sin saber ni qué día ni qué hora eran, entonces daba un brinco lleno de angustia y caía en el piso, de pie, como caen los gatos. Como si así pudiese caer en la realidad, la suya: su día y su hora, su nombre, su casa. Esta vez quiso brincar como en su niñez, pero tenía el cuerpo tan pesado que fue imposible. Sólo pudo levantarse lentamente, despegarse muy despacio del mimbre caliente y sudado, posar los pies en un piso de granito que no recordaba.
–El piso era de madera oscura –dijo en voz alta, pero para sí misma.
Enseguida vinieron dos gatos a lamerle los tobillos y a restregarse en sus piernas, mientras rechinaban de amor. A ella se le llenó el corazón de alegría. Tal parecía que eran suyos, pero está visto que los gatos suelen prodigar cariño también a los extraños. No era asombroso que se comportaran como si ella fuera la dueña. Y ella empezó a comportarse como si fueran sus gatos, mimándolos e inventándoles nombres.
–Tú, Krommer; y tú, Smetana –dijo y se río porque le pareció un gran chiste.
Pasó un rato sumergida en los gatos, en sus juegos y sus uñas, hasta que volvió a sentir esa angustia de su niñez, ahora redoblada porque sabía que había transcurrido un tiempo más o menos largo desde que se había despertado hasta ese momento y todavía no lograba determinar ni qué día era, ni qué hora y mucho menos dónde estaba. Se puso una mano en el pecho como quien quiere así calmar un corazón que brinca de miedo. Con pavor descubrió unos senos fofos y melancólicos, dos peritas pasadas de las que no tenía conciencia. Se metió la mano dentro del sostén y comprobó que los pezones apuntaban hacia el suelo con una nostalgia que ella no recordaba. Era como si lloraran y ella estaba a punto de comenzar a llorar también, el alma enlutada por una decrepitud recién descubierta. ¿Cuándo había pasado esto? Más que saber el día, quería saber el año. ¿Qué año era ese? ¿En qué año había nacido ella?
–El 8 de mayo de 1906 –dijo.
Recordaba la fecha con claridad y le venían a la cabeza también algunas imágenes: ella apagando las velas de un pastel cremoso, su madre cantando canciones de cumpleaños con una voz en falsete mientras un hombre que no era su padre descorchaba una botella de algo espumante. Algo que ella no debía beber porque aún era una niña, pero que igual le ofrecían en una copa sucia. Tal vez fue en 1920, acababan de llegar a Palestina y su madre había conseguido un buen trabajo, por eso la celebración había sido doble y despreocupada. Ella tomaba de aquella copa, encantada, como quien toma el elixir de la adultez, porque esa era una invitación a ser grande, que era lo que ella quería con todas sus fuerzas. Aunque ahora se sentía como esas frutas que van de verdes a podridas, sin pasar por el esplendor o la lozanía.
El apartamento olía a orín de gatos y era un completo desorden, tal como si unos ladrones hubiesen estado buscando objetos de valor para llevárselos y no hubiesen encontrado nada más que pacotilla. El contenido de gavetas y repisas descansaba en el piso, junto al reguero de los gatos. Ninguna silla hacía juego con la otra, ningún tapete estaba limpio, las cortinas eran un tejido de polvo y hollín que apenas dejaba entrar la luz o mirar hacia afuera. Caminó hasta la cocina, esquivando pelotas de lana y periódicos destrozados, y abrió la nevera. No estaba vacía, como ella suponía. En cambio, había varios yogures sin azúcar, jugos, algunos vegetales y una conserva de dátiles. Estaba a punto de servirse de la conserva, cuando se le ocurrió mirar la fecha de vencimiento de los yogures.
–15 de julio de 1998 –leyó en voz alta y se miró empequeñecida y gris en el reflejo turbio de la ventana.
Seguramente no era la primera vez que su memoria se extraviaba y aquel terror al abandono de las siestas de su infancia era una premonición que no supo entender. Y si esto era recurrente, lo más probable era que en algún lugar ella hubiese escrito algunos datos importantes que era conveniente recordar cuando despertara, porque ella era de esas que lo escriben todo, muy ordenada, muy razonable. Incluso, alguna vez había sido secretaria de alguien importante. Pero si esta era la primera vez que le ocurría, entonces no tendría nada escrito y tendría que reorganizar su propia vida como quien arma un rompecabezas o como un biógrafo tratando de escribir la biografía de un desconocido. Toda una vida tratando de olvidar amores, traumas, pesadillas. Toda una muerte tratando de recordar cualquier cosa.
Biógrafa de sí misma, se encaminó al cuarto en busca de algunas pistas. Necesitaba llenar algunos datos urgentes como su nombre y, en vista de su avanzada edad, si requería tomar algunos medicamentos. A pesar de que la sala era pequeña, ella se movía con lentitud, no sólo porque el piso estaba atestado de cosas, sino porque sus piernas eran dos columnas difíciles de trasladar. Era como un barco descomunal tratando de atravesar un arroyo lleno de rocas. O, más bien, era ella el frágil arroyo que estaba siendo atravesado por el barco oxidado de la desmemoria.
El aullido del teléfono detuvo el periplo. La voz en el auricular preguntó por Esther Roffé y ella supuso que ese era su nombre. Eti, gritaba su madre desde un sótano oscuro o en una cama llena de los escorpiones de la enfermedad. Eti, gritaba un hombre en medio de sábanas y manuscritos ajenos.
–No se encuentra, si quiere dejarle algún recado –dijo porque no sabía qué más decir. La voz –era una voz de hombre– pidió con suspicacia que le dijera que se pusiera en contacto con él en la Biblioteca Nacional.
–¿Cuál es su nombre? –preguntó ella, con eficiencia secretarial. El dio un nombre extranjero y colgó bruscamente, ni siquiera le dio tiempo de anotar. Se encogió de hombros y continuó la travesía. Sus piernas estaban llenas de venas muy negras y muy gruesas.
El cuarto estaba atiborrado de frascos vacíos, remedios, cremas humectantes. En la peinadora descubrió una lata de caramelos chinos que era usada como pastillero. Algunas pastillas sueltas, todas de la misma forma y tamaño: ese era el medicamento que debía tomar diariamente y con urgencia, pero ¿cuántas pastillas?, ¿a qué hora? Decidió no tomar ninguna.
En un rincón del clóset estaban las fotos en álbumes apiñados uno arriba del otro. Fotos viejísimas, en blanco y negro, ella con sombrero y dos niñas, cenas familiares, playas y paseos. La vida que fue registrando para los otros en fotos opacas, en todas ella fingía una sonrisa, en ninguna se reconocía a sí misma. Entonces pensó en esos recuerdos que se guardan en compartimientos secretos, esos que son los verdaderos registros de nuestra vida. ¿Dónde estaría la caja de sus verdaderos recuerdos? Sacó zapatos viejos y gastados. Un paraguas. Botas de lluvia. Todo lo que estaba en el suelo del clóset, ahora cubría la alfombra de la habitación. ¿Dónde estarían esos papeles? Si acaso existían, porque también estaba la posibilidad de sólo ser una vieja plana, en blanco y negro, como esas fotos
El teléfono la asustó nuevamente. La voz al otro lado de la línea la llamó “mamá”, pero ella no sintió ninguna alegría. Pensó en la foto forzada, su cuerpo en el centro de dos niñas más bien obesas. La voz inició una cantaleta sin pausa: ¿Te tomaste los remedios?, ¡necesitamos más plata!, ¿no has encontrado esos papeles?, voy a entrar en tu casa a la fuerza, no podrás negarte, voy a llamar a una asistente social para que te saque de allí, te voy a poner en un asilo para que te pudras, busca esos papeles o voy a pagarle a un hombre para que te asalte. Cuando pudo decir que no recordaba nada, del otro lado de la línea, la mujer enfurecida gritó: Mañana te vuelvo a llamar, te llamaré todos los días, incluso después de que te mueras, y tiró el teléfono con violencia.
¿Dónde estarían esos papeles? Esa llamada había iluminado su búsqueda. No en vano había pensado en recuerdos ocultos, los verdaderos. Su memoria no estaba del todo vacía si podía recordar papeles muy antiguos que soportaban el secreto de su vida o de la vida de otros. Se dirigió a la cocina nuevamente, esta vez sabía dónde buscar: sacó las cajas de comidas para gatos, los detergentes, los insecticidas y encontró una segunda puerta al final del gabinete esquinero. Allí estaba el cofre. Era el mismo en el que los había guardado un día de diciembre de 1968. Un hombre había muerto, ella lo había llorado en silencio ese día. Luego, vestida de oscuro, había ido a su oficina y había tomado esos papeles. Ese hombre la llamaba Eti, le hablaba en checo y le había pedido antes de morir que quemara lo personal y vendiera lo histórico. Ella no había hecho ni lo uno ni lo otro. O por lo menos no había vendido todo, porque allí estaban los manuscritos y las cartas todavía. Temblando, se sentó a leer su vida en esa caja.
–Detrás de esa cara de palo de las fotos –dijo en voz alta, para sus gatos– había corrido sangre.
Y como quien lee una ficción de sí misma, leyó cartas y diarios toda la tarde: lloró, sintió celos y finalmente se maravilló al comprobar que su vida había sido un poco más interesante que ese deambular por un apartamento inmundo, lleno de mierda de gato. Allí, entre las cartas y los diarios de aquel hombre que había sido su amante, también estaba ese viejo manuscrito en alemán que añoraban sus hijas y el bibliotecario. Él lo había heredado de un escritor atormentado y lo había traído desde Europa hacía mucho tiempo, cuando había tomado rumbo hacia el Levante huyendo de la guerra.
Devolvió los papeles al compartimiento secreto del gabinete de la cocina en el que los había encontrado, también las cajas y los insecticidas y mientras se comía la conserva de dátiles, se sintió orgullosa de sus andanzas, reina de secretos literarios, históricos. Afortunada por haber leído aquellos clásicos en sus versiones manuscritas, aunque su alemán ya no era tan bueno, además de la dificultad de descifrar una letra abrumada en un papel que se iba convirtiendo en pergamino. Vendería todo a un precio que no cabía en su imaginación. Entonces se buscaría una enfermera filipina, un par de muletas y saldría a caminar todas las tardes por el bulevar Rotschild como una vieja emperifollada. Lejos de sus hijas que la asediaban como aves de rapiña. Seguramente, eran dos señoras muy gordas que vivían de la plata que ya le habían robado tras la venta del primer manuscrito, mientras ella con sus tetas escurridas vivía en la miseria sin siquiera una ayudante que viniera a poner en orden ese apartamento o a sacarle las pulgas a los gatos. La sangre se le revolvía furiosa en el pecho tras estos pensamientos y para no tener un colapso se empeñó en ocupar la mente en otra cosa. Puso la radio y se sentó a aplacar su corazón con el ronroneo de una emisora mal sintonizada. Alertaban sobre una oleada de medusas en el Mediterráneo. Comentaban el último atentado. "Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos" –citó de memoria y podría haber seguido recitando aquel viejo cuento completo, pero el cansancio de la búsqueda y la angustia del olvido la hicieron abandonarse a un leve sueño.
Cuando despertó, comprobó que se había quedado dormida en una mecedora de mimbre, pero no recordaba ni dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Era algo que le solía suceder desde que tenía uso de razón, por eso odiaba dormir siestas. Apenas puso los pies en el suelo, dos gatos ajenos corrieron hasta ella.
–Tú, Vorisek; y tú, Zelenka –dijo y se rio porque le pareció un gran chiste.
FLAVIA PESCI-FELTRI: Poesía Venezolana Actual
Flavia Pesci-Feltri (Caracas, Venezuela 1968)
Abogada y profesora de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela de la Universidad Central de Venezuela. Obtuvo la especialización en Derecho Constitucional y Ciencia Política en el Centro de Estudios Constitucionales de Madrid y la especialización en Derechos Humanos de la Universidad Complutense de esa misma ciudad. Hizo los cursos de Doctorado en Derecho Administrativo en la Universidad Complutense de Madrid. Tiene varios libros y ensayos jurídicos publicados. En el ámbito de la poesía, ha participado en diversos talleres con importantes poetas venezolanos. Algunos de sus poemas han sido publicados en antologías poéticas. En el 2012, su poemario Lugar de Tránsito fue seleccionado como ganador del Concurso Nacional de Literatura, organizado por la Asociación de Profesores de la Universidad de los Andes (APULA). En abril de 2017, la editorial Oscar Todtmann Editores publicó su poemario Cuerpo en la Orilla y en el 2021 la misma editorial publica trazos en fuga.
Selección del libro trazos en fuga
domingo
se aparta del marco de la ventana. los rencores se alejan. sus pies retroceden tantean el frío. los gritos los nuestros vienen de otro tiempo. mira dormir al que fue su hombre. tanta belleza junta acobarda. la piel volvió́ de la insensatez. nada nuevo en realidad. es el amor recogiendo sus raíces.
cura los huesos para hacerse casa. agradece el recorrido: la violencia de las piernas circulares. la mirada delirante. su osadía la asalta. prefiere guardar el ardor en una caja. no quiere volver a los tiempos de las cuevas a los espantos haciendo mella en el sueño. solo deja que la tarde respire. se asiente en sus labios cuando canta secretas armonías. el domingo se resiste a ser lunes. él me dijo que no quería volver a las almas en pena. a la ciudad derrotada que al parecer soy yo.
abasto don francisco
dos niños sentados en la esquina del abasto. edad entre ocho y cinco años. son hermanos. la fiereza de uno la admiración del otro. en sus miradas ternura y valentía. es domingo 7:30 de la mañana. regreso del parque y me estaciono. ellos no juegan con la primera luz. les paso enfrente con cierta duda. después de todo no han sido mis manos las hacedoras de tal miseria. medito sobre la capacidad de acostumbrarnos al dolor.
mi aliento entrecortado repasa los anaqueles con pocos víveres. procuro lo justo para el desayuno: la mantequilla con azúcar cubrirá la rebanada de pan para mi hijo; y la alisará con piel dulce como hizo en tantas mañanas felices de mi infancia.
abro los ojos a la fila. un atasco de carritos y cestas esperan ser empujados hasta la caja registradora. se escuchan murmullos. desacuerdos. exclamaciones. devolución de productos. algunas cabezas niegan con mirada avergonzada. gente pasa de largo con sus puños.
salgo con mis dos bolsitas. el niño «grande» se acerca en silencio. hace movimientos para ayudarme con la salida del automóvil. gesticula intenta dirigirme. se asoma a la calle. le digo no con la cabeza. aquiétate. bajo el vidrio oscuro. le pregunto si quiere queso y jamón. me mira sin decir. se los doy y retrocedo.
el volante vira hacia la izquierda. veo como el más chiquito va al encuentro de su hermano. levanta los brazos al sol sus pequeñas manos de júbilo. abraza al héroe. se estrechan con alegría.
( pienso en la madre )
ojo de huracán
la lluvia a la espera. la maleta lista para la lluvia. indecisa en un retorno sin comienzo. el frío en los huesos desde esta silla que mira. el todo acallado en las páginas breves de un libro. una sombra que es la sombra sola y la lluvia. inmutables en las paredes de la esquina. ungidas de incrédulos días por venir que en vuelo buscan y nada tocan. sombra y lluvia. y la lluvia sola.
los despiadados
todavía se sentía en el aire el olor a pólvora. llegaron a la hora en punto del mediodía. venían dispuestos a seguir las órdenes. gritos y sonidos de cascos los precedieron. entraron compactos blandiendo escudos en acerados caballos. como huestes paganas se esparcieron por el pueblo. los habitantes espantados aseguraron sus casas. había pasado algún tiempo desde la última vez. pero el recuerdo permanecía en sus cimientos. los ancianos bajaron el sonido de las radios. las madres retiraron a sus niños. las matronas dejaron de cernir el maíz.
se escuchaba el sol en la tierra seca y una lagartija asomaba el latido de su garganta.
fueron asaltados todos los albergues todas las casas y cada bodega. no hubo zaguán sótano jardín sin ser desvalijado. en la furiosa búsqueda arrancaron desde sus raíces los alimentos. sacrificaron animales del camino. una cabra. otra vaca y algún perro solitario. recogieron las pieles más sedosas y se las echaron a sus espaldas.
tronaron las rejas de las fincas. ardía implacable el cielo. llegaron a una casa de color anaranjado. derrumbaron la puerta. encontraron en el fogón restos de café́ caliente. partieron sillas y mesas.
salieron al patio trasero. fueron sorprendidos por silbidos rapaces. cuando una explosión dispersó sus miembros.
todavía se sentía en el aire el olor a pólvora. la tarde comenzaba su regreso. las mujeres se acercaron a sus hijos escondidos bajo tierra. los hombres apagaron los fuegos.
afuera y adentro
a Gego, quien al huir de los nazis lanzó las llaves de su casa al rio.
lárgame de ti —le dijo al oído. quiso su misterio. solo reflejos sin voz.
con paso firme abrió la puerta. cruzó el umbral. apoyó la espalda en las sombras. dejó caer el bolso se acercó al rio. la dolencia había zanjado su cara. tragó grueso. negaba mirar(se) con desdén. después de todo comprendía la inutilidad del odio.
epílogo
la patria tembló
susurraban los muertos
bajo túmulos de asfalto
uno a uno
la estrecha mudez.
Selección del libro cuerpo en la orilla
plegaria
tiempo de mudez
tiempo para el acecho
acércate
levanta la cerca
estaré bajo tus párpados
puedo ser suave cuando quiero
olerte sin que lo sepas
andarte
no temas
soy esa voz que tiembla
por los rincones de tu cuerpo
cruzada
hay una guerra
que no hemos iniciado
deja tus botas al pie de la puerta
a mis calles nadie se acerca
la espesura de mis labios te aguarda
encarna en esta piel sin dejar de pulsarme
levántame como el más alto árbol
plántame
entre tus piernas
que el río nos susurre
lo blando estremezca
tus dedos viertan
todas mis aguas
arrástrame
hasta el último grito
extranjero
te aferras como sentenciado a muerte
bebes temblores de la comisura de mis labios
empuñas mi cuello
sostenido ritmo el de tu lengua
derramada en mis dientes
bailarina de mil brazos
dura blanda dulce
indeleble
en mi cueva
asombro
vengo a liberar de tu cintura lo que escondes
a disolver de tu tierra mojada los miedos
vuélame en picada
rómpeme en el aire
mírame
es esta
la vida
que ofrezco
y en un segundo
tus ojos
circe
sea mi boca para envenenarte
mis brazos tres veces te enlacen
mis piernas tu poder amarren
y cuando me encuentre volando sobre tu cuerpo
será certera mi mano
firme puñal
duro golpe
así
estaré segura
caerás sobre mí
para siempre
cómplices
llegué a tus campos sin saber
la piel temblando hacia sus adentros
peinaba tu cuerpo
mi aliento en tus gemidos
la noche deshizo los nudos
tus cabellos mis piernas tu centro altivo hacia mi
estremecida pluma de ángel
me fuiste remando aliado
demorabas así la soledad
su camino
ahora
en el silencio de la casa sola
mucho de ti en mis rincones
LENA YAU: Poesía Venezolana Actual
Lena Yau (Caracas, Venezuela 1968)
Narradora, poeta, periodista e investigadora. Especialista en el vínculo entre literatura e ingesta. Ha publicado: Trae tu espalda para hacer mi mesa Gravitaciones, España, 2015; Lo que contó la mujer canalla Katlathos Caracas, 2016 Kalathos, España, 2021; Bienmesabes Gravitaciones, España, 2018 El Taller Blanco, Cali, 2021 Sudaquia, NY, 2022 Hambre de Cultura, Bogotá, 2023; Bonnie Parker o la posibilidad de un árbol Utopía portátil, Caracas, 2018; Carne de mi carne Antología de cuento Mantis Narrativa Plural editores, Bolivia, 2018; Nubes Poesía Hispanoamericana Editorial Pre Textos, España, 2019; Escribir afuera Cuentos de intemperies y querencias Kalathos, España, 2021; Asintomática Escrituras del encierro en coronavirus Editorial Hypermedia, EE. UU, 2021; Cuentos de Venezuela Líneas portulanas Editorial Universidad de Zaragoza, España, 2022. Reside en Madrid.
Inéditos
Puerta de bala
Quiero que mi sueño no escape
y como loca salto
para alcanzar las palabras
que ya flotan,
suben,
buscan el sol.
Me resigno y pienso en lo que queda.
Un niño con pistola.
Mira a todos.
Me escoge.
Dispara.
Siento la bala penetrar mi cuello.
Siento que las voces de los que me rodean se ahuecan.
Siento que me desenchufo.
Esto es morir, entonces.
Pero no muero.
Pasan las horas, dejo de sangrar y no muero.
Nadie se ocupa de mí.
Me creen un caso perdido.
Soy una herida incompatible con la vida.
Le digo a un médico que está entre mis amigos:
- Tengo hambre.
- No puede ser....estás muerta.
- ¿tengo la bala en el pulmón?
- La tienes en el corazón. Te lo rompió.
Contesto que no.
Que casi.
Que no me afectó.
Que dejó un agujero limpio, claro, redondo.
Que la bala se detuvo en la nada.
Que la nada, duele.
Que tengo hambre.
- ¿Hambre vaga o hambre de fuerza?
- De fuerza. Hambre de fuerza.
Luego en fragmentos y fracturas alguien me habla de acentos.
La maestra de niños encantada porque escucha mil ritmos.
Dice que antes sólo se aceptaban acentos homologados.
La palabra homologados me asquea.
Veo en mi camisa blanca
una mancha de sangre lavada.
Tan lavada que es el revés de una rosa.
Yo camino con un hueco en la garganta
mientras me explican la relación proporcional
entre ángulos y recepción.
Mi hueco silba.
Es de plata.
Puerta de bala.
Me gusta.
Me siento imbatible.
Oración a los santos oníricos de mi altar agnóstico
Antes de alzar las manos
y dejar que lluevan sobre las letras
oro
mi altar alternativo
es el misterio flotante
de San Borondón
lo pueblan
agnósticos conocidos
beodos ilustres
grafómanos irredentos
ávidos microcopistas
cultivadores de hambres
duelistas del filo
babélicos involuntarios
san Hemingway
mantén lejos de mí
la botella y la escopeta.
De Lo que contó la mujer canalla. Lena Yau. Editorial Kalathos. 2016. Caracas.
CARPETANIA
Estirar el cuello para encontrar meseta por mar.
Y ese horizonte que trampea constantemente vistiendo un azul de costa que acaba en penillanura.
A algunos no nos pertenecen los mares.
Es la penitencia, quizás, por abandonar la cuna.
PLUVIAL
A Maru Alcalde Varela
Aún vivo en todas las viejas direcciones.
Charles Simic
Suena la lluvia y me desoriento.
Busco grifos abiertos
teles encendidas
ordenadores patinando.
No encuentro nada.
Abro la ventana: veo y escucho con nitidez.
Las gotas son gordas y suenan.
No hay truenos
no hay relámpagos.
Hay insistencia
ronquera sostenida
rutina en un espacio impropio.
Y unas nubes
una falta de luz
una bella impertinencia
un dislate
una falta de geografía.
LO QUE FALTA
A Giovanna Rivero, que vuelve y vuelve
Siempre es así.
Donde quiera que esté soy lo que falta.
Mark Strand
La experiencia de caminar sobre los pasos propios.
Pisar huellas añejas.
Cazar la sombra cuando no hay sombra.
Volver sobre uno mismo.
Recogerse.
Mirar en silencio la vida que fue. Sentirse escena.
Saberse instante y fuga.
Regresar para completar.
YO TAMBIÉN VI UN PERRO EN HENDAYA
A Frank O’Hara
Los pies al borde del pantalán
y el temblor de mi rostro
sobre el mar.
Quizás no fue Hendaya
sino Bayonne.
Conté́ en dos lenguas
mis finales de agua.
Caroní́ en un salto.
Colón señalando desde la rambla.
La Toja de fangos y piedras.
Quise volver a mi reflejo
pero estaba roto.
El cuerpo inflado
golpeó un pilote de madera
haciendo pequeñas olas
que lo empujaron
al curso de la corriente.
Lo último en irse
fueron sus ojos
sin vida.
El perro quiso salvarme un poco.
Acepté la ayuda
susurrando Lanzarote.
SIN COMPÁS
Desvarar
regresar
caer
romperme la boca y los dientes
cerrar los ojos para evitar el puñal verde
guardar los oídos del taladro
asfixiarme de calor
tocar las fotos que han sido reloj todos estos años
acariciar la tierra que guarda amores huidos
halagar mi lengua con sabores que me hacen texto
ser hija recibida
recuperar las horas de sueño aconsejadas por Salerno
rescatar una parte de mí que se fuga cada día
dejar de ver la cuna como bruma
como incendio
como isla que se aleja de mi nado.
De Trae tu espalda para hacer mi mesa. Lena Yau. Editorial Sudaquia. Nueva York. 2021
I
Esas piedras
que me arrojas
son el mal pan
de tu infancia.
Saborgar
Hizo girar el molinillo sobre la palma de mi mano.
Lloviznó polvo pimienta.
Dejó correr el aceite de oliva.
Me ordenó buen provecho.
Me lamí descarada mirando sus ojos.
Fuimos dos perros
esa noche memorable.
Parhelia
A Juan Carlos Méndez Guédez.
Despertar de los ojos de la niña muerte,
del pez que intentó devolver al estanque
con abanico isabelino venido de Aranjuez;
despertar de sus trozos destrozos de cristal gelatina,
blancos irisados pútridos,
de la sauna pública, de una vitrina sucia y de la náusea,
del baile de gogós submarinistas,
de un subterráneo,
del inglés al español al ladino al francés,
de ladrones plurilingües,
entender sin entender
siríaco y friulano,
rogarle a Plinio El Viejo
entre lágrimas
que olvide al volcán,
huir de una nube ardiente de azúcar rosa.
Despertar de golpes de tacón en mi frente,
de cámaras fotográficas perdidas,
de agendas y plumillas recuperadas,
abrir los ojos sucesivamente,
encenderle la luz a cada pequeño horror.
Descubrir que la tachadura
rompió el papel
que llevaba mi nombre.
Prensar los párpados.
No quedan sueños.
Letraduras
la escritura
soga tensa que me guía
el texto
red que me salva
su palabra en la pantalla
cadáver que intento reanimar
la palabra que di
pies descalzos sobre asfalto líquido
él y yo
letra flotante en agua de borrajas.
Catara
El corazón caminaba.
La tierra se abrió́.
Cayó.
(desde la grieta, grita)
Ahora es tubérculo que guarda ponzoña.
Clarea.
Ralla.
Comprime.
Haz líquido.
Reserva.
El dolor: animal clavado con alfileres en una pared.
(palpita en silencio)
Un exoesqueleto en vivisección.
Descarta pies, cabeza, piedad.
Retira cuidadosamente el abdomen.
Aceita un hierro candente.
Lancea sin dudar.
Su presencia: enfermedad del cuerpo.
(escalofríos temblor dental)
Una quemadura de vapor.
Rajas de ají́ chirel con venas y semillas.
Jugo del tubérculo corazón.
Insecto dolor mutilado y tostado.
Mezcla sin agitar.
Él está:
En la hoja en blanco.
Sal.
En la hoja en escrita.
Pimienta.
En la letra invisible.
Limón.
En las oquedades del discurso.
Reposo.
(todo lo que somos es lo que no somos)
Unta el preparado en cada parte que reclame su huella.
Espera a que el nombre se infle en ampolla.
Deja que crezca y reviente por cuenta propia.
Levanta la piel para barrer debajo.
Barrerlo de ti.
Repite el proceso hasta la cicatriz.
Reza estas instrucciones en su memoria.
recurrencias en el zumo de tomate
promocionar mis libros me obliga a viajar.
hay días en que veo el ala del avión cinco veces.
debería estar contenta pero odio volar.
no es miedo, es odio.
bebo para no sentir que vuelo.
a veces doy entrevistas borracha.
me porto bien.
soy una borracha responsable.
yo misma me digo:
este es el último trago,
alterna cada cóctel con agua,
come algo,
date una ducha de agua fría,
no mezcles ansiolíticos con alcohol,
no tararees boleros,
no lo nombres, no lo escribas, no lo recuerdes, no lo pienses, no lo extrañes, no lo sufras, no lo armes, no lo pliegues, no lo evoques, no lo escuches, no lo existas.
combato la resaca corporal con ibuprofeno y zumo de tomate.
para la resaca de su ausencia no existen paliativos.









